domingo, 14 de agosto de 2011

Hoy encontrarás el amor

Sebastián no estaba seguro si era la cuarta o la quinta vez que faltaba a sus clases de inglés. Le era complicado llevar la cuenta porque en esos días hacía lo mismo, que no era mucho porque no se podía hacer mucho entre las 7 y las 8:30am: bajaba del bus al frente del cine Pacífico, en Pardo*, caminaba hasta la municipalidad de Miraflores, cruzaba Larco*, compraba el Trome en el kiosco de esa esquina, y caminaba por la avenida hasta llegar a Larcomar, donde se sentaba en alguna banca y se ponía a leer el periódico. Así que, no siendo su sexta falta en el mes, podía repetir la misma rutina esa mañana sin tener que preocuparse de que el Británico lo reprobara. Además, era viernes.
El sol no quemaba a esas horas y la brisa del mar era fresca. Otra vez el buen ambiente y tranquilidad del parque lo invitaban a reflexionar seriamente sobre su vida a sus 23 años de edad, pero otra vez también se negaba a hacerlo abriendo el periódico en la sección de chismes del espectáculo: “CONMIGO PERDIÓ LA VIRGINIDAD”, clamaba una vedette refiriéndose a una joven promesa del futbol nacional. Era el titular principal de la sección que Sebastián leía siempre sonriente por la extravagancia de los personajes y de los hechos, y por el lenguaje coloquial de la redacción, sin importarle la veracidad o falsedad de las noticias. Aunque más pícaro en esas páginas, ese lenguaje no era exclusivo de la sección de farándula, sino una constante en todo el diario.
Luego era el turno de los deportes y después de los deportes volvía a la primera página. Desde ahí, y en orden, empezaba a leer el resto. Siempre dilatando el tiempo, exagerando las pausas en las comas, puntos, y puntos y comas, no dejaba nada de lado; hasta los anuncios publicitarios los leía con detenimiento, especialmente los que se agrupaban bajo el título de “SERVICIOS PERSONALES”. Estos anuncios publicitaban más o menos lo mismo: nombre de la chica, tarifa, teléfonos, distrito, avenida y cuadra de referencia, pero casi nunca la dirección exacta; unos venían con fotografías, supuestamente reales, y otros no. “A ver, qué hay en el menú para hoy”, decía Sebastián sarcásticamente, como si tuviera todo el dinero del mundo. Y ese viernes el “menú” era (fijándose sólo en nombre, tarifa y distrito): Shirley, 25 soles por media hora, Lince; Señora Susy, 20 soles por media hora, Los Olivos; Lizy, 60 soles por una hora, San Borja… y así los iba leyendo, dándoles visto bueno o malo dependiendo de la lejanía de los distritos. Hasta que vio uno que decía Keyra y que venía con foto; la de la mismísima Keyra Agustina, diosa amateur del internet por entonces. “Si fueras la verdadera Keyra no cobrarías 30 soles”, pensó Sebastián.
Entonces, previa resolución del crucigrama, llegaba a la penúltima página. En ésta estaban la sopa de letras, que resolvía también, y el horóscopo, que leía con ánimo de burla. “Bah”, exclamó Sebastián y se preguntó “¿quién escribirá estas huevadas?”, cuando leyó su signo: “Escorpio: no cierres tu corazón y hoy encontrarás el amor”.
Vuelta de página y cubriendo casi la totalidad de la última: “Las malcriadas”; la fotografía de alguna vedette vestida con menos que poca ropa y en posición sugerente. Sin vergüenza, Sebastián se tomaba más que un par de minutos para analizar a “la malcriada” del día, y lo hacía con su ojo crítico de experimentado onanista. 
Eran las 8:15am, y Sebastián, complacido y sin prisa, emprendió el camino hacia el paradero del bus que lo llevaría de regreso a su casa.

***

Vi, satisfecho, que mi reloj marcaba las ocho y cuarto de la mañana. Los quince minutos que faltaban para las ocho y media los podía hacer, fácilmente, caminando despacio hacía el paradero del bus, y llegar así a la hora adecuada a mi casa, en Magdalena, sin que nadie sospechara que otra vez había faltado a mis clases de inglés. El Británico, donde estudiaba con la esperanza de algún día hablar con el acento de James Bond, te daba la oportunidad de faltar hasta cinco veces en el mes; pero una más y te anulaban el ciclo (que duraba un mes, precisamente). Ese mes me había matriculado en el local de Miraflores, y no estaba seguro si ese día era mi cuarta o quinta falta, pero la sexta definitivamente no. Así que, luego de otra agradable mañana de verano leyendo un periódico, cómodamente sentado en una banca del parque de Larcomar, me paré dispuesto a dar inicio mi regreso a casa.
Entonces escuché unas voces gritando mi nombre.
Giré hacia donde provenían esos ruidos y vi, a varios metros, a dos personas agitando sus manos. Sólo cuando se acercaron pude reconocer quiénes eran: José y Regina, dos compañeros de ese ciclo en el Británico, de veintitantos años como yo.
-¡Ajá¡ Tirándote la pera- dijeron casi al unisono.
-Ya somos tres- respondí desagradablemente sorprendido.
-¿Ya te vas? Aún no son las ocho y media- dijo Regina, y ambos se sentaron en la banca, dejando un espacio. José, con un gesto, me invitó a sentarme, y lo hice.
Empezaron a contarme de que ellos no estaban tirándose la pera precisamente, si no que su situación era más complicada. Yo no sabía si eran enamorados o si había algo entre ellos dos, sólo recordaba haberlos visto siempre juntos en clases y que se conocían de ciclos anteriores. Sentados ahí, frente a mí, tampoco vi abrazos ni manos tomadas ni besos. Me caían mal, y en clases traté siempre de apartarme de ellos respondiendo a sus intentos de socializar conmigo con ironías e indirectas, pero pronto comprendí que era pésimo haciendo ironías e indirectas, porque a ellos les causaban mucha gracia, y así termine cayéndoles muy bien.
Poco a poco sus sonrisas iniciales fueron desapareciendo mientras sus semblantes se mostraban cada vez más serios. No les estaba prestando atención pero era obvio que lo que me estaban contando los preocupaba y mucho. Sólo puedo decir que venían de un hotel y que no querían regresar a sus casas. ¿Habían escapado o los habían expulsado de sus hogares? Por ahí iba su historia, la que a mí no me importaba.
-Tienes algo de dinero que nos puedas prestar… es para alquilar un cuarto hoy- me preguntó José – Un sol al menos, no importa.
-Pucha, sólo tengo para el bus- mentí, y les di el periódico que había comprado.
Vi que eran más de las ocho y media y me despedí preguntándoles si es que los vería en clases al día siguiente. Me miraron confundidos y recordé que el día siguiente era sábado. Me fui sospechando que el lunes nos encontraríamos nuevamente en clases.

