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domingo, 22 de abril de 2018

Acerca de "Loving Vincent"



“¿Quién soy yo en los ojos de lo demás? Un don-nadie, un fantasma, una presencia desagradable. Alguien que no tiene ni tendrá ningún lugar en la sociedad. En otras palabras, lo más bajo de lo bajo. Bueno, entonces, aunque esa sea la absoluta verdad, algún día quiero mostrar por mi trabajo lo que este don-nadie, este fantasma, tiene en su corazón.”
(De Vincent van Gogh a su hermano Theo)

Solo dos cosas sabía de "Loving Vincent" antes de empezar a verla. La primera era que había sido nominada a mejor película animada en los Oscars del 2018. La segunda, que no era un película animada convencional. ¿A qué me refiero con convencional? Pues a trazos 2d hechos a mano, polígonos 3d hechos en computadora, hasta "stop motion" (como en las películas de “Wallace And Gromit”). "Loving Vincent" se acerca más al primer tipo solo que cada cuadro de animación es literalmente un cuadro de los que uno podría colgar en alguna pared de su casa, es decir que están pintados por un artista sobre un lienzo utilizando las herramientas y técnicas propias de un estilo determinado. Y en este caso el estilo es el de Vincent van Gogh.
Por ello, por el título y por el estilo, lo adicional que sabía, no de antemano pero sí por simple deducción, era que esta película trataba sobre el pintor holandés.
Así que es biográfica, aunque no del tipo que abarca desde el nacimiento hasta la muerte del individuo, sino del que se enfoca en una época de su vida. En este caso los meses previos a su suicidio, solo que cuando empieza la película Van Gogh ya lleva fallecido un año. Y Theo van Gogh seis meses. Menciono a su hermano porque la premisa de la historia es que un cartero entrado en años, llamado Joseph Roulin, quien fuera amigo de Vincent, ha encontrado una carta de éste no enviada a Theo (con quien intercambiaba correspondencia prácticamente a diario) y le pide a su joven hijo, Armand Roulin, que haga todo lo posible (como cumpliéndole al fallecido pintor un último e implícito deseo) para que la carta llegue a las manos del hermano, a quien creen vivo pero cuya dirección actual desconocen. Averiguar esa dirección, que eventualmente sería lo mismo que averiguar la de la viuda de Theo van Gogh, llevará al hijo de cartero al sur de Francia, a una pequeña villa donde Vincent pasó sus últimas semanas. Ahí Armand conversará con varios residentes cuyos recuerdos sobre Vincent son representados a través de flashbacks.
Entonce son los flashback el principal recurso narrativo pero lo interesante, e inesperado, es que no sólo se usan para contar pasajes de la vida de Vincent, se usan además como piezas de un rompecabezas a resolver: el fallecimiento del pintor. La recolección de recuerdos harán que Armand empiece a dudar si lo de Vincent fue en verdad un suicidio (como aseguraron las noticias en su momento) al notar contradicciones en lo que cada uno de sus entrevistados le cuenta. ¿Mienten o sus recuerdos distorsionan la realidad? Para averiguarlo, para saber en quién puede confiar y en quien no, Armand prácticamente las hará de detective en esa villa, dándole a la película un inesperado toque de misterio.
En fin que la historia (triste, misteriosa, reflexiva) tiene mucho que ofrecer, así que afortunadamente la película no peca de ser “más estilo que sustancia”, pecado típico de las producciones que tienen un aspecto visual impactante. Igual no se puede negar que sí existe la tentación de olvidarse de la historia por unos instantes, hacer pausa, y apreciar con más detenimiento una que otra toma cinematográfica en ese breve intervalo de tiempo. Pero este efecto secundario es mínimo porque no sucede que el aspecto visual y narrativo estén aislados el uno del otro (lo que llevaría a una apreciación separada) sino todo lo contrario: en "Loving Vincent" el arte de Van Gogh "nutre" a la historia y está tan presente en ella que mucho de lo que se ve y que se oye, personajes, situaciones, escenas, son inspiraciones directas de muchas de sus pinturas.
Esta película es un bello y melancólico homenaje de 90 minutos a uno de los pioneros del arte moderno y no hay que ser un experto en pintura ni en cine para apreciarlo y disfrutarlo.

