lunes, 19 de marzo de 2012

Abanicos

Un otaku es una persona aficionada al manga y al anime, o sea, a las historietas y dibujos animados japoneses. Una fiesta otaku es como cualquier otra sólo que la música que se pone es sacada de soundtracks de series y películas anime, y en la que la mitad de sus asistentes va siempre disfrazada de personajes propios de esas producciones. En aquella nuestra primera fiesta de ese tipo, Eduardo y yo, amigos y otakus hasta el día de hoy, no estábamos disfrazados; aunque según él, yo, con mi barba y mis lentes, fácilmente hubiera podido caracterizarme como el maquiavélico Gendo Ikari de la serie Evangelion.
Sucedió una noche de sábado para domingo del 2005.
Eduardo, amante de las juergas, fue con verdaderas ganas de festejar; yo, que odiaba las fiestas, sólo por curiosidad. Y transcurridas unas horas estábamos logrando nuestros propósitos. Eduardo, ya con varios litros de cerveza en su organismo, bailaba feliz con alguna chica, mientras que yo, sentado en una mesa y completamente sobrio (porque en esa época no bebía ni una gota de alcohol), observaba fascinado todo lo que sucedía y, de paso, cuidaba la botella grande de Cristal más reciente que mi amigo había comprado. Para entonces ya nos habíamos reído bastante con el desfile de disfraces en donde predominaron las pelucas de colores chillones y las armaduras hechas con pedazos de cartulina forrados con papeles brillantes; y, de igual forma, con el concurso de karaoke cuyos participantes hicieron más incomprensible aun el idioma japonés; en tanto disfrutábamos de algunas bolas de arroz típicas del Japón. Definitivamente todo marchaba muy bien en esa casona antigua que supuse era normalmente un recinto para los seguidores del punk, porque en el momento que una persona entraba y salía de una habitación, pude ver en el interior de la misma ropas, pulseras, correas y otras prendas, todas negras, muchas de las cuales tenían incrustaciones de metal, colgadas como si se tratara de una tienda de moda especializada en esa cultura.
Entonces alguien tocó mi hombro, volteé y vi a un chico de veintitantos años como yo, de pie e inclinado hacia mí, delgado y de mediana estatura, vestido con un traje de sastre muy pegado a su cuerpo y con un polo en vez de la tradicional combinación de camisa y corbata; todo el conjunto completamente de negro.
-¿Qué es esto?- me preguntó señalando a los que bailaban.
Entre gritos, obviamente por la bulla de la fiesta, empezamos a dialogar:
-¿Qué?- le dije confundido al no entender el significado de su pregunta; además trataba de adivinar mentalmente de quién estaba disfrazado.
-¿Qué es esta fiesta?- me preguntó de nuevo.
Me di cuenta de que no era un otaku y que su ropa no era un disfraz.
-Es una fiesta de anime- le respondí.
-¿Anime?... Ah, esas cosas japonesas- me dijo.
-Sí, esas cosas- le dije.
-¿Me puedo sentar?- me preguntó señalando el desocupado asiento de Eduardo.
-Claro- le respondí, y en un extraño arranque de cordialidad (y de conchudez) de mi parte, mientras le acercaba la botella y el vaso de Eduardo, le dije: -sírvete cerveza si quieres.
Agradecido y visiblemente complacido por mi amabilidad cogió la botella y llenó el vaso.
-Pensé que eras otro…- casi le dije otaku pero supuse que no sabría el significado de esa palabra -… aficionado a estas cosas.
-No, no- dijo -la verdad no me llama la atención, pero respeto el gusto de los demás, así como yo espero que respeten los míos.
Sus palabras me parecieron enigmáticas y por eso le pregunté:
-¿A ti que te gusta?
Y me respondió:
-La oscuridad y la muerte.
Recordé entonces las prendas que había visto en esa habitación que parecía una tienda de ropa, y teniendo en cuenta eso de “oscuridad y muerte”, entendí que esa casona no era un centro de reunión para punk’s sino para otro tipo de personas que también gustan vestir de negro, que la presencia de mi interlocutor en ese lugar no era casualidad, que él ya había estado ahí antes…
-¡Ah… eres gótico!- le dije emocionado por mi brillante deducción.
Él no recibió con alegría mis palabras:
-Me gusta la oscuridad y la muerte, punto.- me dijo seriamente -Eso de gótico no es más que una etiqueta inventada por la sociedad.
Su repentina seriedad me causo gracia, la que supe ocultar.
-¿Y cómo así llegaste acá?- le pregunté queriendo confirmar mis deducciones.
-Acá nos reunimos los sábados en la noche… no sabía que hoy lo habían alquilado para otra cosa.