Ese fin de semana de alguna forma u otra se había resuelto su problema, porque el lunes los vi de nuevo en el aula, felices, sentados uno al lado del otro como siempre. A la salida se acercaron a darme explicaciones, y mientras lo hacían, en mi mente trataba de sacar la cuenta si es que el viernes había sido mi cuarta o quinta falta.

NOTAS:
Pardo: Av Pardo
Larco: Av Larco

domingo, 7 de agosto de 2011

Snif, snif

El papá de Javier era un comerciante que logró ser exitoso a pesar de sólo tener secundaria completa. Sus bajas calificaciones y falta de medios le impidieron asistir a alguna universidad o instituto. Pero, lo que carecía en formación académica y dinero, lo compensaba, y con creces, trabajando. Empezó desde muy joven, en plena adolescencia, y desde abajo: hacía encargos, llevaba cosas de un lugar a otro, limpiaba donde se le ordenara. Pero no se conformaba con simplemente cumplir con sus obligaciones, se preocupaba también en aprender más sobre cómo funcionaba el negocio en cada centro de trabajo al que iba; conocimientos que, con el pasar del tiempo, le permitirían conseguir mejores puestos laborales. Hasta que, con casi treinta años de edad, una esposa y un Javier infante, sintió que tenía la experiencia suficiente para iniciar su propia empresa; y lo hizo. Los primeros años prácticamente no se movería de la capital: sus socios y clientes eran en su mayoría de Lima, pero poco a poco, conforme obtenía más contactos en otras regiones, empezaría a viajar más seguido; a veces por unos días, otras por un par de semanas, pero no más. Sin embargo su último viaje no fue así. Cuando había pasado más de un mes, por teléfono les decía a su esposa y tres hijos que tenía un gran negocio entre manos, que le tuvieran paciencia y que los extrañaba mucho; y le prometió a Javier que de todas maneras llegaría para su décimo cumpleaños.  Cuando pasaron dos meses, ya no quería hablar con sus hijos, sólo con su esposa. A veces Javier y sus hermanos se escondían cerca para poder escuchar de qué hablaban, y fue en esos momentos en que notó que su mamá ya no conversaba afectuosamente con su papá, sino cada vez más enojada. Hasta que un día ella colgó con furia el teléfono y empezó a llorar. Javier y sus hermanos salieron de donde estaban escondidos, muy asustados.
-“Su padre no va a volver, niños”, nos dijo mamá tratando de contener el llanto- dijo Javier y se le resquebrajó la voz -nos acercamos a ella, nos abrazamos, y lloramos juntos- continuó y empezó a sollozar - eso fue hace cinco años, y desde entonces poco o nada sé de mi papá… yo lo admiraba… lo admiraba mucho…- diría antes de entregarle el micrófono al padre Clemente. Éste le devolvió su vela y Javier retornaría a su sitio mientras el sacerdote retomaba la palabra.
Sebastián siempre había pensado que Javier era un chico arrogante por sus habilidades atléticas y simpatía entre las chicas, pero ahora, luego de escuchar su testimonio y viéndolo cabizbajo recibiendo palmadas en los hombros por quienes lo rodeaban, no supo qué pensar. Por un instante se sintió tentado a identificarse con él por compartir ambos historias familiares parecidas, pero, entonces, recordó su soberbia y sus patanerías,  y rápidamente desestimó ese y otros sentimientos solidarios. Concluyó que Javier no era más que otro chico arrogante, pero con una historia poco feliz de fondo. “Snif, snif” murmuró, burlonamente.
Cuando el siguiente alumno pasó al frente y tomó el micrófono, supo Sebastián que la situación iba a empeorar.
Toda la promoción 99 (ahora en 4to de secundaria) del colegio salesiano Rosenthal estaba reunida en uno de los salones de la casa de retiro Alvernia, en Cieneguilla, en el límite este de Lima. El salón era grande, las luces estaban apagadas y cada uno de los alumnos tenía una vela encendida. Los asientos habían sido retirados previamente, así que estaban sentados en el piso formando un semicírculo alrededor del padre Clemente, quien se encontraba de pie, cerca a una de las paredes, y era el responsable de ese retiro espiritual. El retiro había empezado dos días antes y esa noche era la última.
El salir a hablar no era un acto obligatorio; el padre Clemente, entre reflexión y reflexión, invitaba a que los alumnos voluntariamente compartieran testimonios de vida, mientras como música ambiental, proveniente de una modesta radio casetera (sobre la mesa que estaba detrás del padre, el único mueble en la habitación), sonaban tristísimas canciones religiosas.
Entendió Sebastián que nada era casualidad, y que todo iba de acuerdo a un plan, el que había empezado cuando el hermano Alejandro, asistente del sacerdote, le entregaba un sobre a cada uno de los estudiantes al inicio de la velada espiritual.
-Son cartas escritas por sus seres queridos- explicó el padre Clemente.
La de Sebastián provenía de su madre, quien en pocas palabras le decía estar orgulloso de él por sus notas y comportamiento, y que nada tenía que reprocharle. Minutos después de haberla leído, y que el hermano Alejandro terminara de repartir las velas, se apagaron las luces y, conforme las velas se fueron prendiendo, notó Sebastián el cambio en los rostros de sus compañeros: había desaparecido completamente cualquier atisbo de picardía; todos estaban completamente serios. Obviamente, las cartas no habían sido muy felices para ellos.
Divorcios, separaciones, abandonos, maltratos, falta de afecto, de comprensión; los testimonios continuaban y las emociones fueron aflorando hasta que llegó un punto en que varios ya no intentaban ocultar su llanto, lo que provocaba en Sebastián que su apatía, incomodidad, y desapego hacia sus compañeros creciera, y también su escepticismo; le costaba creer que lo que estaba viviendo en ese momento era algo real. Apenas se conmovió un mínimo cuando sus amigos más cercanos salieron también a contar sus historias; hubiera preferido no haberse enterado de detalles tan personales.
Entonces Guillermo tomó la palabra:
-Yo no vengo a hablar de mis padres; ellos están bien. Estarían mejor si es que yo les llevara mejores notas, pero en general están bien. Pero sé que no sería así si les contara todo lo que me pasa en el colegio. Ustedes saben a qué me refiero. Tal vez les de risa ver cómo me golpean, cómo me agarran de punto de sus bromas y burlas. Yo incluso también a veces me rio, pero si lo hago es por frustración; ya no se qué hacer, créanme, no es gracioso. No voy a decir nombres, ustedes saben de quienes hablo, y ellos lo saben muy bien también. Y a ellos les quiero decir que deseo y ruego con toda mi alma que el retiro les haga cambiar; yo estoy dispuesto a perdonarlos…
Sebastián los buscó con la mirada. Estaban en grupo, cabizbajos.
Como ya no hubo más voluntarios, el padre Clemente le pidió al hermano Alejandro que detuviera la música y al alumnado que se pusiera de pie y  apagaran sus velas. En la oscuridad total empezó a rezar, pero no recitando oraciones clásicas como el Padre Nuestro o el Ave María. Empezó diciendo “Señor…” y continuó con una oración que mezclaba plegarias y discurso motivacional, muy bien articulada y perfectamente medida en su ritmo de crecimiento de intensidad y optimismo; si hubiera exclamado varias veces “¡aleluya!” cualquiera hubiese pensado que más que un cura católico era un pastor evangélico. Luego de decir “amén”, mandó a que se prendieran las luces y a poner de nuevo la música, pero esta vez el tono de la misma ya no era sombría ni reflexiva, sino de celebración, y de inmediato empezaron los abrazos entre los alumnos, palmadas en las espaldas y hombros, estrechamientos de manos. Aunque no le gustaba para nada esa escena de un montón de muchachos llorosos dándose consuelo, Sebastián se sintió aliviado porque eso sólo podía significar el final de la velada. Le fue inevitable dar muestras de afecto a quienes estaban a su alrededor, y así, poco a poco, fue en busca de sus amigos para abrazarlos, y lo hizo como quien cumple mecánicamente un contrato o reglamento. De reojo vio como los abusadores de Guillermo le pedían disculpas.
La semana siguiente los profesores notaron el cambio en el comportamiento de la promoción 99, y bromeaban preguntando cuándo volverían las cosas a la normalidad. Sebastián se preguntaba lo mismo y la respuesta la obtuvo casi dos semanas después, cuando vio cómo, en el recreo, a Guillermo se le despojaba de su merienda por los mismos alumnos de siempre, entre ellos Javier. 

