lunes, 27 de febrero de 2012

Decidí abandonar la escritura


Un grupo de jóvenes alcoholizados van por una calle muy, muy de noche haciendo bulla. No parecen perturbar a nadie porque nadie sale a reclamarles, hasta que pasan por delante de una casa de apariencia descuidada, de donde, por una de sus ventanas, una anciana les conmina a callarse. Ellos en vez de obedecer empiezan a insultarla y ella en vez de amilanarse los reta a que entren y se lo digan de frente en su cara. Ellos, restándole importancia a sus palabras, la insultan por un par de minutos más y luego se van; salvo uno que si acepta el reto. El resto trata de disuadirlo pero rápidamente se olvidan de él porque están más preocupados de seguir la juerga en otra parte. Entonces el muchacho se acerca a la puerta de la casa y empieza a darle fuertes golpes hasta que ésta de pronto se abre lentamente, aparentemente sola. El chico entra con precaución, la puerta se cierra, y de él no se vuelve a saber más. Al día siguiente el resto de muchachos reportan la desaparición de su amigo a la policía, la que de inmediato inicia una investigación. Otro día un agente les muestra a los chicos la fotografía de una anciana que ellos reconocen de inmediato como la dueña de la casa descuidada. Entonces el policía, para su perplejidad, de los chicos y de todos, les dice que aquella mujer lleva más de una década muerta. Fin.
Esto es, en resumen, el primer cuento que escribí a la edad de 15 años. La alegría de su nacimiento me duró apenas unos minutos porque al releerlo lo odié de inmediato, entre otras cosas, por su final tan obvio. Descarté tratar de arreglarlo, simplemente no quise saber más de él así que lo mandé al olvido. Tocaba, pues, pensar en otra historia de terror o misterio. 
 *
Tras años antes había leído el primer libro de mi vida: “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, y no sabría decir si entonces me gustó o no porque, al no ser una lectura voluntaria sino impuesta por mi mamá, lo leí de paporreta sin prestarle atención; y lo hice tal cual ella me lo ordenó: en sesiones diarias de 15 minutos y en voz alta para que me escuchara mientras hacía las labores de la casa. Era verano, yo estaba de vacaciones y mi mamá creyó que era un buen momento para que yo empezara a leer, pero no sucedió. Ocurriría dos años después, a los 14, cuando por mis manos pasaron, y esta vez voluntariamente, distintos tomos con los relatos protagonizados por Sherlock Holmes, creación de Arthur Conan Doyle, y los de Edgar Allan Poe. Fascinado con la truculencia de sus historias, devoré cada uno de esos libros con deleite y mi gusto por lo fúnebre y misterioso llegó a tal nivel que de pronto sentí la necesidad de escribir algo así.
 *
La historia del segundo cuento iba más o menos así:
Un hombre, digamos de unos 30 años, va por una calle desconocida y en su camino se encuentra con un rosal. La belleza de estas rosas llama su atención así que se acerca para  verlas mejor y descubre sorprendido que no tienen espinas. Piensa que tiene ante sí el regalo perfecto para su novia, entonces va hacia la casa más cercana en busca del dueño o dueña del rosal. La dueña es una anciana quien gentilmente le regala una de ese flores, pero le advierte que esas rosas requieren atención constante y que pueden ser vengativas si no se les da ese trato; el hombre la considera senil y no le cree. Luego, en el departamento donde vive la pareja, su novia acepta feliz el regalo y por unos días ambos no dejarían de admirar a la rosa que plantaron en una maceta. Pero poco a poco la novedad dejó de serlo y la rosa pasó a ser un simple ornamento más de su departamento. Entonces una mañana el hombre se despierta y descubre horrorizado el cuerpo inerte de su novia, blanco como si careciera de la más mínima gota de sangre a pesar de no haber charcos ni manchas al rededor. Los especialistas le confirman la ausencia de sangre en ese cuerpo y le señalan también el punto de salida: una pequeña herida en una de las manos, una herida hecha por la espina de una rosa. Y de inmediato viene a su mente la rosa y las palabras de la anciana. Regresa al departamento, furioso, con el único objetivo de destruir esa flor la que arranca de su maceta pero un dolor insoportable hace que la suelte; al hacerlo descubre que de pronto el tallo de la rosa está infestado de espinas, y su mano, llena de heridas, empieza a sangrar profusamente. Empieza a debilitarse, cae al suelo junto a la rosa, y en minutos ambos mueren. The end.
Nunca escribí este cuento; todo fue mental. Quería tener lista una historia que realmente me gustara antes de empezar a escribirla. Me tomó varios días y si bien al terminarla (en mi cabeza) me sentí orgulloso de ella por creerla original, pronto la encontré ridícula, para nada misteriosa, por eso no llegó al papel.
Frustrado por esos dos intentos fallidos decidí abandonar la escritura, al menos temporalmente. Creo que aún no había cumplido los 16 años.
 *
Después descubrí otros autores, otros estilos, otros géneros, y mi gusto se fue expandiendo, así como poco a poco la biblioteca de mi casa me fue quedando chica. Mi madre le contaba orgullosa a mis tías que me gastaba todas mis propinas comprando libros (de las colecciones populares que sacaba El Comercio), y lo “mucho” que había leído para ser un chico de apenas 17 años. Bueno, todo ese orgullo y las propinas se acabaron cuando descubrió que también leía al “inmoral” Jaime Bayly.