En ese momento nos presentamos. Le dije que era un estudiante de Ingeniería de Sistemas, soltero y sin trabajo; él me dijo que tenía una esposa y una hija pequeña, y que trabajaba. Le pregunté en qué y me respondió “un trabajo de mierda como cualquier otro impuesto por la sociedad”. Era la segunda vez que mencionaba esa última palabra despectivamente, lo que me pareció un mal presagio. En efecto, tuve razón, porque empezó con un tedioso discursillo acusando a la sociedad de corrupta y de marginar a toda persona que no cumpliera con sus estándares; una sociedad que quería eliminar a los individuos y reemplazarlos por “seres humanos producidos en masa y con el mismo molde”. Tuviera o no razón, su forma de hablar, con el tono típico de quien se cree dueño de la verdad absoluta, me desagradó, y peor aun cuando empezó a juzgar mi estilo vida que supongo él consideraba demasiado burgués. Dejé de prestarle atención y empecé a hablarle secamente. Él notó mi cambio de actitud: “disculpa, amigo, a veces me pongo pesado. Tú… se nota que eres un buen pata[amigo]” me dijo mostrándose arrepentido. Y, cambiando de tema de una forma alucinante, me contó lo siguiente:
-Sabes… a mi esposa y a mí nos gusta ir a los cementerios en las noches y hacer el amor cerca de las tumbas.
-¿En serio?- dije sorprendido, y eso que aún no había recibido la mayor sorpresa:
-Sí, sí, es una experiencia increíble, deberías probarlo alguna vez, ¿no te gustaría hacerlo un día con nosotros?
Viendo su rostro supe que hablaba en serio. Me reí sintiéndome incómodo y halagado a la vez.
-No, gracias, amigo. No le voy a esas cosas- le dije, pero fue una verdad a medias. Era (y soy) un pervertido: si me hubiera dicho para hacerlo en un hotel en vez de un cementerio probablemente hubiera aceptado.
Él sólo asintió con la cabeza. Le pregunté:
-¿No les da miedo a ti y a tu mujer?
-No, para nada.- dijo con una sonrisa presuntuosa -A los muertos no hay que tenerles miedo, sino a los vivos… ¿sabes cómo me protejo de los vivos?
Y abriendo un poco su sacó me mostró un cuchillo enfundado de regular tamaño que colgaba de su cinturón. Hizo ese gesto con total naturalidad, como quien muestra un objeto ordinario, sin ningún ánimo de parecer amenazador; por ello no me alarmé.
-Tienes razón: los vivos son el verdadero peligro- le dije tranquilamente siguiéndole la corriente porque la verdad ya no se me ocurría qué más decir.
Luego de unos minutos de silencio habló él:
-¿Por qué no tomas?
-No bebo alcohol- le respondí.
-¿No tomas alcohol?- dijo con la típica incredulidad y desaprobación de quien ve con malos ojos a los abstemios.
-No- respondí seguro de mí mismo -no bebo, no fumo… ni bailo- dije lo último riendo para tampoco sonar muy serio. Y agregué anticipando su posible siguiente pregunte: -Sólo vine por curiosidad y acompañando a un pata.
Pasaron otros minutos sin decirnos nada.
-No me gusta mucho esta música pero igual tengo ganas de bailar- me dijo entonces. Se paró y, como finalizando nuestra interacción, continuó: -Gracias por la cerveza, amigo.
Pensé que buscaría a alguna chica para que fuera su pareja de baile pero lo que hizo fue ponerse a bailar solo. Bailaba a un ritmo que no correspondía al de la música de la fiesta, como si estuviera escuchando canciones distintas a las que los demás escuchaban. Se movía como si llevara abanicos en sus manos, lo que me hizo recordar los bailes del grupo LocoMía. Vi mi reloj y eran las 3 de la mañana.
Tres horas más tarde ya estaba amaneciendo, y Eduardo y yo abandonábamos la casona rumbo a la avenida más cercana para tomar un taxi. Eduardo, quien había tomado 5 botellas grandes de cerveza, caminaba tambaleándose hasta que cayó de rodillas. Lo ayudé a levantarse y sólo apoyado en mí pudo caminar.
-¿Para eso chupas?- le dije burlándome -¿para terminar en el suelo?
No se quedó callado:
-¿Qué esperas pues, huevón? Si no has tomado nada: yo me he tenido que tomar todas las chelas.
Me cagué de la risa.
Cuando tomamos el taxi le dijo al taxista para ir a la avenida La Marina (avenida donde, yo no lo sabía entonces, abundan discotecas y restaurantes de comida rápida), a un local de pollos a la brasa porque (Eduardo) tenía mucho hambre.
-¿Hay algún pollería abierta un domingo a estas horas?- le pregunté ingenuamente.
-Puta madre, Josué, no sabes ni un carajo: tienes que salir más- fue su respuesta.
No le hice caso en ese momento. Cuatro años después lamentaría no haberlo hecho.
***
LocoMía

