domingo, 13 de octubre de 2013

Cubana

Su piel era blanca como una hoja de papel. Su cabello era negro, lacio y largo. Y sus ojos, verdes. Pero qué importaba todo eso, se decía Antonia así misma, cuando alguien al verla, por primera vez, lo primero que notaría sería su estatura y su peso: aproximadamente, “al ojo”, un metro sesenta y noventa kilos respectivamente. En especial los chicos; quienes, pensaba, en el mejor de los casos simplemente se apartarían de ella, porque a qué chico le gustaría andar con una chica así; y en el peor se burlarían, lo que pasaba seguido, creía, porque siempre que se percataba que había cerca un chico riéndose, Antonia estaba segura de que aquel se estaba riendo de ella.
Pero hubo uno que no se apartó y que no se burló; todo lo contrario: quiso conocerla, empezar a salir con ella y conocerla más. Y lo hizo, con excelentes resultados para los dos. Antonia, quien a sus 23 años había perdido toda esperanza de tener enamorado alguna vez, ahora tenía uno: un hombre de 30 años, coincidentemente de ascendencia polaca como ella, de metro ochenta, rubio y delgado. Fueron completamente felices los seis primeros meses, incluso ella perdió su virginidad con él en ese tiempo. Pero luego, un día, Antonia recibió y leyó un mail anónimo que le advertía que su enamorado la estaba engañando con otra. Antonia no supo qué hacer en ese momento, así que se puso a pensarlo bien. Con los minutos, el impacto inicial se le fue pasando a la vez que se fue convenciendo de algo, de que, sin importar cómo, quería seguir siendo feliz. Finalmente decidió ignorar, ahora y a futuro (y en efecto, le llegarían más mails parecidos en el futuro), todo lo que tenga que ver con ese asunto. Hasta que él mismo se lo confesó, por voluntad propia y al mes de haber cumplido un año juntos: estaba saliendo en paralelo con otra chica. Con ese anuncio él rompió con ella, pero, como si Antonia no hubiera escuchado suficiente, él le aclaró que aún la deseaba mucho y le propuso seguir “viéndose” de vez en cuando. Empezaron a discutir: ella, indignada, a increparle su descaro, y él a repetirle que debería pensarlo al menos; pero al poco rato ella no soportaría más esa discusión y se marcharía abruptamente, sin despedirse. En los días siguientes Antonia lo odió tanto que no tuvo tiempo de sentirse triste ni de llorar… Pero se odió mucho más así misma cuando, a la semana del rompimiento, le escribió a su teléfono “Está bien. Tú ganas. ¿Ahora qué?”. Así empezaron a verse en secreto sólo para tener sexo y nada más que eso, y seguirían haciéndolo por ocho meses más; entonces él, sin previo aviso o razón aparente alguna, simplemente dejó de comunicarse con ella y desapareció de su vida.
Poco después, Antonia, sintiendo un gran rencor por los hombres, empezó a entrar a chats con el único afán de molestar a los hombres de la sala: los insultaba, les expresaba su desprecio, les buscaba “pelea” y sí que las conseguía. Fue así como la conocí. Apenas entré un día a una sala de chat, una chica me dice “hola”, le digo “hola” también, y de inmediato me empieza a insultar. No respondí a sus ataques no por buena gente sino por falta de rapidez mental. Sólo atiné a tratar de averiguar cuál era su problema (que en ese momento creía era sólo conmigo), y no sé si fue por mis palabras o por mi actitud, pero ella se fue calmando y nuestra conversación tornándose más normal. Aquella vez conversamos como dos horas y al terminar yo ya sabía sobre ella cosas como que tenía 25 años, que era graduada universitaria con honores, y que tenía un trabajo de oficina que me dijo era como el de una secretaria pero más importante. Luego me contaría que trabajaba rodeada de puros hombres, unos quince más o menos, mientras que, aparte de ella, sólo había tres chicas. Curiosamente era una de ellas, aunque en general no se llevaba ni bien ni mal con sus compañeros de trabajo, la que peor le caía de todos, por ser una coqueta y vanidosa con “pinta de vedette”.
Y la primera vez que Antonia me escribiera sobre suicidarse sería justamente por esa chica.
Desde que empezamos a chatear, Antonia, siempre que me escribía sobre los hombres, lo hacía expresándose furiosamente mal de ellos; hasta que un día apareció la excepción a toda esa furia: el chico nuevo del banco al que ella iba seguido por cuestiones de trabajo: un chico alto, atlético, de piel rosada, ojos y cabello negros, con corte militar. De él me diría cosas como que era muy lindo, que estaba muy bueno, que se lo comería con todo y zapatos (aclarándome esto último, entre jajajas, que no lo decía literalmente), pero también me diría varias veces que era imposible que un chico así de guapo se fijara en alguien como ella. El chico trabajaba en ventanilla. Era amable atendiendo a las personas pero no hablaba más de lo necesario, por eso Antonia creyó que se trataba de un chico tímido. Lo que no era cierto: un día, de regreso del banco, la chica coqueta con pinta de vedette le contó emocionada a todo el mundo en la oficina que había sido atendida en ventanilla por un chico que no sólo era guapísimo sino también hablador y coqueto, y que habían quedado en salir el fin de semana. Lo describió físicamente y de inmediato Antonia confirmó su temor: era el chico nuevo. En la noche, cuando me lo contó, estaba terriblemente mal, me dijo que ya no aguantaba más este mundo, y que se iba a matar. ¿Hablaba en serio o lo decía por decir? Como sea, muy nervioso, traté de tranquilizarla lo más posible y afortunadamente lo conseguí. Pero vendrían más amenazas de suicidios (por varias razones) en los días y semanas siguientes, tantas que ella amenazando y yo haciendo que desista terminó convirtiéndose en rutina. Ya no me asustaba cuando ella empezaba con lo suyo porque sabía que en menos de cinco minutos, repitiéndole más o menos lo mismo de siempre, ella cambiaría de opinión. Pero un sábado parecía que absolutamente nada de lo que yo le dijera la haría desistir. Estaba muy deprimida porque los sábados paraba en casa aburrida: nadie la invitaba a salir; tenía pocos amigos, ninguno hombre, y todas sus amigas mujeres tenían enamorado. Finalmente sólo pude calmarla invitándola a tomar un café. Dos horas después nos encontramos en el parque Kennedy, en Miraflores.
Sólo había visto una foto de ella donde salía muy seria y con una mirada que realmente daba miedo. En el parque, en efecto, era la misma chica de la foto; ninguna sorpresa hasta ahí, salvo por una: llegó con una sonrisa angelical de oreja a oreja. ¿Era la misma chica depresiva y furiosa con la que había venido hablando en los últimos dos meses? Y dudé más cuando empezamos a conversar, por lo alegre de su forma de ser. Pero conforme la conversación avanzaba, la Antonia que conocía del chat poco a poco fue apareciendo, aunque con cambios de ánimo repentinos. En un momento, muy frustrada, me habló sobre que los chicos le huían.
-Pero llegaste a tener un enamorado.- le dije -Alguien que estuvo detrás de ti.
-Bah- me dijo Antonia –eso fue por puro fetichismo, nada más.
¿Qué quieres decir?- pregunté.
-Esto: mis tetas- Y sacó pecho como quien dice “mira”. Era invierno, estaba con una chompa encima pero aun así se podía notar que tenía unos senos muy grandes.
-¿O sea sólo le gustabas por tus senos?- dije –Imposible: ¿un hombre al que le gusten las tetas grandes? No puede ser- dije irónico.
-Ya, ya, no te burles.- dijo ella –Lo que quiero decir es que a él le gustaban más de lo normal. Cuando teníamos sexo me penetraba un rato nomás; el resto del tiempo lo único que quería era hacer rusas.
Yo sabía lo que era una “rusa” pero, por puro morbo, me hice el desentendido y le pedí que me lo explicara. Ella se negó al inicio pero luego de mucho insistirle finalmente perdió la paciencia:
-O sea que él ponía su pene entre mis tetas y se masturbaba entre ellas, ¿entiendes?- dijo y me vio con la mirada asesina de la foto.  Asustado, dije sin pensar:
-Cubana.
-¿Qué?- dijo Antonia.
-También se le dice “cubana” a esa pose.
Se quedó callada. Hizo un gesto como quien dice “¿y qué importa ahora cómo se llame esa pose?”, le dio un sorbo a su café y dijo:
-Para colmo el desgraciado la tenía chiquita- y empezó a carcajearse feliz. Me reí con ella sólo porque ella lo hacía.
Al rato Antonia sacó su celular.
-Ay- se quejó –un mensaje de ese chico otra vez.
-¿Cuál chico?- pregunté.
-Uno del trabajo. Uno que está loquito por mí desde hace tiempo- dijo.
-¡Espera!- le dije extraordinariamente sorprendido –¿No dejas de quejarte de que no le gustas a ningún hombre y de pronto me dices que desde hace tiempo hay un chico que se muere por ti? ¿Y de quien nunca me habías contado nada antes?
-Ah, bueno, disculpa, es que este chico no cuenta, pues- me dijo.
-¿Por qué?- le pregunté.
-Porque sólo es un serrano de mierda- dijo Antonia.