domingo, 31 de julio de 2011

Amables recordatorios de su parte

Cuando finalmente Mario Vargas Llosa dejó de ser “usted” para ser “Mario”, después de varios pero amables recordatorios de su parte, me sentí con la confianza de hacerle la pregunta que, desde el inicio de nuestra conversación, tenía en mente:
-Mario, ¿recuerdas aquella vez que fuiste a la UNI* a que te condecoraran, o algo así, y el escándalo que hizo un alumno en tu contra?
Dudó unos instantes haciendo un gesto como quien trata de recordar algo, pero su respuesta final fue que no, agregando que varias veces le había pasado lo mismo. Me pidió que le contara más detalles así tal vez lo recordaría; quiso saber además si es que yo había estado presente.
-Pues que estaba en la UNI, sí, porque yo estudiaba sistemas ahí en ese tiempo, pero no precisamente en tu ceremonia. Lo vi en la tv, ese mismo día en la noche; salió en todos los noticieros y más o menos todos pasaron lo mismo: apareces tú acercándote al rector a recibir un diploma o una medalla o algo así, no recuerdo bien, y justo cuando te lo da se empiezan a escuchar gritos, entonces la cámara voltea rápido buscando de dónde venía esa bulla hasta que logra enfocar al alumno que te mencioné, pero ya los de seguridad lo estaban sacando a la fuerza del auditorio; igual él no dejaba de gritar: “¡neoliberal!, ¡neoliberal!”. Entonces aparece él, ya afuera del auditorio, respondiendo a la prensa; aunque eso de respondiendo es un decir porque a cualquier pregunta que le hacían él respondía lo mismo: “¡es un neoliberal!, ¡es un neoliberal!”.
Aun con los detalles que le acababa de contar, Mario no pudo recordar nada de aquel día. Entonces, con un gesto inquisidor y sonriente a la vez, me preguntó si es que yo había tenido algo mucho más importante que hacer en ese momento como para no asistir a esa ceremonia. Me tomó por sorpresa, y aunque la verdad era que no recordaba exactamente el por qué, no le dije simplemente “no me acuerdo”, por temor a que no me creyera; me pareció más prudente mentir:
-Sólo las autoridades de la universidad podían ingresar al auditorio- fue lo primero que se me ocurrió.
Sin dejar de sonreír insistió, “y a aquel muchacho ¿cómo ingresó?”. Era obvio que en tono de broma Mario trataba de ponerme en aprietos, poniendo a prueba el “soy su mayor admirador” que le dije al inicio de nuestra charla. Igual yo no quería ceder; me acordé, ahora sí, de información clave:
-Es que aquel no era un simple alumno; era un dirigente estudiantil también. Aún recuerdo su nombre y apellido: Ulises Córdoba- y para darle más pruebas de que no estaba mintiendo, sin darle tiempo a que hiciera más preguntas, le empecé a hablar sobre Ulises:
“Lo conocí en mis primeros días en la UNI. Aún yo no me hablaba con nadie así que entre clase y clase, como no tenía nada qué hacer, paraba en la salita de cómputo del consejo estudiantil, a la que podía entrar cualquier alumno. Ahí él me pasó la voz. No sé cómo supo que yo era cachimbo*; mi cabello estaba normal, no me lo había rapado como los otros. Entonces me dio la bienvenida a la universidad, se presentó, me dijo que era dirigente y me empezó a explicar qué era el consejo estudiantil: para qué servía, cuáles eran sus propósitos, sus funciones, ese tipo de cosas. Ahora, a partir de ahí, yo la verdad dejé de escucharlo. No porque estuviese aburrido o no quisiera hacerlo, sino que su forma de hablar, sus gestos, todo en él me distraía, y es que se le veía tan… inocentón, hasta algo bobo diría yo, que me costaba creer que esa persona que me hablaba fuera un dirigente y que tuviese alguna especie de autoridad en la facultad. Empecé a pensar que tal vez todo ese asunto de la dirigencia era algo de adorno, que sonaba y se veía bonito pero que en sí no importaba mucho en la universidad. Entonces yo seguía distraído pensando esas cosas mientras él me seguía hablando, hasta que me dio la mano y se despidió, y lo hizo diciéndome que no olvidara que el consejo estudiantil estaba para velar por mis derechos y de todos los alumnos.
“De ahí en adelante nos cruzaríamos varias veces, y normal, nos saludábamos. Aunque no llegamos a ser amigos. Difícil que lo fuéramos porque no llegamos a estudiar ningún curso juntos; él me llevaba varios ciclos por delante. Igual me lo encontraba seguido en las horas libres de estudio, que eran en las mismas aulas sólo que en las horas en las que no había clases. Cualquiera podía entrar y ponerse a estudiar, solo o en grupo. Cuando él estudiaba solo pasaba desapercibido, uno ni se daba cuenta que él estaba ahí; pero cuando lo hacía en grupo la historia era otra cosa: tenía una facilidad para reírse, le decían cualquier cosa y ya estaba que se moría de la risa. Y eso que la mayoría de las bromas de sus amigos estaban dirigidas a él, pero igual Ulises no perdía el sentido del humor, no sé si porque tenía mucha correa o porque no se daba cuenta que le estaban tomando el pelo.  
“Como sea, hasta ahora ni rastros del muchacho que quiso arruinar tu premiación, ¿no? Bueno, la primera vez que vi a Ulises en su faceta rebelde fue un día de clases en la  mañana. Todo transcurría con normalidad hasta que una voz, aparentemente por micrófono, se empezó a escuchar en toda la facultad, reclamando del por qué las autoridades no construían un comedor para los alumnos, y recalcaba  que la UNI era una universidad nacional, por ende del pueblo, y que por eso tenía que darle todas las facilidades a sus alumnos. Al comienzo no reconocí esa voz porque se escuchaba muy distorsionada, porque gritaba y por el aparato en sí que luego supe no era un micrófono. Yo estaba en plena clase y ya varios, incluso el profesor, casi salimos del aula a ver qué pasaba, pero nos dimos cuenta que esa voz se estaba acercando. Y entonces veo a Ulises, megáfono en mano y a todo pulmón, paseándose por los pasillos.