lunes, 12 de marzo de 2012

Invisible

Antes de tomarnos un examen, el profesor Morales reacomodaba nuestros lugares en el aula asegurándose de que los alumnos más propensos a hacer trampa se sentaran al alcance de su vista.
Antes de aquella prueba de historia, en 4to de secundaria, no fue la excepción.
Yo terminé sentado junto a la pared de al fondo, y ahí nomás, delante de mí, Rojas Aguilar. Fue lo mejor que le pudo haber pasado a Rojas en ese momento. Él medía 1.85m y era corpulento, más por grasa que por músculos, mientras que yo era un escuálido adolescente de 1.70m. Así que, desde mi posición y con toda su humanidad tapándome, yo era prácticamente invisible a los ojos del profesor. Supongo que el profesor confiaba en mí por ser uno de los primeros puestos, y que consideraba a Rojas no lo suficientemente tramposo como para ponerlo más adelante. Como sea, hizo mal. Apenas empezó la prueba Rojas me dijo: “Ya, Souza: saca tu cuaderno”, lo que hice sintiéndome seguro bajo su sombra. Y así trabajamos en equipo.
Yo había estudiado como para un 15 [las notas en Perú van de 0 a 20]; Rojas, conociéndolo supongo que ni siquiera lo había hecho. Al final nuestras notas fueron 19 y 18, siendo suya la mayor. Mi calificación pasó desapercibida pero la de Rojas todo lo contrario: al comienzo todos se sorprendieron pero pronto, cuando se enteraron de nuestros lugares en el examen, intuyeron lo que había pasado.
Y cuando digo todos, me refiero a mis compañeros y, también por supuesto, al profesor Morales, quien otro día en el recreo me pasó la voz para conversar “un ratito”. De inmediato supe de qué quería hablar conmigo. Pensé que me haría acusaciones, pero no; todas fueron indirectas: “¿no te sientes mal, Souza, porque Rojas te ganó en el examen?”, “¿no te parece raro que Rojas haya sacado 19?”, ”¿no tienes nada qué contarme, Souza?”, y más cosas así, siempre en un tono irónico, que evidenciaban que no tenía pruebas contundentes. Y aunque las hubiera tenido a mí la verdad no me hubiese importado: era un adolescente displicente que si sobresalía en el colegio era por la mediocridad del mismo. Yo me hice el loco y le respondía tranquilo y sonriente; pero secretamente me sentía satisfecho por mi obra.
En el examen, de haberlo querido, le hubiera pasado a Rojas buenas respuestas como para que sacara un 11 (o sea lo mínimo para aprobar) y nadie sospechara después, y era eso lo que iba a hacer inicialmente, pero luego pensé: “¿no sería divertido que Rojas y yo sacáramos 20?”, y siguiendo con mis pensamientos: “¿no sería aun más divertido que él sacara más nota que yo?”. Si al final Rojas no sacó 20 fue porque decidí darle un toque de credibilidad al asunto: ni cagando Rojas iba a sacar la máxima nota en algún examen.
Al final de nuestra conversación quise devolverle la cortesía al profesor Morales por su forma de hablarme: “muy fácil el examen, pues, profe”, le dije irónicamente. Y ahí quedo zanjado el tema.
***

