A medio camino entre estar dormido y
despierto, abrí los ojos y de inmediato me di cuenta, además de la oscuridad, de
que no tenía control sobre el resto de mi cuerpo, el que yacía boca arriba.
Angustiado por mi estado catatónico, empecé a mover mi vista rápidamente y lo
más que pude tratando de confirmar que, al menos, estaba sobre mi cama y en mi
habitación. Estaba. Conforme mis retinas se adaptaban a la poquísima luz, fui
reconociendo mi escritorio, mi televisor y otros objetos míos. Pero lejos de
tranquilizarme algo ese reconocimiento paulatino, mi angustia crecía por la
presencia de una sombra que no revelaba su verdadera forma. Agucé mi vista;
entonces la sombra, adquiriendo una silueta humana, se abalanzó sobre mí y
empezó a ahorcarme. Quise gritar y no pude; moverme, mucho menos. Creyendo
inexorable mi final, pensé que debía averiguar qué o quién me estaba ultimando,
así que con mucho esfuerzo pregunté:
-¿Quién eres?
La sombra, con una voz de hombre nada
extraordinaria, me respondió:
-Sebastián.
Y me desperté, ahora sí completamente.
Luego de comprobar de que ya podía
mover todo mi cuerpo, me puse a pensar en ese mal sueño, especialmente en el
nombre de la sombra. ¿Cómo había podido ese nombre llegar a mi subconsciente si
no conocía a nadie que se llamara así? A los pocos minutos volví a quedarme
dormido. Tenía 20 o 21 años, y esa fue la única vez que intenté hallar la
respuesta de esa pregunta; luego simplemente no me importó más. Recordaría ese
nombre años después cuando decidí utilizarlo en varios de los cuentos que he
publicado en este blog. Y por cierto, aún no conozco a ningún “Sebastián”.
Desde aquella noche la sombra me
visitaría con cierta regularidad: una o dos veces al mes, y siempre en las
mismas condiciones, o sea yo inmóvil en aquel estado medio despierto, medio en
sueños. Al comienzo mi corazón apenas podía con tanta angustia, pero una noche
eso cambió. Sucedió en una época de mi vida en la que sólo pensaba en morir. “¡Mátame
de una vez, me harás un gran favor!”, logré gritarle en esa oportunidad, y
mientras esperaba (feliz) dar mi último respiro noté que la presión que la
sombra ejercía sobre mi cuello era constante, no aumentaba, y aunque incomoda, no
estaba cerca ni mucho menos de ser fatal; y comprendí que siempre había sido
así. Minutos después, como las otras veces, o sea sin previo aviso ni nada que
lo anticipe, me desperté. Desilusionado, le perdí el miedo y el respeto. Igual no
sería nuestro último encuentro.
La verdad tampoco sé cuándo fue la
última vez porque se marchó sin despedirse. Un día, hace 2 años, escuché por la
radio a un especialista hablar sobre los trastornos del sueño y describió entre
varios síntomas precisamente la sensación catatónica y las pesadillas que
surgen en ese estado. Y todo por no dormir bien, como es mi caso: desde mi
época pre-universitaria me acuesto por lo menos a las 3 de la mañana y duermo
unas 4 horas al día (de ahí mis constantes ojeras, bostezos y cara de sueño). Entendí que había desarrollado algún trastorno de ese tipo
y que la sombra era producto de ello. Desmitificada (y racionalizada)
completamente desde entonces, no he vuelto a soñar con ella.
Un otaku
es una persona aficionada al manga y
al anime, o sea, a las historietas y
dibujos animados japoneses. Una fiesta otaku
es como cualquier otra sólo que la música que se pone es sacada de soundtracks
de series y películas anime, y en la
que la mitad de sus asistentes va siempre disfrazada de personajes propios de
esas producciones. En aquella nuestra primera fiesta de ese tipo, Eduardo y yo,
amigos y otakus hasta el día de hoy, no
estábamos disfrazados; aunque según él, yo, con mi barba y mis lentes, fácilmente
hubiera podido caracterizarme como el maquiavélico Gendo Ikari de la serie Evangelion.
Sucedió una noche de sábado para
domingo del 2005.