***

La última noche de ese año 2009, Antonia entró a salas de chats de España y de Inglaterra no con ánimo belicoso, sino para probar una teoría que se le había ocurrido mientras pensaba en sus propósitos para el año siguiente. Luego de congeniar con algunos españoles e ingleses, comprobó que su teoría era cierta: su problema no eran los hombres en general, sino el hombre peruano en particular. Tal vez los latinoamericanos lo serían también, por eso no se arriesgó y decidió que de ahora en adelante sólo se concentraría en europeos. Y le iría tan bien que, aparte de hacer nuevos amigos, conocería a un español caucásico y canoso de casi 50 años de quien se enamoraría, y por suerte para Antonia, él también de ella. No tardaron en conversar sobre planes a futuro y decidieron que para mediados del 2010 Antonia viajaría a España a vivir con él. Faltaban cuatro meses para ello y Antonia se propuso bajar de peso. Se metió al gimnasio, empezó una dieta, fue muy disciplinada en ambas cosas y una semana antes del viaje ya pesaba 15 kilos menos. Fui testigo de ese cambio paulatino sólo por las fotos que ella me mostraba por el chat de vez en cuando, porque en persona ya no nos volvimos a ver desde esa vez en Miraflores. Y luego de que Antonia viajara a España, feliz, a iniciar una nueva vida a lado de su “Viejito”,… bueno, sí: esta historia es de esas que terminan con una frase del tipo “… nunca más volví a saber de ella”.

***

NOTA:
Para más información, un link de wikipedia.