lunes, 5 de marzo de 2012

Un apellido de origen brasileño

Rendirse es generalmente un acto deshonroso, pero en el ajedrez es la única forma de salvar el honor ante una derrota inminente: no hay nada más humillante para un ajedrecista que perder por jaque mate. Por eso yo no podía entender por qué mi oponente en aquella partida no se rendía si estaba siendo aniquilado. Era como si no se diera cuenta de su desastrosa situación, y a mí eso me intrigaba: ¿cómo alguien podía ser tan inepto y no darse cuenta de ello?, me preguntaba a mí mismo, y pensé que, tal vez, se debía a su condición de… mujer. Yo tenía 12 años, era mi primer torneo de ajedrez y era también la primera vez que enfrentaba a una chica (púber como yo); y por cómo iban las cosas no pude evitar sentirme superior en todo aspecto. Llegó un momento en que pude darle fin a toda esa masacre con un misericordioso jaque mate, pero, queriendo abusar de mi poder, no lo hice y decidí prolongarla capturando (“comiendo”) todas sus piezas. Fue una tarea que emprendí en modo automático, o sea, ella hacia un movimiento y yo simplemente capturaba alguna de sus piezas sin pensar, sin ver el tablero en toda su dimensión. Mientras, me imaginaba a mí mismo contándole luego a mis amigos cómo había destrozado a esa chica, diciéndoles que las mujeres no sirven para el ajedrez, que los hombres somos más inteligentes, que esto y que lo otro y más sinsentidos… hasta que escuché “jaque mate”.
Casi se me cae la mandíbula al suelo.
En efecto, con una de sus torres, aprovechando que mi rey estaba encerrado y olvidado en una esquina, ella me hizo jaque mate.
Y fue así como el ajedrez me enseñó a nunca subestimar a las mujeres.
 *
El príncipedel tenis es una serie animada japonesa (anime) en donde se juega el tenis más sobrehumano y absurdo posible, y que a mis amigos de facultad y a mí nos encantaba. Gracias a él se despertó mi afición por el tenis (que tenía dormida desde hacía años) y mis amigos se interesaron por ese deporte; lo que a mediano plazo tuvo como consecuencia la reserva de una cancha en el Campo de Marte. Fuimos sin ninguna experiencia tenística previa, pensando ¿qué tan difícil puede ser darle a una pelota con una raqueta? Pues, fácil; ahora, hacer que esa pelota cruzara la red, todo lo contrario. Y cuando lo conseguíamos, la pelota terminaba fuera de las instalaciones de ese complejo deportivo. El culpable tenía que ir a recogerla y como jugábamos dobles (éramos cuatro), teníamos que detener por unos minutos el partido, el que, con tantos errores era casi imposible iniciar de por sí. Pronto las personas que jugaban en las canchas aledañas dejaron de hacerlo, rodearon la nuestra y empezaron a celebrar nuestras torpezas. A nosotros nos daba igual; habíamos pagado por una hora (además del alquiler de las raquetas y la compra de un par de pelotas) y no nos íbamos a ir antes. Cuando empezamos a marcharnos de la chancha, algunos de nuestros espectadores aplaudieron entre risas.
Nos prometimos luego tomar clases juntos y volver a jugar. Hace 5 años de esa promesa, y aún nada.
 *
Me gusta el ajedrez, me gusta el tenis, pero mi deporte favorito es el fútbol, para el cual naci negado. Igual no perdía la oportunidad de jugarlo cada vez que podía, especialmente en mi niñez y adolescencia; sólo me aseguraba de hacerlo con personas que me putearan lo menos posible por mi mal juego. Mis mayores “triunfos” en ese deporte sucedieron las veces que, previo a algún partido y al momento de armar los equipos (cosa que hacían los capitanes, o sea, los dos mejores jugadores de un grupo de chicos), yo no era elegido al final, sino penúltimo, lo que significaba que había alguien que jugaba peor que yo. Armados los equipos, mi capitán me mandaba prácticamente al lado del arquero, como último defensa, y siempre con la misma y única instrucción: “de ahí no te muevas”, la que yo cumplía a rajatabla. Pero un día, cuando recibo la pelota, no sé qué bicho me picó y me fui para adelante, yo solo, ignorando los pedidos de pase de mis compañeros de equipo. Seguí y seguí, dejando rivales en el camino, sobreviviendo empujes y esquivando patadas, y así hasta que llegué a una posición ideal para rematar al arco rival. Por supuesto, sin pensarlo dos veces y con la punta de mi pie (los buenos futbolista usan la parte interna), pateé con todas mis fuerzas, y lo que parecía iba a ser un golazo clavado en uno de los ángulos del arco, no lo fue, pero casi. La pelota rebotó en el palo derecho y con tal fuerza que regresó a la media cancha (era un campo de fulbito, de cemento), directamente a los pies de jugadores rivales, quienes, aprovechando el “hueco” en la defensa de mi equipo, debido a mi ausencia en esa posición, contragolpearon y finalmente nos metieron un gol. La puteada que recibí. Y pensar que muchos creen que por tener un apellido de origen brasileño, Souza, soy un as del futbol (y que hablo portugués, cosa que tampoco es cierta).
Por todo aquello, al momento de escoger una actividad extracurricular en mi colegio, algo que era obligatorio, y porque siendo una institución parroquial ni cagando iba a tener canchas de tenis, me enlisté en el equipo de ajedrez, deporte que, aparte de darme medallas (a pesar de que fui un jugador más o menos nomás), me enseñó a respetar a las mujeres y, al menos entre amigos y familiares, me hizo “famoso”:
Foto del diario El Comercio, hace un millón de años
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lunes, 27 de febrero de 2012