lunes, 20 de febrero de 2012

Ese momento de felicidad espontánea

Vivo en una zona tranquila y agradable en donde uno puede salir a pasear, incluso de noche, sintiéndose seguro. Es así la mayor parte del tiempo, o sea, no siempre: en los 6 años que llevó aquí, viviendo en un edificio, me he enterado de tres asaltos; todos a mano armada y en la noche.
La primera víctima fue un vecino a quien en la puerta del edificio, cuando sacaba sus llaves, lo abordaron y le robaron, entre otras cosas, su mochila en la que llevaba su laptop; al parecer lo habían estado siguiendo en un auto. Me lo contó mi madre pidiéndome que tuviera mucho más cuidado porque por aquellos días yo regresaba de la universidad a las 11 de la noche.
La segunda víctima fue una señora, vecina también, que llegaba de hacer compras de un centro comercial. Entraba al edificio cargando varias bolsas, y, justo antes de cerrar la puerta, irrumpió un hombre quien no sólo la amenazó a ella sino también al portero; se llevó las bolsas y la cartera de la señora. Yo, que en esos momentos estaba a unas dos cuadras, vi a un hombre salir corriendo el edificio y meterse a un auto blanco el que a continuación arrancó a toda velocidad. Fue el portero, pálido, quien me contó lo sucedido.
El tercer asalto pasó un día en la que yo estaba muy entretenido viendo tv; tan entretenido que no le presté mayor atención a un grito de mujer que provenía de la calle. Minutos después mi madre entra alarmada a mi cuarto y me cuenta cómo a una chica que salía de una de las casas de en frente le acababan de robar su auto. Mi madre lo había vio todo por la ventana de su habitación: el asaltante, luego de hacer que la chica le diera las llaves, la empujó al suelo, en medio de la pista, y se marchó con el auto; ella quedó llorando hasta que salieron personas de la casa de donde había salido y se la llevaron adentro.
Definitivamente ningún sitio, por más tranquilo y agradable que sea, es completamente seguro.
Un domingo a eso de las 3 de la mañana, mientras contemplaba la calle desde mi balcón, vi  a un chico y una chica, tomados de la mano, caminar por la vereda de la cuadra que está al frente de mi edificio; venían de alguna fiesta. Entonces se detuvieron a la altura de un árbol, bajo su sombra, y empezaron a besarse, abrazarse. Por momentos permanecían inmóviles, otros ratos hacían como si bailaran, y cuando reían se podían escuchar claramente sus risas. Pasaban los minutos y nada: no se iban, seguían con lo suyo completamente despreocupados en esa calle desierta. Observé los alrededores: nadie merodeaba, ningún auto sospechoso estaba estacionado o dando vueltas, ni si quiera había señales del patrullero de la policía municipal. Parecía que nada interrumpiría ese momento de felicidad espontánea; nada ni nadie. Entonces me pregunté “¿dónde carajo están los ladrones cuando se les necesita?”.

domingo, 12 de febrero de 2012

Un señor muy alto con unos bigotes enormes (crónica)



A mediados del 2004 Patricia y yo éramos amigos, compañeros, alumnos de la misma facultad y por alguna razón nos enviábamos mails regularmente contándonos nuestras cosas. Mientras que los de ella tenían como subject el típico “hola”, cada uno de los míos tenía nombre propio, o sea un título distinto y significativo, y es que eran correos muy distintos entre sí porque contaban pasajes de mi vida en diferentes épocas. Patricia se limitaba a escribirme sobre su actualidad.
Se supone que todo lo que nos contábamos era verdad… bueno, en mi caso no siempre era así. A veces exageraba los hechos o, cuando la memoria me fallaba, inventaba situaciones que encajaran bien en la historia contada. Todo con un solo propósito: hacer que el mail fuera lo más entretenido posible. En uno en especial mi imaginación se desbordó. Fue aquel donde le conté de cómo dos años atrás había intentado conseguir trabajo como acompañante de mujeres mayores, en otras palabras, como gigoló; hecho que sí ocurrió. En resumen, sólo había sido una conversación de 15 minutos con un señor alto, panzón, y bigotón que casi me convence que podía hacerme rico teniendo sexo con señoras de la alta sociedad limeña; yo había ido a esa entrevista de trabajo por un anuncio, pero al final no pasó nada porque, entre otras cosas, pensé que todo era demasiado bueno como para ser cierto y que podría salir perdiendo. En ese mail inventé mi preocupación por mi nombre de batalla (si es que llegaba a conseguir el trabajo) porque tenía que ser un buen nombre, uno que llamara la atención de posibles clientas, un nombre digno de un semental. Le conté que mi primera opción había sido “Máximo” (por su obvio carácter superlativo) pero que luego lo cambié por “Máximus”, porque esa terminación latina en “us” lo hacía sonar poderoso, como Spartacus (esclavo y luchador romano), Óptimus (líder de los autobots), o Brutus (el rival de Popeye), por citar algunos ejemplos. Pero luego le conté que de repente “Máximus” era tan buen nombre que al final una clienta podría sentirse estafada al ver que tal denominación no iba con mi persona, mucho menos con mis atributos: “mucho nombre para tan poco pene” reclamaría aquella señora, fue lo que escribí en el mail, tal cual y sin eufemismos, porque con Patricia no había temas ni palabras prohibidas. También mentí cuando le conté que al finalizar la conversación con en ese señor rechacé su oferta de trabajo ahí mismo; en realidad pasaron un par de cosas en los siguientes días antes de que tomara una decisión definitiva, cosas que no le conté, principalmente, porque en ese punto el mail ya estaba muy largo.
Bauticé ese correo como (haciendo referencia a mi posible empleador) “Un señor muy alto con unos bigotes enormes”, parafraseando el titulo “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, un cuento de García Márquez.
A Patricia le causó mucha gracia: “me cagué de risa” fueron sus palabras exactas, y yo quiero creer que me lo dijo sinceramente.
Aquel correo luego se convertiría en el primer cuento publicado en este blog. Y con ese ya son 30 los cuentos publicados, todos basados en textos escritos entre el 2006 y el 2010. Pues ahora resulta que precisamente ya se me acabaron esos textos base y por eso no me queda otra que empezar a narrar hechos reales, algo así como crónicas, en paralelo, mientras voy desarrollando ideas que he ido acumulando durante el tiempo de vida de este blog. Por cierto, gracias a todos los que me siguen.
Pensando en aquel señor muy alto con bigotes enormes, puse en Google “productor porno Perú” y no solo di con su nombre (no me acordaba de ese dato): Guillermo Cannesa; encontré también este informe del programa “Enemigos Públicos” donde él es el protagonista.
La industria porno en el Perú (sólo para adultos)
***
Nota: si alguien se ha preguntado por qué mi ritmo de publicación ha sido tan irregular en lo que va del año es porque he estado jugando mucho con mi regalo de navidad:

domingo, 29 de enero de 2012

Ley conmutativa



Terminaba la clase de Sociología y entonces entró al aula un alumno que fue directamente hacia la profesora del curso. Le dijo que venía por el proyector porque el profesor fulano de Física lo había reservado para esa hora. Ella estuvo de acuerdo sin hacer más preguntas y permitió que el chico se llevara el aparato. Nunca más se supo de ese aparato ni de ese chico que resultó no ser un alumno, como todos creyeron, sino un astuto ladrón.
Y fue así como la facultad de Sistemas de la Universidad Nacional de Ingeniería, la UNI, que con tanto esfuerzo había adquirido dos proyectores, se quedó con sólo uno.

***

Sebastián sonrió burlonamente cuando vio que un par de chicos se le adelantaron trotando mientras murmuraban que la clase de Lenguaje ya había empezado. En efecto: eran las 8:15 de la mañana y la clase empezaba a las 8; pero Sebastián siguió caminando despreocupado, convencido de que por ser el primer día de clases habría un tiempo de consideración. Además, pensaba, ya no estaban en el colegio sino en la universidad; y él, más que cualquier otro cachimbo*, sabía muy bien la diferencia. Por eso le sorprendió encontrarse en la puerta del aula con una decena de alumnos esperando nerviosos que les dejaran entrar. Igual él no perdió la calma, ni cuando por la pequeña ventana de la puerta vio que se estaba tomando un examen. “Seguramente un examen de entrada” pensó con desdén. Entonces le llamó la atención el aula en sí, que comparada con las instalaciones de su ex universidad, una estatal, bien podría ser un auditorio para unos 100 alumnos distribuidos en carpetas de 3 asientos; había hasta un púlpito con una computadora en su interior. Luego miró el techo sin percatarse que, desde adentro, una mujer pequeña y gruesa de unos 50 años se había estado acercando. De pronto se abrió la puerta:
-No crean que por ser su primer día de clases les voy a perdonar ésta: tienen cero. Cuando termine la prueba los dejo entrar- les dijo la profesora con severidad, y volvió a cerrar la puerta.
“Cursillo de mierda” pensó Sebastián sonriendo y comprobó en su cartilla de horarios que el curso de Lenguaje valía apenas 2 créditos mientras que los más pesados, 4 o 5. Volvió su mirada hacia el techo, al preciso punto de donde se suspendía un aparato sujeto por un rack: era un proyector. Supuso, y supuso bien, que en cada aula habría uno y recordó esa especie de leyenda, de su vida universitaria pasada, que contaba cómo un ladrón haciéndose pasar por alumno había robado uno de los dos únicos proyectores existentes en su ex facultad. Entonces dio un vistazo a su alrededor como si recién tomara conciencia de dónde se encontraba en ese momento, y pensó: “cómo se nota que estoy en una universidad privada”.

***

Un nuevo inicio. La vida te está dando otra oportunidad, y parece que todo está a tu favor. Para empezar no sientes nervios, porque aunque es tu primer día de clases en la San Martin, no es tu primer día como alumno universitario. Luego está el hecho de que estudiaste en la UNI, famosa por lo exigente que es en cursos de números, todo lo contrario de tu nueva universidad. O sea que gracias a tu experiencia universitaria previa partes con ventaja sobre el resto de cachimbos, tus nuevos compañeros. ¿Pero qué tanto te puedes confiar si abandonaste la UNI por bajo rendimiento? Pues según tienes entendido, con el  conocimiento que has acumulado en el año y medio de preparación para ingresar a la UNI y los tres semestres que estuviste ahí, tienes lo suficiente como para sobresalir, al menos en los cursos matemáticos, los más importantes en cualquier carrera de ingeniería, los que aprobándolos con altas notas te asegurarían un buen promedio ponderado, y así, una beca, tu principal objetivo para este primer semestre. Porque la San Martin, como toda universidad privada, no es barata, y no es tampoco que tu familia se haya vuelto adinerada de la noche a la mañana: ahorros, préstamos… tu familia está invirtiendo, por no decir apostando, en ti. Y tú no quieres volver a decepcionarlos, ¿no? Así que tienes ahora la oportunidad de hacer bien las cosas, de redimirte ante ellos y ante ti mismo, de sacarle provecho a esos tres años aparentemente desperdiciados desde que terminaste el colegio. Tres años que además significan que más o menos esa es la diferencia entre tu edad y la de tus compañeros; tendrás que lidiar con eso, con el hecho de que los que te rodean ahora hace meses nomás terminaron el colegio y no son mayores de edad. Tú en cambio ya tienes 21 años.
Es mejor ya no pensar en todo eso y empezar a comportarse como un alumno serio y prestar atención a la clase, aunque esta sea de Lenguaje. Pero como si se tratara del corazón delator de Poe, sientes un pálpito en uno de tus bolsillos; es tu billetera. La sacas, la abres, y entonces observas las pruebas irrefutables de quién y eres y de dónde vienes: tu documento de identidad y tu carnet de la UNI del semestre anterior.