domingo, 23 de junio de 2013

La diferencia entre un técnico contable y un contador

Como no sé sus nombres les llamaré “Pablo” y “Ricardo”, donde Pablo es el chibolo (el de la voz delgada) y más o menos el protagonista de esta crónica. Más o menos porque, aunque es el que menos habla de los dos, el tema de la conversación gira en torno a él; y es que Pablo ha embarazado a su enamorada.
El papá de ella no lo sabe todavía pero pronto lo hará. Mientras tanto, Pablo trata de decidir qué cosas le va a decir cuando llegue el momento de hablar con él.
-Lo primero que de hecho te va a preguntar… - le dice Ricardo, quien es seguramente su amigo, y quien habla y suena como alguien mayor; como un adulto -… es cuáles son tus planes con respecto a su hija y al bebé.
-Yo quiero seguir con ella y hacerme cargo de mi hijo… o hija- dice Pablo.
-¿Seguir con mi hija?, ¿hacerte cargo de mi nieto?- dice Ricardo haciéndose pasar momentáneamente por el padre- pues entonces  vas a tener que demostrarme que vales la pena: ¡vas a tener que estudiar y trabajar!
-¿Estudiar? Estoy dispuesto a dejar la universidad y buscar un trabajo de tiempo completo.
-No pues, eso es una tontería. Uno: porque arruinarías tu futuro. Dos: porque para su papá lo más importante es que estudies a que trabajes.
-¿Por qué?
-Porque no va a dejar que su hija esté con un huevón cualquiera, pues. De seguro quiere tener como yerno a un profesional o a alguien que tenga la ambición de serlo. Lo del trabajo es sólo para ver que estás dispuesto a hacer sacrificios y esfuerzos para mantener a su hija y a su nieto; por más que no aportes mucho por ahora: tú me has dicho que a su familia le sobra la plata así que de hecho, por parte ellos, a ella y al bebé no les va a faltar nada. Pero igual su papá va a querer ver que al menos intentas ser un padre de familia que lleva dinero a su hogar. Después de todo embarazaste a su hija: tu vida no puede seguir siendo la de un chico de 18 años cualquiera, no te la vas a “llevar” fácil.
-Pero tampoco quiero depender de sus viejos. Si pudiera me la llevaría ahora mismo a vivir solos los dos; bueno los tres cuando nazca el bebé.
-Pero no puedes. Además ella es menor de edad.
-En dos meses cumple 18.
-¿Y? La única diferencia con respecto ahora es que los dos van a tener DNI. Igual no van a tener la plata para vivir solos o independientes.
-Por eso estaba pensando en dejar la universidad: mejor hacerlo ahora que estoy en primer ciclo; no hay mucha pérdida. Entonces me consigo un trabajo y empiezo a ahorrar, luego, a la vez, me pongo a estudiar alguna cerrara técnica, algo que dure tres años a lo mucho, saco mi diploma rápido, consigo un mejor trabajo, hago más plata…
-Eres un iluso. No sabes lo que hablas.
-Es que quiero empezar a ganar dinero ya.
-Estás pensando a corto plazo, y eso está mal: tienes que hacerlo a futuro. Estudiar una carrera universitaria puede ser lento pero a la larga es lo mejor.   
-Estudiar en la universidad tampoco me asegura que tendré un buen trabajo.
-Es cierto pero te da más posibilidades.
-Y hay carreras cortas que actualmente dan plata rápido.
-¿Ah sí? ¿Como cuáles?- dice Ricardo, incrédulo e irónico.
-Mmm no recuerdo bien sus nombres; son medio complicados. Es que no son las carreras típicas.
 -No pues… Lo que pasa es que hay institutos que se inventan carreras: les ponen nombres estrafalarios y las ofrecen diciendo que hay mucha demanda por ellas pero pocos profesionales. Y como son actividades específicas dentro de otros rubros (como alguna ingeniería, por ejemplo) te dicen que no tienes que estudiar ni cinco ni tres años, que basta con un año para que aprendas a hacer eso específico y ya puedas conseguir trabajo. Un pata mío cayó en ese cuento, y sabes de qué se tituló: de “Especialista en reparación y mantenimiento de smartphones, celulares y otros dispositivos móviles”. Te juro que eso es lo que decía su diploma. El mismo me lo mostró y ahora no le sirve ni para limpiarse el culo.
-Claro, tampoco soy tan huevón: obvio hay sitios que te quieren estafar. Pero por ejemplo el hermano de un pata: estudió en un instituto y ahora es técnico contable, y no le está yendo mal.
-¿Cuánto gana?
-No sé exactamente. Creo que 2000 soles o más.
-Te aseguro que no gana más de 2000 soles, y eso, con suerte. Te aseguro también que no está en planilla y que no recibe gratificaciones… O sea, si es un pata soltero que no tiene que mantener a nadie, bacán, es buena plata. ¿Pero crees que con 2000 soles vas a poder mantener a una familia: tener mujer, hijo, y dónde vivir?
-Mmm…
-¿Sabes cuál es la diferencia entre un técnico contable y un contador de verdad? ¿Entre alguien que estudio contabilidad en un instituto y otro que fue a la universidad? ¡El sueldo, por supuesto! Claro, un técnico contable tal vez pueda hacer la misma chamba, igual o mejor, que un contador, pero toda esa chamba no vale nada si finalmente el contador no pone su firma o su sello, y por sólo hacer eso el contador gana dos o tres veces más. 
-Pero ella trabajará también más adelante- dice Pablo refiriéndose a su enamorada.
-Claro: cuando termine la universidad o esté por terminarla, o sea de acá a unos 5 años, mínimo. ¿O quieres que abandone sus planes de ingresar a la universidad para estudiar en un instituto también?
-No, para nada, no quiero que sus planes se vean afectados.
-Es tarde para eso: va a ser mamá en 9 meses.
-Bueno, que eso le afecte lo menos posible.
-Además hay otra cosa: ¿qué te asegura que tú y ella van a permanecer juntos? Obvio, está el hijo que, lo quieran o no,  va a relacionarlos para siempre el uno con el otro; pero como pareja, sentimentalmente, ¿cómo sabes que eso va a durar?
-Puta, me cagas, no había pensado en eso. Pero es que ella y yo nos…
-¿Se quieren, se aman? ¿Y? Eso es ahora. Recuerda que siempre te ha preocupado que las diferencias económicas entre tú y ella los separen. Ahora ponte a pensar en esto: ella va a ingresar a una universidad cara, exclusiva, donde va a conocer gente de su mismo estatus económico, a hacer amigos, a andar con ellos… Ella puede ser ahora todo lo sencilla que quieras, pero la universidad siempre te cambia, ya sea mucho o poco, para bien o para mal. Y no digo que ella se vaya a convertir en una chica superficial, pero te aseguro que van a  haber momentos en los que chicos le ofrecerán cosas que tú no podrás; cosas que la harán dudar de con quien le conviene estar. Y no hablo necesariamente de regalitos caros, sino de estabilidad, porque nos guste o no, la plata te da estabilidad, y eso, para una mamá joven, cuenta.