Eduardo, amante de las juergas, fue con
verdaderas ganas de festejar; yo, que odiaba las fiestas, sólo por curiosidad. Y
transcurridas unas horas estábamos logrando nuestros propósitos. Eduardo, ya
con varios litros de cerveza en su organismo, bailaba feliz con alguna chica,
mientras que yo, sentado en una mesa y completamente sobrio (porque en esa
época no bebía ni una gota de alcohol), observaba fascinado todo lo que sucedía
y, de paso, cuidaba la botella grande de Cristal
más reciente que mi amigo había comprado. Para entonces ya nos habíamos reído bastante
con el desfile de disfraces en donde predominaron las pelucas de colores
chillones y las armaduras hechas con pedazos de cartulina forrados con papeles
brillantes; y, de igual forma, con el concurso de karaoke cuyos participantes
hicieron más incomprensible aun el idioma japonés; en tanto disfrutábamos de
algunas bolas de arroz típicas del Japón. Definitivamente todo marchaba muy
bien en esa casona antigua que supuse era normalmente un recinto para los
seguidores del punk, porque en el momento que una persona entraba y salía de una
habitación, pude ver en el interior de la misma ropas, pulseras, correas y
otras prendas, todas negras, muchas de las cuales tenían incrustaciones de
metal, colgadas como si se tratara de una tienda de moda especializada en esa
cultura.
Entonces alguien tocó mi hombro, volteé
y vi a un chico de veintitantos años como yo, de pie e inclinado hacia mí,
delgado y de mediana estatura, vestido con un traje de sastre muy pegado a su
cuerpo y con un polo en vez de la tradicional combinación de camisa y corbata;
todo el conjunto completamente de negro.
-¿Qué es esto?- me preguntó señalando a
los que bailaban.
Entre gritos, obviamente por la bulla
de la fiesta, empezamos a dialogar:
-¿Qué?- le dije confundido al no
entender el significado de su pregunta; además trataba de adivinar mentalmente
de quién estaba disfrazado.
-¿Qué es esta fiesta?- me preguntó de
nuevo.
Me di cuenta de que no era un otaku y que su ropa no era un disfraz.
-Es una fiesta de anime- le respondí.
-¿Anime?...
Ah, esas cosas japonesas- me dijo.
-Sí, esas cosas- le dije.
-¿Me puedo sentar?- me preguntó
señalando el desocupado asiento de Eduardo.
-Claro- le respondí, y en un extraño arranque
de cordialidad (y de conchudez) de mi parte, mientras le acercaba la botella y el
vaso de Eduardo, le dije: -sírvete cerveza si quieres.
Agradecido y visiblemente complacido
por mi amabilidad cogió la botella y llenó el vaso.
-Pensé que eras otro…- casi le dije otaku pero supuse que no sabría el
significado de esa palabra -… aficionado a estas cosas.
-No, no- dijo -la verdad no me llama la
atención, pero respeto el gusto de los demás, así como yo espero que respeten
los míos.
Sus palabras me parecieron enigmáticas
y por eso le pregunté:
-¿A ti que te gusta?
Y me respondió:
-La oscuridad y la muerte.
Recordé entonces las prendas que había
visto en esa habitación que parecía una tienda de ropa, y teniendo en cuenta
eso de “oscuridad y muerte”, entendí que esa casona no era un centro de reunión
para punk’s sino para otro tipo de personas que también gustan vestir de negro,
que la presencia de mi interlocutor en ese lugar no era casualidad, que él ya
había estado ahí antes…
-¡Ah… eres gótico!- le dije emocionado por mi brillante deducción.
Él no recibió con alegría mis palabras:
-Me gusta la oscuridad y la muerte,
punto.- me dijo seriamente -Eso de gótico
no es más que una etiqueta inventada por la sociedad.
Su repentina seriedad me causo gracia,
la que supe ocultar.
-¿Y cómo así llegaste acá?- le pregunté
queriendo confirmar mis deducciones.
-Acá nos reunimos los sábados en la noche… no sabía que hoy lo habían alquilado
para otra cosa.