Decidí abandonar la escritura


Un grupo de jóvenes alcoholizados van por una calle muy, muy de noche haciendo bulla. No parecen perturbar a nadie porque nadie sale a reclamarles, hasta que pasan por delante de una casa de apariencia descuidada, de donde, por una de sus ventanas, una anciana les conmina a callarse. Ellos en vez de obedecer empiezan a insultarla y ella en vez de amilanarse los reta a que entren y se lo digan de frente en su cara. Ellos, restándole importancia a sus palabras, la insultan por un par de minutos más y luego se van; salvo uno que si acepta el reto. El resto trata de disuadirlo pero rápidamente se olvidan de él porque están más preocupados de seguir la juerga en otra parte. Entonces el muchacho se acerca a la puerta de la casa y empieza a darle fuertes golpes hasta que ésta de pronto se abre lentamente, aparentemente sola. El chico entra con precaución, la puerta se cierra, y de él no se vuelve a saber más. Al día siguiente el resto de muchachos reportan la desaparición de su amigo a la policía, la que de inmediato inicia una investigación. Otro día un agente les muestra a los chicos la fotografía de una anciana que ellos reconocen de inmediato como la dueña de la casa descuidada. Entonces el policía, para su perplejidad, de los chicos y de todos, les dice que aquella mujer lleva más de una década muerta. Fin.
Esto es, en resumen, el primer cuento que escribí a la edad de 15 años. La alegría de su nacimiento me duró apenas unos minutos porque al releerlo lo odié de inmediato, entre otras cosas, por su final tan obvio. Descarté tratar de arreglarlo, simplemente no quise saber más de él así que lo mandé al olvido. Tocaba, pues, pensar en otra historia de terror o misterio. 
 *
Tras años antes había leído el primer libro de mi vida: “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, y no sabría decir si entonces me gustó o no porque, al no ser una lectura voluntaria sino impuesta por mi mamá, lo leí de paporreta sin prestarle atención; y lo hice tal cual ella me lo ordenó: en sesiones diarias de 15 minutos y en voz alta para que me escuchara mientras hacía las labores de la casa. Era verano, yo estaba de vacaciones y mi mamá creyó que era un buen momento para que yo empezara a leer, pero no sucedió. Ocurriría dos años después, a los 14, cuando por mis manos pasaron, y esta vez voluntariamente, distintos tomos con los relatos protagonizados por Sherlock Holmes, creación de Arthur Conan Doyle, y los de Edgar Allan Poe. Fascinado con la truculencia de sus historias, devoré cada uno de esos libros con deleite y mi gusto por lo fúnebre y misterioso llegó a tal nivel que de pronto sentí la necesidad de escribir algo así.
 *
La historia del segundo cuento iba más o menos así:
Un hombre, digamos de unos 30 años, va por una calle desconocida y en su camino se encuentra con un rosal. La belleza de estas rosas llama su atención así que se acerca para  verlas mejor y descubre sorprendido que no tienen espinas. Piensa que tiene ante sí el regalo perfecto para su novia, entonces va hacia la casa más cercana en busca del dueño o dueña del rosal. La dueña es una anciana quien gentilmente le regala una de ese flores, pero le advierte que esas rosas requieren atención constante y que pueden ser vengativas si no se les da ese trato; el hombre la considera senil y no le cree. Luego, en el departamento donde vive la pareja, su novia acepta feliz el regalo y por unos días ambos no dejarían de admirar a la rosa que plantaron en una maceta. Pero poco a poco la novedad dejó de serlo y la rosa pasó a ser un simple ornamento más de su departamento. Entonces una mañana el hombre se despierta y descubre horrorizado el cuerpo inerte de su novia, blanco como si careciera de la más mínima gota de sangre a pesar de no haber charcos ni manchas al rededor. Los especialistas le confirman la ausencia de sangre en ese cuerpo y le señalan también el punto de salida: una pequeña herida en una de las manos, una herida hecha por la espina de una rosa. Y de inmediato viene a su mente la rosa y las palabras de la anciana. Regresa al departamento, furioso, con el único objetivo de destruir esa flor la que arranca de su maceta pero un dolor insoportable hace que la suelte; al hacerlo descubre que de pronto el tallo de la rosa está infestado de espinas, y su mano, llena de heridas, empieza a sangrar profusamente. Empieza a debilitarse, cae al suelo junto a la rosa, y en minutos ambos mueren. The end.
Nunca escribí este cuento; todo fue mental. Quería tener lista una historia que realmente me gustara antes de empezar a escribirla. Me tomó varios días y si bien al terminarla (en mi cabeza) me sentí orgulloso de ella por creerla original, pronto la encontré ridícula, para nada misteriosa, por eso no llegó al papel.
Frustrado por esos dos intentos fallidos decidí abandonar la escritura, al menos temporalmente. Creo que aún no había cumplido los 16 años.
 *
Después descubrí otros autores, otros estilos, otros géneros, y mi gusto se fue expandiendo, así como poco a poco la biblioteca de mi casa me fue quedando chica. Mi madre le contaba orgullosa a mis tías que me gastaba todas mis propinas comprando libros (de las colecciones populares que sacaba El Comercio), y lo “mucho” que había leído para ser un chico de apenas 17 años. Bueno, todo ese orgullo y las propinas se acabaron cuando descubrió que también leía al “inmoral” Jaime Bayly.