***

-Amiga, disculpa, ¿me puedes pasar eso?- diría Sebastián señalando en el piso su aún vigente carnet de la UNI (el que se le habría caído “accidentalmente”)
Ella se lo pasaría pero, luego de verlo a él y a la foto del carnet, no podría evitar preguntarle:
-¿Cómo es que tienes un carnet de la UNI?
-Estudié ahí hasta el semestre pasado- respondería Sebastián.
-¿Y cómo así estás acá, en la San Martín?
-Me retiré porque… - por supuesto Sebastián no iba a decirle la verdad: que había abandonado la universidad por sus malas calificaciones - …había muchas huelgas; no se puede estudiar bien así.
-Pero si llegaste ingresar a la UNI es porque sabes mucho matemáticas- diría ella mostrando admiración.
-Pues sí- diría Sebastián, consciente del bajo nivel de la San Martín en cursos de números.
Y luego se presentarían formalmente el uno al otro. 
Ese era el plan de Sebastián, el que se le había ocurrido en plena clase de Lenguaje; la primera del día de ese su primer día de clases en su nueva universidad, la San Martin. Era un lunes y, según su horario, los lunes tocaba sólo cursos de letras, pero Sebastián no quería esperar hasta el martes para empezar a lucir sus conocimientos matemáticos y entonces decidió hacer público de dónde provenía, y fijó como su primer objetivo a la simpática chica que se sentaba delante de él. Sólo tenía que esperar el momento adecuado, el que por suerte llegó en los minutos de espera a la llegada del profesor de la siguiente clase. Sebastián sacó su billetera y de ella su carnet, el que se quedó viendo por unos segundos depositando todas sus esperanzas en él, y entonces, cuando a punto estuvo de lanzar el documento, la voz de un chico le habló por detrás:
-Disculpa, ¿ya entregaron los carnets?
-Eh, no, no… éste es de la UNI- respondió Sebastián dubitativo viendo su plan interrumpido.
Y la conversación prosiguió más o menos igual a como lo había planeado.
-Me llamo Efraín.
-Y yo Sebastián.
Se presentaron finalmente estrechándose las manos.
“Ley conmutativa”, pensó Sebastián convencido que daba lo mismo empezar a ganarse la admiración de sus nuevos compañeros a través de Efraín o de la simpática chica que se sentaba delante de él; pero cómo le hubiera gustado haber empezado por ella. El tiempo y las buenas notas la acercarían a ella, estaba seguro, pero sería precisamente el tiempo el que le enseñaría que de todas las formas posibles de impresionar a una chica, ser bueno en matemáticas era la menos efectiva; y que las chicas simpáticas que estudian ingeniería cambian de carrera luego del primer semestre.

NOTA:
Cachimbo: alumno ingresante
.