En ese momento nos presentamos. Le dije
que era un estudiante de Ingeniería de Sistemas, soltero y sin trabajo; él me
dijo que tenía una esposa y una hija pequeña, y que trabajaba. Le pregunté en
qué y me respondió “un trabajo de mierda como cualquier otro impuesto por la
sociedad”. Era la segunda vez que mencionaba esa última palabra despectivamente,
lo que me pareció un mal presagio. En efecto, tuve razón, porque empezó con un tedioso
discursillo acusando a la sociedad de corrupta y de marginar a toda persona que
no cumpliera con sus estándares; una sociedad que quería eliminar a los
individuos y reemplazarlos por “seres humanos producidos en masa y con el mismo
molde”. Tuviera o no razón, su forma de hablar, con el tono típico de quien se
cree dueño de la verdad absoluta, me desagradó, y peor aun cuando empezó a
juzgar mi estilo vida que supongo él consideraba demasiado burgués. Dejé de
prestarle atención y empecé a hablarle secamente. Él notó mi cambio de actitud:
“disculpa, amigo, a veces me pongo pesado. Tú… se nota que eres un buen pata[amigo]” me dijo mostrándose
arrepentido. Y, cambiando de tema de una forma alucinante, me contó lo
siguiente:
-Sabes… a mi esposa y a mí nos gusta ir
a los cementerios en las noches y hacer el amor cerca de las tumbas.
-¿En serio?- dije sorprendido, y eso
que aún no había recibido la mayor sorpresa:
-Sí, sí, es una experiencia increíble,
deberías probarlo alguna vez, ¿no te gustaría hacerlo un día con nosotros?
Viendo su rostro supe que hablaba en serio. Me reí sintiéndome incómodo y halagado
a la vez.
-No, gracias, amigo. No le voy a esas
cosas- le dije, pero fue una verdad a medias. Era (y soy) un pervertido: si me
hubiera dicho para hacerlo en un hotel en vez de un cementerio probablemente
hubiera aceptado.
Él sólo asintió con la cabeza. Le
pregunté:
-¿No les da miedo a ti y a tu mujer?
-No, para nada.- dijo con una sonrisa
presuntuosa -A los muertos no hay que tenerles miedo, sino a los vivos… ¿sabes
cómo me protejo de los vivos?
Y abriendo un poco su sacó me mostró un
cuchillo enfundado de regular tamaño que colgaba de su cinturón. Hizo ese gesto
con total naturalidad, como quien muestra un objeto ordinario, sin ningún ánimo
de parecer amenazador; por ello no me alarmé.
-Tienes razón: los vivos son el
verdadero peligro- le dije tranquilamente siguiéndole la corriente porque la verdad
ya no se me ocurría qué más decir.
Luego de unos minutos de silencio habló
él:
-¿Por qué no tomas?
-No bebo alcohol- le respondí.
-¿No tomas alcohol?- dijo con la típica
incredulidad y desaprobación de quien ve con malos ojos a los abstemios.
-No- respondí seguro de mí mismo -no
bebo, no fumo… ni bailo- dije lo último riendo para tampoco sonar muy serio. Y agregué
anticipando su posible siguiente pregunte: -Sólo vine por curiosidad y
acompañando a un pata.
Pasaron otros minutos sin decirnos
nada.
-No me gusta mucho esta música pero
igual tengo ganas de bailar- me dijo entonces. Se paró y, como finalizando
nuestra interacción, continuó: -Gracias por la cerveza, amigo.
Pensé que buscaría a alguna chica para
que fuera su pareja de baile pero lo que hizo fue ponerse a bailar solo.
Bailaba a un ritmo que no correspondía al de la música de la fiesta, como si estuviera
escuchando canciones distintas a las que los demás escuchaban. Se movía como si
llevara abanicos en sus manos, lo que me hizo recordar los bailes del grupo LocoMía. Vi mi reloj y eran las 3 de la mañana.
Tres horas más tarde ya estaba
amaneciendo, y Eduardo y yo abandonábamos la casona rumbo a la avenida más
cercana para tomar un taxi. Eduardo, quien había tomado 5 botellas grandes de
cerveza, caminaba tambaleándose hasta que cayó de rodillas. Lo ayudé a
levantarse y sólo apoyado en mí pudo caminar.
-¿Para eso chupas?- le dije burlándome -¿para
terminar en el suelo?
No se quedó callado:
-¿Qué esperas pues, huevón? Si no has
tomado nada: yo me he tenido que tomar todas las chelas.
Me cagué de la risa.
Cuando tomamos el taxi le dijo al taxista
para ir a la avenida La Marina (avenida donde, yo no lo sabía entonces, abundan
discotecas y restaurantes de comida rápida), a un local de pollos a la brasa
porque (Eduardo) tenía mucho hambre.