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domingo, 18 de febrero de 2018

Acerca de “El Largo Adiós” de Raymond Chandler



Confío en el detective Marlowe. Después de todo “El Largo Adiós” no es su primera “aventura” sino la sexta. Aunque sí la primera que leo de él. Así que decidí confiar en su experiencia acumulada, en su instinto desarrollado, para llegar a las deducciones descorcentantes que finalmente resuelven los misterios alrededor de la muerte de Terry Lennox, el segundo personaje más importante de esta novela.
Pero con “desconcertantes” no quiero decir “imposibles” porque no es así: las conjeturas de Marlowe tienen lógica y sentido y a la larga queda demostrado que son ciertas. Es su proceso de deducción lo que me desconcierta un poco porque muchas veces se vale de evidencias no muy concretas como conversaciones (aparentemente inocuas) o el comportamiento (sospechoso) de alguien.
Pura intuición. Sólo puede ser eso. Aunque yo me lo imagino más como un dolor de cabeza que se le presenta a Marlowe apenas sospecha de algo, y en esta metáfora el analgésico sólo puede ser la verdad, en cuya búsqueda Marlowe se convierte en el dolor de cabeza para otros: para quienes consideran que no hay nada más que investigar, o en especial, para quienes no quieren que se investigue más. Quiero decir: Terry Lennox se ha suicidado y en su carta de suicidio confiesa que ha sido él quien mató a su esposa, cansado de sus infidelidades. ¿Caso cerrado, no?. No para Marlowe, quien con las pocas semanas que lleva de conocerlo cree saber lo suficiente de él como para intuir que hay algo oculto en el asesinato de su esposa y en su supuesto suicidio. Y toma el caso sin que nadie se lo pida, sin que nadie lo contrate. Y lo toma por sus obsesivas actitudes de sabueso y ¿por amistad? Palabra fuerte tratándose de Marlowe, quien es de esos tipo duros que dan la sensación de no tener ningún amigo en este mundo. Pero alguna afinidad tuvo que haber habido entre él y Lennox que le sirviera de motivación extra para buscar un adiós definitivo a la memoria de aquel borracho al borde del desmayo con quien se topó a las afueras de un bar y que por caridad ayudó a llegar a casa. Solo que Marlowe no tenía idea del largo y complicado camino lleno de muertes y misterios que tendría que recorrer para dar por concluída ese capítulo de su vida, la despedida definitiva.
Y él es el narrador en todo ese recorrido, y su “voz” áspera, capaz de producir frases de antología, es fiel reflejo de su forma de ser cínica y recelosa. Curiosamente son estas características las que le dan un “encanto” especial a su personalidad  y que hacen que destaque por encima de otros personajes importantes, como los esposo Eileen y Roger Wade, una pareja de millonarios inconformes con lo mucho que tienen y que justamente por esta y otras frustraciones pasan la mayor parte del tiempo intoxicados por el abuso de algún tipo de sustancia. Afortunadamente para el lector, lo poco de interesante de sus personalidades se compensa y con creces por sus erráticas acciones al estar intoxicados produciendo situaciones confusas que no hacen más que sumar más crimen y misterio a la historia, haciéndola francamente adictiva.
Historia que no es difícil imaginar que transcurre en blanco y negro, o mejor dicho, en blanco y “noir”, con sus detectives, asesinatos y femme fatales, y con una más que agradable sensación de avance constante apoyada en la longitud de sus capítulos que te hace olvidar que estás ante una novela de 400 páginas. Qué vivan las novelas largas con capítulos cortos.