Se quedan en silencio unos minutos hasta que Ricardo le avisa a Pablo que ya llegaron a su destino, que resulta ser el mío también (como el de otros pasajeros del bus). Antes de bajar, por la puerta de atrás, los puedo ver al fin (han estado sentados detrás de mí todo el trayecto), pero sus apariencias poco importan. Se marchan por un lado, y yo por otro.
*** 

domingo, 7 de abril de 2013

Este texto no se trata sobre los “Súper Campeones”



Roberto Sedinho era un ex jugador brasileño de fútbol, y ex estrella mundial, que había llegado al Japón para tratarse el problema a la vista (un golpe fuerte en la cabeza lo podría dejar ciego) que lo había obligado a retirarse del fútbol antes de tiempo; tenía treinta y tantos años. En Japón conoció un día de casualidad a Oliver Atom, un niño de unos doce años de edad, fanático del fútbol y con mucha habilidad con la pelota. Se hicieron amigos, pero más que eso, Roberto se convirtió en el mentor de Oliver. Roberto no sólo le enseñaría a Oliver sobre técnicas y estrategias, sino también sobre cómo ser un buen líder. Oliver era el capitán del equipo de fútbol de su colegio, el Niupi, un equipo con más ganas que talento, que necesitaba del liderazgo de Oliver para sacar todo su potencial; gracias a ello lograron clasificar al campeonato nacional escolar. Ese campeonato tenía una motivación especial para Oliver. Roberto ya tenía planeado regresar a su país luego de que culminara ese torneo, y Oliver le había hecho prometerle que de salir campeón, lo llevaría a Brasil para continuar ahí su formación como futbolista.     
El Niupi campeonó. Luego de las celebraciones y la entrega de medallas y trofeos, Oliver corrió hacia el público en busca de Roberto para agradecerle todo su apoyo. Roberto ya no estaba en su sitio. La mamá de Oliver le dijo a su hijo que Roberto se había marchado apenas terminó el partido, pero que le había dejado una carta. Oliver leyó la carta y no lo pudo creer. En ella Roberto le decía que había adelantado su viaje a Brasil y que lo disculpara por no cumplir con su promesa de llevarlo consigo, y se justificaba diciendo que era muy pronto para que él, Oliver, dejara a sus amigos y familia; que más bien debería quedarse y afianzarse como líder y guía de sus compañeros. Le prometió que más adelante volvería por él a llevárselo, ahora sí, a Brasil. Oliver, con lágrima en los ojos, cuando terminó de leer la carta, levantó la vista y vio un avión cruzar el cielo.  
Esta es básicamente la historia de la primera temporada del anime “Súper Campeones”. Pero este texto no se trata sobre los “Súper Campeones”, al menos no directamente.

***

Alberto y yo ya no sabíamos de qué más hablar. Ya nos habíamos puesto al tanto en todo lo que respecta a nuestras vidas desde la última vez que nos habíamos visto, dos años atrás, en una reunión con los amigos con quienes formamos en la facultad un grupo compacto de cuatro: Anthony, Abel, Alberto y yo. Ahora sólo éramos él y yo en esa cafetería, luego de cinco años desde que acabáramos la universidad. Mientras me decidía a pedir otro café o simplemente decirle lo mucho que había disfrutado volver a verlo, y despedirme, no sé cómo me acordé de ella:
-¿Y sabes algo de Ana?- le pregunté.
-¡¿Ana?! Verdad. No sabes…- me dijo Alberto.
-¿Qué pasó?
-Paolo se la levantó.