-¿Hay algún pollería abierta un domingo
a estas horas?- le pregunté ingenuamente.
-Puta madre, Josué, no sabes ni un
carajo: tienes que salir más- fue su respuesta.
No le hice caso en ese momento. Cuatro años
después lamentaría no haberlo hecho.
Antes de tomarnos un examen, el
profesor Morales reacomodaba nuestros lugares en el aula asegurándose de que
los alumnos más propensos a hacer trampa se sentaran al alcance de su vista.
Antes de aquella prueba de historia, en
4to de secundaria, no fue la excepción.
Yo terminé sentado junto a la pared de
al fondo, y ahí nomás, delante de mí, Rojas Aguilar. Fue lo mejor que le pudo
haber pasado a Rojas en ese momento. Él medía 1.85m y era corpulento, más por
grasa que por músculos, mientras que yo era un escuálido adolescente de 1.70m.
Así que, desde mi posición y con toda su humanidad tapándome, yo era prácticamente
invisible a los ojos del profesor. Supongo que el profesor confiaba en mí por
ser uno de los primeros puestos, y que consideraba a Rojas no lo
suficientemente tramposo como para ponerlo más adelante. Como sea, hizo mal.
Apenas empezó la prueba Rojas me dijo: “Ya, Souza: saca tu cuaderno”, lo que
hice sintiéndome seguro bajo su sombra. Y así trabajamos en equipo.
Yo había estudiado como para un 15 [las
notas en Perú van de 0 a 20]; Rojas, conociéndolo supongo que ni siquiera lo
había hecho. Al final nuestras notas fueron 19 y 18, siendo suya la mayor. Mi calificación
pasó desapercibida pero la de Rojas todo lo contrario: al comienzo todos se
sorprendieron pero pronto, cuando se enteraron de nuestros lugares en el
examen, intuyeron lo que había pasado.
Y cuando digo todos, me refiero a mis
compañeros y, también por supuesto, al profesor Morales, quien otro día en el recreo
me pasó la voz para conversar “un ratito”. De inmediato supe de qué quería
hablar conmigo. Pensé que me haría acusaciones, pero no; todas fueron
indirectas: “¿no te sientes mal, Souza, porque Rojas te ganó en el examen?”, “¿no
te parece raro que Rojas haya sacado 19?”, ”¿no tienes nada qué contarme, Souza?”,
y más cosas así, siempre en un tono irónico, que evidenciaban que no tenía
pruebas contundentes. Y aunque las hubiera tenido a mí la verdad no me hubiese
importado: era un adolescente displicente que si sobresalía en el colegio era
por la mediocridad del mismo. Yo me hice el loco y le respondía tranquilo y
sonriente; pero secretamente me sentía satisfecho por mi obra.
En el examen, de haberlo querido, le
hubiera pasado a Rojas buenas respuestas como para que sacara un 11 (o sea lo
mínimo para aprobar) y nadie sospechara después, y era eso lo que iba a hacer
inicialmente, pero luego pensé: “¿no sería divertido que Rojas y yo sacáramos 20?”,
y siguiendo con mis pensamientos: “¿no sería aun más divertido que él sacara
más nota que yo?”. Si al final Rojas no sacó 20 fue porque decidí darle un
toque de credibilidad al asunto: ni cagando Rojas iba a sacar la máxima nota en
algún examen.
Al final de nuestra conversación quise
devolverle la cortesía al profesor Morales por su forma de hablarme: “muy fácil
el examen, pues, profe”, le dije irónicamente. Y ahí quedo zanjado el tema.
Rendirse es generalmente un acto
deshonroso, pero en el ajedrez es la única forma de salvar el honor ante una
derrota inminente: no hay nada más humillante para un ajedrecista que perder
por jaque mate. Por eso yo no podía entender por qué mi oponente en aquella
partida no se rendía si estaba siendo aniquilado. Era como si no se diera
cuenta de su desastrosa situación, y a mí eso me intrigaba: ¿cómo alguien podía
ser tan inepto y no darse cuenta de ello?, me preguntaba a mí mismo, y pensé
que, tal vez, se debía a su condición de… mujer. Yo tenía 12 años, era mi
primer torneo de ajedrez y era también la primera vez que enfrentaba a una
chica (púber como yo); y por cómo iban las cosas no pude evitar sentirme
superior en todo aspecto. Llegó un momento en que pude darle fin a toda esa
masacre con un misericordioso jaque mate, pero, queriendo abusar de mi poder,
no lo hice y decidí prolongarla capturando (“comiendo”) todas sus piezas. Fue
una tarea que emprendí en modo automático,
o sea, ella hacia un movimiento y yo simplemente capturaba alguna de sus piezas
sin pensar, sin ver el tablero en toda su dimensión. Mientras, me imaginaba a
mí mismo contándole luego a mis amigos cómo había destrozado a esa chica,
diciéndoles que las mujeres no sirven para el ajedrez, que los hombres somos más
inteligentes, que esto y que lo otro y más sinsentidos… hasta que escuché “jaque
mate”.