martes, 27 de diciembre de 2011

Carita feliz

No debía estar pensando en ti, Sebastián, no en ese momento que Renzo y yo hacíamos el amor, pero no podía evitarlo, pensar en ti me daba placer; para esas horas ya debías de estar regresando a tu casa, solo, sintiéndote terrible, viendo por todos lados a chicos y chicas celebrando el 14 de febrero, y seguro ibas pensado que tu y yo pudimos haber sido como ellos; pero no lo fuimos, porque nunca llegué a nuestra cita. Por supuesto me llamaste, tres veces en las que dejé que mi teléfono sonara, sólo para mi deleite, mientras imaginaba tu rostro angustiado. “¿No vas a contestar?” me preguntó Renzo, y no sabes con qué satisfacción le respondí “no, no es nadie importante”. Porque además sabía que no ibas a insistir más; estabas tan desesperado por “reconectarte” conmigo que sin importar lo mal que te tratara no me reclamarías. Fue precisamente esa desesperación tuya la que me permitió prolongar mi venganza, cuando había pensado que sería algo de una sola vez y ya; fue lo que pensé luego de leer tu mail:
“Hola Silvia. Años sin saber de ti. Espero estés bien. Te escribo para desearte una feliz navidad y un prospero año nuevo. Ojalá el próximo año nos volvamos a ver. Un fuerte abrazo.
P.D: Por si acaso soy Sebastián. Ojalá no te hayas olvidado de mí”. Y terminaste con una carita feliz. Exactamente habían sido tres años sin saber el uno del otro.
No podía creerlo; eras tú queriendo regresar a mi vida, quién sabe con qué intenciones. Luego de pensar en ti por unos minutos, te respondí:
“Hola Sebas. Claro que me acuerdo de ti. A los años... También me gustaría volver a verte. Te dejo mi número, llámame y hablamos. Besos. Silvia”.
Espere ansiosa tu llamada; por suerte no tuve que esperar ni un día.
-¿Qué planes para año nuevo?- te pregunté, yendo al grano apenas pasamos de los saludos.
-Nada aún- me respondiste, y mis sospechas se hicieron mayores. Porque tipos como tú siempre terminan solos y cuando eso les pasa es que se acuerdan de las personas que dejaron atrás ¿si no, por qué me escribiste después de tanto tiempo? Quedamos para salir la noche de año nuevo, para bailar, tomar, y “hacer de todo” (te dije antes de colgar). Seguramente habrás pensado “esta cojuda cayó de nuevo”; no sabías que ya no era la cojuda de antes. Radiantemente vestida te llamé antes de salir de casa esa noche:
-Disculpa Sebastián- te dije alegre -no voy a poder esta noche. Feliz año- y luego que te escuchara decirme “¿qué pasó?”, colgué y apagué mi teléfono. Esa noche saldría a bailar, tomar y hacer de todo, pero con Renzo.
Satisfecha, tenía planeado ignorarte de ahí en adelante, no hacer caso de tus llamadas, mensajes, correos… ya no existirías más para mí. Pero cuando vi al día siguiente que me habías mandado un mensaje sentí curiosidad; creí que me exigirías explicaciones, pero no, en vez de eso sólo me escribiste un manso “Feliz año, Silvia” (y otra vez terminaste con una carita feliz). Me quedó claro que podía seguir jugando contigo un poco más.
Por eso nos reencontramos, no porque quise verte o tuve curiosidad de ver cuánto había cambiado tu apariencia (no mucho, al igual que yo). Todo era parte del plan: ir a bailar a un sitio exclusivo como Aura y hacer que pidieras la botella de whisky más cara sólo para que gastaras mucha plata por gusto; porque me iba a quedar media hora a lo mucho, tiempo perfecto para bailar un par de canciones bien pegada a ti para que te excitaras y te hicieras ilusiones. Luego que regresé del baño y te dije “me han llamado de mi casa, hay un problema, tengo que regresar ahora mismo” tuve unas ganas tremendas de tomarte una foto, ahí sentado frente a esa botella de whisky prácticamente llena y con la cara de idiota que pusiste. No te di tiempo a reaccionar: te besé en la mejilla y chau, salí volando.
Y al día siguiente, un mensaje tuyo en mi celular, y pensé que ahora sí me exigirías explicaciones o que tal vez me mandarías a la mierda, pero otra vez me equivoqué: “Qué gusto volver a verte, Silvia. Espero todo esté bien en tu casa. Cuídate”, y por enésima vez una carita feliz a continuación. Qué patético. ¿Tratabas de demostrarme que no estabas molesto, no? Tu desesperación por quedar bien conmigo era palpable.    
Y pensar que tres años antes la desesperada era yo. Quería pasar más tiempo contigo pero eras muy esquivo a veces, y no entendía cómo podías ser así luego de días en los que te mostrabas tan atento conmigo. Mejor dicho no quería aceptar la realidad: que sólo me tratabas bien cuando querías sexo. En el fondo lo sabía pero tenía la esperanza de que con el tiempo comprendieras que en nuestra relación podía haber mucho más que eso y cambiaras tu actitud. Quería que lo nuestro realmente funcionase y no perder la fe en el amor. Porque llegaste a mi vida poco después que terminara con Eduardo, quien, en el año que estuve con él, me sacó la vuelta tantas veces pudo. Quedé destrozada, tanto que en mi afán de sentirme mejor fui a esa librería Crisol en el Jockey Plaza en busca de libros de autoayuda, y ahí te conocí; estabas a mi costado. Y porque tímida no soy (lo que creo a veces es más un defecto que una virtud, porque a Eduardo igual fui yo quien le hizo el habla la primera vez que lo vi) te hablé:
-¿Qué tipo de autoayuda buscas, amigo?
Sorprendido, titubeaste antes de responderme:
-Sólo estoy curioseando. La verdad no creo en estos libros.
-Yo tampoco pero… bueno… no sé.
No dijiste nada, así que continué:
-¿Y qué haces cuando necesitas ayuda o te sientes mal?
-Me distraigo con mis amigos; por un par de horas no pienso en el problema, y luego duermo.- sonreíste -Ya descansado y con la mente despejada me concentró en hallar la solución al problema.
-Vaya…
-¿Qué libro de autoayuda buscas?
-Mmm… creo que ninguno. Creo que mejor voy a distraerme un rato y luego dormir.
Nos reímos.
-Me llamo Silvia, ¿y tú?
-Yo Sebastián.
Tenías 25 y yo 19. Intercambiamos correos y números de teléfono, y antes de despedirnos quedamos en volver a vernos uno de esos días. Y fue así como empezamos a salir.
Me gustaste porque eras diferente a Eduardo, en todo aspecto: eras dos años mayor que él,  eras más bajo, menos fornido, menos simpático, eras inseguro y nervioso… tan distinto a él que supuse que no me lastimarías. Y luego de nuestro primer mes juntos estaba convencida de eso; me convencieron tus gestos, detalles, tu ternura, y cuando finalmente hicimos el amor no podía estas más que feliz. Pero entonces todo cambió. Claro, ya habías conseguido lo que querías. Ahora estabas muy ocupado o cansado como para salir; decías que cualquier manifestación de afecto era mejor hacerla en privado que en público; no me prestabas atención cuando te hablaba, hasta te mostrabas aburrido. Pero de pronto te aparecías con algún regalo, pedías comprensión: que tus estudios y tu trabajo te tenían jodido, y volvían los abrazos, los besos… otra vez terminábamos en un hotel y otra vez al día siguiente (a veces incluso apenas saliendo del hotel) empezabas con tu aptitud indiferente hacia mí. Y yo como una gran cojuda te permití eso durante 4 meses. Entonces ya no pude más y te dije que lo mejor era dejar de vernos; me dijiste “me parece bien” sin alterarte. Luego desaparecerías de mi vida.
Después de dos relaciones seguidas que terminaron mal, mi autoestima se desplomó, y sólo pude recuperarme luego de meses de terapias y apoyo de mis amigos, familiares, y otros seres queridos. Por casi dos años no quise saber nada de chicos hasta que me presentaron a Renzo: un chico de mi edad, universitario también. Al poco tiempo de hacernos amigos empezó a dar señales de que quería algo más que amistad; me asusté porque me empezaba a gustar también. Lo pensé bien y mucho. Me analicé y concluí que mientras dejara de buscar príncipes azules y vaya con cautela podía estar con él, y en general continuar con mi vida normalmente. Y mi vida no sólo continuó con normalidad: mejoró. Cuando me enviaste aquel mail yo pasaba por un excelente momento en todos los aspectos; me sentía más fuerte que nunca.
Pero torturarte me estaba aburriendo, así que decidí dar el golpe final aprovechando que se acercaba el 14 de febrero; aún con los dos desplantes previos no me fue para nada difícil convencerte de salir ese día. Y después, sí: ignorado completamente. A veces pienso que mi venganza fue desproporcionada, pero la verdad no tengo ningún cargo de consciencia o remordimiento, lo que sólo puede significar una cosa: estamos a mano, Sebastián.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Palabras que empiezan con “B”