Paolo ingresó a la San Martín con nosotros, así que lo conocíamos desde el comienzo de la carrera. Ana, en cambio, apareció mágicamente de la nada el primer día de clases del cuarto ciclo. Bueno, no mágicamente: sólo podía tratarse de una alumna que había hecho su traslado desde otra universidad. Lo que sí fue mágico, por decirlo de alguna manera, fue el primer contacto que tuvimos con ella, cuando entró, tarde, al aula en el que teníamos nuestra primera clase de Análisis Matemático II. Algo le dijo al profesor, luego volteó, le dio un vistazo a los alumnos (nuestras aulas eran como pequeños teatros) y se nos quedó viendo por unos segundos. Entonces empezó a subir los escalones directamente hacia nosotros (estábamos al centro y el salón estaba medio vacío). A nosotros nos confundió y excitó su acercamiento, especialmente lo segundo; susurrando no dejábamos de decirnos: “pero qué rica está esta huevona”. Cuando estuvo cerca nos dijo, con una frescura alucinante:
-Ustedes parecen los más inteligentes… me sentaré con ustedes- y se sentó delante de nosotros.
Pero más que frescura, pronto descubriríamos que lo suyo era simple conchudez. Ana casi nunca prestaba atención en clases (llevábamos juntos casi todos los mismos cursos y horarios): paraba distraída haciendo dibujitos en sus cuadernos o leyendo solapadamente alguna revista. Y cuando prestaba atención no entendía nada, así que se la pasaba toda la clase haciéndonos preguntas. Terminaba la clase y se olvidaba de nosotros, salvo las veces que se aproximaba un examen y, sin invitación o consulta previa, se metía a la sala de estudio donde estuviéramos para que le enseñáramos; pero no un repaso profundo, sino un resumen rápido de una hora a lo mucho, para luego marcharse. Aunque también se acordaba de nosotros, o de cualquier conocido que encontrara por ahí, en sí,  cuando necesitaba plata, lo que era común. Nunca pedía más de un sol pero igual no pagaba sus deudas. Lo que también pedía prestado seguido era algún celular con saldo para hablar, decía ella, unos segundos, cuando en realidad lo hacía por unos cinco de minutos… Qué difícil era decirle que no a esas tetas.
Nos llamaba la atención su falta de dinero. Tenía la apariencia de ser alguien acomodada y además sabíamos que venía de una universidad cara, como lo es la USIL. Su familia no se había venido a menos como se pudiera pensar: ella vivía con ellos en la misma residencial de Alberto, una de las más exclusivas de Lima. El misterio se resolvió un día en el que estábamos en una de las salas de estudio, sin Ana presente. En un momento vimos a una mujer mayor, de unos 50 años más o menos, pasando por las salas de estudio, andando rápido y visiblemente molesta. La perdimos de vista sin darle mucha importancia. Minutos después apareció Ana muy preocupada. Entró en la sala (sin pedir permiso para variar) y nos dijo al momento de sentarse: “digan que he estado estudiando con ustedes”. Nos miramos confundidos, y justo antes de pedirle explicaciones, de pronto la mujer de antes ya estaba dentro también.
-¿Dónde estabas? ¿Te estaba buscando?- le dijo la mujer a Ana, casi gritándole.
-Mamá, he estado acá estudiando- respondió Ana.
-No seas mentirosa. Ya he pasado por acá y no estabas.
-Había ido al baño. Pero pregúntales: he estado con ellos estudiando desde hace rato- dijo Ana y nos miró como esperando que le diéramos la razón. Sorprendidos por lo que estaba pasando, no dijimos nada.
-Ya pedí tus notas a la coordinación académica, y están peores que en la USIL- dijo la mamá -Pensé que cambiándote de universidad cambiarías. Ni quitándote las propinas… Pero cuando llegue tu papá de viaje ya vas a ver.
-Mamá, no hagas escándalo.
La mamá se marchó y detrás de ella fue Ana.
Nos quedamos congelados unos segundos hasta que alguien, no recuerdo quien, preguntó qué carajos acababa de pasar. De las otras salas se escuchaban murmullos; seguramente eran los otros alumnos preguntándose lo mismo.
Como dije, Ana vivía en la misma residencial de Alberto. Incluso a veces él iba a la casa de ella a enseñarle, y no tenía problemas en quedarse hasta pasada la medianoche porque tranquilamente podía regresar caminando a su casa. Por todo eso, de los cuatro, era Alberto a quien Ana le tenía relativamente más confianza. Otro día estábamos en clase, ella había faltado, pero a la mitad apareció cerca de la puerta, desde fuera del aula. No entró. Se quedó ahí haciéndonos gestos, y pronto comprendimos que le estaba pidiendo a Alberto que saliera. Alberto lo hizo y no regresó hasta casi el final de la clase. Cuando terminó la clase nos contó qué había pasado. Ana estaba mal. Desde donde estábamos sentados no pudimos notarlo, pero Alberto se dio cuenta, apenas la vio al salir del aula, que estaba al borde del llanto. Todo el mundo estaba en clases en ese momento así que aprovecharon la soledad del pasadizo para conversar en privado. Ana le contó que tenía muchos problemas en casa y que se sentía culpable por ello. Sus padres no dejaban de discutir, muy preocupados por el futuro de ella, y ella sentía que nunca iba a cambiar. Reconocía que normalmente no le hacía caso a todo eso, pero ahora (el día anterior siendo más exactos) que el chico con el que salía había terminado con ella, estaba convencida que el karma estaba cobrándoselas todas. Se sentía más sola que nunca y se puso a llorar. Se abrazaron los dos. Alberto empezó a acariciarle la cabeza diciéndole que todo mejoraría, que podía contar su amistad, y más cosas así.
-Cuando se calmó un poco- nos dijo Alberto -alzó la mirada y me vio directamente a los ojos. Y nos quedamos viéndonos por un rato, sin decirnos nada. Hasta que me dijo “gracias”, pero me lo dijo de una forma y con una cara que la verdad daba mucha pena- Alberto se entristeció en ese momento.
-¿Y qué más?- preguntamos.
-Seguimos viéndonos fijamente hasta que… ya saben.
-¿Qué cosa?
-Nos besamos- dijo Alberto con cierta nostalgia, algo extraño en él.
El beso y su forma de contarlo nos dejaron sin palabras. Entonces sólo atiné a preguntar “¿en serio?” y la respuesta de Alberto fue inmediata:
-Claro, pues huevón. ¿Creen que iba a desaprovechar esa oportunidad de chapármela?- y empezó a carcajearse. Y nosotros con él.
-Y me la chapé bien.
-¿Y luego qué pasó?
-Vio su reloj y me dijo que tenía que ir a un sitio. Me dio las gracias otra vez y se fue volando.
-¿Y ahora qué va a pasar entre ustedes?
-No sé ni me importa. Esa mujer está loca… La pendeja me debe como 10 soles pero con esto creo que ya estamos a mano.
Ana faltó a la universidad por unos días y cuando regresó fue como si nada hubiera pasado, todo siguió igual: su forma de ser, de tratarnos, y su comportamiento en clases. Hasta antes de ese incidente no teníamos idea de su vida sentimental. Nunca supimos si es que el chico aquel que terminó con ella era de la facultad o de fuera, pero asumimos lo segundo porque jamás la habíamos visto especialmente cariñosa con nadie de la facultad (el beso con Alberto no cuenta). Pero unas dos semanas después ella empezó a pasear por los pasadizos y jardines felizmente tomada de la mano de un estudiante. Alguien con quien la habíamos visto conversar sólo unas cuantas veces. Nos sorprendió porque Ana no parecía tener amigos de verdad o personas cercanas, sólo conocidos. Entre estos estaba Paolo, quien poco después de conocerla (en esa misma primera clase de Análisis Matemático II) la invitó a salir, y Ana aceptó. Paolo tenía su pinta y era inteligente; estábamos seguros que algo conseguiría con Ana en esa salida, una fiesta. Pero no fue así. Nos contaría Paolo después, sin darnos muchos detalles, que Ana resultó ser una borracha insoportable. Tuvo que haber sido muy mala su experiencia con ella esa noche porque ahí se acabaron sus pretensiones. Pudimos comprobar el gusto de Ana por el alcohol, por la cerveza específicamente, la vez que de “contrabando” metió cuatro latas de Cristal a la sala de estudio sabiendo que la podían expulsar de la facultad por eso. Alerta ella, y nosotros también, a que alguna autoridad pasara por ahí, se tomó cada una de las latas como si fuera agua.
Terminó ese ciclo y nosotros aprobamos todos nuestros cursos. Ana no, o creo que de milagro aprobó alguno. En el siguiente ciclo nos cruzaríamos con ella poco y ya no la veríamos caminar de la mano con nadie. Ese fue su último semestre en la universidad. En esos tiempos uno expresaba su “estado” por el nick o sub-nick del Messenger; pues bien, fue así como nos enteramos, en vacaciones, a poco de empezar el próximo ciclo, que Ana viajaría a Estados Unidos a trabajar. Cuando terminamos la universidad ella seguía viviendo allá. Ninguno de nosotros cuatro tuvo la necesidad de salir del país, ya sea por estudios o trabajo. Nos iba bien acá, en Lima. Paolo, apenas se graduó, viajó a Argentina a seguir estudiando, pero luego de conseguir un buen trabajo decidió establecerse allí.