Casi se me cae la mandíbula al suelo.
En efecto, con una de sus torres, aprovechando
que mi rey estaba encerrado y olvidado en una esquina, ella me hizo jaque mate.
Y fue así como el ajedrez me enseñó a
nunca subestimar a las mujeres.
*
El príncipedel tenis es una serie animada japonesa (anime) en donde se juega el tenis
más sobrehumano y absurdo posible, y que a mis amigos de facultad y a mí nos
encantaba. Gracias a él se despertó mi afición por el tenis (que tenía dormida
desde hacía años) y mis amigos se interesaron por ese deporte; lo que a mediano
plazo tuvo como consecuencia la reserva de una cancha en el Campo de Marte.
Fuimos sin ninguna experiencia tenística previa, pensando ¿qué tan difícil
puede ser darle a una pelota con una raqueta? Pues, fácil; ahora, hacer que esa
pelota cruzara la red, todo lo contrario. Y cuando lo conseguíamos, la pelota
terminaba fuera de las instalaciones de ese complejo deportivo. El culpable
tenía que ir a recogerla y como jugábamos dobles (éramos cuatro), teníamos que
detener por unos minutos el partido, el que, con tantos errores era casi
imposible iniciar de por sí. Pronto las personas que jugaban en las canchas aledañas
dejaron de hacerlo, rodearon la nuestra y empezaron a celebrar nuestras
torpezas. A nosotros nos daba igual; habíamos pagado por una hora (además del
alquiler de las raquetas y la compra de un par de pelotas) y no nos íbamos a ir
antes. Cuando empezamos a marcharnos de la chancha, algunos de nuestros
espectadores aplaudieron entre risas.
Nos prometimos luego tomar clases juntos
y volver a jugar. Hace 5 años de esa promesa, y aún nada.
*
Me gusta el ajedrez, me gusta el tenis,
pero mi deporte favorito es el fútbol, para el cual naci negado. Igual no perdía
la oportunidad de jugarlo cada vez que podía, especialmente en mi niñez y
adolescencia; sólo me aseguraba de hacerlo con personas que me putearan lo
menos posible por mi mal juego. Mis mayores “triunfos” en ese deporte
sucedieron las veces que, previo a algún partido y al momento de armar los
equipos (cosa que hacían los capitanes, o sea, los dos mejores jugadores de un
grupo de chicos), yo no era elegido al final, sino penúltimo, lo que
significaba que había alguien que jugaba peor que yo. Armados los equipos, mi
capitán me mandaba prácticamente al lado del arquero, como último defensa, y siempre
con la misma y única instrucción: “de ahí no te muevas”, la que yo cumplía a
rajatabla. Pero un día, cuando recibo la pelota, no sé qué bicho me picó y me
fui para adelante, yo solo, ignorando los pedidos de pase de mis compañeros de
equipo. Seguí y seguí, dejando rivales en el camino, sobreviviendo empujes y
esquivando patadas, y así hasta que llegué a una posición ideal para rematar al
arco rival. Por supuesto, sin pensarlo dos veces y con la punta de mi pie (los
buenos futbolista usan la parte interna), pateé con todas mis fuerzas, y lo que
parecía iba a ser un golazo clavado en uno de los ángulos del arco, no lo fue,
pero casi. La pelota rebotó en el palo derecho y con tal fuerza que regresó a
la media cancha (era un campo de fulbito, de cemento), directamente a los pies
de jugadores rivales, quienes, aprovechando el “hueco” en la defensa de mi
equipo, debido a mi ausencia en esa posición, contragolpearon y finalmente nos
metieron un gol. La puteada que recibí. Y pensar que muchos creen que por tener
un apellido de origen brasileño, Souza, soy un as del futbol (y que hablo portugués,
cosa que tampoco es cierta).