“Por supuesto me sorprendió ver a un Ulises irreconocible, pero mi preocupación por él fue mayor porque estaba seguro que algún profesor lo detendría, que lo llevaría donde el decano o rector, y que lo terminarían expulsando. Pero nada de eso pasó. Ulises siguió protestando un buen rato todo lo que quiso, hasta que se cansó supongo, y ya sin bulla, el profesor nos empezó a hablar del consejo estudiantil, y no en muy buenos términos. Nos contó que otro curso que él enseñaba, ahora en ese ciclo lo dictaría menos horas a la semana, y todo por la queja de algunos alumnos que les pareció que eran muchas horas. ¿A dónde fueron a quejarse esos alumnos? ¿Quién o qué le recortaría las horas a ese profesor? El consejo estudiantil. Así de poderoso resultó ser. ¿Recuerdas que creía que era algo de adorno y sin importancia? Pues estaba completamente equivocado.
“Ahora, volviendo a Ulises, pensé que era un caso aislado, no recuerdo a otros dirigentes de mi facultad haciendo la bulla que él hacía, así que pensé que sus reclamos quedarían en nada. Verás, la UNI es grande y mi facultad tenía su propia entrada por donde yo iba y venía todos los días, así que ni enterado estaba que los reclamos de Ulises se repetían en los consejos de las demás facultades, y de que algo grande se estaba armando. Hasta que otro día, un alumno (dirigente, claro), entra a mi clase y le dice al profesor que estaba ahí: “profesor, por favor, tome sus cosas y retírese. Los consejos estudiantiles estamos tomando la universidad”.   
“Entonces el profesor, sin preguntar nada ni quejarse, pero sí con cara de pocos amigos, tomó sus cosas y se fue. Y a los alumnos que nada teníamos que ver con el consejo nos dijeron lo mismo. Era una experiencia totalmente nueva para mí, y por eso no podía creer lo que estaba pasando, tanto así que estaba seguro que al día siguiente todo ya estaría solucionado. Pero no fue así. Yo igual seguí yendo los siguientes días y ahí seguían un montón de alumnos atrincherados en las entradas de la universidad, sin dejar entrar prácticamente a nadie. Luego empecé a ir interdiario, después semanalmente, hasta que dejé de hacerlo cuando vi a todo un contingente de policías en los alrededores. Parecía inminente que en cualquier momento se iba a producir un enfrentamiento. Entonces empecé a ver los noticieros a diario creyendo que de producirse un intento de desalojo de hecho aparecía en algún reportaje. Pero nada, ni una sola noticia sobre la UNI, lo que resultó un inconveniente bastante conveniente para mí, porque le dije a mi mamá: “mamá, sólo volveré a la UNI cuando en las noticias digan que se acabó la toma de la universidad”. Y así pasaban los días y mi mamá me preguntaba: “¿salió algo?”, y yo: “todavía nada”, hasta que me preguntó: “¿pero no tienes amigos a quienes llamar y preguntar?”, y yo: “no tengo el teléfono de nadie”,  lo que era cierto porque la verdad era que no tenía amigos en la UNI. Hasta que una mañana ya mi mamá sin preguntarme nada simplemente me obligó a ir a ver cómo estaban las cosas en la universidad. Fui confiado de que todo seguía igual pero cuando llegué, pues… toda había vuelto a la normalidad, desde un par de días antes, según me contaron.
“Así que, más o menos en total, fueron dos meses de toma.”
-¿Tuvieron éxito los consejos estudiantiles?- Me preguntó Mario con un interés y con unas ansias moderadas que demostraban cuál era la respuesta que quería escuchar. Para su alegría la respuesta fue que sí, habían triunfado; se iba a construir el comedor.
“Pero ahí no acaba la historia”, le dije, y pude notar cierta emoción en él (seguramente le estaba haciendo recordar sus años como universitario rebelde y revolucionario).
-Llega el día de la inauguración del comedor. Ahí estaban todos los consejos estudiantiles, todas las autoridades de la universidad, y la primera cola de alumnos que recibirían su almuerzo. Y al frente de la cola, algo así como un guía que les explicaría el procedimiento. Entonces pasa el primer alumno, coge su bandeja y cuando se disponía a ir a la zona donde servían las comidas, el guía le corta el paso y le dice que faltaba algo: tenía que pasar por caja y pagar un sol*. Y se armó la revuelta otra vez ahí mismo.
-¿En serio? ¿Estuviste ahí?
-No, no estuve, y no sé si paso así exactamente, fue lo que me contaron. Pero, efectivamente, la universidad quería cobrar un sol por la comida. Por eso otra vez Ulises con el megáfono llamaba a la unión de todos para pelear por el derecho a que la comida del comedor sea gratuita. Días después los consejos volvían a tomar la universidad. Y casi otros dos meses después las clases volvían a la normalidad, con el comedor brindando desayuno, almuerzo y cena completamente gratis.
Mario me preguntó si es que todo eso había sucedido antes o después de la vez que él fuera a que lo condecorarán. Le dije que antes, y me preguntó si es que hubieron más tomas o actos de protestas, y qué había sido de Ulises.
-No lo sé. A mi familia no le gustó para nada eso de que perdiese clases tan seguido, así que juntando unos ahorros me sacaron de la UNI y me mandaron a una universidad privada, donde las mayores preocupaciones de su consejo estudiantil eran organizar viajes, a las que sólo iban sus miembros, y organizar la fiesta de fin de año.
-Vaya…- me dijo, y luego de una breve pausa cambiamos de tema.