[Esta y otras breves reseñas en mi otro blog '40 cuadras']


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sábado, 13 de mayo de 2017

En el amor, no somos más que unos completos principiantes (artículo)



“Birdman”. Qué buena película: el argumento, la actuación de Michael Keaton, la simulada toma continua desde el inicio hasta el final… Y como si todo eso no fuera poco, la referencia a uno de mis escritores favoritos: Raymond Carver. Recordarás que la trama gira en torno a la puesta en escena de “De Qué Hablamos Cuando Hablamos De Amor”; una adaptación al teatro, con su mismo título, de uno de sus cuentos más conocidos. Bueno, eso de “mismo título” es un asunto algo complicado…
A su vez la trama del cuento gira en torno a dos matrimonios que se reúnen en la casa de uno de ellos simplemente para tomar unos tragos y conversar, hasta que de pronto, casi sin darse cuenta, empiezan a hablar sobre el amor. La pareja visitante la conforman Laura y Nick (el narrador), y los dueños de casa son Teresa y su esposo Mel. ¿”Mel”? ¿No querré decir “Herb”? Bueno, esto también es un asunto algo complicado…
Y es adonde quiero llegar.
Ambas complicaciones se resuelven dependiendo de la fuente, es decir, de a qué versión del cuento de Carver se haga referencia. Porque hay dos. La original de Carver mismo, y la alterada por su editor (en el tiempo de su publicación), Gordon Lish.
De arranque los títulos son distintos pero este punto lo quiero dejar para más adelante.
Porque sí, Lish hasta le cambió el título en su edición, que, grosso modo, se diferencia de la del autor por ser la mitad de extensa. O sea que le metió harta tijera al manuscrito de Carver. Bueno, tijera, parche y remiendo porque habiendo decidido imponerle un estilo breve (en todo sentido) al cuento, suprimiendole páginas y párrafos enteros, es lógico que, para evitar que la historia en general quedase incompleta o incoherente, tuviera que a lo restante hacerle modificaciones que van desde la “simple” re-escritura de frases hasta cambios en algunos sucesos en la historia. Lo que no es tan lógico es el cambio de nombres de algunos de los personajes, como el del esposo de Teresa: Mel, originalmente llamado Herb, porque para nada es algo que influye en el desarrollo del cuento, a menos que simplemente no le hayan gustado los que se utilizaron en el manuscrito.
Pero no es que tampoco Lish se haya adueñado del trabajo de su asociado, haciéndole cambios y publicándolo luego con su propio nombre. No, esto no fue así. La autoría de Carver siempre se respetó, y en sí la esencia del cuento también. Es finalmente una cuestión de “sabores”, el mismo plato de comida servido por diferentes sucursales del mismo restaurante.
La narración inicia más o menos igual en ambos cuentos, con la descripción del contexto y la presentación de los personajes. Pasada esta introducción viene la primera parte en donde lo más importante no cambia: la pareja dueña de casa, en un primer intento de definir al amor, cuentan la historia del celoso, obsesivo y autodestructivo ex esposo  de Teresa. Y la primera de varias preguntas a lo largo de toda la conversación caerá (así como las que vendrán más adelante) por su propio peso: ¿era realmente amor lo que el ex sentía por Teresa?
Es en la segunda parte donde están las mayores diferencias. La premisa es la misma: el esposo de Teresa, cardiólogo, empieza a contar la historia de un matrimonio de ancianos que llegan muy graves al hospital donde él trabaja tras haber sufrido un terrible accidente de tránsito. Luego de exitosas operaciones y procedimientos para salvarles la vida, ambos ancianos quedan prácticamente enyesados de pies a cabeza pero a salvo.
En la versión de Lish a los ancianos se les asigna la misma habitación en el hospital y desde ahí inician su recuperación. Mel (porque es así como Lish nombra al cardiólogo) en sus visitas notaría que el esposo sufría de una depresión que iba más allá del accidente en sí. El anciano, inmovilizado, le revelaría luego que le rompía el corazón el no poder girar la cabeza para ver a su mujer, la que está ahí nomás a su costado. Y con esta revelación que asombra a su esposa e invitados, Mel termina con la historia de los ancianos, que por su brevedad más que historia parece anécdota y es tan anecdótica que Lish no cree necesario mencionar para nada, en ningún momento, los nombres de los ancianos.