Por todo aquello, al momento de escoger
una actividad extracurricular en mi colegio, algo que era obligatorio, y porque
siendo una institución parroquial ni cagando iba a tener canchas de tenis, me enlisté
en el equipo de ajedrez, deporte que, aparte de darme medallas (a pesar de que
fui un jugador más o menos nomás), me enseñó a respetar a las mujeres y, al
menos entre amigos y familiares, me hizo “famoso”:
Foto del diario El Comercio, hace un millón de años
Un grupo de jóvenes alcoholizados van
por una calle muy, muy de noche haciendo bulla. No parecen perturbar a nadie
porque nadie sale a reclamarles, hasta que pasan por delante de una casa de
apariencia descuidada, de donde, por una de sus ventanas, una anciana les
conmina a callarse. Ellos en vez de obedecer empiezan a insultarla y ella en
vez de amilanarse los reta a que entren y se lo digan de frente en su cara.
Ellos, restándole importancia a sus palabras, la insultan por un par de minutos
más y luego se van; salvo uno que si acepta el reto. El resto trata de
disuadirlo pero rápidamente se olvidan de él porque están más preocupados de
seguir la juerga en otra parte. Entonces el muchacho se acerca a la puerta de
la casa y empieza a darle fuertes golpes hasta que ésta de pronto se abre
lentamente, aparentemente sola. El chico entra con precaución, la puerta se
cierra, y de él no se vuelve a saber más. Al día siguiente el resto de
muchachos reportan la desaparición de su amigo a la policía, la que de
inmediato inicia una investigación. Otro día un agente les muestra a los chicos
la fotografía de una anciana que ellos reconocen de inmediato como la dueña de
la casa descuidada. Entonces el policía, para su perplejidad, de los chicos y
de todos, les dice que aquella mujer lleva más de una década muerta. Fin.
Esto es, en resumen, el primer cuento
que escribí a la edad de 15 años. La alegría de su nacimiento me duró apenas unos minutos porque al releerlo lo odié
de inmediato, entre otras cosas, por su final tan obvio. Descarté tratar de
arreglarlo, simplemente no quise saber más de él así que lo mandé al olvido.
Tocaba, pues, pensar en otra historia de terror o misterio.
*
Tras años antes había leído el primer
libro de mi vida: “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, y no
sabría decir si entonces me gustó o no porque, al no ser una lectura voluntaria
sino impuesta por mi mamá, lo leí de paporreta sin prestarle atención; y lo
hice tal cual ella me lo ordenó: en sesiones diarias de 15 minutos y en voz
alta para que me escuchara mientras hacía las labores de la casa. Era verano, yo
estaba de vacaciones y mi mamá creyó que era un buen momento para que yo
empezara a leer, pero no sucedió. Ocurriría dos años después, a los 14, cuando
por mis manos pasaron, y esta vez voluntariamente, distintos tomos con los
relatos protagonizados por Sherlock Holmes, creación de Arthur Conan Doyle, y
los de Edgar Allan Poe. Fascinado con la truculencia de sus historias, devoré
cada uno de esos libros con deleite y mi gusto por lo fúnebre y misterioso
llegó a tal nivel que de pronto sentí la necesidad de escribir algo así.
*
La historia del segundo cuento iba más
o menos así:
Un hombre, digamos de unos 30 años, va
por una calle desconocida y en su camino se encuentra con un rosal. La belleza
de estas rosas llama su atención así que se acerca para verlas mejor y descubre sorprendido que no
tienen espinas. Piensa que tiene ante sí el regalo perfecto para su novia,
entonces va hacia la casa más cercana en busca del dueño o dueña del rosal. La
dueña es una anciana quien gentilmente le regala una de ese flores, pero le
advierte que esas rosas requieren atención constante y que pueden ser
vengativas si no se les da ese trato; el hombre la considera senil y no le cree.