lunes, 20 de febrero de 2012

Ese momento de felicidad espontánea

Vivo en una zona tranquila y agradable en donde uno puede salir a pasear, incluso de noche, sintiéndose seguro. Es así la mayor parte del tiempo, o sea, no siempre: en los 6 años que llevó aquí, viviendo en un edificio, me he enterado de tres asaltos; todos a mano armada y en la noche.
La primera víctima fue un vecino a quien en la puerta del edificio, cuando sacaba sus llaves, lo abordaron y le robaron, entre otras cosas, su mochila en la que llevaba su laptop; al parecer lo habían estado siguiendo en un auto. Me lo contó mi madre pidiéndome que tuviera mucho más cuidado porque por aquellos días yo regresaba de la universidad a las 11 de la noche.
La segunda víctima fue una señora, vecina también, que llegaba de hacer compras de un centro comercial. Entraba al edificio cargando varias bolsas, y, justo antes de cerrar la puerta, irrumpió un hombre quien no sólo la amenazó a ella sino también al portero; se llevó las bolsas y la cartera de la señora. Yo, que en esos momentos estaba a unas dos cuadras, vi a un hombre salir corriendo el edificio y meterse a un auto blanco el que a continuación arrancó a toda velocidad. Fue el portero, pálido, quien me contó lo sucedido.
El tercer asalto pasó un día en la que yo estaba muy entretenido viendo tv; tan entretenido que no le presté mayor atención a un grito de mujer que provenía de la calle. Minutos después mi madre entra alarmada a mi cuarto y me cuenta cómo a una chica que salía de una de las casas de en frente le acababan de robar su auto. Mi madre lo había vio todo por la ventana de su habitación: el asaltante, luego de hacer que la chica le diera las llaves, la empujó al suelo, en medio de la pista, y se marchó con el auto; ella quedó llorando hasta que salieron personas de la casa de donde había salido y se la llevaron adentro.
Definitivamente ningún sitio, por más tranquilo y agradable que sea, es completamente seguro.
Un domingo a eso de las 3 de la mañana, mientras contemplaba la calle desde mi balcón, vi  a un chico y una chica, tomados de la mano, caminar por la vereda de la cuadra que está al frente de mi edificio; venían de alguna fiesta. Entonces se detuvieron a la altura de un árbol, bajo su sombra, y empezaron a besarse, abrazarse. Por momentos permanecían inmóviles, otros ratos hacían como si bailaran, y cuando reían se podían escuchar claramente sus risas. Pasaban los minutos y nada: no se iban, seguían con lo suyo completamente despreocupados en esa calle desierta. Observé los alrededores: nadie merodeaba, ningún auto sospechoso estaba estacionado o dando vueltas, ni si quiera había señales del patrullero de la policía municipal. Parecía que nada interrumpiría ese momento de felicidad espontánea; nada ni nadie. Entonces me pregunté “¿dónde carajo están los ladrones cuando se les necesita?”.

domingo, 12 de febrero de 2012

Un señor muy alto con unos bigotes enormes (crónica)



A mediados del 2004 Patricia y yo éramos amigos, compañeros, alumnos de la misma facultad y por alguna razón nos enviábamos mails regularmente contándonos nuestras cosas. Mientras que los de ella tenían como subject el típico “hola”, cada uno de los míos tenía nombre propio, o sea un título distinto y significativo, y es que eran correos muy distintos entre sí porque contaban pasajes de mi vida en diferentes épocas. Patricia se limitaba a escribirme sobre su actualidad.
Se supone que todo lo que nos contábamos era verdad… bueno, en mi caso no siempre era así. A veces exageraba los hechos o, cuando la memoria me fallaba, inventaba situaciones que encajaran bien en la historia contada. Todo con un solo propósito: hacer que el mail fuera lo más entretenido posible. En uno en especial mi imaginación se desbordó. Fue aquel donde le conté de cómo dos años atrás había intentado conseguir trabajo como acompañante de mujeres mayores, en otras palabras, como gigoló; hecho que sí ocurrió. En resumen, sólo había sido una conversación de 15 minutos con un señor alto, panzón, y bigotón que casi me convence que podía hacerme rico teniendo sexo con señoras de la alta sociedad limeña; yo había ido a esa entrevista de trabajo por un anuncio, pero al final no pasó nada porque, entre otras cosas, pensé que todo era demasiado bueno como para ser cierto y que podría salir perdiendo. En ese mail inventé mi preocupación por mi nombre de batalla (si es que llegaba a conseguir el trabajo) porque tenía que ser un buen nombre, uno que llamara la atención de posibles clientas, un nombre digno de un semental. Le conté que mi primera opción había sido “Máximo” (por su obvio carácter superlativo) pero que luego lo cambié por “Máximus”, porque esa terminación latina en “us” lo hacía sonar poderoso, como Spartacus (esclavo y luchador romano), Óptimus (líder de los autobots), o Brutus (el rival de Popeye), por citar algunos ejemplos. Pero luego le conté que de repente “Máximus” era tan buen nombre que al final una clienta podría sentirse estafada al ver que tal denominación no iba con mi persona, mucho menos con mis atributos: “mucho nombre para tan poco pene” reclamaría aquella señora, fue lo que escribí en el mail, tal cual y sin eufemismos, porque con Patricia no había temas ni palabras prohibidas. También mentí cuando le conté que al finalizar la conversación con en ese señor rechacé su oferta de trabajo ahí mismo; en realidad pasaron un par de cosas en los siguientes días antes de que tomara una decisión definitiva, cosas que no le conté, principalmente, porque en ese punto el mail ya estaba muy largo.
Bauticé ese correo como (haciendo referencia a mi posible empleador) “Un señor muy alto con unos bigotes enormes”, parafraseando el titulo “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, un cuento de García Márquez.
A Patricia le causó mucha gracia: “me cagué de risa” fueron sus palabras exactas, y yo quiero creer que me lo dijo sinceramente.
Aquel correo luego se convertiría en el primer cuento publicado en este blog. Y con ese ya son 30 los cuentos publicados, todos basados en textos escritos entre el 2006 y el 2010. Pues ahora resulta que precisamente ya se me acabaron esos textos base y por eso no me queda otra que empezar a narrar hechos reales, algo así como crónicas, en paralelo, mientras voy desarrollando ideas que he ido acumulando durante el tiempo de vida de este blog. Por cierto, gracias a todos los que me siguen.
Pensando en aquel señor muy alto con bigotes enormes, puse en Google “productor porno Perú” y no solo di con su nombre (no me acordaba de ese dato): Guillermo Cannesa; encontré también este informe del programa “Enemigos Públicos” donde él es el protagonista.
La industria porno en el Perú (sólo para adultos)
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Nota: si alguien se ha preguntado por qué mi ritmo de publicación ha sido tan irregular en lo que va del año es porque he estado jugando mucho con mi regalo de navidad:

domingo, 29 de enero de 2012

Ley conmutativa



Terminaba la clase de Sociología y entonces entró al aula un alumno que fue directamente hacia la profesora del curso. Le dijo que venía por el proyector porque el profesor fulano de Física lo había reservado para esa hora. Ella estuvo de acuerdo sin hacer más preguntas y permitió que el chico se llevara el aparato. Nunca más se supo de ese aparato ni de ese chico que resultó no ser un alumno, como todos creyeron, sino un astuto ladrón.
Y fue así como la facultad de Sistemas de la Universidad Nacional de Ingeniería, la UNI, que con tanto esfuerzo había adquirido dos proyectores, se quedó con sólo uno.

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Sebastián sonrió burlonamente cuando vio que un par de chicos se le adelantaron trotando mientras murmuraban que la clase de Lenguaje ya había empezado. En efecto: eran las 8:15 de la mañana y la clase empezaba a las 8; pero Sebastián siguió caminando despreocupado, convencido de que por ser el primer día de clases habría un tiempo de consideración. Además, pensaba, ya no estaban en el colegio sino en la universidad; y él, más que cualquier otro cachimbo*, sabía muy bien la diferencia. Por eso le sorprendió encontrarse en la puerta del aula con una decena de alumnos esperando nerviosos que les dejaran entrar. Igual él no perdió la calma, ni cuando por la pequeña ventana de la puerta vio que se estaba tomando un examen. “Seguramente un examen de entrada” pensó con desdén. Entonces le llamó la atención el aula en sí, que comparada con las instalaciones de su ex universidad, una estatal, bien podría ser un auditorio para unos 100 alumnos distribuidos en carpetas de 3 asientos; había hasta un púlpito con una computadora en su interior. Luego miró el techo sin percatarse que, desde adentro, una mujer pequeña y gruesa de unos 50 años se había estado acercando. De pronto se abrió la puerta:
-No crean que por ser su primer día de clases les voy a perdonar ésta: tienen cero. Cuando termine la prueba los dejo entrar- les dijo la profesora con severidad, y volvió a cerrar la puerta.
“Cursillo de mierda” pensó Sebastián sonriendo y comprobó en su cartilla de horarios que el curso de Lenguaje valía apenas 2 créditos mientras que los más pesados, 4 o 5. Volvió su mirada hacia el techo, al preciso punto de donde se suspendía un aparato sujeto por un rack: era un proyector. Supuso, y supuso bien, que en cada aula habría uno y recordó esa especie de leyenda, de su vida universitaria pasada, que contaba cómo un ladrón haciéndose pasar por alumno había robado uno de los dos únicos proyectores existentes en su ex facultad. Entonces dio un vistazo a su alrededor como si recién tomara conciencia de dónde se encontraba en ese momento, y pensó: “cómo se nota que estoy en una universidad privada”.