En el original de Carver los ancianos se llaman Henry y Anna, y el cardiólogo, Herb. Herb cuenta que aquella pareja inicia su recuperación en habitaciones separadas y que el marido se deprimiría también por no poder ver a su mujer, sólo que esta versión de la revelación no es tan impactante como la otra debido a que su mujer no está a su lado. Pero en “compensación” Carver ofrece algo que pienso yo es más significativo y emotivo, y es el reencuentro de los ancianos cuando, luego de varias semanas, finalmente se les reúne en la misma habitación desde donde continuarían su recuperación.
Muchísimos años de casados y aún preocupados el uno por el otro, ¿eso sí tiene que ser amor verdadero, no?
Tanto Lish como Carver tienen éxito contando esta sub-historia, proceso que bien refleja lo que buscan con todo el cuento en general: Lish el efectismo y Carver lo sustancial.
No hay lo que se podría decir una tercera parte en la versión de Lish. Sí en la de Carver y es una especie de continuación directa de la primera parte pues Teresa, aprovechando que su marido había ido a la ducha para despejarse un poco la mente (todos en este punto ya están medio afectados por el alcohol) les cuenta a Nick y a Laura más detalles de su relación pasada con su abusivo ex esposo y les revela sus sentimientos encontrados hacia él. ¿Es amor lo que ella siente?.
El final es el mismo con Nick entre distraído y reflexivo (muchísimo más distraído y reflexivo en el original de Carver) viendo a través de una ventana.
Como siempre es una cuestión de gustos. Siguiendo con la analogía de la comida y el restaurante, ambas propuestas son poco menos que excelentes pero yo prefiero lo “servido” por Carver porque no sólo me deja un mejor sabor de boca sino que además es un gusto que perdura más.
Ahora sí, de vuelta al título. O mejor dicho, los títulos. Porque como ya dije, depende de la versión: “Principiantes” en el caso de Carver, y “De Qué Hablamos Cuando Hablamos De Amor” en el de Lish. Pero tienen en común de que ambos salen de la boca del mismo personaje, el esposo de Teresa (declaraciones presentes en los dos cuentos pero con ligeras variaciones). Del original de Carver:
“-¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor?-dijo Herb-. Y lo estoy diciendo completamente en serio, si me perdonan la franqueza. Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes”.
De la edición de Lish (más adelante en el desarrollo de la historia):
“-Iba a contarles algo-empezó Mel-. Bueno, iba a demostrar algo. Verán: sucedió hace unos meses, pero sigue sucediendo en este mismo instante, y es algo que debería hacer que nos avergoncemos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor”.
Y mejor título, imposible. Es en lo único, para mí, que la versión de Lish supera a la de Carver. No sólo es poderoso, contundente y memorable, sino que además se presta muy bien para el parafraseo, como lo hizo Haruki Murakami (quien es el traductor oficial de Carver al japonés) en los títulos de sus obras “De Qué Hablo Cuando Hablo De Correr” y su más reciente “De Qué Hablo Cuando Hablo De Escribir”.
Pero más allá de mis gustos, históricamente hablando, es la versión de Lish la que se impone por una simple razón: se publicó antes, mucho antes, que la de Carver. Fue en 1981 que salió a la luz, en un tomo del mismo nombre, reunido con otros 16 cuentos que, dicho sea de paso, también pasaron por la nada sutil tijera de Lish. Y fue un libro aclamado por la crítica. Recién en el 2009 se publicaría la misma colección con los originales de Carver respetando el título del cuento y de la colección, “Principiantes”, pero que, al contrario de su antecesora, pasó un poco desapercibida no por su calidad sino por el contexto: Carver había fallecido en 1988 y su relevancia no era tanta como en los años 80.
Se sabe que los editores pueden influenciar en el proceso creativo de un escritor, pero no sé de otro caso como éste. Recuerdo cartas de un editor a Truman Capote pidiéndole cambios en algunos de sus manuscritos (aunque por lo general era Capote quien tenía la última palabra), y cartas también de Julio Cortázar al suyo respondiéndole irritado al pedido de agregar o quitar líneas a sus textos, pero no por un tema subjetivo sino para que los párrafos encajaran lo mejor posible en cada página del libro que estaba por imprimirse.
Análisis como éste (aunque llamarle “análisis” a este repertorio de ideas tal vez sea demasiado) se podría hacer con todos y cada uno de los otros cuentos de la colección comparando los textos originales con sus contrapartes editadas, así como también se podría profundizar más en la relación Carver-Lish, pero eso ya es trabajo de los críticos literarios de verdad. Yo en esto, como en el título y en todo lo demás, no soy más que otro principiante.




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domingo, 21 de octubre de 2012

En ropa interior

Las cosas no le están saliendo bien a Mitch en su cita con Blanche y no todo es necesariamente por su culpa. En lo que va de la noche, Blanche ha parecido estar distraída la mayor parte del tiempo y sólo se ha alegrado las veces que ha querido esquivar algún tema o pregunta, como cuando Mitch le pidió permiso para darle un beso. Ella le respondió sin decirle que sí o que no, y él, respetuoso y paciente como siempre, no insistió. Pero luego, mientras a modo de juego la alzaba en brazos para adivinar su peso, ya no pudo contenerse más y entonces trató besarla a la fuerza. Blanche se resistió y empezaron a forcejear. Sólo haciéndole recordar lo caballero que le había parecido desde que se conocieron (hacía un par de semanas atrás), Blanche logró que Mitch la soltara. Por eso ahora los dos están incómodos y algo alejados el uno del otro en ese muelle donde transcurre su cita. Poco a poco vuelven conversar. Dudando, Mitch se le acerca y le pregunta cuántos años tiene (ella parece de treinta y tantos, y él de cuarenta por lo menos). Blanche no entiende, cree que esa pregunta está fuera de lugar. Mitch le explica que más que suya esa duda es de su madre: una mujer enferma que lo único que desea antes de morir es ver a su hijo bien establecido. Blanche siente y comprende la tristeza con la que Mitch habla. Le dice que sabe lo que es perder a un ser querido: su esposo con quien se había casado a los 16 años, y le confiesa “yo lo maté”. Mitch no sabe qué decir; no dice nada y simplemente deja que ella siga contando su historia. Blanche trata de explicar algo que ni siquiera ella entiende: ¿por qué le gustaba tanto aquel hombre?, ¿cómo había sido posible que llegara a amarlo? Si en realidad no se trataba más que de una persona débil, cobarde y mediocre, alguien que lloraba en las noches al no saber qué hacer con su vida. Lo amaba, sí, pero, contradictoriamente, y en secreto, lo detestaba también. Hasta que llegó el día que ya no pudo ocultar más ese secreto, y en un baile se lo dijo: “te desprecio”, y lo hizo de tal forma que no dejara dudas. Él salió corriendo. Minutos después todos en ese baile, incluido ella, escucharon un disparo. Su esposo se había suicidado. Blanche deja de recordar y queda en silencio, sollozando. De inmediato Mitch la abraza y le dice que ambos se necesitan el uno al otro y finalmente se besan.
Termina la escena y empieza la siguiente con Mitch y Stanley peleando en una fábrica, pero yo me distraigo: “¿en serio se mató sólo por eso?” pienso no creyéndole completamente a Blanche porque, uno: se me hace difícil imaginarme a alguien matándose por una razón así; dos: viéndola a ella es obvio que no está del todo bien de la cabeza. Supongo que tal vez más adelante en la película se revelaran más cosas y me concentró otra vez en “Un tranvía llamado deseo”.  
Cuarenta y cinco minutos después, Stanley llama desesperado a su esposa con el grito de “¡Stella! ¡Stella!”, y sale el mensaje “The End”. Sobre aquel suicidio no se dijo más pero yo quedo con la sospecha de que hay algo oculto al respecto. Busco en Wikipedia sabiendo sólo lo básico, que la película está basada en una obra de teatro escrita por Tennessee Williams, y encuentro la información que aclara mis dudas: en la obra original el esposo era homosexual, ese era su secreto, y Blanche, luego de descubrirlo, lo despreció por ello. La censura de la época (la película es de 1951) se había encargado de disfrazar ese tema y otros para la adaptación al cine.
Entonces, conociendo los antecedentes de esa versión fílmica, cuando en la película “La gata sobre el tejado de zinc” (1958), también adaptación de otra obra de Tennessee Williams, Maggie, en ropa interior, prácticamente le suplica a su esposo Brick que le haga el amor y él no sólo no quiere hacérselo sino que también actúa como si le tuviera asco (además de preferir seguir bebiendo whisky), y ella responsabiliza de esa crisis matrimonial a Skipper, un amigo fallecido de él, ya uno sospecha las verdaderas razones, pero se pregunta también cuál o cuáles son las que los guionistas tuvieron que escribir forzados por la censura. El misterio se revela en la escena en la que el padre de Brick los confronta. Parece que él mismo tiene sus dudas e insinúa, basándose en algunos rumores, que la relación entre Brick y Skipper era extraña. Brick se defiende exclamando que Skipper y él eran grandes amigos y nada más. Maggie interviene y la conversación se va poniendo cada vez más tensa así como poco a poco se van descubriendo las circunstancias en las que ocurrió aquella muerte: además de que Skipper era su mejor amigo, Brick siempre lo había admirado y visto como a un héroe, por ello no soportó escucharlo un día por teléfono llorando y acobardado ante un problema pidiéndole algún consejo; Brick, quien también sospechaba que Maggie y su amigo habían tenido una aventura, le negó su ayuda y colgó el teléfono. Skipper se suicidó y Brick le echó la culpa a su esposa tanto como así mismo, y ese era el sentimiento que lo perturbaba.
Esa fue la explicación de Hollywood. Lo que escribió su verdadero autor fue que Skipper se había suicidado luego de ser rechazado sentimentalmente por Brick, a pesar de que éste no estaba del todo seguro de sus propios sentimientos y sexualidad.