NOTAS:
*UNI: Universidad Nacional de Ingeniería
*Cachimbo: Alumno que recién ingresa a la universidad. Es costumbre que se rapen la cabeza.
*Un sol: Moneda del Perú. Por ese valor es posible comprar dos paquetes de galletas, o pagar el bus, o alquilar una hora de internet.

domingo, 24 de julio de 2011

Los ineptos policías

Arturo fue el primero:
-Voto por mí- dijo.

La teleserie se llamaba “Carrusel” y en esencia trataba del día a día de los alumnos del primer grado de una escuela primaria en México. Claro que las situaciones no podían ser tan cotidianas si se quería mantener enganchado a su público objetivo, el infantil, por lo que la cuota de aventura y momentos poco realistas estaba siempre presente. Así que no sorprende, pues, que los varoncitos de ese primer grado formaran una especie de pandilla (algo así como el club de Toby, de la pequeña Lulú) a la que llamarían “La Patrulla Salvadora”, y que por aquellos días, en uno de los episodios más recientes, juntos como patrulla rescatasen a una compañerita secuestrada; nada menos.
La serie era un éxito en México y en toda Latinoamérica. Muchísimos niños la seguían, entre ellos, desde Lima, Arturo, quien emocionado al ver el final de ese episodio (los niños, luego de recibir las felicitaciones de los ineptos policías, salían de la casa del secuestro escoltando a la niña liberada, ovacionados por familiares, la prensa, y multitud de curiosos transeúntes) pensó que sería una buenísima idea que él y sus amigos formaran una pandilla también. Eran vecinos de la segunda cuadra de la calle Larco Herrera, del distrito de Magdalena.

Horacio fue el siguiente:
-Voto por Sebastián- dijo.

Pero Arturo no pensó “luego les pregunto”, sino “luego les aviso”; él ya había tomado la decisión por todos. No es que fuera prepotente, simplemente era un líder nato; orden que les dada a sus amigos, orden que se ejecutaba, sin que nadie se atreviera a protestar públicamente, y no era por temor a alguna represalia física, porque todos eran más o menos de las mismas tallas y contexturas, era la personalidad de Arturo que se imponía sin la necesidad de amenazas. Claro, para el promedio de edad que tenían él y el resto del grupo, siete años, el liderazgo era un concepto aún lejano de comprender.

Turno de Juan:
-Sebastián- dijo.

Por supuesto los amigos de Arturo también veían “Carrusel”, y también habían quedado muy emocionados cuando vieron aquel episodio, así que cuando escucharon su propuesta (orden) estuvieron de acuerdo sin pensarlo dos veces, y empezaron a dar ideas: “le pondremos el nombre más chévere”, “cada uno tendrá un apodo”, “hay que inventar un saludo especial”, “crearemos un reglamento”… “elegiremos un jefe”, aportó Arturo.

Ahora Oscar, hermano mayor de Juan:
-Por Sebastián- dijo.

Arturo era tan querido y apreciado como cualquier otro miembro del grupo, pero como nada es perfecto, lo que no gustaba de él a los demás (salvo a Saúl), era esa tendencia a mandar. Por suerte para los “oprimidos”, ahora más que nunca, tenían la oportunidad de darle fin a esa hegemonía, y en una reunión secreta se pusieron de acuerdo.

Le tocaba a Saúl, hermano menor de Arturo:
-Voto por mi hermano- dijo.

Para la elección del líder no iban a ver candidatos fijos; todos lo serían, simplemente cada uno, cuando le llegase su turno pronunciaría el nombre de su favorito. A Horacio, Oscar y Juan, les parecía que el indicado para asumir tal cargo debía ser Sebastián. Se lo dijeron en la reunión secreta y le explicaron por qué: él, además de estar de acuerdo en todo, se mostraría como el más harto de la aptitud de Arturo, criticándolo de la forma más dura posible que un niño puede hablar mal de otro. Entonces, después que por orden alfabético votaran los demás, el conteo iba 3 para Sebastián, 2 para Arturo, y le llegó el turno a “Sebas”; el triunfo de los conspiradores era inminente:
-Arturo- dijo.
Horacio, Oscar y Juan no tuvieron tiempo de sorprenderse porque de inmediato Arturo les decía cómo romper la igualdad: "Sebas y yo estamos empatados, ¿no? Pero él votó por mí, así que lo justo es que yo sea el ganador", les dijo.
Hubo silencio y rostros confundidos, y mientras Arturo volvía a explicarles su lógica, Sebastián trataba de entender por qué había cambiado su voto a último momento, por qué de pronto se sentía así ante la presencia de Arturo, tan débil, tan cobarde.