De pronto su pajarito estaba más grande y duro, y su cabecita sobresalía como nunca antes de su capucha. Diego lo observaba y creía que su pajarito lo estaba viendo a él también con su único ojo. Lo que ocurría en su entrepierna era un suceso sin precedentes, y, sospechando quien era la responsable, Diego regresó su mirada hacia la mujer desnuda y de espaldas que se está contemplando en un espejo sostenido por un ángel. Era una imagen de la “Venus del espejo”, del pintor más destacado del Siglo de Oro español: Velásquez, que estaba en una de las pocas páginas a color de ese Pequeño Larousse Ilustrado, un tomo rojo de casi 1000 hojas.  
Diego tenía 4 años y estaba en la biblioteca de su casa, que más que biblioteca era un pequeño cuarto que servía de depósito de libros, cuadernos y papeles; el lugar en el que podía encontrar siempre hojas en blanco que pintarrajear. Precisamente había estado buscando algunas cuando se topó con el aquel libro grueso y pesado que normalmente estaba en la fila más alta e inalcanzable de la estantería de libros. Lo hojeó y a punto estuvo de cerrarlo y devolverlo a su sitio; aún no sabía leer y tantas hojas en blanco y negro lo aburrían, pero descubrió que las había también a colores, aunque eran poquísimas en comparación con el resto. Se propuso encontrar todas y cada una de esas escurridizas hojas; en orden, desde el comienzo del libro, pero su búsqueda se detendría al encontrar la segunda, que estaba en medio de las palabras que empiezan con “B”. Ninguno de los “dibujitos” de la primera cara de esa hoja le impresionó; “dibujitos” que en sí eran imágenes de pinturas del siglo XVII. Sólo la última llamó un poco su atención, donde aparecía una mujer desnuda a la que se le podían ver lo senos pero que pasaba algo desapercibida por los árboles y personas que la rodeaban ("Venus y Eneas", de Poussin). Volteó la página y apenas debajo del título “PINTURA CLÁSICA ESPAÑOLA” estaba otra Venus, la de Velásquez esta vez. Fue un descubrimiento casi mágico. Sus ojos recorrieron sin premura y con inconsciente deleite cada porción de esa piel desnuda, hasta que quedaron fijos en la zona más redonda y prominente de ese cuerpo de mujer: el culo de la diosa; no sabía que una tendencia en él se estaba marcando en ese momento, un comportamiento que sería más obvio a partir de su adolescencia, el de preferir verle las nalgas a la chicas antes que las tetas, y por el que en la universidad se ganaría el apodo de “ASSMAN”.
Fue ahí que sintió que algo pasaba con su pajarito. Estiró hacia adelante el borde de su buzo pantalón y de su calzoncillo de "Winnie the Pooh", y descubrió a ese pequeño y erguido cíclope cabezón. Descubrió también que estaba sintiendo algo nuevo, algo que le gustaba pero que, sin saber por qué, le causaba cierto remordimiento, como si estuviera haciendo algo malo. Por eso de cuando en cuando empezó a dar vistazos a todos lados y aguzó el oído atento a que su mamá siguiera ocupada en la cocina haciendo el almuerzo. Entonces, olvidándose por unos instantes de la diosa, empezó a acercar lentamente el dedo índice de la mano que tenía libre hacia su pajarito de un solo ojo; tenía mucha curiosidad por tocarlo. Pero a menos de un centímetro de que se diera el contacto, su mamá, desde la cocina, puso fin a todo:
-¡Diego, a almorzar!- se escuchó en toda la casa.
De inmediato Diego soltó el elástico de su buzo y calzoncillo, y luego cerró el libro. Fue primero a su habitación por una chompa, la más larga y holgada que tuviera. Cuando la encontró se la puso y la estiró hasta cubrir la zona de su entrepierna. Y entonces fue a la cocina.
-¿Y esa chompa?- le preguntó su mamá algo sorprendida; era Noviembre.
-Es que me dio frío- contestó Diego y se sentó en la mesa.
-No te olvides de bendecir tus alimentos, primero- le dijo su mamá.
*
Con el pasar de los años Diego aprendería muchas cosas, cosas como que el nombre correcto de su pajarito es pene pero que podía llamarlo también pinga, pichula, pito, verga, poronga, chota, pija, polla, cock, dick, dispensado de leche, etc.; y cosas como qué es una erección y cómo sacarle provecho, en especial cuando se encerraba en su cuarto a hojear su creciente colección de libros de arte. Porque luego que aprendiera a leer, Diego empezaría a investigar y acopiar todo material referente a la historia del arte, aunque le prestaría más atención a las partes de esa historia en la que apareciera alguna mujer desnuda. Ciertamente nada lo excitaba más que una mujer así, representada artísticamente; a la hora de masturbarse, antes que las fotos de cualquier conejita de Playboy o ver a Jenna Jameson en acción, prefería a mil veces a una gordita calata de Botero.
Curiosamente sería Teresa, su esposa, quien más se beneficiaría de esa obsesión secreta: el mejor sexo de su vida lo tendría en su luna miel que, gracias a un conveniente paquete turístico, pasarían viajando por algunos países de Europa. En ese viaje visitaron varios museos, como el del Prado, en Madrid, el de Louvre, en París, entre otros, y horas después de cada una de esas visitas, ya en el hotel, Diego le hacía al amor con tanta pasión y energía que ella al final le repetía cansada y complacida “gracias, gracias, gracias…”. Teresa creyó que la repentina excelencia de su esposo en la cama (que normalmente pasaba apenas de mediocre) se debía a la emoción del viaje; no tenía ni idea de que en realidad era por las obras de arte de mujeres desnudas que abundan en esos museos, muchas de las cuales Diego ya conocía pero que en su vida creyó iba a poder ver en persona y en todo su esplendor. Pero EL orgasmo lo tendría Teresa en Londres, la noche del día que visitaron el salón 30 de The National Gallery, donde se exhibe la “Venus del espejo” de Velásquez.
*
El himno de Assman