“Paolo se la levantó” me había dicho Alberto y continuó:
-Lo que pasó es que ellos estuvieron conversando mucho tiempo por Messenger. O sea él desde Argentina y ella desde Estados Unidos. No sé desde cuándo exactamente, el asunto es que de tanto hablarse empezaron a gustarse. Y después a hablar huevadas como “me gustaría estar a tu lado”, “ojalá estuviéramos juntos”, ya sabes, cosas así. (Ah, pero también después vendrían las calateadas por webcam). Ella estaba aburrida de Estados Unidos y ya quería volver a vivir aquí. Bueno, lo hizo, hace un año más o menos. Paolo le decía que no estaba seguro de su futuro, pero que regresaría en noviembre (el noviembre pasado) para pensar sobre eso y de paso pasar las fiestas de fin de año con su familia. Y de paso también, claro, para estar al fin con ella. Y así empezaron a andar juntos…
-¿Se la tiró Paolo?- pregunté.
-Sí pues, obvio, varias veces… Bueno, parecía que Paolo se iba a quedar aquí definitivamente, pero justo antes de navidad le dice a Ana que había recibido una buena propuesta de Argentina así que había decidido regresar allá en las primeras semanas de enero. Ana no se la pensó dos veces: “me voy contigo”, le dijo. Paolo no se esperaba eso pero luego de conversarlo bien con ella, aceptó. Uno de los primeros días de enero, él le dice que tenía que hacer un viaje rápido a provincias a visitar a unos familiares por no sé qué. Ella lo quiso acompañar pero él le dijo que mejor se quedara en Lima haciendo sus preparativos para el viaje (de los pasaje se iba a encargar él). Así que Ana se quedó aquí comprando ropa, maletas, etc. En la noche, hablo del día del viaje relámpago de Paolo (él había partido muy temprano), Ana recibe un correo. ¿De quién? De Paolo. ¿Qué decía el correo? Primero: que él no estaba en ninguna provincia del Perú, sino ya en Argentina. Segundo, que lo disculpara por no poder llevarla y por no decirle la verdad antes. ¿Y cuál era esa verdad? Qué él ya tenía una novia allá, una Argentina.
-No… jodas…- le dije a Alberto,  boquiabierto.
-Para que veas. La pobre se quedó acá, llorando. Fue como lo que le pasó a Oliver con Roberto Sedinho- dijo eso y de inmediato nos partimos de la risa por varios minutos.
Qué agradable es reencontrase con un buen amigo y tener una conversación amena.

***

domingo, 13 de enero de 2013

Jodido bebé

Es sábado, empieza la noche, y estoy convencido de que la pasaré bien en mi cuarto viendo televisión y jugando en mi computadora. Eso creo en ese momento de algún día del año 2004. Lo que no sé es que en unas horas estaré llorando por una mujer, y que ese llanto será la última vez que lo haga, al menos así, con lagrimones y mocos, como llora un jodido bebé.  Y no lo sé, o, mejor dicho, no lo anticipo, porque creo que todo está más o menos resuelto entre esa mujer, Adriana, y yo. Han pasado tres semanas desde que ella rompió conmigo y ya me siento mucho mejor: ya no la extraño tanto, ya no la pienso mucho, y he aceptado finalmente que ahora está con Miguel. Desde el rompimiento, es el primer fin de semana que me siento así, tranquilo; y ese es precisamente, lo descubriré luego, mi gran error. Porque me despreocupo y me relajo. Veo tv, juego: han pasado como dos horas en las que he vuelto a ser el de antes, en las que para nada he pensado en ella, y eso me hace sentir que tengo todo bajo control. Entonces me descuido. Quiero ver una porno; algo que he dejado de hacer por la tristeza reciente. Busco en internet, encuentro, selecciono, me pongo los audífonos, le alzo el volumen a la televisión; todo listo. Click en play y minutos después ¡zas!: literalmente los recuerdos me encuentran con los pantalones abajo.
Recuerdo a Adriana contándome su vida sexual en esas conversaciones de cuando aún éramos sólo amigos. Una vida sexual incompleta porque Adriana es virgen, pero que ella, me contaba, se moría de ganas de completar y llevar más allá con sus fantasías. Tenía en ese entonces con quien hacerlo pero siempre en el momento decisivo, luego de ya haberlo hecho casi todo, los nervios le ganaban a su excitación y la traicionaban. Tal vez necesite ir a un psicólogo me decía, y yo balbuceaba alguna respuesta mientras la imaginaba en esas situaciones y a la vez sentía lastima y me solidarizaba a la distancia con aquel pobre tipo, al que nunca conocí porque no era de la facultad en la que ella y yo estudiábamos. 
Recuerdo el día en que empezó lo nuestro y mi ilusión, durante el primer beso, de que sería conmigo con quien ella realizaría todas sus fantasías. Pero antes de realizarlas había que pasar, obvio, por esa primera vez para Adriana y hasta cierto punto para mí también, porque nunca antes lo había hecho con una virgen. Decidí investigar sobre el tema, desde el punto de vista médico hasta el psicológico, especialmente en este último aspecto para tener una idea de qué decir o hacer ante cohibiciones repentinas . Todo esto mientras los días pasaban ante la mirada incrédula de amigos y compañeros quienes creyeron, todos, que Miguel sería el elegido y no yo. Cumplimos el mes y yo ya sabía mucho sobre el himen pero aún no había puesto ninguno de esos conocimientos en práctica con ella, ni por asomo. No habíamos pasado de los besos, y estos, y las demás caricias, salvo por una par de salidas al cine, sucedieron en la facultad. Y no hablábamos del tema; nunca nuestras conversaciones volvieron a ser las de antes, no sé por qué. La confianza y la complicidad se fueron perdiendo. Poco antes de los dos meses se acabó. A la semana siguiente se paseaba de la mano por la facultad con Miguel, quien, discretamente, nunca se había rendido ni bajado los brazos.
Estudiamos la misma carrera, llevamos los mismos cursos, tenemos amigos en común; amigos que hablan cosas y que yo, haciéndome el distraído, escucho; así sé que esta noche han salido. Tal vez lo estén haciendo ahora. No, me convenzo: lo están haciendo, mientras yo veo una porno. Siento una frustración tremenda, inaguantable, y empiezo a llorar, como dije antes, como un bebé. Ni siquiera lloré cuando ella me terminó.
Pero mi mano sigue con lo suyo: bien sujeta de mi pene erecto lo jala, de arriba hacia abajo y viceversa, cada vez más rápido. Exclamo su nombre y sucede. Algunas gotas de semen caen al suelo donde ya habían caído lágrimas. Culmina así el que tal vez sea el pajazo más triste de la historia.

