domingo, 18 de septiembre de 2011

Radio Amauta te escucha

No habían ganado la medalla de plata; habían perdido la de oro. Así se sentían los tres adolescentes ajedrecistas del colegio Salesiano Rosenthal. Por eso las caras largas y la inapetencia; hubieran preferido volver directamente del coliseo a su hospedaje en vez de ir a un restaurante, y se lo habían hecho saber a su entrenador, pero la autoridad de éste languidecía completamente ante la del padre Rogelio, director del colegio, quien era la única persona en esa mesa con ánimos de celebrar, porque de todas formas ese segundo puesto era todo un hito no sólo para la historia deportiva de la institución que él regía, sino también para la de toda la congregación salesiana en el Perú. Luego de prácticamente obligarles a hacer un brindis con los vasos de Inca Kola, les dijo a los tres jóvenes que en el desfile del día siguiente irían al comienzo de toda la delegación del Rosenthal.
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Como si sentirse mal por la derrota del día anterior no fuese suficiente, ahora, en pleno desfile, los ajedrecistas tenían que soportar la notoriedad de ser sólo tres; los equipos de fútbol, básquetbol, voleibol, y bandas de música de su delegación y de las otras delegaciones salesianas formaban grupos numerosos y compactos cuyos integrantes fácilmente se perdían a la vista del público. Los demás colegios no habían llevado sus equipos de ajedrez porque el deporte ciencia no formaba parte de las competencias por los noventa años del colegio salesiano de Cusco.
La selección de ajedrez del Rosenthal había llegado a la ciudad imperial para una competencia mucho más importante: el campeonato nacional escolar, que afortunadamente coincidía con las festividades por el nonagésimo aniversario del colegio cusqueño, cuyas instalaciones habían sido acondicionadas para recibir a distintas instituciones salesianas de todo el Perú. Por supuesto, los sacerdotes a cargo no tuvieron problemas en hacerles un espacio extra a los ajedrecistas y a su entrenador; y tampoco tendrían problemas en facilitarles uno de sus minibuses escolares, con todo y chofer, para que les sirviera de movilidad cada vez que tuviesen que jugar. El campeonato se realizaría en el coliseo Casa de la Juventud.
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Día a día, en la misma cancha en la que dos años antes la selección peruana de voleibol había ganado el sudamericano del 93, los casi veinte colegios participantes del campeonato nacional se enfrentaban entre sí rodeados por tribunas que albergaban dieciocho mil almas ausentes. Todo transcurría sin novedades hasta que a la mitad de la competencia apareció una persona que traía consigo una grabadora portátil de voz. Se acercó hacia el primer equipo que vio libre y disponible, aunque sólo entrevistó a uno de sus integrantes:
-Joven, radio Amauta te escucha. ¿Cuál es su nombre?
-Sebastián.
-¿Cómo se llama tu colegio y de dónde es, Sebastián?
-Salesiano Rosenthal. Representamos a Lima.
-¿Cómo le está yendo a tu colegio en el torneo?
-Muy bien. Estamos invictos.
-¿Y tú no has perdido hasta ahora?
-Exacto. Aún no he perdido.
El reportero le dio las gracias y de inmediato fue en busca de más personas a quienes entrevistar, sintiéndose algo incómodo por las repentinas risas de los otros dos jugadores. Estos no pudieron evitarlo al escuchar la última respuesta de Sebastián porque, en efecto, no había perdido hasta ese momento, y es que no había jugado; Sebastián era el suplente del equipo.
Justamente, gracias a su condición de suplente, Sebastián podía acercarse lo suficiente a las mesas de juego y ver cómo iban las partidas; información bastante útil en especial cuando tenía que compartirla con el padre Rogelio (quien siempre los acompañaba al coliseo) cada vez que le preguntaba “¿estamos ganando o perdiendo?”. En cada ocasión Sebastián le respondía que estaban ganando, siempre mostrándose excesivamente confiando al ser testigo del nivel de los rivales. Pero en la final...
-Estamos perdiendo, padre- respondió, visiblemente angustiado.
El padre Rogelio, como las otras veces, volvía a quedarse dormido en su asiento, bien abrigado con una colcha que le cubría las piernas.
"Perdimos, padre" le avisaría Sebastián con mucho cuidado de no despertarlo bruscamente, luego de que el árbitro declarara al colegio Claretiano de Trujillo vencedor.
El padre Rogelio siguió igual de sereno. Antes de saber el resultado, anticipándose a una mala noticia, mentalmente ya había tomado una decisión.
*
En el patio del colegio salesiano de Cusco, cuando le llegó el turno al Rosenthal de desfilar delante del palco de honor, se escucho la voz del locutor a través de los parlantes:
-A la cabeza de la delegación del colegio Salesiano Rosenthal, viene desfilando su equipo de ajedrez: CAMPEON NACIONAL ESCOLAR. Un fuerte aplauso para ellos. 
Si no fuera porque lo acababa de leer, el locutor no se habría enterado nunca de tal torneo. Si la gente que aplaudía no hubiera escuchado al locutor, tampoco. ¿Les habría interesado saber la verdad? ¿Cómo se podía mentir sobre un campeonato nacional? O sea algo que involucraba a todo el país… aunque la categoría era escolar… y el deporte, ajedrez... Sebastián y sus compañeros se sintieron insignificantes.
El padre Rogelio, quien con su puño y letra había escrito el texto que había leído el locutor, sonreía satisfecho.
Y el entrenador en su asiento, en uno de los estrados anexos al principal, construía ansiosamente en su mente la respuesta a la pregunta que estaba seguro sus colegas que le rodeaban le iban a hacer: “¿no nos contaste que tu equipo había quedado subcampeón?”, o algo por el estilo. Pero nadie le haría esa pregunta.
*


lunes, 12 de septiembre de 2011

El pálpito de un chichón naciente

Cada vez que Diego estaba por cruzarse con Sonia se ponía tan nervioso, colorado y tieso, que lo único que deseaba en esos momentos era que se lo trague la tierra o hacerse completamente transparente. Un día, en los pasillos de la facultad, sucedió lo segundo.
Diego y todos los que ya habían terminado sus respectivos exámenes salían de las aulas cuando se encontraron con todos los estudiantes que iban a rendir los siguientes. Contorsionándose y forcejeando en medio de ese choque de masas, Diego de pronto se encontró delante de un estrecho espacio de unos cuantos metros que bien le podía servir de atajo, así que desvió sus pasos por ese espontáneo camino bordeado de paredes humanas. Un instante después lamentaría haber tomado esa ruta. Desde el otro extremo, Sonia, con su cabello lacio azabache recogido en forma de cola de caballo, con unos lentes de bordes negros que contrastaban con su piel blanca y realzaban sus ojos castaños, y un muy gastado lápiz amarillo  entre la sien y la oreja derecha, venía directamente hacia a él. Al verla la inmediata reacción de Diego fue intentar frenarse pero la presión de la gente que venía detrás de él se lo impidió; ella seguía avanzando. Conforme la distancia entre ambos se iba acortando, Diego podía sentir la belleza de Sonia abrumándolo cada vez más, casi asfixiándolo. En su mente, múltiples imágenes se sucedían una tras otra más y más rápido, tanto que empezaron a superponerse entre ellas formando un ente confuso e indescifrable que a punto estuvo de condenarlo a la locura si no fuera porque, a un instante del colapso, e inexplicablemente, Diego pudo dominarlo y encontrarle sentido a todo ese sinsentido, reduciéndolo a un conjunto de letras en desorden que luego fueron palabras en desorden, hasta que alcanzaron su forma final: una frase. Sus labios casi ni se movieron pero lo hicieron, lo suficiente como para dejar salir las palabras “modo invisible, actívate”. Y se activó, ciertamente que sí; pero Diego se emocionó tanto que olvidó que ser invisible no significaba ser inmaterial. Así que Sonia, al percibir que de repente aparecía ese espacio libre en frente de ella, aceleró su avance de tal forma que fue inevitable que su cabeza y la de Diego terminaran golpeándose entre sí. Nada que noquera o derrumbara a ninguno de los dos, por suerte. Diego, sin saber qué hacer, sólo atinaría a salir corriendo por otro lado empujando sin escrúpulos a quien sea, tocándose la frente, feliz, sintiendo el pálpito de un chichón naciente.
Una veintena de metros después, en el estacionamiento, agitado pero más tranquilo, Diego no necesitó de otra epifanía para averiguar cómo desactivar su modo invisible; era bastante obvio (“modo invisible: desactívate”). Regresó a su casa y fue directamente a su habitación decidido a empezar a practicar con su nueva habilidad, pero al ver que su reflejo en el espejo seguía ahí, a pesar de muchos intentos, comprendió que sin la presencia perturbadora de Sonia no podría entrenar. Al parecer esto sólo sería posible si es que la seguía y forzaba algún cruce “casual” con ella.
Al día siguiente, Diego me ponía al tanto de los hechos mientras salíamos de la facultad. Cerca de nuestro destino, un restaurante chifa donde almorzaríamos, vimos a Sonia salir de ahí en una dirección que para nada se cruzaba con la nuestra. Fue tan repentino que antes si quiera poder decir algo al respecto, unos pasos después ya estábamos adentro del chifa buscando con la mirada dónde sentarnos. Súbitamente las personas dejaron de comer: muchos, más o menos la mitad, se quedaron boquiabiertos en sus mesas, mientras que los demás salían corriendo al baño cubriéndose la boca. Por su forma de mirarnos, y de no mirarnos, pensé que nosotros éramos el problema, pero cuando giré a ver a Diego, luego de escucharlo expresar su asombro con un “¡mierda!”, supe que el problema no era yo.
-¿Has activado tu modo invisible?- le pregunté con una sonrisa nerviosa e incómoda.
-No, para nada, ¿por qué?- me dijo con un tono sincero que reflejaba su ignorancia de que sí lo había hecho en realidad.
Aprendimos que cuando un inexperto como Diego ejerce la invisibilidad, ésta se puede manifestar de una forma realmente grotesca, mutilando visualmente partes enteras del cuerpo, desapareciendo porciones de piel, músculos, órganos, y fragmentos de hueso, incluso trazos de ropa, dándole la apariencia de ser la víctima de alguna especie de bacteria carnívora. Aprendimos también de que no es necesario pronunciar las palabras de activación, sino que, conciente o inconcientemente, basta con pensarlas; pero sospecho que una activación exitosa de esa forma ya es para alguien de nivel intermedio o avanzado.
El miedo de matar a Sonia de un infarto, o de provocarle vómitos o cualquier otro síntoma de repulsión, hizo que Diego desistiera de usar su don otra vez, por lo que no le quedó más que seguir sufriendo las incómodas consecuencias de los cruces con ella, ahora más incómodas que nunca por el especial cuidado que debía tener de las palabras que se le pudieran escapar o que pudiera pensar. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

No perdí el tiempo buscándole un título

-Tal vez me hayas visto antes. Tal vez hasta sepas mi nombre. Tal vez… no tengas la más mínima idea de quién soy. Lo que sea, sé que para ti no soy más que un desconocido. Porque aunque reconocieras mi rostro y supieras mi nombre eso no significaría nada, porque nunca fuimos nada: no fuimos amigos, no fuimos compañeros de clase, ni siquiera conocidos como los que al menos se saludan al pasar. Absolutamente nada de eso hubo entre nosotros. Lo único que nos vincula es haber estudiado en la misma facultad; pero distintas carreras para mi mala suerte. De ahí que nunca hayamos estado en la misma aula, sólo cruces por pasillos, por el jardín, por la pileta, pero en un aula de clases… bueno, hubo una vez que nos quedamos de amanecida en el laboratorio de cómputo: tú, yo y otros alumnos, cada uno haciendo sus cosas por su lado. Fue la vez que más tiempo compartimos el mismo espacio aunque no hayamos cruzado palabra alguna. Pero ahí queda todo, no más vínculos, ni siquiera algún amigo o conocido en común que pudiera servir de puente y nos presentara. Mis amigos me decían “pero ve tú y preséntate”. Seguro piensas igual que ellos y te preguntarás por qué no lo hice, y sabes qué, yo me pregunto lo mismo; suena tan simple: “hola, soy Diego, mucho gusto”. Tan simple y no pude hacerlo, y ahora me duele el alma por no haberlo hecho, porque ahora toda posible incomodidad, señal de nerviosismo o timidez suena tan banal e insignificante en comparación con la oportunidad perdida de haber tenido siquiera la minina chance de empezar a ser amigos o conocidos, o algo; cualquier cosa distinta de nada. Me jode cada vez que pienso en esa oportunidad perdida, y lamentablemente pienso en eso casi todo el tiempo últimamente. Y más doloroso es creer que todos mis temores eran infundados, y te imagino respondiéndome el saludo amablemente, y nos ponemos a conversar, a llevarnos bien… entonces no me queda otra que agriar mis pensamientos y convencerme que me hubieras puesto mala cara y que hubieses hecho todo lo posible para zafarte de mi presencia en esa situación…
-Ella jamás habría hecho eso- escuchó Diego y volteó sorprendido.
-Perdón, no quise asustarlo. Soy la madre de Sonia.
Fue un segundo incomodo para ambos, en especial para Diego. Entonces ella continuó.
–Sonia desde niña siempre ha sido alguien muy social, para nada tímida si se trataba de hacer nuevos amigos.
-Entonces debí hacerlo- y Diego no pudo evitar hacer un gesto que expresaba su frustración.
-No es el único que se arrepiente de no haber dicho cosas- la voz de la madre de Sonia tembló un poco -Quién hubiera imaginado que ella… tan joven…- calló de pronto tratando de contener sus emociones.
Diego se sintió mal consigo mismo creyéndose un egoísta que sólo pensaba en su sufrimiento, cuando era obvio que otras personas mucho más cercanas a Sonia sufrían más por su ausencia.
-Ahora comprendo por qué no lo reconocí, y yo conozco a todos los amigos de Sonia- dijo la madre de Sonia recobrando el control sobre sí misma.
-Lamentablemente no lo éramos.
-Tal vez esto no lo reconforte pero, créame, todo lo que usted le ha dicho, todas sus buenas intenciones, ella lo sabe ahora, así que, espiritualmente al menos, estoy seguro que ella lo considera su amigo.
-Tenia que venir e intentarlo, ya no podía mas, ¿En serio lo cree?
-Por supuesto.
-Pues entonces sí, me reconforta que usted me lo diga. No sabe cuánto se lo agradezco.
-Puede venir cuando quiera aquí a visitarla, o a mi casa también a hablar de ella.
Diego asintió con la cabeza y ambos, de pie en medio de ese gran pastizal salpicado de cruces y otras figuras de piedra, quedaron en silencio contemplando la lápida.

***

-¿Fin?- Preguntó Adrián al sentir la pausa en la voz de Sebastián.
-Hasta ahora sí. No lo sé. No sé si dejarlo ahí o expandir más la historia- le respondió Sebastián.
-O sea que Diego no estaba hablando con Sonia en persona, sino que estaba parado frente a su tumba hablándole a su espíritu.
-¿No has visto a esas personas que van a los cementerios a “hablar” con sus seres queridos?- dijo Sebastián haciendo el gesto de comillas con los dedos.
-Sólo en teve.
-Bueno, yo también, en todo caso esa es la idea.
Adrián sonrió.
-¿Qué cosa?- le preguntó Sebastián.
-Tuviste que matarla para por fin poder hablarle.
-¿Matarla? Diego no mató a Sonia por si acaso
-Ya sé. No hablo de Diego, hablo de ti. Mataste a Mabel en tu imaginación.
-Sólo por fines literarios.
Los dos rieron por unos segundos.
-Pero en fin, ¿qué tal el cuento?- preguntó Sebastián.
-Me gustó más ese donde tú, perdón, quiero decir Diego- dijo Adrián pronunciando la palabra “Diego” con un tono de sorna -se hacía invisible cada vez que veía a Mabel, perdón, quiero decir Sonia- e igualmente ironizó con el nombre “Sonia” a propósito.
-Sólo se hizo invisible una vez, bueno, una vez y media. Pero, o sea, este cuento ¿no te gusta?
-Un chico que se le declara a una muerta… algo cursi la idea, ¿no crees?
-No se le declara.
-¿Y la mamá?
-No lo sé. Creo que lo dejo ahí nomas. Lo otro sería que Diego empezara a ir a la casa de la señora y que en esas visitas se vaya reconstruyendo la vida de Sonia.
-Creo ya hay una película así.
-¿Sí, no? Yo siento lo mismo. Mejor lo dejo ahí, además me complicaría demasiado.
-Hablando del rey de Roma- dijo Adrián y vieron a Mabel salir del pabellón de especialidades.
Adrián y Sebastián, estudiantes de sistemas de la San Martín, estaban en la facultad sentados en una banca a media mañana, a lado de aquel pabellón. Como en otras oportunidades Sebastián buscaba la opinión de su amigo sobre el cuento más reciente que había escrito. Adrián no era un erudito en literatura o crítica literaria; imposible, porque a Adrián no le gustaba leer, tanto así que la única condición que había puesto para dar su opinión era que Sebastián le leyera cada texto. Con orgullo decía que el único libro que había leído en su vida había sido lo suficientemente bueno como para no querer leer otro más, y ese libro, que coincidentemente venía con ilustraciones, era El Principito. Por eso Sebastián estaba seguro que si lograba escribir algo que le gustara a Adrián, debería de gustar también al resto de desinteresados en la lectura, que estaba convencido eran la mayoría de la población. Hasta entonces de Adrián no había conseguido más que  “más o menos”, o “no está mal”; nada de que emocionarse mucho.
Creyeron que Mabel continuaría su camino pero no, ella se quedó sentada cerca de la entrada del pabellón conversando con unos amigos. Sebastian y Adrián permanecieron en silencio como si la presencia de Mabel los interrumpiera; a Sebastian por lo menos sí, quien aprovechaba que ella estaba de espaldas para poder mirarla fijamente. Adrián se aburrió de tanto silencio:
-¿Cuántos cuentos llevas escrito sobre ella?
-Con el de ahora tres.
-¿Y van a ver más?
-Quizás
-Alucina que llegues a ser un escritor famoso. Te invitan a una entrevista y te preguntan “¿quién es Sonia?”. ¿Qué responderías?
Sebastián se tomó un minuto en pensar su respuesta.
-¿Si soy famoso, no?
-Famosísimo.
-No mentiría. Diría que se basa en alguien real, hasta daría su nombre y apellido.
-¿Y si ella se entera?
-Mejor aún. Si soy tan famoso como dices tal vez así nos llegamos a conocer en persona.
-Eso es menos patético a esperar a que se muera.
Empezaron a reír de nuevo.
-O sea que mi cuento no es sólo cursi, sino también patético.- dijo Sebastián manteniendo la sonrisa en su rostro -Qué bueno que no perdí el tiempo buscándole un título.
Arrugó el pedazo de papel hasta convertirlo en una esfera, y sin levantarse lo lanzó hacia el cilindro de basura que estaba a unos metros. Limpiamente la esfera cayó al interior del basurero.
-Qué buena puntería- le dijo Adrián.
-Soy bueno tirando mis cuentos a la basura- le respondió Sebastián y volvieron a reír.
Mabel todavía estaba allí.



lunes, 29 de agosto de 2011

Aquel hombre y sus seis mujeres

Aquel hombre y sus seis mujeres vivían juntos en una misma casa. Él a cada una de ellas las amaba por igual, y ellas lo amaban a él en igual medida; si las leyes se los hubieran permitido ya habrían celebrado seis matrimonios; no porque necesitasen de documentos que confirmaran su amor, sino simplemente para cumplir con las formalidades y tener todo en regla. Aun así, y aunque la dicha hubiera sido mayor con hijos, se sentían una familia de verdad, y como tal, nunca pensaron siquiera en mantener ocultos los lazos que los unían y su estilo de vida. Justamente ese estilo de vida sería la razón por la que las autoridades chilenas los deportarían a Perú, su país de origen.
Era un flagrante delito contra la moral, concluyeron aquellas autoridades, y de acuerdo con ellos estaba la profesora Espinoza, quien justamente se encontraba opinando sobre la noticia del momento al inicio de su clase de lenguaje para el primero de secundaria.
Entre sus alumnos estaba Rafael, quien tenía fija en la mente las imágenes que había visto por televisión de aquellos compatriotas llegando al aeropuerto Jorge Chávez. Verlos responder a la prensa le hizo sentir que, a pesar de las dificultades actuales que estaban atravesando, saldrían adelante. Los reportajes que contaban los detalles de la vida de ellos juntos, retratándolos como seres humanos con sus virtudes y defectos, no hicieron más que reforzar su opinión. Recordó entonces los otros reportajes, que con un discurso como el de la profesora, parecían olvidar lo que para él era lo más importante y lo más obvio. Se indignó. No esperó a que la profesora pidiera la intervención de algún alumno, y, permaneciendo sentado, la interrumpió:
-Pero si no le hacen daño a nadie, ¿cuál es el problema?, profesora.
La profesora Espinoza vaciló por unos instantes; le parecía tan obvia la respuesta a esa pregunta, que le sorprendió que se la hiciera el alumno que venía con las credenciales de haber sido el primer puesto el año anterior. Le respondió entonces que esas personas desafiaban abiertamente las normas de buena conducta de la sociedad, y que uno, en especial si se es católico, no podía quedarse quieto sin protestar.
-Aún no me dice a quién o quiénes les hacen daño, profesora- insistió Rafael.
Le quedó claro a la profesora que la pregunta anterior no tenía nada de inocente, y que era momento de bajarle los ímpetus a ese alumno. Con un tono de voz más severo, en vez de responderle esta vez, le cuestionó cómo era posible que, siendo alumno de un colegio salesiano, no pudiera darse cuenta de la forma constante en que esas personas ofendían a Dios, y del mal ejemplo que podría cundir si no…
-No está respondiendo mi pregunta, profesora- la interrumpió Rafael.
Esta vez la profesora Espinoza se enojó de verdad y le recriminó por su cada vez más insolente aptitud. Trató de hacerle sentir mal diciéndole lo decepcionada que estaba de él: el mejor alumno del sexto grado, que llegaba al primero de media muy bien recomendado por los profesores de primaria.
-Sigue sin responderme, profesora; y peor aun, ha cambiado de tema.
Rafael sería enviado directamente a la oficina del padre Rogelio, director del colegio, y sus compañeros no sabrían nada de él en los siguientes días que restaban de la semana. Especularían lo que habría pasado en esa oficina, asombrados por el giro en 180 grados de la personalidad de su compañero, quien hasta tenía ganada cierta fama de lambiscón de profesores y curas, y que hacía unos meses nomás, en la clausura del año escolar pasado, subía al estrado a recibir su diploma.
El lunes siguiente Rafael regresó, y no tuvo problemas en poner al tanto a sus compañeros, aunque, les advirtió, no había mucho qué contar en sí: al igual que con la profesora, él no hizo más que repetirle la misma pregunta al director, varias veces porque éste no le podía dar una respuesta clara y directa. El padre Rogelio perdió la paciencia y mandó a llamar a sus padres. Entonces, se produjo un “todos vs. Rafael”, que tuvo como resultado que lo suspendieran hasta ese día lunes.
-Pero es que díganme- continuó – ¿qué tiene de malo que un hombre viva con varias mujeres, todos de acuerdo y felices, y sin hacerle daño a nadie?
Quienes lo escuchaban se miraron entre sí sin saber qué responder, hasta que Sebastián, uno de sus mejores amigos, dijo:
-Nada…- Rafael se emocionó porque creyó al fin haber encontrado a alguien que estuviera de acuerdo con él, pero… - porque imagínate lo rico que debe ser vivir con seis mujeres a la vez.
Todos rieron. Rafael, desilusionado, fingió. 

domingo, 21 de agosto de 2011

Dos sketches

[O mejor dicho dos ideas para dos sketches. A veces escribo cosas así. No pensaba publicar este tipo de material pero esta semana tiempo para cuentos no he tenido, así que no me quedó otra que recurrir a mis otros archivos.]

La compañía de seguros

Espere. Antes de que cambie de canal pensando que somos una aseguradora más, déjenos decirle que no es así; que nosotros sí somos diferentes. Espere otra vez. Sabemos que las otras aseguradoras afirman lo mismo también, pero en nuestro caso sí es verdad. Verá, a nosotros su seguridad no nos importa: ¿le atropelló un auto?, no nos importa; ¿va a dar a luz?, no nos importa; ¿tiene cáncer?, definitivamente no nos importa. Lo único que nos importa de usted es su dinero.
Por supuesto no pretendemos que nos lo regale. Por eso a cambio le ofrecemos una variedad de planes de salud que le brindarán asistencia cuando más lo necesite. ¿Son nuestros planes mejores que los de la competencia? En esencia son lo mismo.
Se habrá dado cuenta, entonces, qué es lo que nos diferencia del resto. Efectivamente, es nuestra brutal honestidad. ¿Pero es eso suficiente como para que nos escoja? Desde luego que sí.
Piénselo bien. Usted y nosotros sabemos que a las otras aseguradoras lo único que les interesa es su dinero también. Entonces, ¿no le parece que se burlan de su inteligencia promocionándose como entidades altruistas? Y si usted ya cuenta con un seguro privado, ¿no le revienta cómo le muestran diapositivas llenas de confusas estadísticas sólo para justificar un alza en la póliza? En nuestro caso, se lo decimos de una vez: todos los años aumentamos nuestras pólizas en mayor o menor medida. ¿Y por qué? Porque amamos el dinero y en este negocio hay mucho. Por eso estamos en él (al igual que la competencia). Así de honestos somos.
Usted quiere salud, nosotros dinero. Usted tiene lo que queremos, nosotros lo que usted: planes de salud, de la misma calidad que la competencia; pero nosotros no lo trataremos como un tonto ni le haremos perder el tiempo. Anímese y recuerde nuestro lema: “la seguridad de nuestros clientes es lo primero… siempre y cuando estén al día en sus pagos”.

***

Banco para emprendedores

Aquel hombre luce humilde con su camisa a cuadros manga corta en comparación con el representante del banco que viste un impecable terno. Están en el cubículo de éste último, en el banco, y aquel hombre le está contando que no está resignado a la vida precaria que lleva, que quiere progresar y ofrecerle lo mejor a su esposa e hijos, que tiene planes y objetivos, que quiere abrir un pequeño negocio. Es en definitiva un emprendedor, y en su rostro uno puede ver esperanza. Obviamente, necesita de un préstamo para iniciar su proyecto.
En todo momento el representante del banco lo escucha muy atento, y en su rostro se puede ver cómo las palabras de aquel hombre lo van conmoviendo. Finalmente es su turno de hablar: “señor, no se preocupe, le daremos el préstamo”, dice. Entonces se ponen de pie y se dan la mano, pero no pueden contenerse y se abrazan efusivamente.
El presentador aparece frente a la cámara, mirando la escena reciente. “Hermoso, ¿no?” le pregunta al televidente y continua: “Así es nuestro banco. Ayudamos a los emprendedores a salir adelante facilitándoles prestamos prácticamente de inmediato, con insuperables tasas de interés”. Ahora se ve a varias personas ingresando a las instalaciones de la entidad bancaria, interactuando con otros representantes, abriendo luego sus negocios: una ferretería, una bodega, una farmacia, atendiendo a muchos clientes, solicitando más mercadería, progresando…
Se regresa entonces al cubículo del banco donde aquel hombre y el representante al fin dejan de abrazarse, y en ese momento el hombre de terno le dice al de camisa: “sólo una cosa más”, y se apagan todas las luces y sólo una lo ilumina, apuntado desde abajo a su rostro el cual ya no muestra un semblante amable sino siniestro; su voz adquiere un tono amenazador: “si no nos paga a tiempo le romperemos las piernas en frente de su esposa e hijos”. De inmediato la iluminación vuelve a la normalidad y el hombre de terno se muestra más angelical que nunca. El hombre humilde no puede salir de su estupor.
“Estos son algunos testimonios” dice luego la voz del presentador y se muestran testimonios de emprendedores satisfechos. Todos no tienen más que palabras de agradecimiento para el banco; el último aparece apoyado en unas muletas: “sólo un mes me atrasé en pagarles, y aunque los doctores aseguran que jamás volveré a caminar como antes, ni mucho menos correr, no tengo ni una sola queja. Gracias por ayudarme a realizar mis sueños y los de mis seres queridos”, y feliz posa con su visiblemente traumatizada familia.
“Permítanos ser parte de su progreso”, dice el presentador quien vuelve a estar frente a la cámara y concluye: “no le fallaremos, así como nosotros esperamos que usted que no nos vaya a fallar… no le conviene”.

domingo, 14 de agosto de 2011

Hoy encontrarás el amor

Sebastián no estaba seguro si era la cuarta o la quinta vez que faltaba a sus clases de inglés. Le era complicado llevar la cuenta porque en esos días hacía lo mismo, que no era mucho porque no se podía hacer mucho entre las 7 y las 8:30am: bajaba del bus al frente del cine Pacífico, en Pardo*, caminaba hasta la municipalidad de Miraflores, cruzaba Larco*, compraba el Trome en el kiosco de esa esquina, y caminaba por la avenida hasta llegar a Larcomar, donde se sentaba en alguna banca y se ponía a leer el periódico. Así que, no siendo su sexta falta en el mes, podía repetir la misma rutina esa mañana sin tener que preocuparse de que el Británico lo reprobara. Además, era viernes.
El sol no quemaba a esas horas y la brisa del mar era fresca. Otra vez el buen ambiente y tranquilidad del parque lo invitaban a reflexionar seriamente sobre su vida a sus 23 años de edad, pero otra vez también se negaba a hacerlo abriendo el periódico en la sección de chismes del espectáculo: “CONMIGO PERDIÓ LA VIRGINIDAD”, clamaba una vedette refiriéndose a una joven promesa del futbol nacional. Era el titular principal de la sección que Sebastián leía siempre sonriente por la extravagancia de los personajes y de los hechos, y por el lenguaje coloquial de la redacción, sin importarle la veracidad o falsedad de las noticias. Aunque más pícaro en esas páginas, ese lenguaje no era exclusivo de la sección de farándula, sino una constante en todo el diario.
Luego era el turno de los deportes y después de los deportes volvía a la primera página. Desde ahí, y en orden, empezaba a leer el resto. Siempre dilatando el tiempo, exagerando las pausas en las comas, puntos, y puntos y comas, no dejaba nada de lado; hasta los anuncios publicitarios los leía con detenimiento, especialmente los que se agrupaban bajo el título de “SERVICIOS PERSONALES”. Estos anuncios publicitaban más o menos lo mismo: nombre de la chica, tarifa, teléfonos, distrito, avenida y cuadra de referencia, pero casi nunca la dirección exacta; unos venían con fotografías, supuestamente reales, y otros no. “A ver, qué hay en el menú para hoy”, decía Sebastián sarcásticamente, como si tuviera todo el dinero del mundo. Y ese viernes el “menú” era (fijándose sólo en nombre, tarifa y distrito): Shirley, 25 soles por media hora, Lince; Señora Susy, 20 soles por media hora, Los Olivos; Lizy, 60 soles por una hora, San Borja… y así los iba leyendo, dándoles visto bueno o malo dependiendo de la lejanía de los distritos. Hasta que vio uno que decía Keyra y que venía con foto; la de la mismísima Keyra Agustina, diosa amateur del internet por entonces. “Si fueras la verdadera Keyra no cobrarías 30 soles”, pensó Sebastián.
Entonces, previa resolución del crucigrama, llegaba a la penúltima página. En ésta estaban la sopa de letras, que resolvía también, y el horóscopo, que leía con ánimo de burla. “Bah”, exclamó Sebastián y se preguntó “¿quién escribirá estas huevadas?”, cuando leyó su signo: “Escorpio: no cierres tu corazón y hoy encontrarás el amor”.
Vuelta de página y cubriendo casi la totalidad de la última: “Las malcriadas”; la fotografía de alguna vedette vestida con menos que poca ropa y en posición sugerente. Sin vergüenza, Sebastián se tomaba más que un par de minutos para analizar a “la malcriada” del día, y lo hacía con su ojo crítico de experimentado onanista. 
Eran las 8:15am, y Sebastián, complacido y sin prisa, emprendió el camino hacia el paradero del bus que lo llevaría de regreso a su casa.

***

Vi, satisfecho, que mi reloj marcaba las ocho y cuarto de la mañana. Los quince minutos que faltaban para las ocho y media los podía hacer, fácilmente, caminando despacio hacía el paradero del bus, y llegar así a la hora adecuada a mi casa, en Magdalena, sin que nadie sospechara que otra vez había faltado a mis clases de inglés. El Británico, donde estudiaba con la esperanza de algún día hablar con el acento de James Bond, te daba la oportunidad de faltar hasta cinco veces en el mes; pero una más y te anulaban el ciclo (que duraba un mes, precisamente). Ese mes me había matriculado en el local de Miraflores, y no estaba seguro si ese día era mi cuarta o quinta falta, pero la sexta definitivamente no. Así que, luego de otra agradable mañana de verano leyendo un periódico, cómodamente sentado en una banca del parque de Larcomar, me paré dispuesto a dar inicio mi regreso a casa.
Entonces escuché unas voces gritando mi nombre.
Giré hacia donde provenían esos ruidos y vi, a varios metros, a dos personas agitando sus manos. Sólo cuando se acercaron pude reconocer quiénes eran: José y Regina, dos compañeros de ese ciclo en el Británico, de veintitantos años como yo.
-¡Ajá¡ Tirándote la pera- dijeron casi al unisono.
-Ya somos tres- respondí desagradablemente sorprendido.
-¿Ya te vas? Aún no son las ocho y media- dijo Regina, y ambos se sentaron en la banca, dejando un espacio. José, con un gesto, me invitó a sentarme, y lo hice.
Empezaron a contarme de que ellos no estaban tirándose la pera precisamente, si no que su situación era más complicada. Yo no sabía si eran enamorados o si había algo entre ellos dos, sólo recordaba haberlos visto siempre juntos en clases y que se conocían de ciclos anteriores. Sentados ahí, frente a mí, tampoco vi abrazos ni manos tomadas ni besos. Me caían mal, y en clases traté siempre de apartarme de ellos respondiendo a sus intentos de socializar conmigo con ironías e indirectas, pero pronto comprendí que era pésimo haciendo ironías e indirectas, porque a ellos les causaban mucha gracia, y así termine cayéndoles muy bien.
Poco a poco sus sonrisas iniciales fueron desapareciendo mientras sus semblantes se mostraban cada vez más serios. No les estaba prestando atención pero era obvio que lo que me estaban contando los preocupaba y mucho. Sólo puedo decir que venían de un hotel y que no querían regresar a sus casas. ¿Habían escapado o los habían expulsado de sus hogares? Por ahí iba su historia, la que a mí no me importaba.
-Tienes algo de dinero que nos puedas prestar… es para alquilar un cuarto hoy- me preguntó José – Un sol al menos, no importa.
-Pucha, sólo tengo para el bus- mentí, y les di el periódico que había comprado.
Vi que eran más de las ocho y media y me despedí preguntándoles si es que los vería en clases al día siguiente. Me miraron confundidos y recordé que el día siguiente era sábado. Me fui sospechando que el lunes nos encontraríamos nuevamente en clases.

Ese fin de semana de alguna forma u otra se había resuelto su problema, porque el lunes los vi de nuevo en el aula, felices, sentados uno al lado del otro como siempre. A la salida se acercaron a darme explicaciones, y mientras lo hacían, en mi mente trataba de sacar la cuenta si es que el viernes había sido mi cuarta o quinta falta.

NOTAS:
Pardo: Av Pardo
Larco: Av Larco

domingo, 7 de agosto de 2011

Snif, snif

El papá de Javier era un comerciante que logró ser exitoso a pesar de sólo tener secundaria completa. Sus bajas calificaciones y falta de medios le impidieron asistir a alguna universidad o instituto. Pero, lo que carecía en formación académica y dinero, lo compensaba, y con creces, trabajando. Empezó desde muy joven, en plena adolescencia, y desde abajo: hacía encargos, llevaba cosas de un lugar a otro, limpiaba donde se le ordenara. Pero no se conformaba con simplemente cumplir con sus obligaciones, se preocupaba también en aprender más sobre cómo funcionaba el negocio en cada centro de trabajo al que iba; conocimientos que, con el pasar del tiempo, le permitirían conseguir mejores puestos laborales. Hasta que, con casi treinta años de edad, una esposa y un Javier infante, sintió que tenía la experiencia suficiente para iniciar su propia empresa; y lo hizo. Los primeros años prácticamente no se movería de la capital: sus socios y clientes eran en su mayoría de Lima, pero poco a poco, conforme obtenía más contactos en otras regiones, empezaría a viajar más seguido; a veces por unos días, otras por un par de semanas, pero no más. Sin embargo su último viaje no fue así. Cuando había pasado más de un mes, por teléfono les decía a su esposa y tres hijos que tenía un gran negocio entre manos, que le tuvieran paciencia y que los extrañaba mucho; y le prometió a Javier que de todas maneras llegaría para su décimo cumpleaños.  Cuando pasaron dos meses, ya no quería hablar con sus hijos, sólo con su esposa. A veces Javier y sus hermanos se escondían cerca para poder escuchar de qué hablaban, y fue en esos momentos en que notó que su mamá ya no conversaba afectuosamente con su papá, sino cada vez más enojada. Hasta que un día ella colgó con furia el teléfono y empezó a llorar. Javier y sus hermanos salieron de donde estaban escondidos, muy asustados.
-“Su padre no va a volver, niños”, nos dijo mamá tratando de contener el llanto- dijo Javier y se le resquebrajó la voz -nos acercamos a ella, nos abrazamos, y lloramos juntos- continuó y empezó a sollozar - eso fue hace cinco años, y desde entonces poco o nada sé de mi papá… yo lo admiraba… lo admiraba mucho…- diría antes de entregarle el micrófono al padre Clemente. Éste le devolvió su vela y Javier retornaría a su sitio mientras el sacerdote retomaba la palabra.
Sebastián siempre había pensado que Javier era un chico arrogante por sus habilidades atléticas y simpatía entre las chicas, pero ahora, luego de escuchar su testimonio y viéndolo cabizbajo recibiendo palmadas en los hombros por quienes lo rodeaban, no supo qué pensar. Por un instante se sintió tentado a identificarse con él por compartir ambos historias familiares parecidas, pero, entonces, recordó su soberbia y sus patanerías,  y rápidamente desestimó ese y otros sentimientos solidarios. Concluyó que Javier no era más que otro chico arrogante, pero con una historia poco feliz de fondo. “Snif, snif” murmuró, burlonamente.
Cuando el siguiente alumno pasó al frente y tomó el micrófono, supo Sebastián que la situación iba a empeorar.
Toda la promoción 99 (ahora en 4to de secundaria) del colegio salesiano Rosenthal estaba reunida en uno de los salones de la casa de retiro Alvernia, en Cieneguilla, en el límite este de Lima. El salón era grande, las luces estaban apagadas y cada uno de los alumnos tenía una vela encendida. Los asientos habían sido retirados previamente, así que estaban sentados en el piso formando un semicírculo alrededor del padre Clemente, quien se encontraba de pie, cerca a una de las paredes, y era el responsable de ese retiro espiritual. El retiro había empezado dos días antes y esa noche era la última.
El salir a hablar no era un acto obligatorio; el padre Clemente, entre reflexión y reflexión, invitaba a que los alumnos voluntariamente compartieran testimonios de vida, mientras como música ambiental, proveniente de una modesta radio casetera (sobre la mesa que estaba detrás del padre, el único mueble en la habitación), sonaban tristísimas canciones religiosas.
Entendió Sebastián que nada era casualidad, y que todo iba de acuerdo a un plan, el que había empezado cuando el hermano Alejandro, asistente del sacerdote, le entregaba un sobre a cada uno de los estudiantes al inicio de la velada espiritual.
-Son cartas escritas por sus seres queridos- explicó el padre Clemente.
La de Sebastián provenía de su madre, quien en pocas palabras le decía estar orgulloso de él por sus notas y comportamiento, y que nada tenía que reprocharle. Minutos después de haberla leído, y que el hermano Alejandro terminara de repartir las velas, se apagaron las luces y, conforme las velas se fueron prendiendo, notó Sebastián el cambio en los rostros de sus compañeros: había desaparecido completamente cualquier atisbo de picardía; todos estaban completamente serios. Obviamente, las cartas no habían sido muy felices para ellos.
Divorcios, separaciones, abandonos, maltratos, falta de afecto, de comprensión; los testimonios continuaban y las emociones fueron aflorando hasta que llegó un punto en que varios ya no intentaban ocultar su llanto, lo que provocaba en Sebastián que su apatía, incomodidad, y desapego hacia sus compañeros creciera, y también su escepticismo; le costaba creer que lo que estaba viviendo en ese momento era algo real. Apenas se conmovió un mínimo cuando sus amigos más cercanos salieron también a contar sus historias; hubiera preferido no haberse enterado de detalles tan personales.
Entonces Guillermo tomó la palabra:
-Yo no vengo a hablar de mis padres; ellos están bien. Estarían mejor si es que yo les llevara mejores notas, pero en general están bien. Pero sé que no sería así si les contara todo lo que me pasa en el colegio. Ustedes saben a qué me refiero. Tal vez les de risa ver cómo me golpean, cómo me agarran de punto de sus bromas y burlas. Yo incluso también a veces me rio, pero si lo hago es por frustración; ya no se qué hacer, créanme, no es gracioso. No voy a decir nombres, ustedes saben de quienes hablo, y ellos lo saben muy bien también. Y a ellos les quiero decir que deseo y ruego con toda mi alma que el retiro les haga cambiar; yo estoy dispuesto a perdonarlos…
Sebastián los buscó con la mirada. Estaban en grupo, cabizbajos.
Como ya no hubo más voluntarios, el padre Clemente le pidió al hermano Alejandro que detuviera la música y al alumnado que se pusiera de pie y  apagaran sus velas. En la oscuridad total empezó a rezar, pero no recitando oraciones clásicas como el Padre Nuestro o el Ave María. Empezó diciendo “Señor…” y continuó con una oración que mezclaba plegarias y discurso motivacional, muy bien articulada y perfectamente medida en su ritmo de crecimiento de intensidad y optimismo; si hubiera exclamado varias veces “¡aleluya!” cualquiera hubiese pensado que más que un cura católico era un pastor evangélico. Luego de decir “amén”, mandó a que se prendieran las luces y a poner de nuevo la música, pero esta vez el tono de la misma ya no era sombría ni reflexiva, sino de celebración, y de inmediato empezaron los abrazos entre los alumnos, palmadas en las espaldas y hombros, estrechamientos de manos. Aunque no le gustaba para nada esa escena de un montón de muchachos llorosos dándose consuelo, Sebastián se sintió aliviado porque eso sólo podía significar el final de la velada. Le fue inevitable dar muestras de afecto a quienes estaban a su alrededor, y así, poco a poco, fue en busca de sus amigos para abrazarlos, y lo hizo como quien cumple mecánicamente un contrato o reglamento. De reojo vio como los abusadores de Guillermo le pedían disculpas.
La semana siguiente los profesores notaron el cambio en el comportamiento de la promoción 99, y bromeaban preguntando cuándo volverían las cosas a la normalidad. Sebastián se preguntaba lo mismo y la respuesta la obtuvo casi dos semanas después, cuando vio cómo, en el recreo, a Guillermo se le despojaba de su merienda por los mismos alumnos de siempre, entre ellos Javier. 
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