domingo, 17 de julio de 2011

La corbata en el bolsillo

Sebastián no era un rebelde sin causa con tendencias autodestructivas, ni mucho menos alguien que mantuviese en vilo a los miembros de su familia. Éstos no tenían de qué preocuparse siendo él uno de los primeros puestos de su clase y con una calificación en conducta casi perfecta. Pero lo cierto es que, al igual que otros adolescentes, Sebastián tenía esa tendencia a ahogarse en un vaso de agua creyéndose el eterno incomprendido, echándole la culpa al resto del mundo por los problemas que lo aquejaban. Fácilmente se resentía, y esto, a diferencia de los que él llamaba “típicos adolescentes rebeldes” (en su afán de diferenciarse), se acentuaba mucho más en él, porque aquellos no tenían problemas en expresar su disconformidad, en cambio él enmudecía completamente dejando que sus rencores y odios se acrecentaran en su interior. De no haber cambiado de aptitud, lo más probable es que Sebastián hubiera terminado el colegio con úlceras, problemas en el hígado y el corazón.
Fue en 1997, cuando Sebastián cursaba el tercero de secundaria, que se produjo tal cambio.
Se acercaba el día del padre de aquel año y, consecuentemente, se acercaba también la ceremonia del día del padre de aquel año en su colegio, el salesiano Rosenthal. Al profesor apodado como La Piedra (por los huesos angulosos y prominentes de su rostro) le habían dado la orden de seleccionar al alumno que daría el discurso para la ocasión. ¿Quién fue el elegido? Exacto, Sebastián. Ahora resulta que Sebastián tenía una semana para escribir un discurso que resalte las virtudes de un padre. Pero ¿en qué ejemplo de virtud iba a basar su discurso si no veía a su papá desde que era un infante? ¿Cómo hablar sobre el amor y respeto que un hijo debería tener hacia su padre si él odiaba al suyo? ¿Cómo podría luego llamar hipócrita a la sociedad si él, dando ese discurso, se convertiría en un hipócrita más? Y ¿por qué carajo no le dijo a La Piedra todo eso? Porque si el profesor lo hubiera sabido no le habría pedido que dé ese discurso, ¿verdad? No, no era verdad, y Sebastián lo supo horas después cuando fue a hablar con La Piedra: con o sin padre, la decisión ya había sido tomada, además, “nadie sabe lo de tu papá”, le dijo. Cojudo*, o más bien huevón* (si es que huevón es más que cojudo en niveles de asombro) quedó Sebastián ante tal contundente y pragmática justificación; tan insensible como cierta. Al verlo así, La Piedra tuvo algo de compasión por su alumno y le dijo como consuelo que no se preocupara por escribir nada, que él lo haría y que luego le pasaría el texto.
Entonces se le ocurrió a Sebastián sabotearse así mismo el día del ensayo. Si La Roca no lo iba a reemplazar por otro, estaba seguro que el cura director sí lo haría al escucharlo leer tan mal. Al cura director le importó un bledo su mala performance, es más, a la mitad lo interrumpió, le dijo en voz alta “ok”, y pidió que los siguientes en ensayar pasaran al escenario. Sorprendentemente, Sebastián no se desmoralizó. La aptitud del cura director le había dado una esperanzadora sospecha, pero tendría que esperar el momento mismo de su lectura en la ceremonia para corroborarla.
Llegado el día D (un sábado en la noche), y luego que el presentador lo anunciara, Sebastián subió y se dirigió al centro del escenario, mirando a cualquier parte menos al público, teniendo cuidado de no tropezarse con algún cable. Frente al micrófono, un suspiro y leve carraspeo le hizo saber que todo estaba funcionando bien. Abrió el fólder que contenía el discurso y empezó a leerlo, esforzándose en hacerlo lo mejor posible. Luego del fin del primer párrafo, alzó un poco la mirada y vio a los asistentes: más o menos medio millar de personas aglomeradas en el patio de la secundaria del colegio, entre gente sentada y de pie, entre padres de familias y otros familiares, alumnos, profesores y autoridades del colegio; y prácticamente nadie prestándole atención. Recordó al cura director en el ensayo, y confirmó entonces su sospecha: a nadie le importaba ese discurso. Siguió leyendo, ahora sin tener en cuenta cómo lo hacía, mientras terminaba de entender que sólo era un alumno más frente a un micrófono, leyendo un pedazo de papel; así de simple era la situación. Sin saber exactamente cómo, creyó haber encontrado la solución a la gran mayoría de sus problemas, y conteniendo su euforia procuró terminar lo más pronto posible.
El Sebastián que bajó del escenario era alguien distinto del que subió. Consciente de ello, Sebastián sólo lamentó no haberse atrevido a realizar algunas de las ideas que pasaron por su cabeza mientras leía, ya despreocupado, el discurso.
A finales de 1999, cuando se enteró de que daría el discurso de despedida a nombre de su promoción, en la clausura del año escolar, recordó esas ideas.
Luego de unos primeros minutos de lectura, con la más completa y total solemnidad, Sebastián hizo una pausa extraña, gesticulando con el rostro como si algo le incomodara. Suspiró y volvió a hablar:
-¿Saben qué? Hoy es mi último día en este colegio, al igual que mis compañeros de promoción, y no quiero aburrir a nadie…- Cogió el papel de su discurso formando una esfera con ella, la que introdujo en el bolsillo derecho de su pantalón, cerró el fólder que contenía ese papel y se lo puso debajo del hombro del mismo lado. -… Han sido años con sus cosas buenas y malas, como todo en esta vida…- Se quitó y guardó la corbata en el bolsillo izquierdo del pantalón, y se desabrochó el botón del cuello. -… Pero igual, estoy seguro que no olvidaremos el tiempo que hemos vivido aquí…- Sacó el micrófono de su sostenedor y dio unos pasos adelante. -… Por eso, sin más, solo quiero agradecerles a todos los profesores y sacerdotes por enseñarnos tanto. Y a mis compañeros decirles que les deseo lo mejor; se lo merecen muchachos. Muchas gracias.
Finalizó el discurso y empezó un estruendo de gritos y aplausos proveniente de sus compañeros de la promoción 99, los únicos que se mostraron felices porque el resto, especialmente curas y profesores, no vieron con tan buenos ojos tanta improvisación. Y trasgrediendo aun más el protocolo, en vez de salir por el lado izquierdo, Sebastián, luego de entregarle el micrófono al presentador, bajó por la parte delantera del escenario con un pequeño salto y fue directo hacia sus compañeros, quienes lo recibieron aun con más bulla.
En su casa, horas después, cuando se despojaba de su terno, sacó todo lo que tenía en los bolsillos. Encontró, arrugadísimo, su supuesto discurso. Supuesto porque del discurso propiamente dicho sólo tenía escrito las únicas líneas que leyó ese día; lo que seguían eran pautas de los gestos que tenía que realizar, y las frases que no habían sido improvisadas sino memorizadas en los días previos, cuando ensayaba en su habitación lo que tenía planeado. Lo contempló brevemente y se preguntó si es que no era contradictoria la seriedad impuesta a ese plan, siendo él alguien que había aprendido, en aquel lejano discurso del día del padre, a no tomarse demasiado en serio así mismo. No tardó en desdeñar esa pregunta y guardó el papel en un cajón. Más tarde decidiría qué hacer con él.