***

Un nuevo inicio. La vida te está dando otra oportunidad, y parece que todo está a tu favor. Para empezar no sientes nervios, porque aunque es tu primer día de clases en la San Martin, no es tu primer día como alumno universitario. Luego está el hecho de que estudiaste en la UNI, famosa por lo exigente que es en cursos de números, todo lo contrario de tu nueva universidad. O sea que gracias a tu experiencia universitaria previa partes con ventaja sobre el resto de cachimbos, tus nuevos compañeros. ¿Pero qué tanto te puedes confiar si abandonaste la UNI por bajo rendimiento? Pues según tienes entendido, con el  conocimiento que has acumulado en el año y medio de preparación para ingresar a la UNI y los tres semestres que estuviste ahí, tienes lo suficiente como para sobresalir, al menos en los cursos matemáticos, los más importantes en cualquier carrera de ingeniería, los que aprobándolos con altas notas te asegurarían un buen promedio ponderado, y así, una beca, tu principal objetivo para este primer semestre. Porque la San Martin, como toda universidad privada, no es barata, y no es tampoco que tu familia se haya vuelto adinerada de la noche a la mañana: ahorros, préstamos… tu familia está invirtiendo, por no decir apostando, en ti. Y tú no quieres volver a decepcionarlos, ¿no? Así que tienes ahora la oportunidad de hacer bien las cosas, de redimirte ante ellos y ante ti mismo, de sacarle provecho a esos tres años aparentemente desperdiciados desde que terminaste el colegio. Tres años que además significan que más o menos esa es la diferencia entre tu edad y la de tus compañeros; tendrás que lidiar con eso, con el hecho de que los que te rodean ahora hace meses nomás terminaron el colegio y no son mayores de edad. Tú en cambio ya tienes 21 años.
Es mejor ya no pensar en todo eso y empezar a comportarse como un alumno serio y prestar atención a la clase, aunque esta sea de Lenguaje. Pero como si se tratara del corazón delator de Poe, sientes un pálpito en uno de tus bolsillos; es tu billetera. La sacas, la abres, y entonces observas las pruebas irrefutables de quién y eres y de dónde vienes: tu documento de identidad y tu carnet de la UNI del semestre anterior.

***

-Amiga, disculpa, ¿me puedes pasar eso?- diría Sebastián señalando en el piso su aún vigente carnet de la UNI (el que se le habría caído “accidentalmente”)
Ella se lo pasaría pero, luego de verlo a él y a la foto del carnet, no podría evitar preguntarle:
-¿Cómo es que tienes un carnet de la UNI?
-Estudié ahí hasta el semestre pasado- respondería Sebastián.
-¿Y cómo así estás acá, en la San Martín?
-Me retiré porque… - por supuesto Sebastián no iba a decirle la verdad: que había abandonado la universidad por sus malas calificaciones - …había muchas huelgas; no se puede estudiar bien así.
-Pero si llegaste ingresar a la UNI es porque sabes mucho matemáticas- diría ella mostrando admiración.
-Pues sí- diría Sebastián, consciente del bajo nivel de la San Martín en cursos de números.
Y luego se presentarían formalmente el uno al otro. 
Ese era el plan de Sebastián, el que se le había ocurrido en plena clase de Lenguaje; la primera del día de ese su primer día de clases en su nueva universidad, la San Martin. Era un lunes y, según su horario, los lunes tocaba sólo cursos de letras, pero Sebastián no quería esperar hasta el martes para empezar a lucir sus conocimientos matemáticos y entonces decidió hacer público de dónde provenía, y fijó como su primer objetivo a la simpática chica que se sentaba delante de él. Sólo tenía que esperar el momento adecuado, el que por suerte llegó en los minutos de espera a la llegada del profesor de la siguiente clase. Sebastián sacó su billetera y de ella su carnet, el que se quedó viendo por unos segundos depositando todas sus esperanzas en él, y entonces, cuando a punto estuvo de lanzar el documento, la voz de un chico le habló por detrás:
-Disculpa, ¿ya entregaron los carnets?
-Eh, no, no… éste es de la UNI- respondió Sebastián dubitativo viendo su plan interrumpido.
Y la conversación prosiguió más o menos igual a como lo había planeado.
-Me llamo Efraín.
-Y yo Sebastián.
Se presentaron finalmente estrechándose las manos.
“Ley conmutativa”, pensó Sebastián convencido que daba lo mismo empezar a ganarse la admiración de sus nuevos compañeros a través de Efraín o de la simpática chica que se sentaba delante de él; pero cómo le hubiera gustado haber empezado por ella. El tiempo y las buenas notas la acercarían a ella, estaba seguro, pero sería precisamente el tiempo el que le enseñaría que de todas las formas posibles de impresionar a una chica, ser bueno en matemáticas era la menos efectiva; y que las chicas simpáticas que estudian ingeniería cambian de carrera luego del primer semestre.

NOTA:
Cachimbo: alumno ingresante
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