Luego, en el departamento donde vive la pareja, su novia acepta feliz el regalo
y por unos días ambos no dejarían de admirar a la rosa que plantaron en una
maceta. Pero poco a poco la novedad dejó de serlo y la rosa pasó a ser un
simple ornamento más de su departamento. Entonces una mañana el hombre se
despierta y descubre horrorizado el cuerpo inerte de su novia, blanco como si
careciera de la más mínima gota de sangre a pesar de no haber charcos ni manchas
al rededor. Los especialistas le confirman la ausencia de sangre en ese cuerpo
y le señalan también el punto de salida: una pequeña herida en una de las
manos, una herida hecha por la espina de una rosa. Y de inmediato viene a su
mente la rosa y las palabras de la anciana. Regresa al departamento, furioso,
con el único objetivo de destruir esa flor la que arranca de su maceta pero un
dolor insoportable hace que la suelte; al hacerlo descubre que de pronto el
tallo de la rosa está infestado de espinas, y su mano, llena de heridas,
empieza a sangrar profusamente. Empieza a debilitarse, cae al suelo junto a la
rosa, y en minutos ambos mueren. The end.
Nunca escribí este cuento; todo fue mental.
Quería tener lista una historia que realmente me gustara antes de empezar a escribirla.
Me tomó varios días y si bien al terminarla (en mi cabeza) me sentí orgulloso
de ella por creerla original, pronto la encontré ridícula, para nada
misteriosa, por eso no llegó al papel.
Frustrado por esos dos intentos fallidos
decidí abandonar la escritura, al menos temporalmente. Creo que aún no había cumplido
los 16 años.
*
Después descubrí otros autores, otros
estilos, otros géneros, y mi gusto se fue expandiendo, así como poco a poco la
biblioteca de mi casa me fue quedando chica. Mi madre le contaba orgullosa a
mis tías que me gastaba todas mis propinas comprando libros (de las colecciones
populares que sacaba El Comercio), y
lo “mucho” que había leído para ser un chico de apenas 17 años. Bueno, todo ese
orgullo y las propinas se acabaron cuando descubrió que también leía al
“inmoral” Jaime Bayly.
Vivo en una zona tranquila y agradable en
donde uno puede salir a pasear, incluso de noche, sintiéndose seguro. Es así la
mayor parte del tiempo, o sea, no siempre: en los 6 años que llevó aquí,
viviendo en un edificio, me he enterado de tres asaltos; todos a mano armada y
en la noche.
La primera víctima fue un vecino a
quien en la puerta del edificio, cuando sacaba sus llaves, lo abordaron y le
robaron, entre otras cosas, su mochila en la que llevaba su laptop; al parecer
lo habían estado siguiendo en un auto. Me lo contó mi madre pidiéndome que
tuviera mucho más cuidado porque por aquellos días yo regresaba de la
universidad a las 11 de la noche.
La segunda víctima fue una señora, vecina
también, que llegaba de hacer compras de un centro comercial. Entraba al
edificio cargando varias bolsas, y, justo antes de cerrar la puerta, irrumpió
un hombre quien no sólo la amenazó a ella sino también al portero; se llevó las
bolsas y la cartera de la señora. Yo, que en esos momentos estaba a unas dos
cuadras, vi a un hombre salir corriendo el edificio y meterse a un auto blanco
el que a continuación arrancó a toda velocidad. Fue el portero, pálido, quien
me contó lo sucedido.
El tercer asalto pasó un día en la que
yo estaba muy entretenido viendo tv; tan entretenido que no le presté mayor
atención a un grito de mujer que provenía de la calle. Minutos después mi madre
entra alarmada a mi cuarto y me cuenta cómo a una chica que salía de una de las
casas de en frente le acababan de robar su auto. Mi madre lo había vio todo por
la ventana de su habitación: el asaltante, luego de hacer que la chica le diera
las llaves, la empujó al suelo, en medio de la pista, y se marchó con el auto;
ella quedó llorando hasta que salieron personas de la casa de donde había
salido y se la llevaron adentro.
Definitivamente ningún sitio, por más
tranquilo y agradable que sea, es completamente seguro.
Un domingo a eso de las 3 de la mañana,
mientras contemplaba la calle desde mi balcón, vi a un chico y una chica, tomados de la mano,
caminar por la vereda de la cuadra que está al frente de mi edificio; venían de
alguna fiesta. Entonces se detuvieron a la altura de un árbol, bajo su sombra,
y empezaron a besarse, abrazarse. Por momentos permanecían inmóviles, otros
ratos hacían como si bailaran, y cuando reían se podían escuchar claramente sus
risas. Pasaban los minutos y nada: no se iban, seguían con lo suyo
completamente despreocupados en esa calle desierta. Observé los alrededores: nadie
merodeaba, ningún auto sospechoso estaba estacionado o dando vueltas, ni si
quiera había señales del patrullero de la policía municipal. Parecía que nada interrumpiría
ese momento de felicidad espontánea; nada ni nadie. Entonces me pregunté “¿dónde
carajo están los ladrones cuando se les necesita?”.