domingo, 11 de diciembre de 2011

Bailando una canción lenta

Renato estaba cumpliendo su sueño y Verónica, su novia, estaba feliz por él, pero aun así ella no podía dejar de sentir algo de vergüenza ajena: ¿qué hacía en un quinceañero un “viejo” de 31 años cantando en un grupo de rock de chiquillos? Verónica tenía 25 y se sentía fuera de lugar. Al menos en ese momento la acompañaban, sentadas con ella en una mesa, la hermana y prima de algunos de los músicos, quienes tenían más o menos su edad. Las había conocido esa misma noche y, como ella, no estaban ahí por la fiesta sino por el grupo; más como apoyo que por verdadero interés musical. En ese momento las tres estaban atentas a la banda, pendientes, supuestamente, de sus seres queridos respectivos, pero Verónica estaba convencida que todas veían a Renato quien se estaba robando el show con su buena voz, bailes y movimientos frenéticos. Verónica hubiera preferido que Renato no llamara tanto la atención, pero sabía que eso era imposible; toda la vida había querido ser un rockstar.
Aunque ella se había enterado de ese sueño de toda la vida recién cuatro meses atrás, el día que Renato llegó emocionado al departamento donde vivían y le anunció que era el nuevo cantante de Edén.
-No sé de qué carajo me estás hablando, amor- le dijo Verónica.
Él la besó y se disculpó de antemano por lo que iba a contarle, no porque hubiera hecho algo malo sino por el secretismo que supuestamente no debe existir en las parejas. Ahí fue cuando le habló sobre su sueño, sobre sus intentos de lograrlo de más joven y como la oposición de su padre había sido el mayor de los impedimentos. Ahora era un ingeniero industrial cada día más aburrido de su trabajo, y ese aburrimiento era lo que le había hecho indagar en los avisos clasificados de El Comercio sobre bandas de rock en busca de cantantes, algo que al comienzo sólo lo hacía como distracción pero que luego fue tomándolo más en serio: respondió algunos anuncios pero o eran bandas muy hardcores o muy lights; nada que llenara sus expectativas.
Entonces un anuncio parecía el ideal. Solicitaba cantante que le gustara el rock de los 60’s, y 70’s, grupos como The Beatles, Led Zeppelin, Santana, Queen; música y bandas que a él le encantaban. Llamó y habló con alguien llamado Leonardo y luego de unos minutos acordaron la fecha y hora para la prueba que sería con Edén completo, en una sala de ensayo en Jesús María.
-Ah, así se llama la banda: “Edén”-  le explicó Renato a Verónica.
Cuando fue y vio a cuatro personas esperándolo en una esquina, se dio cuenta que había dado por sentado que por las décadas a las que hacía referencia el anuncio se encontraría con gente de más o menos su edad, pero no fue así: eran tres chiquillos y uno que aparentemente no lo era. Este último era Leonardo que parecía de más de 20 pero que en realidad tenía 18. El resto: Félix (hermano de Leonardo): 16; Sebastián y Noel: 15. Fue una gran decepción para Renato y tuvo ganas de irse, pero estando ya ahí decidió quedarse y ver cómo resultaban las cosas. Y las cosas empezaron a cambiar en el preciso momento en que entraban a la sala que le pareció pequeña y mágica. Era su primera vez en un sitio así, con pisos y paredes tapizados, con instrumentos, parlantes y micrófonos; de pronto ya no quería irse. Vio como cada uno hacía suyo su respectivo instrumento: Félix, la guitarra; Sebastián, el bajo; Noel, la batería y Leonardo, el teclado.
-¿Con qué canción quieres empezar, Renato?- le preguntó Leonardo. La lista de canciones la habían definido en la conversación telefónica.
-Con la que quieran- respondió Renato.
-Ok- dijo Leonardo y sonrió viendo a sus amigos quienes sonrieron igual como si supieran lo que significaba ese gesto; tal vez el nombre de la canción a tocar porque Leonardo no la mencionó y simplemente empezó él solo. Renato reconoció la melodía: era la introducción de “Black Magic Woman” de Santana*. Luego irían entrando los demás hasta que llegó su turno. Empezó dubitativo. Le gustaba lo que oía, tanto que desatendió a su voz. Leonardo detuvo todo.
-Renato, cantas bien, pero vamos, sin miedo- le dijo, y empezaron de nuevo.
La siguiente vez Renato no dudó y dio lo mejor de sí, y mantuvo los ojos cerrados durante toda la canción. Amó cada segundo. Es una canción que empieza despacio y que poco a poco va ganando fuerza, y la emoción de Renato iba sincronizada con ese ritmo. Para cuando llegó el redoble que anticipaba el final, Renato ya había mandado a la mierda sus prejuicios por la edad; la banda de chiquillos tocaba muy bien y él quería ser parte de ella. El resto de la hora ensayando no hizo más que reafirmar su decisión. En la calle, con un estrechamiento de manos, se le dio la bienvenida oficial como nuevo integrante de Edén.
Verónica lo abrazó y felicitó, guardándose el comentario que “Edén” le parecía un nombre más adecuado para una banda de música tropical. Asistiría a algunos de los ensayos y se llevaría bien con los otros integrantes. Aprendería de la historia de la banda, como que tenía de vida más de un año, que hasta entonces sólo había tenido una presentación en la casa de un pariente de Leonardo, que Noel era el segundo baterista, y que habían probado antes sin éxito con un par de cantantes. Aunque los gustos de ella iban más por el lado de la música electrónica, no podía negar que los cinco muchachos rockeaban bien y le decía a Leonardo que ya estaban listos para dar conciertos. Leonardo le hablaba de propuestas por aquí y allá, pero nada fijo. Hasta que llegó la noticia que tocarían en el quinceañero de la enamorada de Noel, a la que Verónica también había conocido en un ensayo.
Aunque fuera poca, igual era más la experiencia de ellos que la de Renato, pero en el quinceañero no parecía así: el más viejo de la banda transmitía más vida que todo el resto, quienes se mostraban más bien nerviosos o tal vez demasiado concentrados en no fallar.
Verónica recordó entonces las veces que Renato le decía que pensaba abandonar su trabajo para dedicarse exclusivamente a la música. A veces era obvio que no lo decía en serio pero otras veces Verónica no estaba segura, porque era cuando él llegaba al departamento ofuscado afirmando que odiaba su trabajo. ¿Y si en efecto renunciaba? Tenían ya viviendo juntos tres años en ese pequeño pero acogedor departamento alquilado en San Borja, y cubrían sus gastos gracias a los ingresos de él y de ella, quien era psicóloga. Tenían proyectos personales como seguir progresando profesionalmente, y de pareja también, como casarse y tener hijos. Y pensó que su preocupación era ingenua, que en la vida Renato iba a ser tan irresponsable, que él no dejaría de trabajar para dedicarse al arte y morir de hambre como mueren de hambre la mayoría de artistas en el Perú; por ejemplo: esa noche les iban a pagar 100 soles a cada músico, lo que para un chiquillo de menos de 20 seguro era mucha plata, pero para alguien de 31 no.
Luego que Renato nombrara a los integrantes de la banda y agradeciera al público finalizando la presentación, las únicas en gritar “¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!” fueron Verónica, la hermana y la prima. Los demás chiquillos voltearon a verlas incrédulos; habían bailado durante toda la presentación de Edén pero era obvio que ya querían escuchar otro tipo de música. A Renato le hubiera gustado cantar toda la noche pero Leonardo había establecido que la presentación sólo fuera de 45 minutos. Así lo decidió por lo sucedido en la primera presentación de Edén en donde pasadas tres cuartos de hora la gente ya se había hartado y empezó a pedir salsa; tan sólo eran 20 personas, en el quinceañero había más de 100, así que el riesgo que suceda algo bochornoso era mayor.  
El dj puso una salsa y la chiquillada empezó a bailar de nuevo, ahora con más gusto. Sebastián recibía las felicitaciones de su hermana, Leonardo y Félix de su prima, Noel de la quinceañera, y Renato de Verónica. Entonces él la tomó de la mano y la arrastró hasta perderse en el centro de la multitud que bailaba. Verónica se sorprendió que Renato quisiera bailar salsa pero él simplemente la abrazó, y se quedó así. Como si no le importara la música empezó a balancearse de un lado para otro, muy despacio, y ella le seguía como si estuvieran bailando una canción lenta. Para decirse algo tendrían que gritarse al oído y de alguna forma entendieron a la vez que eso arruinaría ese momento, así que permanecieron en silencio, disfrutando el aquí y ahora; ya al día siguiente hablarían de cómo Edén podría cambiar sus planes a futuro. No sabían en ese momento que el futuro decidiría por ellos, que el destino los llevaría a otro país, y que esa sería la primera y última presentación de Renato como cantante de Edén, su única noche como un rockstar.
*
NOTA*:
La versión original de "Black Magic Woman" es del grupo Fleetwood Mac.
la versión de Santana

[Update]
Valium: 
Yo leyendo el cuento. No escuchar si se está manejando maquinaria pesada o si se está conduciendo.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...