***

sábado, 29 de diciembre de 2012

Abotonar una camisa

Algunos crecieron llamando a sus profesoras “miss”. Yo soy de quienes las llamaban “señorita”. En el nido y en la primaria, y creo que también en la secundaria, cada una de mis profesoras fue “señorita” y no “miss”. Sé que significa lo mismo pero ¿por qué usar una palabra en inglés?
Bueno,  a lo que iba: tenía yo cuatro años y estaba en el nido...
La señorita Susana estaba haciendo preguntas, algunos alumnos levantaban alegremente las manos, la señorita Susana los anotaba en su cuaderno, y yo, distraído, no entendía qué estaba pasando. Pero sí sentía que me estaba perdiendo de una oportunidad, así que en la siguiente pregunta levanté mi mano automáticamente apenas la señorita Susana terminó de hablar, sin ni siquiera prestar atención a sus palabras. Esto no me preocupó en ese momento porque la señorita Susana nos avisó, a nosotros los anotados en su cuaderno, que hablaría con nuestras madres cuando vinieran a recogernos a la hora de la salida. En casa mi mamá me preguntó con un tono burlón si sabía qué era un concurso de glotones, y le respondí que sí: le había entendido concurso de botones así que supuse que lo que tenía que hacer era contar una cantidad de botones o abotonar una camisa lo más rápido posible. Llegó el día del concurso en el que competiría contra otros cuatro alumnos del nido, y entonces alguien tocó un silbato. En frente de mí, sobre mi mesa, no había una vasija con botones ni una camisa sino un plátano, un pan francés, un paquete de galletas y un vaso de chicha. Era obvio que tenía que comer todo eso y empecé a hacerlo con la calma de quien tiene que comer un plátano, un pan francés, un paquete de galletas y beber un vaso de chicha en circunstancias normales. Cuando iba a la mitad del plátano (y el resto de alimentos permanecían intactos) sonó el silbato otra vez porque el concurso tenía ya su ganador. En la premiación me sentí doblemente frustrado porque había perdido y porque no sabía por qué había perdido.
Fue probablemente la primera gran frustración de mi vida, pero sí que me sirvió de entrenamiento para lo que vendría poco después.
Ya desde esa época sabía de por sí, con el poco entendimiento del mundo propio de mi edad, que las cosas no andaban muy bien en mi casa, o al menos no tan bien como en la de Héctor, mi amigo y vecino. Me bastaba con comparar mis juguetes con los suyos para darme cuenta. ¡Cómo envidiaba sus Legos! ¡Y su auto fantástico que hablaba! Le apretabas un botón y soltaba una frase en inglés con todo y encendido de su luz delantera, al igual que en la serie. Pero lo que más envidiaba era sus juguetes de los Transformers, dibujo animado sensación para la chibolada de aquellos días.
No menciono mis juguetes porque no quiero dar pena.
En el nido lo mismo: mis compañeros jugando con sus Transformers en el recreo, y yo sufriendo viéndolos. Por suerte apareció Lili para hacerme olvidar un poco de ese asunto, y no por lo que uno pueda imaginarse sino porque, aunque suene contradictorio, ella también tenía su Transformer. Esto era algo que no nos cabía en la cabeza ni a mí ni a mis compañeros: qué hacía una niña jugando con un robot, nos preguntábamos. Las otras niñas del nido parecían validar nuestros prejuicios con sus juegos de muñecas y cocinitas; y de paso con su odio a los robots. Cómo sea, el asunto es  que, aburrida de ellas, y hasta cierto punto discriminadas por ellas también, Lili se pasó a nuestro bando y desde entonces pasaría el recreo con nosotros jugando a los Transformers o hablando emocionada del episodio más reciente de la serie, y disfrutando además de algunos de nuestros juegos más físicos y toscos.
Y también contribuiría a nuestras burlas hacia el grupo de las niñas. Nuestras burlas que en sí eran producto de nuestra piconería al querer pasar más tiempo con ellas y no saber cómo hacerlo. Un día Alejandro se les acercó y simplemente fue al grano: ¿puedo jugar con ustedes?, les preguntó. Las niñas se apartaron un poco para deliberar, y luego de unos minutos le dieron la respuesta: sí, pero con la condición de que él se convirtiera en su esclavo. Alejandro no lo pensó dos veces y aceptó. Pronto lo vimos haciendo de mozo para ellas llevándoles sus tacitas de té, haciendo de niñera de sus muñecas, o también de mascota andando en cuatro patas y ladrando;  o a veces no era un perro sino un caballo llevando a una niña en su espalda. Como sea él era feliz, insanamente feliz.
***
El Auto Fantástico, intro
Transformers, intro

domingo, 16 de diciembre de 2012

Miedo a las arañas

Nunca he sido un tipo listo. He sido bueno en matemáticas, pero eso no tiene nada que ver. Además que tampoco era tan bueno; sólo más o menos, y eso. El colegio me hizo creer que la “rompía” en números, pero en la CEPRE-UNI me di cuenta que había estado viviendo una mentira. De los 20 de nota en mi etapa escolar pasé de pronto a los 04 en la preuniversitaria. Recuerdo cómo competíamos yo y un grupito de mi aula de la CEPRE-UNI, que se sentaba a mi alrededor, a ver quién se había sacado la mayor nota en el examen más reciente; y empezábamos: yo saque 04.07, yo saque 04.61, yo 04.35… y así comparábamos nuestras centésimas. Patético. Tan patético como el no ingresante a la universidad que dice que sólo le faltó un punto, que, por dar un ejemplo, sacó un 11 cuando necesitaba un 12; suena a que no le faltó nada pero en realidad hablamos de 100 centésimas de diferencia, los que pueden hacer que quien sacó 11.00 esté decenas de postulantes por detrás de quien sacó 12.00. Ya ni hablemos de los que dicen que les faltaron “sólo” dos puntos.
Digo que no soy un tipo listo porque me cuesta entender lo que pasa a mi alrededor. Para muchos entender qué está pasando, llegar a una conclusión e incluso tomar una decisión, es cuestión de una fracción de segundo. Para mí cerebro es una tarea titánica que en el mejor de los casos le toma un par de minutos, pero en los peores: meses, hasta años. Y no exagero. Hace un par de días comprendí que aquella chica en el gimnasio quería conversar conmigo y no simplemente, como yo supuse entonces, ocupar la máquina que yo estaba utilizando. Y eso pasó hace dos años.
Ella, de nombre Gabriela, era una chica en sus primeros 20, mediana estatura y con unas nalgas y un busto bien puestos. Pero llenita, aunque no se trataba de grasa acumulada sino que así era su contextura física; digamos que su falta de cintura era algo de nacimiento. En resumen, tenía lo suficiente como para que uno se distraiga viéndola, más aun si tenemos en cuenta lo coqueta que era.
Yo tenía 28 años y justamente había sido mi edad el motivo por el que estaba en ese gimnasio. Aún no asimilaba el hecho de que me faltaba poco para cumplir 30 (ya los cumplí y sigo sin creerlo), y esa sensación empeoró cuando en un encuentro casual con algunos compañeros de promoción de colegio noté lo acabado que se veían la mayoría: cansados, con sobrepeso, aburridos. Ese estado en algunos de ellos, me enteré a oídas, era por un tema de demasiadas borracheras, cigarros y juergas en su vida; y en los otros, porque me lo dijeron ellos mismos, por el matrimonio:
-¿Aún no te casas, Souza? ¿Aún no tienes hijos, Souza? ¿No? Bien por ti, hermano. Cómo te envidio. No vayas a cometer ninguno de esos errores. Te vas a cagar la vida.
A mi que por lo general no me gusta recibir consejos (ni mucho menos darlos) tomé muy en serio esas palabras, y aún lo hago.
Ese mismo día, más tarde y ya en mi casa, calato frente al espejo comprendí que mi cuerpo se estaba deshaciendo y perdiendo forma por eso de que los años no pasan en vano. Era testigo de una gordura extraña, donde mis brazos, piernas y pecho seguían siendo puro hueso y toda la grasa se empezaba a acumular sólo en mi abdomen. Un feo espectáculo definitivamente y decidí entonces que si es que llegaba a los 30 tenía que ser en la mejor condición posible. Así que días después aprovechaba una buena oferta por 4 meses en el gimnasio más cercano a mi casa, el Energym de la avenida de El Ejército.  
De los 4 meses fui sólo 2. Fue ahí donde conocí a Gabriela de quien me di cuenta en mi primer día nomás que era amiga de todos los chicos y de los instructores. Cómo olvidar las veces en que yo pedía ayuda a algún instructor sobre tal o cual rutina y éste me decía señalando a otro socio ejercitándose: “”¿Ves lo que está haciendo ese chico? Ok. Haz lo mismo que él”. Pero si era Gabriela o cualquiera de las otras socias las que necesitaban ayuda, hacían ahora sí su trabajo: instruir, y con tal esmero que ya sólo les faltaba agarrarles con ambas manos el culo a las chicas y bajarlo para enseñarles a hacer sentadillas.
Decía que ella se hablaba con todos. Cierto, con todos pero obviamente menos conmigo. Yo tendría que haber vuelto a nacer para ser el que diera el primer paso, así que ella lo hizo. Yo me ejercitaba sentado en una máquina para fortalecer las piernas cuando se me acercó:
-¿Compartimos la máquina?- me dijo ella coqueta, lo que yo tomé como una coqueta forma de apurarme para cederle el sitio. Intimidado le mentí:
-Me falta una y acabo- dije cuando en realidad me faltaban como 10 levantamientos (de pesas con las piernas).
“Acabé”, le cedí mi lugar y me alejé. Y esa fue la única vez que hablamos.
Hace poco cerraron ese gimnasio porque ese espacio lo van a convertir en un edificio de departamentos. Pasando por ahí fue inevitable no recordar, y entre esos recuerdos tenía que estar ella echada levantando pesas y mostrando el escote, o en cuclillas endureciendo sus glúteos; y también lo social, alegre y extrovertida que era con todos los chicos. Fue entonces que comprendí que también ella había intentado ser todo eso conmigo. Merecidamente me metí un lapo a mí mismo por imbécil.
Algo de resultado tuvieron en mi cuerpo esos dos meses, además que desde entonces trato de alimentarme lo mejor posible. Poco después de abandonar el gimnasio compré dos pesas  para más o menos seguir ejercitándome en casa. Al comienzo las levantaba en las mañanas y en las noches. Luego sólo en las noches. Luego dejé de hacerlo. Aquí están debajo de mi escritorio habitadas ya hace varias semanas por una araña. Les tengo miedo a las arañas así que medio distraído escribo esto porque estoy atento a sus movimientos y a los de mis pies.
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