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"Un tranvía llamado deseo" - trailer


Escena de "La gata sobre el tejado de zinc"


El grito "¡Stella!" original


"Un tranvía... " en Los Simpsons


Los Simpsons parodiando ambas películas a la vez

"¡Stellaaa!" en Seinfeld

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El por qué ese personaje de “Watchmen” se llama “Rorschach”


Un ejercicio de mal gusto
Lo que están viendo, para quienes no hayan visto ese episodio de South Park, es un HumancentiPad: tres personas unidas quirúrgicamente por el tracto digestivo, con un teclado (dispositivo de entrada) al inicio de la “cadena” y una pantalla (dispositivo de salida) al final. Se trata de la próxima evolución del iPad que según Steve Jobs (obviamente es un episodio de cuando aún vivía) no sólo les permitirá a los usuarios compartir sus mensajes, imágenes, videos… sino también su propia mierda, literalmente. 
Al finalizar el episodio, y todavía riéndome, me pregunté cómo demonios se les había podido ocurrir a los guionistas de la serie una idea así. Pensé que el origen de todo debió ser el término “human centipede”, o sea, “ciempiés humano”. Ahora ¿cómo es que relacionaron esas dos palabras aparentemente no relacionables en primer lugar? Imposible que se tratara de una asociación gratuita. Es cierto, South Park es una serie absurda pero en el fondo todo lo que sucede en ella tiene una justificación o es referencia a algo. Con esa sospecha puse “human centipe” en Google, y voilà, primer resultado: un link de Wikipedia sobre la película “The Human Centipede (First Sequence)”.
La trama: un científico loco quiere tener como mascota un ciempiés humano, y para ello captura a dos chicas y un chico a quienes convierte en más o menos lo mismo que se ve en South Park. Es una película de terror de culto que tiene segunda parte (mucho más chocante que la primera) y una tercera actualmente en producción que, según su director y creador, va a dejar a las anteriores como cuentos de hadas en comparación.
No las he visto ni pienso hacerlo, al igual que el resto de películas así de perturbadoras que he encontrado en internet y que busqué de curioso luego de enterarme de la existencia de la saga del ciempiés. “Disturbing movies” fueron las palabras que usé como criterio de búsqueda que me dio como resultado varios “top ten”. Leyendo las descripciones de muchas de las películas listadas (o incluso sólo viendo sus posters) a uno se le pone los pelos de punta. Predomina lo grotesco, crudo y explícitamente violento, como “Men behind the sun” (segunda guerra mundial, científicos japoneses hacen experimentos con prisioneros chinos) o “Saló o los 120 días de Sodoma” (una cúpula de poderosos humilla y tortura a un grupo de esclavos); pero también está lo experimental al extremo y sin una sola gota de sangre, como “Eraserhead”.   
De las pocas películas que he visto en mi vida que me hayan hecho exclamar  “¿qué carajos estoy viendo?” definitivamente la más memorable es la comedia de inicio de los 70 “Pink Flamingos”, que su mismo creador calificó (y promocionó) como “un ejercicio de mal gusto”; descripción precisa especialmente por su escena final, la histórica ya escena final, que puede dejar traumado a muchos.
Y esa fue la más memorable pero no la más rara, en este post sobre películas raras supuestamente pero que no sé cómo va a terminar.

Manchas de tinta
“SilentHill” es una saga de videojuegos de terror con un soundtrack excelente, y una muestra de ello es la canción instrumental “A Stray Child”. Un día quise ver que pudieron haber hecho con esa canción usuarios de YouTube, y lo primero que encontré, fue pues…
Es un video en blanco en negro. Play. Empieza la música. De arranque un hombre sentado, enmascarado, vendado, convulsionando y vomitando sangre (o al menos eso creo que es). Luego un pradera, un cielo, un hombre desnudo sobre la tierra convulsionando también… hay que ver el video. Las imágenes (que son reales en el sentido que no han sido generadas por una computadora) no son del juego: proceden, de acuerdo a la descripción, de una película llamada “Begotten”. Vi ese video un par de veces más antes de meterme de lleno a hacer averiguaciones. En todo momento trataba de entender qué era lo que estaba viendo: ¿era un manicomio?, ¿un campo de concentración?, ¿por qué sufrían esas personas?, ¿estaban siendo torturadas? Me aterraban esas suposiciones porque, aunque se tratara de una película, me hacían recordar de lo que se sabe es capaz la naturaleza humana. Eso, que es algo real, sí que puede ser perturbador, no lo sobrenatural, ni muchos menos lo metafórico. O sea que no hay que temerle a “Begotten” porque finalmente no es más que una larga metáfora sobre el origen del mundo y de la vida. ¿Esas personas sufriendo? No son “personas”, son “dioses” muriendo, naciendo, transformándose... Otra vez: lo metafórico no da miedo. La película (que se puede ver completa en YouTube) dura poco más de una hora; no tiene diálogos ni música, sólo unos cuantos efectos de sonido. Su autor la define como un test de Rorschach (ese test en el que se le muestra a una persona unas manchas de tinta y se le pregunte qué ve) y en muchas partes sí que lo es, como en esa escena en la que después de varios minutos comprendí que lo que estaba viendo era una vagina. Es un poco difícil reconocer una cuando está en primer plano, en blanco y negro, y con mucho vello púbico (no había visto tanto desde la última porno de los 70 que pasó por mis ojos) lo que tiene sentido porque el personaje de esa mujer es el de la “Madre Tierra”, o sea que bien al natural.
Tal vez alguien con mucha más sensibilidad artística que yo disfrute “Beggoten” (la película más rara y aburrida que he visto en mi vida) y no se quede dormido a la mitad como me pasó a mí.
Y en una nota aparte que poco o nada tiene que ver con este post, ya que mencioné lo del test de manchas de tinta, ahora entiendo que es por su máscara el por qué ese personaje de “Watchmen” se llama “Rorschach”.

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Pink Flamingos, trailer


A Stray Child, música de Silent Hill 3 
con imágenes de Begotten

martes, 14 de agosto de 2012

La mañana del 16 de noviembre de 1959 (Artículo)

El asesinato de toda una familia normalmente sería titular en cualquier diario pero el de los Clutter no fue así, al menos no en los más importantes diarios estadounidenses, aun teniendo en cuenta la brutalidad del crimen: los cuatro miembros de esa familia (un agricultor, su esposa, y sus dos hijos) habían sido atados y acribillados en su propia casa aparentemente sin razón alguna. Quizá los grandes medios no le dieron mayor cobertura por no haber ocurrido en una gran ciudad sino en Holcomb, un pueblo del estado de Kansas de alrededor de 2000 habitantes. En “The New York Times”, por ejemplo, la mañana del 16 de noviembre de 1959, aquella noticia apareció reseñada en una pequeña columna en la página 39; reseña que seguramente pasó desapercibida para la gran mayoría de sus lectores.
[La familia Clutter]
Pero no para el escritor Truman Capote, quien no sólo le prestó la debida atención sino que presintió además que tenía ante sí una gran oportunidad. ¿De qué? Creyó primero que de un buen artículo, sobre los efectos de una tragedia de esa magnitud en una comunidad tan reducida, y se lo hizo saber a los editores de “The New Yorker” convenciéndolos que lo enviaran al lugar de los hechos a cubrir la noticia. Pero luego de entrevistar a vecinos y amigos de la familia, a las autoridades e investigadores, y en especial a los dos asesinos (quienes fueron capturados pocas semanas después de sucedido el crimen) entendió que esa gran oportunidad era en realidad la de escribir una gran novela de “no ficción”. Y esa novela sería “A Sangre Fría” (“In Cold Blood”) que, si bien ya era un autor consagrado por obras como “Otras voces, otros ámbitos” y “Desayuno en Tiffany’s”, lo llevaría a la gloria absoluta.
Más de seis años le tomó a Capote culminar la novela, el mismo tiempo que duró la resolución del caso el que siguió de inicio a fin.
[Capote en la casa de los Clutter]
Hay dos películas, curiosamente producidas casi al mismo tiempo, que cuentan esta etapa de su vida: “Capote”, del 2005, e “Infamous” (Infame), del 2006. Con argumentos parecidos y actuaciones parejas en los personajes secundarios, que son más o menos los mismos en ambas producciones, el mayor punto de comparación (para mí que no soy crítico de cine) es la representación de Capote quien es interpretado por Philip Seymour Hoffman en la primera película y por Toby Jones en la segunda. Ambos lo hacen bien imitando los amaneramientos de Capote y su voz tan particular, pero mientras que la actuación Hoffman es más controlada y sobria, Jones en cambio es más extravagante mostrando a un Capote mucho más afeminado. Si bien para los conocedores es la interpretación de Jones la que más se parece al escritor, fue la de Hoffman la que gustó más a los miembros de la Academia otorgándole el Oscar a mejor actor por ese rol. Yo personalmente prefiero “Capote” por su tono más serio aunque reconozco que tiene un ritmo más lento que “Infamous” la que, justamente por la actuación de Jones, puede ser más entretenida o fácil de ver.
[Jones y Hoffman, como Capote]
Cabe recalcar que ninguna de esas películas son biografías completas del escritor, sino que se ciñen al periodo de escritura de “A Sangre Fría”. Como se dice todo tiene un precio e irónicamente el de la gloria que alcanzó Capote por esa novela fue el de lo completamente opuesto: la decadencia. Los largos seis años que le tomó escribirla hicieron mella en su cuerpo y espíritu principalmente por la angustia de no poder terminarla sino hasta después de la sentencia final de los asesinos, la que parecía postergarse indefinidamente. Capote caería entonces en el alcoholismo y la drogadicción, lo que afectaría su producción literaria y finalmente lo llevaría a la muerte en 1984, a un mes de cumplir 60 años. En uno de sus últimos relatos, escrito a modo de autorretrato, escribió de sí mismo:
“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”.
[Marilyn Monroe y Truman Capote]
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Capote, trailer
Infamous, trailer
Truman Capote (a partir de los 53 seg.)
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