miércoles, 4 de julio de 2012

Un “te amo” escrito con tiza

Obviamente sabía que mi primer día en la San Martin me traería sorpresas pero nunca imaginé que una de ellas sería ver ahí a Alexandra. La vi a unos diez metros de distancia y lo primero que pensé al reconocerla fue que la pobrecita había desistido de postular a la Universidad Nacional de Ingeniería y optado finalmente por dar el cien veces más sencillo examen de admisión de la San Martin. Rápidamente me pregunté de qué tanto me burlaba: es cierto, yo sí había ingresado a la UNI, pero año y medio después abandonaba esa universidad jaladazo en todos los cursos, y ahora en el 2003, justamente por aquello, estaba en la San Martín como cachimbo mientras Alexandra me llevaba ya un par de ciclos de ventaja. Entonces me dije ya déjate de ser tan conchudo y mejor acércate a saludarla, y en este punto se produjo otra vez ese bache en la comunicación de mi cerebro al resto de mi cuerpo cuando se trata de ser sociable: sé lo que tengo que hacer pero finalmente no hago nada. Me excusé diciéndome que al fin y al cabo ella y yo nos conocíamos pero nunca habíamos sido patas-patas, sino simples compañeros de aula. Lo que era cierto.
Nos conocimos el año 2000 en un curso de verano especializado para la UNI de la academia preuniversitaria Pitágoras, en el local de la avenida La Marina que creo ya no existe más. El primer día de clases nos sentamos juntos (los asientos no eran individuales sino para tres personas) y le conversé lo más que pude, o sea no mucho. En cambio un chico que se sentó detrás de nosotros, cuyo nombre resultó ser David, mucho más elocuente que yo, le habló tan bien que al día siguiente, cuando llegué al aula, Alexandra ya se había mandado a mudar a su lado. Desde entonces, en todo lo que duró nuestra preparación preuniversitaria juntos (primero en ese local y luego en el de la avenida Wilson), nuestra relación fue de holas y chaus, aparte de las veces que me pedía ayuda en algún ejercicio. Y eso que formamos parte del mismo grupo de amigos.
Claro, “los amigos en común”, ese podría ser un buen tema para iniciar una conversación, me dije mientras la observaba conversar con unos chicos.
-¿Qué sabes de la gente?- le habría preguntado.
Imaginé que entonces intercambiaríamos información. Yo le habría dicho que lo último que sabía de Fernando es que también había ingresado a la UNI (un semestre después que yo), a Economía, y nada menos que como el primer puesto de esa carrera, y que lo más increíble al respecto, para el decano y profesores de esa facultad, era que Fernando sí quería ser economista cuando lo normal era que los que ingresaban a Economía eran postulantes a Ingeniería de Sistemas que no habían alcanzado el puntaje suficiente; más o menos como en mi caso en el que postulé a Sistemas pero mi nota sólo me alcanzó para Industriales (aunque ambas carreras forman una sola facultad). Lo último que supe de Omar fue justamente a través de Fernando. Su caso resultó ser el más curioso, no porque no haya logrado ingresar a la UNI (conociendo a Omar eso no era para sorprenderse) sino que siempre había sido el más desesperado por conseguir enamorada y empezar a tirar ya. Bueno, finalmente conoció no sé donde a una chica y ambos se enamoraron tanto, pero tanto que  terminaron escapándose de sus casas para vivir juntos. ¿Y Ricardo? ¿Llegó Natalia a darle bola? Porque que recuerde Ricardo se le había declarado dos veces y pobre, choteado ambas; cómo disfruté verlo sufriendo con su cara larga porque era un gordito de lo más jodido. Natalia era simplemente demasiado bonita para él, y para todos en el aula en realidad: no sólo Ricardo había intentado caerle; al menos fue el más formal en sus declaraciones con salidas al cine, paseos en parques y toda esa nota, porque el resto… como aquel que lo hizo con un “te amo” escrito con tiza y sin firmar en la carpeta de Natalia y que nunca supimos quién fue, porque apenas ella vio ese mensaje gritó “¡El que haya escrito esto a ver que no sea tan maricón y me lo diga en la cara!”. Calladitos todos, no sé si por vergüenza o sorpresa de descubrir tal temperamento.
Y esa era toda la gente, al menos de quienes me interesaba conversar, porque hubieron más, como ese David que resultó ser un imbécil a quien me lo encontraba de vez en cuando en el bus yendo a Pitágoras y que me suplicaba por mis respuestas de las tareas. Pero sólo fueron Omar y Fernando de quienes me hice realmente amigos, con quienes saliendo de clases (cuando estudiábamos en el local de Wilson) nos íbamos caminando hasta las galerías Brasil para jugar Winning Eleven, para luego, por simple hueveo, recorrernos a pata toda la avenida Brasil prácticamente. ¿Sabría algo más Alexandra? Porque me desconecté del grupo luego de ingresar a la UNI. Y pensando en ello…
-¿Y qué fue de ti? ¿No estabas en la UNI?- me imaginé que me habría preguntado luego Alexandra porque ella como todos sabían de mi ingreso; se los dejé bien claro cuando fui a visitarlos a la academia aparentemente por amistad, pero en verdad fue para lucir mi nuevo estatus de alumno de la UNI. Le habría contado mi breve experiencia y fracaso pero dándole a entender que mi cambio a la San Martin fue por las huelgas de la UNI (“tú sabes cómo son las universidades nacionales”) y no por mis malas notas.
Así seguí con esa conversación imaginaria hasta que Alexandra desapareció de mi vista, pero la repetiría en los días, semanas, y meses siguientes cuando la volvía a ver, pero nunca se llegó a dar. Ya luego de varios ciclos, presentarme ante ella y actuar como si recién la reconociera no tenía sentido, entonces desistí de todo ese asunto y ya no me preocupé más, incluso nos llegamos a sentar juntos en algunas clases pero nada, cada uno en lo suyo, salvo por cruces de mirada que siempre me dejaron con la duda si es que ella también me reconocía o me había olvidado completamente.
La última vez que la vi fue poco antes de culminar mis estudios y estaba embarazada. Estoy seguro que si investigara en Facebook me enteraría de más cosas, de ella, Omar, Fernando y de toda esa gente, pero me da mucha pereza hacerlo, aunque en el fondo creo que es miedo a descubrir que son más exitosos y más felices que yo.
****

miércoles, 27 de junio de 2012

Todo esperma es sagrado



Un poco acerca de mí... estas son mis 3 películas favoritas:

1. A Clockwork Orange (La Naranja Mecánica)
Trailer

2. Monty Python's The Meaning of Life (de Monty Python: El Sentido de la Vida)
"Todo esperma es sagrado"

3. Annie Hall
"Cielos, si la vida pudiera ser siempre así..."

Y de yapa: Scarface (Caracortada)
Trailer

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martes, 19 de junio de 2012

Por el día del padre

Por el día del padre hablaré sobre una de las razones por la que odio al mío.
Mi padre fue un ferviente simpatizante comunista. Prueba de ello eran los libros “rojos” que dejó en la biblioteca de la casa luego de que voluntariamente se mandara a mudar. No llegaban ni a diez: había un par de libros de ensayos, otros biográficos (como uno del Che Guevara) y también novelas; entre estas últimas, “La madre” del escritor ruso Máximo Gorki. En la actualidad mi padre es un desilusionado de la doctrina de Marx. Cuándo y por qué se desilusionó no lo sé con certeza; tuvo que haber ocurrido después de mi nacimiento porque de haber sido antes, estoy seguro, no me hubiera arruinado la vida bautizándome con el nombre de “Gorki”. 
Así que ese es mi primer nombre, lo digo y acepto con dolor. Empecé a sufrirlo desde niño por culpa de Porky, el chancho ese de Looney Tunes, porque es obvio que ambas palabras riman y porque “El show de Porky” estaba de moda entre los chibolos, y los de mi barrio constantemente me cantaban el estribillo de su canción: “Porky, Porky, nuestro rey, favorito y sin igual”. Eventualmente el chiste perdió gracia pero cuando creí que mi nombre no provocaría más burlas entonces se estrenó en la televisión peruana la serie “La vida continúa”[“Life goes on”], donde uno de sus protagonistas era un adolescente con síndrome de Down llamado “Corky”. Los jodidos que nunca faltan empezaron a hablarme imitando a un retrasado mental y me apodaron “Obladí” porque la canción que sonaba al inicio de ese programa era “O-bla-dí, o-bla-dá” de The Beatles. Y como si con todo eso no bastara, estaban también las clases de literatura en las que nos tocaba estudiar a escritores rusos, entre ellos al autor de “La madre”, cuya mención de su nombre hacía que de inmediato mis compañeros voltearan a verme entre risas. Un recordatorio del origen de mi pesar.
Por cierto, aún hasta el día de hoy no he leído esa novela.
Los que no me jodían y más bien trataban de consolarme, lo hacían diciéndome que debía sentirme orgulloso por la originalidad de mi nombre, que para nada era común o corriente. Esa forma de pensar me era útil pero todo se desmoronaba otra vez cuando al decir mi nombre la otra persona no lo entendía y se lo tenía que repetir o, peor aún, deletrear. Creo que lo más vergonzoso que me pasó al respecto fue la vez que un compañero de colegio me presentó a una amiga suya:
-Él es Gorki- le dijo, y ella dándole un pequeño golpe lo reprendió:
-Oye, no seas malo, no le digas así.
-Pero ese es su verdadero nombre- le dijo él mirándome a la espera que yo lo confirmara.
-Así es, así me llamo- dije sintiendo toda la sangre de mi cuerpo acumulándose en mi cara.
Fue un momento incomodo para esa chica y para mí; en cambio, por la sonrisa de ese conchesumadre, era obvio que disfrutaba lo que estaba pasando.
Entonces a la mitad de la secundaria casi me doy de golpes en la pared al darme cuenta de lo más obvio: ¿por qué carajos no utilizaba mi segundo nombre? O sea “Josué”, el que escogió mi madre. Supongo que la razón era porque no lo sentía parte de mí. Absolutamente nadie me llamaba de esa forma, tanto que me costó acostumbrarme a él. Al comienzo, luego que decidí usarlo, al momento de presentarme siempre decía algo como “me llamo Gor… Josué”, o cuando me pasaban la voz con mi “nuevo” nombre yo no respondía porque creía que llamaban a otra persona.
Ahora para muchos "Josué" es mi único nombre, y hasta que no tenga una buena razón para desmentirlo (como el quedarse sin ideas para un nuevo post) no pienso hacerlo.
Sólo una vez agradecí llamarme “Gorki”. Saliendo de un hotel, al momento que el recepcionista me devolvía mi DNI, la chica que me acompañaba me lo pidió según ella para ver cómo había salido en la foto de ese documento. Dudé pero no por mi foto sino porque a ella le había mentido sobre mis nombres y apellidos. Finalmente se lo di, ella lo vio y obviamente se sorprendió, pero antes de que me dijera cualquier cosa yo ya estaba diciéndole la excusa que se me acababa de ocurrir, que no le había dicho mis verdaderos datos porque me avergonzaba mi nombre, y le conté los traumas que me había causado. Exageré, claro, pero afortunadamente ella se lo creyó y me perdonó la mentira.
***
El show de Porky, intro
La vida continua, intro

jueves, 14 de junio de 2012

Esa noche íbamos a ver el episodio 3 de Star Wars

Tony era como cualquier otro alumno universitario pero con sólo verlo y escucharlo decir unas palabras uno se daba cuenta que la inocencia que transmitía no era normal. Se presentaba siempre con un robótico “ho-la-soy-To-ny” para luego mirarte perplejo, a través de sus lentes de lunas gruesas, a la espera que le dijeras tu nombre, el que olvidaba rápidamente si no llegabas a ser uno de sus amigos. Los que por supuesto tenía, y muchos, en su mayoría mujeres, incluso a veces daba la sensación de que se conocía a todas las chicas de la facultad porque a todas saludaba por su nombre a lo que ellas respondían con un especial cariño. Aunque no siempre, y es que Tony al parecer era tan inocente que ni se daba cuenta de cuando tenía una erección y feliz seguía su camino por los pasillos sin molestarse en ocultar el bulto de su entrepierna, y abrazando a sus amigas incómodas. Nosotros, los envidiosos de que tuviera tantas amigas, entre ellas la alta, esbelta, tetona y sobrada de Marta, estábamos seguros que Robotito (así le decíamos por su forma de hablar) no era más que un pendejo que se hacía el cojudo para caerle bien a las chicas. Seguro es tan pajero como nosotros, nos decíamos y hubo quienes lo quisieron demostrar, o al menos saber cuál sería su reacción al ver una porno. Y el experimento sucedió un día en el laboratorio de cómputo cuando con engaños  lograron sentar a Tony frente a una pc y hacer que le diera doble click a un archivo de video. Todos los que estábamos ahí en otras computadoras dejamos de hacer lo que estábamos haciendo y prestamos atención a lo que sucedía. Pobre Tony, qué habrá pensado al ver esas imágenes porque en menos de un minuto salió corriendo del laboratorio diciendo “no no no…”.
Cynthia, una compañera de la facultad, resultó ser su amiga también, lo que no sabía hasta que una vez conversando a solas con ella se apareció Tony de la nada y la saludó con familiaridad. A mí en cambio me desconoció completamente y me soltó su típico “ho-la-soy-To-ny” y a punto estuve de decirle otra vez, como otras tantas, “hola, soy Josué”, pero le quise demostrar a Cynthia lo “ingenioso” que yo podía ser y entonces, acordándome que esa noche con mis amigos íbamos a ver el episodio 3 de Star Wars en el cine, dije “hola, soy Anakin Skywalker”. “Mu-cho-gus-to-A-na-kin”, me dijo Tony mientras nos estrechábamos las manos y yo sonreía. Al ver a Cynthia supe por su mirada que mi broma no le había gustado nadita; tomó a Tony del brazo y se lo llevó a otra parte sin despedirse mi, en cambio él sí lo hizo: “chau-A-na-kin”.
Fui un imbécil, lo sé.
Tony acabaría la carrera sin mayores inconvenientes, como cualquier otro alumno universitario.
***

jueves, 7 de junio de 2012

La foto salió movida (de Julio Cortázar)



Días complicados. Mientras hallo tiempo y energías para volver a escribir, les dejo esta historia de cronopios y de famas de Julio Cortázar:


La foto salió movida
Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo esta algo ladeado lo que ve es el paragüero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas no sabe para que. Los famas vecinos acuden a consolarlo, y también las esperanzas, pero pasan horas antes de que el cronopio salga de su desesperación y acepte una taza de té, que mira y examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro de Samuel Smiles.
***

Saludos cordiales.

 

jueves, 31 de mayo de 2012

Una bola de papel del tamaño de una pelota de fútbol

Ahora que lo pienso, que el profesor Pepito nos hiciera ver “Al maestro con cariño”["To sir with love"] no fue porque la historia trate sobre temas como el racismo y la tolerancia; esto fue sólo la excusa para que pudiera compartir con nosotros, sus alumnos del quinto grado, la película que seguramente era su favorita por sentirse plenamente identificado con el protagonista: un maestro negro enseñando en un aula de puros alumnos blancos y, para concha, problemáticos. Bueno, racialmente nuestra aula era más variada pero definitivamente el único zambo ahí era el profesor Pepito, y tampoco éramos lo desadaptados que eran esos estudiantes ingleses, sólo algo inquietos. De todas formas pienso el profesor Pepito se sentía Sidney Poitier en ese papel de maestro cada vez que iba a trabajar al Salesiano Rosenthal. Ahora, por qué nos hizo ver “La novicia rebelde”["The sound of music"] no lo sé. No hay nada en esa película con que él se pudiera identificar ni directa ni indirectamente, y tampoco tiene enseñanzas tan profundas como “Al maestro…”; sólo es acerca de una adinerada familia austriaca en plena segunda guerra mundial haciéndole frente a los nazis… cantando. Supongo que fue esto último lo que enganchaba a nuestro profesor y que si nos mostró esa película fue para transmitirnos su entusiasmo por el canto. Sí, tuvo que haber sido eso, porque poco después nos anunciaría que todo el quinto y el sexto grado se juntarían para formar un coro.
En unos meses ya estábamos en la ceremonia por el día del padre, vestidos con un poncho celeste de satén, cantando:
DO…minemos nuestra voz
RE…pitiendo sin cesar
MI… lección si entiendes ya
FA…cil es poder cachar (perdón, cantar; es que nunca faltaba quien solapa nomás cambiara la letra)
lalala etc.
O sea “Do-Re-Mi” y otro par de canciones de la “La novicia…” acompañados por una pista musical y con el profesor Pepito dirigiéndonos con una varita. El aplauso del público fue un poco más sincero que en los números que nos precedieron así que se podría decir que no lo hicimos mal. Desde entonces estaba asegurado que cantaríamos en todas las actuaciones del colegio, para el orgullo y felicidad del profesor Pepito, o “Pantro” (porque se parecía a Pantro de los Thundercats), quien tuvo que expandir el repertorio. “La malagueña” (versión Pablito Ruiz) sería una de las nuevas canciones y todo un reto para el solista por el largo y agudo “que eres liiiiiiiiiiii...inda hechicera” que se repetía dos veces en la canción. Pero así como era un reto, era también una gran oportunidad de lucimiento, y por eso se produjo un pequeño conflicto entre los dos mejores cantantes del coro, Aguirre y el lame-culos de Jaramillo. Al final el elegido fue Aguirre, lo que provocó en Jaramillo una rabieta tal que sus padres fueron a hablar personalmente con el cura director para que su hijo cantara uno de los dos solos. Eso no pasó. Cómo le habrá dolido a Jaramillo los aplausos que provocó Aguirre a mitad de la canción la primera vez que la cantamos; y cómo habrá gozado cuando en otra presentación, en una de esas “i” repetidas, a Aguirre le salió un gallazo. Y es que armar un coro con niños a una edad en la que empiezan a dejar de serlo tal vez no sea una buena idea. Yendo de los mejores cantantes a los peores, estábamos divididos en 3 grupos: primera, segunda y tercera voz, pero constantemente el profesor nos redistribuía porque de pronto alguien cambiaba de voz.
Yo por ejemplo empecé siendo segunda pero acabé en la tercera; ni siguiera ni experiencia previa me salvó del descenso. Un par de años antes de que llegara el profesor Pepito al Rosenthal (llegó justo cuando yo pasaba a quinto grado) participé de un recién creado coro a donde llegué por descarte porque era obligatorio estar en alguna actividad extracurricular y en los deportes era un cero a la izquierda. En ese coro no llegábamos ni a diez y aquí no había pista musicales, siempre era el profesor Rengifo quien nos acompañaba con su guitarra. Pero esta iniciativa no llegó lejos a pesar de que parecíamos ser el relleno perfecto para las actuaciones en donde siempre salíamos a cantar una y otra vez la misma canción de José Luis Perales, “Que canten los niños”, canción en la que incluso tuve mis segundos como solista porque cada miembro tenía reservado para sí una de las líneas (sólo por citar algunas):
Yo canto para que me dejen vivir
Yo canto para que sonría mamá
Yo canto para que sea el cielo azul
Yo canto para que…
Y ya pues, el que yo tuviera que cantar demuestra la escasez de talento en ese coro y por qué duró un año nomás.
Lamento no tener una voz adecuada para el canto; de lo contrario tal vez hubiera sido menos patética mi performance la vez que le canté por teléfono a una chica “Puente” de Gustavo Cerati. Aunque todo vale si se trata de vacilarse y los karaokes son una buena muestra de ello. Nunca he ido a uno propiamente dicho pero hay videojuegos como el “SingStar” para Playstation 3 que bien simula la situación; así acabamos una noche con unos amigos de la facultad, todos hombres, cantando el “Aserejé” de Las Ketchup o peor aún “Desesperada” de Marta Sánchez. Por algún rincón de internet está el video de esa velada. Pero si es “interesante” la imagen de cuatro chicos cantando Soy una mujer normal, una rosa blanca de metal... creo que más lo fue el número musical que armaron un día Medina y Sánchez, dos compañeros de cuarto de secundaria, en el que aprovechando que no había ningún profesor en el aula se pusieron a cantar (con un inglés fingido) “Summer Nights” de la película “Grease”, asumiendo cada uno el rol de John Travolta y Olivia Newton John respectivamente. El chongo hubiera continuado si no fuera por una bola de papel del tamaño de una pelota de fútbol, que fue justamente lo que les lanzó Padilla al grito de “¡ya basta de tanta mariconada!”, pero al muy pajero le falló la puntería y terminó rompiendo una de los vidrios que daban a la calle, lo que de inmediato llamó la atención de maestros y curas. Hay formas y formas de protestar: yo de niño hubiera preferido mil veces que mis hermanos me hubieran lanzado cosas cada vez que me ponía a cantar villancicos acompañado por un cassette de “Los Toribianitos”, antes de lo que hicieron finalmente: tirar secretamente ese cassette a la basura. Un día simplemente no lo encontré más y recién el año pasado me revelaron el misterio de esa desaparición.
Diría que me deben un cassette, o un cd en todo caso,  pero creo que “Los Toribianitos” ya no existen. En mi niñez eran EL coro, por eso era inevitable las comparaciones con el nuestro formado por el profesor Pepito, aunque esas comparaciones eran principalmente en son de burla porque “Los “Toribianitos”, que creo no pasaban de 20 integrantes, nos daban mil patadas a nosotros que éramos alrededor de 100. Y el profesor Pepito lo sabía, por eso es comprensible que a último minuto haya cancelado nuestra presentación en una actuación en la que se había anunciado una gran sorpresa al final. Esa gran sorpresa resultaron ser precisamente los niños cantores del Colegio de Santo Toribio.
***
Do Re Mi
La malagueña (Pablito Ruiz)
Que canten los niños (José Luis Perales)
Puente (Gustavo Cerati)
Aserejé (Las Ketchup)
Desesperada (Martha Sánchez)
Summer Nights (de la película Grease)
Los Toribianitos

domingo, 20 de mayo de 2012

El tic nervioso de bajar constantemente la mirada

-Josué…- me dice Gustavo mientras veo la hora en mi celular -¿cuándo carajos te vas a comprar un nuevo celular y botar esa porquería?
-Cuando te cache un burro- le digo en broma.
-Ya pues en serio.
-A mí no me parece una porquería- le respondo mientras observo mi celular desde varios ángulos. Es un Samsung SGH-U106.
-Eres ingeniero de sistemas: deberías tener lo último en tecnología.
-Con lo que me “gusta” mi carrera.
-Pero igual, ¿por qué no te compras uno nuevo?, ¿o es porque te lo regaló tu hermano?
-No, no es por eso.
Efectivamente mi celular me lo regaló mi hermano, pero no fue que un día él decidiera gastar una importante cantidad de dinero para hacerme ese obsequio; bueno, lo hizo, pero para sí mismo: mi celular fue el suyo por un par de años hasta que se compró uno mejor, y me dejó el que ahora poseo. O sea que fue otro caso de hermano menor que hereda algo de su hermano mayor, como ropas, juguetes, etc. Es el segundo celular de mi vida, y el segundo también que obtengo gratis.
Miento, el primero no lo fue, pero casi: me costó 50 soles. Era un Sagem MYX-3 y me lo vendió un amigo de la facultad, Michael, allá por el año 2006. Meses antes de vendérmelo me lo había dado (él tenía uno más nuevo) para poder ubicarme fácilmente por un proyecto en el que estábamos envueltos. Cuando me lo dio yo era una de las pocas personas de la facultad sin celular, y la razón de ello era porque no quería tener uno. Me desesperaba ver a todo el mundo tan pendiente de esos aparatos. Muchos habían adquirido incluso el tic nervioso de bajar constantemente la mirada a chequear sus celulares. Y si no estaban haciendo eso, estaban timbrándoles a otras personas por el simple hecho de querer bromear, lo que era particularmente molesto en clases cuando todos estábamos en silencio atentos al profesor, porque se escuchaba a cada rato el “brrr” de un celular vibrando. Ah, pero si uno de esos sonidos no se trataba de una broma sino de una verdadera llamada, el alumno que la recibía salía del aula contestando a medio camino entre su asiento y la puerta, en una actitud como quien dice “mírenme, soy importante, me están llamando”, y siempre se excusaba con el profesor diciendo que era una urgencia familiar, lo que nunca creí.
Yo quise demostrar que se podía vivir tranquilamente sin celular, y claro que sí se podía, pero curiosamente los más afectados por ello eran mis amigos y compañeros quienes les costaba mucho ubicarme. Por eso Michael, cuando decidimos hacer un corto animado juntos, no lo pensó dos veces y me dio el celular que le sobraba.
Meses después de terminado el proyecto, ese celular seguía conmigo. Michael se había olvidado de él, y yo también. Lo tenía apagado prácticamente todo el tiempo hasta que un día tuve una buena razón para volverlo a encender: sexo telefónico, con una chica chilena de nombre Almendra que había conocido en un chat. Ella fue quien llamó, y supongo que le gustó todo lo que le dije porque días después me volvería a llamar. Y lo mismo días luego, y así sucesivamente hasta convertirse en una costumbre semanal durante los meses que duró esa “relación” en la que no gasté ni un sol. Si no continuamos fue porque ella simplemente dejó de llamarme. Fue a la mitad de ese periodo que Michael por necesidad de plata se acordó de ese celular. Me lo pidió para vendérselo a alguien más creyéndome completamente desinteresado en el dispositivo, por eso se sorprendió cuando le pregunté a cuánto me lo vendía. No le dije que la razón era la chilena, sólo me excusé diciéndole que quería seguir en contacto con la “gente”, o sea con él y el resto del grupo de amigos.  
Luego de que Almendra y yo dejamos de hablarnos, el celular volvió a su inactividad. Pero entonces cumplí 27 años y comprendí que sólo me faltaban 3 años para llegar a la base 3. Entré en crisis; entre muchas cosas, por mi vida social, la que se había reducido prácticamente a la nada por andar tan concentrado en proyectos personales. El miedo de llegar solo y sin amigos a los 30 me hizo tomar decisiones radicales (que se merecen su propio post aparte), entre ellas la de empezar a usar mi celular como medio de mantenerme en contacto, ahora sí, con mis amigos. Así ese aparato volvería a la vida. Afortunadamente para cuando empezó a fallar, en el 2009, mi hermano ya se había comprado uno nuevo; el que ya no usaba pasó a ser mío y por mi parte mande a jubilar el Sagem, no sin antes reutilizar su chip, antiguo pero aún funcional, por eso cuando enciendo mi Samsung no dice CLARO sino TIM.
Ahora yo también tengo el tic de mirar el celular a cada rato. Si veo que tiene poca batería y me he olvidado el cargador, a la hora de almuerzo salgo de mi trabajo y voy volando a mi casa por él. Y es que en la actualidad no podría vivir sin mi celular; y aunque esto podría dar a entender que tengo una vida social muy activa, no es así: es mínima pero suficiente para mis intereses. Justamente por eso no veo la necesidad de comprar uno nuevo con un plan que, como todos,  pone especial énfasis en lo social, especialmente en Facebook y Twitter, cosas que a no me quitan el sueño.
-¿Entonces?- me pregunta Gustavo curioso de saber la razón de por qué no adquiero un Smartphone como el suyo.
-Con éste me basta para hacer llamadas y enviar mensajes de texto. No necesito más.
-¿Y cuando sales con una chica no te dicen nada sobre tu celular?
-¿Qué?- le digo muy extrañado por su pregunta porque me parece que poco tiene que ver con el tema, pero de pronto empiezo a recordar algunas cosas. Gustavo se da cuenta que algo tengo en mente.
-¿Has pasado algún roche, no?
-Bueno, recuerdo un par de salidas en las que todo iba bien hasta que sacaba mi celular, y la chica de pronto me miraba desilusionada, como pensando ”¡Qué misio este pata!”.
Gustavo y yo nos reímos.
-¿Ves?- me dice –Ahí tienes una razón para comprar uno más chévere.
-Tal vez. Pero créeme que más se decepcionan cuando se enteran que no tengo auto…
-Ah eso también…
-… como una vez, y te hablo de cuando tenía 24, conocí a una chica de la [universidad] de Lima y me preguntó si tenía carro. Le dije que no y me miró sorprendida; me dijo: “Qué raro, pero si todos los chicos que conozco de tu edad tienen carro”.
-Te cagó en una- me dice Gustavo entre risas.      
Yo me rio también olvidándome momentáneamente del tema de los celulares para recordar a esa chica. Qué será de la vida de Fiorella me pregunto.
***
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