NOTA:
* cojudo y huevón (en Perú, no sé si en otros países): tonto, bobo, lelo, estúpido 

domingo, 10 de julio de 2011

Una impaciente farmacéutica

Sin más alternativas a dónde ir, Sara y Sebastian acordaron que irían al Starbucks del óvalo Gutiérrez, en Miraflores, a estudiar para el examen que tenían al día siguiente en la facultad. Sara, clienta asidua de la franquicia, fue quien propuso la idea, y Sebastián la aceptó de inmediato. Él nunca antes había entrado a un Starbucks, pero sí había podido ver, a través de las ventanas de algunos de sus locales, cómo era el ambiente adentro. Le gustaba su estilo, que él consideraba cálido y elegante, y le fascinaba el hecho de que los clientes no iban simplemente a tomar una taza de café y conversar; los había visto leyendo libros, periódicos, revistas; escribiendo en cuadernos y laptops; entretenidos manipulando algún dispositivo electrónico, como un celular o una consola de videojuegos portátil; siempre con la más completa y total tranquilidad, sin que nadie los moleste o apure, teniendo a su disposición, además de los clásicos juegos de mesas y sillas, cómodos sillones y sofás.
-Me siento un pituco*. Venir a un Starbucks a estudiar…- Le dijo a Sara con un tono que no ocultaba su orgullo, en el momento que entraban al local.
-Y eso que aún no has probado el café- Le respondió ella, sonriendo.
Adentro, se ubicaron al final de una cola de más de cinco personas que se dirigían a la zona del mostrador, que era donde, dedujo Sebastián, los clientes hacían sus pedidos. Sin palabras, debido a la emoción de estar experimentando esa atmósfera in situ por primera vez, le hubiera gustado poder atesorar cada detalle de ese ambiente en su memoria, pero el miedo a que alguien descubriera su asombro casi infantil, hizo que de reojo nomás observara lo que había a su alrededor más próximo. Entonces se dio cuenta que podía escuchar claramente el pedido que hacía cada cliente al ser atendido, y fue así que entendió que no le iba a bastar con sólo decir “un café, por favor” cuando le llegase su turno.
Sabiendo que la cola avanzaba rápido y que tenía que hacer algo pronto, dejó los disimulos de lado y empezó a mirar directamente todo lo que le circundaba, hasta que vio la pared que estaba detrás del mostrador. Se trataba de un mural en el que se listaban todos los tipos de cafés disponibles. Sebastián se alegró de su descubrimiento, pero en seguida supo que era demasiado pronto como para celebrar. Simplemente no reconocía nada de esa lista. La miró una y otra vez; primero velozmente (un par de ítems decían café, pero ninguno “con leche” o “solo”), luego despacio (se repetían palabras que ni sabía muy bien cómo pronunciarlas: mocha, latte, macchiato, capuccino, frappuccino, “¿eso es italiano, no?” pensó), pero igual, nada; nada de esa gran variedad de opciones le era remotamente familiar. Sintió vergüenza de contarle a Sara su problema y poner en evidencia su ignorancia, pero por suerte, como ella iba delante de él en la cola, decidió que pediría y haría exactamente lo mismo que su amiga. Así, Sebastián aprendió que luego de pedir lo que uno deseaba (o como en este caso, simplemente repetir las palabras de otro) y pagar por ello, había que dar su nombre y esperar unos minutos hasta que lo llamen y le entreguen su orden.
Con su pedido en mano, Sebastián olvidó por un instante eso de hacer lo mismo que Sara, y bebió un sorbo; de inmediato sintió el amargo sabor de un café sin azúcar. “Yo lo prefiero dulce”, le dijo Sara, y él de nuevo le prestó atención a sus acciones, y vio como ella se acercó a una mesita donde estaba el azúcar, entre otros ingredientes y utensilios. Luego de endulzar su café, Sara fue en busca de una mesa libre. Sebastián en cambio, para tratar de diferenciarse un poco de su amiga, luego de endulzar su café también, tomó una cañita de aquella mesita. Pensó que los dos agujeros en la tapa de su vaso eran para eso: para introducir cañitas, pero luego de unos intentos fallidos (porque mientras que la forma de toda cañita es cilíndrica, esos agujeros tenían forma de rectángulos, y eran más pequeños que el diámetro de aquel tubo de plástico) comprendió que lo que estaba intentando era una idiotez, y en consecuencia se sintió un idiota. Antes de ir a la mesa en la que estaba sentada Sara, y tratando de que ella no se diera cuenta, tiró la cañita en el primer basurero que encontró cerca.
En un momento, mientras estudiaban, Sara fue por otro café. Él no se movió de su asiento hasta que terminaron de estudiar todo lo que tenían que estudiar y se pusieron de pie para abandonar el local.
-¿Señor, en qué le puedo ayudar?- Le dijo una impaciente farmacéutica alzando la voz, porque era la tercera vez que le hacía la misma pregunta.
Por fin Sebastián salió del ensimismamiento en que se encontraba; estado al que había entrado cuando divisó, en una de las paredes detrás del mostrador, la sección de condones y su abrumadora variedad. Era la primera vez que los compraba en una farmacia. Anteriormente sólo lo había hecho en la recepción de hoteles en donde no tenía que hacer ninguna elección porque sólo tenían de una marca (y sorprendentemente siempre la misma), pero como su amiga Alicia vivía sola desde hacía un par de días atrás, esta vez tenía que comprar los preservativos antes de ir a su departamento.
Estaban los que seguían una especie de escalafón: de sensible a ultra sensible, de súper delgado a súper grueso. Los de diferentes texturas: unos venían recubiertos con puntitos, otros con estrías, otros con espuelas (“¿espuelas?”, pensó). Los de la misma característica pero diferente marca y con adjetivos que generaban duda de cuál era mejor: ultra seguro vs extra seguro. Los menos pretenciosos como el clásico y el natural. Los que ofrecían un beneficio práctico, como aquellos que garantizaban comodidad para quienes sufrían por las insuficientes dimensiones de un condón común; o los otros con retardante, para quienes quisieran evitar que luego se les acuse de ser eyaculadores precoces. Y los que, indirectamente dirigidos a las parejas de los usuarios, proponían se les disfrutase también con la boca: preservativos con sabor a plátano, fresa y naranja.
Ahora, indeciso ya que cada uno de esos productos tenía algo bueno que ofrecerle, y sin nadie delante de él a quien imitar, hizo un “de tin marín de don pingüé...” con la mirada y le señaló el paquete escogido a la farmacéutica, pronunciando un escueto “me llevo ese”.
Hecha la compra y saliendo de la farmacia, un pensamiento, cual ráfaga, le vino y se posesionó de su mente. Sebastián empezó a reírse y luego a felicitarse por lo que creía era una idea muy graciosa. Y esa alegría no se le borraría de la cara en todo el trayecto en bus hacia el departamento de Alicia.
Apenas ella le abrió la puerta, y antes de cualquier saludo, Sebastián sacó la cajita de condones y se la enseñó diciéndole, en aptitud triunfante, la frase que tenía en la punta de la lengua:
-Comprar un condón es tan complicado como comprar un café en Starbucks- Volvió a reír esperando a que Alicia se riera con él y celebre su genialidad, pero ni lo primero ni lo segundo sucedió:
-Nunca he ido a un Starbucks- Le respondió ella, y él se quedó con la boca abierta como si alguien le hubiera puesto pause a su cara.
Se miraron sin decirse nada por unos segundos, confundidos. “¿Lo vamos a hacer o no?”, le preguntó entonces Alicia, rompiendo el silencio. Sebastián le respondió afirmativamente tratando de olvidar su desazón y de concentrarse en el objetivo de su presencia en ese momento y en ese lugar. Entró y cerró la puerta.

NOTA:

domingo, 3 de julio de 2011

Bruno murió

Vio su reloj otra vez y calculó que al fin debían de ser las nueve de la mañana en Lima. Sebastián había estado toda la noche pendiente de la hora, esperando el momento más prudente para hacer la primera de varias llamadas. Claro, las nueve de la mañana de un domingo aún era temprano, y seguramente que toda persona que él consideraba amiga debía de estar todavía durmiendo; pero ya no podía esperar más. Al menos a esa hora estaba seguro que, salvo por alguna excepción meteorológica, había un sol resplandeciente en el cielo de Lima, como en cualquier otra mañana de verano en la capital del Perú. Así que no era una hora imposible, además qué poco probable que estuviesen trabajando o haciendo algo realmente importante que les impidiera contestar el teléfono. Por supuesto, Sebastián sabía que el sueño también era una razón de peso suficiente como para que no le respondiesen, pero el hecho del carácter sorpresivo de su llamada, después de poco más de un año de no comunicarse con ellos, le hizo creer que le contestarían y saludarían con regocijo, o que, por lo menos, no lo mandarían a la mierda.
Para no perder más tiempo, decidió que empezaría a llamar en orden alfabético. Revisó su celular y encontró el nombre de Adrián. Con su nombre en la pantalla sólo era cuestión de pulsar la tecla con el símbolo de un teléfono verde para iniciar la llamada, pero no lo hizo; su pulgar se quedó rozando la tecla con movimientos circulares. Trató de recordar lo último que sabía de Adrián, y, cuando creyó tener algo en mente, ensayó un poco la forma en que empezaría la conversación, anotando unas cuantas preguntas en una hoja de papel. Dudó si sentarse, echarse, o permanecer de pie. Optó por lo último. Sabía que su manía de no quedarse quieto por mucho tiempo haría que, de todas formas, de escoger una de las dos primeras opciones, terminaría parándose y caminando alrededor de su habitación. Entonces se dirigió a hacia una de las ventanas, y otra vez pospuso la llamada. El silencio de las calles lo distrajo; aunque el paisaje era distinto, recordó con nostalgia lo mucho que disfrutaba contemplar a la Lima nocturna y durmiente desde el balcón de su antiguo departamento, en el distrito de Miraflores. Sintió que ese metro cuadrado sobre el que estaba parado ahora, a las dos de la mañana en ese departamento en Madrid, era el lugar perfecto para iniciar una conversación telefónica.
Miró su celular y el número de Adrián seguía seleccionado, entonces su pulgar volvió a posarse sobre el diminuto teléfono verde. Se preguntó si es que Adrián o cualquiera de sus otros amigos estarían molestos por no haber tratado de contactarse con ellos en todos esos meses. ¿Ya no se había convencido que le contestarían alegres? ¿Y si no? ¿Cual había sido el motivo de que no hubieras llamado antes? se imaginó a Adrián u otra amistad preguntándoselo e increpándoselo a la vez. Podría responder “mucho que estudiar” o “mucho trabajo” pero sonaría tan falso, y es que lo estaría siendo en realidad. Igualmente falso sería poner como excusa el haber hecho muchos nuevos amigos con quienes salía seguido. Sí, había conocido nuevas personas, unas pocas en realidad, pero nadie a quien pudiera llamarle amigo o amiga. Sólo había congeniado con una sola persona y de qué manera. ¿Por qué no decirles la verdad? Dejar de lado a los amigos por una mujer era reprochable pero perdonable: a sus amigos les podría decir que era por sexo, a sus amigas que era por amor; listo, pecado perdonado. Pero en ambos caso se trataría de una verdad a medias. ¿Y por qué llamas justo ahora, un domingo por la madrugada en España? ¿Dónde está ella? ¿Por qué no estás con ella en estos momentos? Eran preguntas obvias, estaba seguro que definitivamente se las iban a hacer. Sebastián tendría que mentir y no sólo se darían cuenta de eso, sino que también adivinarían lo que estaba sintiendo: ¿terminaron, no? ¿Ella te dejó, no? O sea que ahora que te sientes solo te acuerdas de tus amigos, ¿no es así?
Vio su reloj otra vez y tan sólo habían pasado quince minutos. Se puso el pijama, apagó las luces, se recostó en su cama y tomó el control remoto del televisor. Su pulgar no se quedó rozando el botón rojo de encendido sino que de inmediato lo presionó, y un segundo después una imagen iluminaba la habitación. Por unos minutos Sebastián se quedó observando fijamente la pantalla sin prestar real atención a lo que sucedía, sin percatarse si quiera que el televisor estaba con el sonido apagado. Y de pronto apagó la TV, saltó de la cama cogiendo su celular, y rápidamente se ubico cerca a la misma ventana de antes. “A la mierda”, suspiró, y llamó a Adrián. Cinco timbradas luego se activó el contestador automático sugiriéndole dejar un mensaje. Colgó y pensó que Adrián debía de seguir durmiendo, o es que tenía un nuevo celular, o es que todos tenían nuevos celulares, ¿cómo es posible que no haya pensado en eso? Entonces el celular de Sebastián empezó a sonar. Era Adrián y le respondió al tercer timbrado.
-Aló, ¿eres tú, Sebas?
-Hola Adrián. Saludos desde Madrid. Espero no haberte despertado.
-Ah, no te preocupes. A los siglos, qué gusto…
Hablaron alrededor de media hora. Sebastián no se guardó nada; le contó de todo y de todo se rieron.
Al momento de despedirse Sebastián le dijo que ahora llamaría a Bruno.
-¿Bruno? Pucha, Sebas, ¿no te enteraste?
-¿Qué cosa?
-Bruno murió.
-No jodas.
-…
-Pero…
-Pensé que lo sabías.
-Cuándo, qué pasó…
-…
-…
-Jajaja, es broma Sebas, es una broma nomás. ¿Ves? Eso pasa por no llamar más seguido a los amigos. Jajaja. Llámalo, se va a alegrar de hablar contigo.
-Jajaja, eres un pendejo, Adrián.
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