A mediados del 2004 Patricia y yo
éramos amigos, compañeros, alumnos de la misma facultad y por alguna razón nos
enviábamos mails regularmente contándonos nuestras cosas. Mientras que los de
ella tenían como subject el típico “hola”,
cada uno de los míos tenía nombre propio, o sea un título distinto y
significativo, y es que eran correos muy distintos entre sí porque contaban
pasajes de mi vida en diferentes épocas. Patricia se limitaba a escribirme sobre
su actualidad.
Se supone que todo lo que nos
contábamos era verdad… bueno, en mi caso no siempre era así. A veces exageraba
los hechos o, cuando la memoria me fallaba, inventaba situaciones que encajaran
bien en la historia contada. Todo con un solo propósito: hacer que el mail
fuera lo más entretenido posible. En uno en especial mi imaginación se desbordó.
Fue aquel donde le conté de cómo dos años atrás había intentado conseguir
trabajo como acompañante de mujeres mayores, en otras palabras, como gigoló; hecho que sí ocurrió. En resumen, sólo había sido una conversación de 15
minutos con un señor alto, panzón, y bigotón que casi me convence que podía hacerme
rico teniendo sexo con señoras de la alta sociedad limeña; yo había ido a esa entrevista de trabajo por un anuncio,
pero al final no pasó nada porque, entre otras cosas, pensé que todo era
demasiado bueno como para ser cierto y que podría salir perdiendo. En ese mail
inventé mi preocupación por mi nombre de batalla
(si es que llegaba a conseguir el trabajo) porque tenía que ser un buen nombre,
uno que llamara la atención de posibles clientas, un nombre digno de un
semental. Le conté que mi primera opción había sido “Máximo” (por su obvio carácter
superlativo) pero que luego lo cambié por “Máximus”, porque esa terminación latina
en “us” lo hacía sonar poderoso, como Spartacus (esclavo y luchador romano), Óptimus (líder de los autobots), o Brutus (el rival de Popeye), por
citar algunos ejemplos. Pero luego le conté que de repente “Máximus” era tan
buen nombre que al final una clienta podría sentirse estafada al ver que tal denominación
no iba con mi persona, mucho menos con mis atributos: “mucho nombre para tan
poco pene” reclamaría aquella señora, fue lo que escribí en el mail, tal cual y
sin eufemismos, porque con Patricia no había temas ni palabras prohibidas. También
mentí cuando le conté que al finalizar la conversación con en ese señor
rechacé su oferta de trabajo ahí mismo; en realidad pasaron un par de cosas en
los siguientes días antes de que tomara una decisión definitiva, cosas que no
le conté, principalmente, porque en ese punto el mail ya estaba muy largo.
Bauticé ese correo como (haciendo
referencia a mi posible empleador) “Un señor muy alto con unos bigotes enormes”,
parafraseando el titulo “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, un cuento
de García Márquez.
A Patricia le causó mucha gracia: “me
cagué de risa” fueron sus palabras exactas, y yo quiero creer que me lo dijo
sinceramente.
Aquel correo luego se convertiría en el
primer cuento publicado en este blog. Y con ese ya son 30 los cuentos
publicados, todos basados en textos escritos entre el 2006 y el 2010. Pues
ahora resulta que precisamente ya se me acabaron esos textos base y por eso no
me queda otra que empezar a narrar hechos reales, algo así como crónicas, en
paralelo, mientras voy desarrollando ideas que he ido acumulando durante el
tiempo de vida de este blog. Por cierto, gracias a todos los que me siguen.
Pensando en aquel señor muy alto con
bigotes enormes, puse en Google “productor porno Perú” y no solo di con su
nombre (no me acordaba de ese dato): Guillermo Cannesa; encontré también este informe
del programa “Enemigos Públicos” donde él es el protagonista.
La industria porno en el Perú (sólo para adultos)
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Nota: si alguien se ha preguntado por qué mi ritmo de publicación ha sido tan irregular en lo que va del año es porque he estado jugando mucho con mi regalo de navidad: