martes, 15 de julio de 2014

Un cuadrado amarillo

Tenía entendido que en la casa del costado sólo vivía una pareja de viejitos, por eso me sorprende que esta noche haya una fiesta ahí. Sólo se me ocurre que han prestado su casa para el cumpleaños de una nieta o un nieto muy querido; y quien debe de tener unos quince años porque los chicos que he visto fuera tienen una pinta de chibolos... Los vi cuando salí hace media hora a dar un vistazo y sólo he visto varones, unos veinte, parados o sentados en la acera, la mitad al frente de esa casa, la otra cruzando la pista, hablando entre ellos o conversando por celular o hueveando con él, esperando no sé qué para entrar porque la puerta estaba abierta y la música ya sonaba a todo volumen. No vi ni una sola chica: ¿estarán asistiendo esos chicos, sin saberlo, a una triste y aburrida fiesta de calzoncillos? No lo creo. Fácil las chicas estaban dentro cuando salí, y ahora habrá más. Además, como te dije, todos tienen pinta de quinceañeros así que tal vez se trate de eso, de un quinceañero. Además, también, vi a los chicos vestidos medio formales y casi iguales todos, con zapatillas Convers, jeans, camisa manga corta y corbata; si no fuera por los distintos colores cualquiera habría pensado que estaban uniformados. ¿Así se visten los chicos ahora para ir a un quino? EN MIS TIEMPOS (palabras de viejo, al igual que “quino” creo, porque esa palabra creo que ya no se usa) uno iba bien al terno.
Sólo he ido una vez a un quinceañero en toda mi vida  (bien enternado, claro), cuando tenía 16 años (ahora paso los 30). Nunca me han gustado las fiestas ni usar terno; no habría ido a esa fiesta si no fuera porque la bandita de rock de la que formaba parte entonces había sido contratada. Teníamos vara: nuestro baterista, Erick, era enamorado de la agasajada, Liz. Por si acaso no éramos famosos ni nada que se le acerque: antes y después de nuestros 60 minutos de presentación fuimos simples invitados, sin ningún trato preferencial. Aunque la mamá de Liz adoraba a Erick, y al resto de nosotros nos tenía un cariño especial. Ella misma voluntariamente ofreció pagarnos 100 soles a cada uno de nosotros cinco cuando le dijimos que nos hacía felices simplemente la oportunidad de tocar, que nos bastaba con que ella pagara el alquiler de los instrumentos y equipos (además suponíamos que de por sí iba a gastar un huevo en el catering y en el alquiler del local: el amplio auditorio de un club social). Pero mucho amor o cariño puede matarte, dicen, y eso se aplicó a mí porque inesperadamente, luego de que Erick terminara de bailar con Liz Tiempo de vals de Chayanne (no es por dármelas de culto y elegante pero hubiera preferido mil veces el Danubio Azul), la mamá quiso demostrarnos al resto de la banda cuánto nos quería dándonos el “honor” de salir a bailar también con su hija esa canción; y para mi mala suerte fue a mí al primero que señaló.
Así que salí a bailar con Liz, solos los dos en medio de la pista de baile, mientras el resto de los presentes, unas cien personas, nos observaban. Por supuesto había visto el baile previo de Erick y Liz, pero tampoco les había prestado tanta atención como para recordar sus pasos; de haber sabido que luego me tocaría a mi… Por eso me acerqué a ella sin saber qué hacer. Ella se dio cuenta creo porque me dio la pauta, o sea, me enseñó cómo debía sujetarla y, con un suave movimiento, cómo bailar, lo que no era muy difícil; era un vals, después de todo. Pero igual seguía ansioso y sentía que debía hacer algo más, así que le conversé a Liz, con quien no me llevaba ni mal ni bien, y fue la segunda conversación más incómoda que he tenido en mi vida (la primera la cuento otro día):
-¿Nerviosa?- le pregunté, sudando de los nervios, con una sonrisa más falsa que el orgasmo de una actriz porno.
-¿Ah?- me dijo ella, más atenta a Erick; Liz era terriblemente celosa.
-¿Emocionada?
-¿Ah?
-Este…
-¿Qué?
Sólo fueron unos segundos antes de ser reemplazado, pero, aunque suene a lugar común, esos segundos me parecieron eternos.
Pero lo peor o mejor para mí (ya me dirás después si fue lo uno o lo otro) estaba por llegar. Llegó cuando cambiaron la iluminación (el ambiente se puso más oscuro) y el dj puso la primera canción verdaderamente tonera: había llegado la hora para todos de salir a bailar. Y unos amigos (no los de la banda sino otros) prácticamente me empujaron a que sacara a bailar a alguna chica. ¿Ya te he dicho que odio bailar desde siempre? Bueno, no había marcha atrás así que a darle, átomos. La oscuridad y mi vista nublada por los nervios (apenas me había recuperado de lo de Liz) me hizo ir directamente hacia lo primero que pude identificar como una chica sin notar su apariencia. Ella estaba sentada en una mesa rodeada de otras personas. Me paré a su lado y le dije casi gritando por la bulla: “¿quieres bailar?”, y ella, sorprendentemente, me dijo que sí. Ya estaban sonando las salsas; en ese momento La quiero a morir de DLG, específicamente. Otra vez estaba en la pista de baile al frente de una chica y otra vez no sabía qué hacer. Traté unos pasos pero ella medio que me interrumpió para pegarse bien a mí, tomar mis manos y colocarlas en los lugares supuestamente adecuados (una mano con la suya y la otra a su cadera), y empezó a bailar. Yo a intentarlo. Nos dijimos nuestros nombres pero yo la verdad ni la escuché, ni la miré: la poca luz, la música (que no me gustaba) ensordecedora, las ganas de tocar con la banda y de largarme… mi mente estaba en otra parte. Ella al minuto se dio cuenta de que conmigo no pasaba nada: se soltó de mí y dio unos dos pasos para atrás; o sea siguió bailando conmigo pero, como quien dice, de lejitos nomás. Cuando acabó la canción (aunque inmediatamente se empalmó con otra salsa) no se me ocurrió otra cosa que, mismo japonés, hacerle una venia en gratitud, para luego ir rápidamente a esconderme a alguna esquina, la más oscura posible. No tardaron en encontrarme mis compañeros de banda. Nuestro líder, Juan Carlo (sí, sin la “s” al final) me dio el anuncio:
-¡Buena, Josué: sacaste a bailar al mejor poto de la fiesta!  
Y todos me felicitaron emocionados. Yo ni cuenta de mi hazaña.
Erick y yo éramos compañeros de aula en el mismo colegio. Patazas. Lo que no le impidió burlarse de mí la semana siguiente en los recreos:
-¡Tú que dices odiar la salsa: bien que bailaste La quiero a morir!- me lo restregaba en la cara.
Luego me diría:
-Oye, por si acaso ya salió el video.
-¿Qué video?- le pregunté.
-El del quino de Liz, pues. Y sale tu bailecito. ¿No lo quieres ver?
-Vete a la mierda...
No lo vi pero hubo un compañero (que fue invitado a la fiesta pero que no pudo ir) que sí lo vio. Le dio mucha risa mi venia japonesa, pero más, obviamente, mi baile:
-Bailas como un rinoceronte- me dijo.
Fue la primera y última vez que escuché esa expresión. No sé cómo bailan esos animales, supongo que mal; pero sí sé que es muy incómodo hacer el amor con un rinoceronte que ya no te ama…
Confirmado: sí hay chicas en la fiesta de al lado; las escucho cantando. Lo que no está confirmado es que sea un quinceañero o siquiera un cumpleaños, porque no he escuchado hasta el momento ningún vals o happy birthday. Ahora lo que escucho es salsa; ya han empezado las salsas. Es curioso, aunque no me gusta esa música me pone nostálgico, siempre que la escuche así, a la distancia; más aún ahora que estoy solo en mi habitación a la 1 de la mañana de un domingo. Me hace rememorar mi primer recuerdo, el más antiguo que tengo:
Despierto sobre una cama, solo en una habitación oscura. Lo que me ha despertado es una música que percibo a lo lejos, una música que en ese momento no lo sé pero que luego sabré se trata de salsa. Lo primero que veo es una cuadrado amarillo en la pared que está al frente de mí: es la luz de un poste entrando por la ventana abierta que está a mi costado. Por esa ventana, recostado como estoy, sólo puedo ver el cielo de la noche. Es una ventana bien alta; sigo recostado: ni trato de asomarme por ahí porque de alguna forma sé que no alcanzaré.
Tenía tres años de edad.

***

domingo, 6 de abril de 2014

SPOILER ALERT

Entonces recuerdo esa “escena”, en la que una chica está que se lo chupa y chupa a Bukowski, pero a él no se le para. Bukowski, simplemente, está demasiado borracho. Después de unos minutos él mismo detiene todo. “No va a pasar, nena”, le dice a la chica. Y lo mismo le digo yo a Lorena:
-No va a pasar, nena.
Lorena deja de chupármelo y mi pene sale de su boca tristemente flácido.
-¿Qué pasa, Seb?- Me pregunta (todo el mundo me dice “Sebas” pero ella me dice “Seb”).
-No lo sé- Le respondo. Y es cierto. No lo sé. A diferencia de Bukowski, no tengo ni una sola gota de alcohol en la sangre en ese momento. Así que no tengo excusa. Lo que sí sé es que hace quince minutos todo transcurría con normalidad. Apenas entramos al cuarto del hotel nos pusimos a besarnos y manosearnos de pie, y a acercarnos poco a poco a la cama. Entonces Lorena se sentó en uno de los bordes laterales de la cama, yo permanecí de pie frente a ella, y ella me desabrochó el pantalón: me lo bajó con todo y calzoncillo, y ahí estaba mi pene, tan erecto que una gotita transparente y viscosa le salía de la punta. De inmediato Lorena empezó a chupármelo, tan rico como siempre. Pero a los minutos, inexplicablemente, empiezo a sentir cada vez menos placer y como mi pene va perdiendo rigidez. Hasta que comprendí que ya no había retorno. Por eso recordé esa “escena” que creo es de la novela “Mujeres”, de Charles Bukowski, semi-autobiográfica como casi todo lo que ha escrito. (Y novela que, por cierto, me la prestó Lorena, porque ella es tan hincha de “Hank” como yo.)
-¿Estoy haciendo algo mal?-  Me pregunta Lorena.
-No, Lore, no estás haciendo nada mal- Le respondo. Y es también cierto. Llevamos más o menos un año juntos y mi deseo por ella es tan intenso, o más, que el del primer día que tuvimos sexo.
-No sé qué me pasa- continúo, y balbuceo otras cosas. En mi mente trato de ordenar mi ideas. Por un lado busco una explicación y por el otro no dejo de pensar que soy puro “floro”. Puro floro porque hace unos días Lorena me pidió que hoy sábado le quitara todo el estrés del trabajo haciéndole el amor como nunca. Y yo no sólo se lo prometí sino que también, desde entonces, le he estado mandando mensajes obscenos diciéndole que le haría esto o aquello, tal o cual pose; a lo que ella siempre me respondía: “¡ya quiero que sea sábado!”... Y mira ahora el show patético que le estoy dando. No aguanto más la frustración y exploto:
-¡Maldición, maldición, maldición: esto no tendría que estar sucediendo!- exclamo dándome golpes en la frente, y no paro de hacerlo hasta que escucho a Lorena reírse. La miro y me dice:
-No sabes lo gracioso que se te ve quejándote como un loco, dando pasos como pingüino por todo el cuarto con los pantalones en los tobillos, y con los huevos al aire.
Me veo en el espejo que cubre toda la pared que está al frente de la cama y no puedo evitar reírme también por cómo luzco.
-Hay que echarnos en la cama y tranquilizarnos. No hay prisa- me dice Lorena.
Terminamos de desnudarnos y nos echamos en la cama. No hace frío así que nos acostamos encima del cubrecama. Por unos minutos no nos decimos nada, ni nos abrazamos ni tocamos; simplemente permanecemos echados boca arriba viéndonos en el espejo del techo. Entonces Lorena me dice:
-Siempre pasa algo en esta habitación.
Tiene razón. Es la tercera vez que nos toca esta habitación en este hotel, y las dos veces anteriores pasaron cosas… curiosas, por decirlo de alguna manera.
Lo que nos pasó la primera vez (al mes de empezar a salir), o siendo más exacto, lo que me pasó a mí, es que me dio fiebre. Estaba enfermo y no lo sabía, y no lo supe hasta que esa noche entramos al cuarto y lo primero que hice fue derrumbarme en la cama: ya no podía seguir negándolo, ni a mí mismo ni a Lorena: me sentía mal. Ella me tocó la frente y lo confirmó: “estás ardiendo, pero no de ganas sino de fiebre”, me dijo. Tampoco fue algo repentino: poco a poco en el transcurso del día me fui sintiendo cada vez más débil hasta llegar a ese estado. Entonces me quedé dormido y de ahí lo único que recuerdo vagamente es la tv prendida con la voz de Gisela Valcárcel, y a Lorena saliendo en la madrugada del cuarto y regresando con una botella de agua y pastillas que me las hizo tomar. Cuando me desperté del todo estaba en mi casa, en mi habitación, en mi cama, con un dolor de garganta espantoso. Más tarde por teléfono Lorena me diría riéndose:
-O sea anoche me llevas a un hotel para que me quede viendo a Gisela, te cuide toda la noche, y hoy en la mañana te lleve a tu casa en taxi… ¡Qué gran fin de semana, Seb!
Pero todo ese buen humor se convertiría en odio el lunes en la mañana cuando no pudo levantarse de su cama para ir a trabajar, por la gripe fatal que le había contagiado.
Cinco meses después nos tocó por segunda vez este cuarto (pero no era la segunda vez que íbamos a ese hotel, ojo) y fue el día de mi cumpleaños 31 (Lorena tiene 25, por si acaso). Fue a media semana y nos encontramos después del trabajo. Por eso Lorena estaba con ropa de oficina: una falda que le llegaba a las rodillas, una saquito entallado y una blusa (ella además usa lentes de carey). Entramos al cuarto y mientras yo me saco la casaca y los zapatos, la veo a ella sacar de su bolso unos zapatos negros brillantes, taco aguja, altísimos.
-¿Y eso?- le pregunto, pero ella no me dice nada y en silencio, como si yo no existiera, se cambia los zapatos que lleva puestos, unos más simples y chatos en comparación a los otros.
Para esto, Lorena está parada entre el pie de la cama y la pared que da hacia la misma, pared que como ya te dije antes está completamente cubierta por un espejo. Ella se ve en ese espejo y se da unos retoques: se ordena el cabello, se abotona el saco, se acomoda los lentes... Entonces voltea y me dice, o mejor dicho, me ordena (señalando el pie de la cama):
-Siéntate.
Yo, obedezco, sumiso, más aún porque con esos tacazos se le ve como de metro ochenta (más alta que yo), más imponente y, por supuesto, más sexy (más de lo que en realidad ya es).
-Supongo que este es mi regalo de cumpleaños- le digo, intuyendo lo que se viene.
Lorena sigue sin responderme. Coge su celular y empieza a buscar algo en él. Cuando parece que lo ha encontrado, aún con el celular en la mano, se reclina sobre mí y me dice:
-Manos en la espalda… ah, y está prohibido tocar.
Luego me besa, deja su celular a un lado de la cama y empieza a sonar, a todo volumen, la canción “You can leave your hat on” de Joe Cocker (que supongo sabes de qué película es y en qué escena específicamente suena, y lo perfecta que es para esta situación). Entonces Lorena empieza a bailar y en mi mente se convierte en la más sexy de todas las secretarias; en mi mente porque en realidad en su trabajo ocupa una posición de mayor rango, pero entiendes la idea, ¿no? Bueno, te decía que ella empieza a bailar, y qué bien lo hace. Lo que en parte no me sorprende porque la he visto antes y hemos bailado juntos antes también. Lo primero que se saca es el saco, luego empieza a desabotonarse la blusa; y yo estoy ahí disfrutando, viéndola a ella directamente y a su reflejo en el espejo. Ahora se da la vuelta, me da la espalda y con un movimiento suave se reclina. Menea el culo y yo me aguanto las ganas de abalanzarme sobre ese culo. Se endereza nuevamente y con un movimiento firme y rápido da un paso a mi izquierda y...
-¡Mierda!- grito. Lorena da un salto, se voltea y me dice alarmada:
-¡Seb, discúlpame, fue sin querer!
Lorena me ha dado un pisotón terrible (recuerda que estoy sin zapatos, sólo con medias). Su taco aguja se clavó en uno de mis dedos Me reclino sobre mis muslos, muy adolorido, y me cojo el tobillo izquierdo porque no me atrevo a tocar más cerca de mi dedo lastimado.
-¡Sácate la media!- me dice Lorena. -Hay que ver cómo está.
-¡No, no quiero ver!- le digo casi llorando. Estoy viendo a Judas calato.
-Déjame verlo.
Estiro un poco mi pie izquierdo y Lorena me saca la media.
-¿Y?- le pregunto.
-Discúlpame, Seb, discúlpame- me dice sollozando.
-¿Qué fue?
-Te he arrancado un buen tajo de piel. Esto tiene muy mala pinta.
La suficiente mala pinta como para ir a un hospital. Así que fuimos. Los resultados de los exámenes determinaron que tenía una fisura en el dedo medio de mi pie izquierdo. Tratamiento: usar una bota especial por tres semanas. Pero más difícil que mi recuperación fue hacerle entender a Lorena que había sido un accidente y que no tenía que sentirse culpable. “Algún día nos reiremos de esto, ya verás”, le decía. Y en efecto, ahora es nuestra anécdota favorita, la que más nos gusta recordar.
Entonces sí, siempre pasa algo en esta habitación. Y no es que nos hayamos olvidado de eso al momento que hoy nos la volvieron a asignar. Simplemente no somos supersticiosos así que nunca pensamos en pedir que nos dieran otro cuarto.
Ahora es la tercera vez  y lo que está pasando es que no se me para. La tercera vez en la habitación 101...
-¿Qué número de cuarto es este, Lore?- le pregunto a Lorena, viéndola por el reflejo del espejo del techo, sabiendo la respuesta.
-El 101- me responde, igual por el reflejo.
-Ahora entiendo lo que pasa con este cuarto.
-¿Qué cosa?
Giro hacia ella y le hablo directamente a la cara:
-En la habitación 101 está lo peor del mundo.
-¿Lo peor del mundo?- me dice ella, mirándome también a la cara.
-¿Has leído la novela “1984” de George Orwell?
-Todavía. ¿Por qué?
-Te cuento pues...
(SPOILER ALERT: Voy a revelar varias cosas sobre “1984”. Te lo advierto por si no la has leído. Se lo advierto también a Lorena pero, normal, me dice que siga.)
“La novela trata sobre un país que vive bajo la dictadura de algo llamado el Gran Hermano. Y digo ‘algo’ porque más que una persona es una entidad; una entidad que está prácticamente en todos lados mediante pantallas que monitorean todo”.
-Por eso ese programa que daban antes, donde en un casa vivían varias personas y eran vigiladas todo el día por cámaras ocultas se llamaba “Gran Hermano”- me interrumpe Lorena.
-Exacto- le digo y continúo:
“Son tres los personajes más importante. Winston, el protagonista, un hombre que quiere rebelarse contra el ‘Gran Hermano’. Julia, la novia de Winston y que comparte sus ideales. Y un hombre llamado O’Brien. O’Brien al comienzo se les presenta como un poderoso aliado, pero después de que Winston y Julia son capturados por la policía, se descubre que O’Brien es en realidad un agente del gobierno. Luego se convertirá en el torturador de Winston con el fin de ‘curarlo’, o sea, lavarle el cerebro. Y esta ‘cura’ será en varias sesiones de tortura”.
De pronto le pregunto a Lorena:
-¿Ha escuchado “2 + 2 = 5” de Radiohead, no?
-Claro, me encanta esa canción- me responde.
-Ya. El título de esa canción también es sacado de “1984”. En una de las sesiones de tortura, O’Brien le dice a Winston que si el gobierno decreta que 2 más 2 es 5 es porque es cierto. Winston le dice que eso es imposible. Y O’Brien activa una máquina que descarga electricidad sobre Winston, lo que obviamente le produce a éste un gran dolor. O’Brien le pregunta varias veces a Winston cuánto es 2 más 2 y cada vez que Winston responde ‘4’ O’Brien le pasa más y más electricidad. Hasta que Winston no soporta más y responde ‘5’. Y el maldito de O’Brien le dice: ‘No me mientas, Winston. Eso lo dices para que me detenga. Pero no me detendré hasta que realmente creas que 2 más 2 es 5’, y le descarga más corriente aun.
Entonces vuelvo a lo principal:
“Pero bueno, volviendo a lo de la habitación 101… en un momento Winston está en una celda junto a otro prisionero, pero luego el prisionero es sacado de la celda por varios guardias bajo la orden de uno de ellos: ‘A la habitación 101’, y el prisionero empieza a gritar ‘¡mejor mátenme ahora pero no me lleven a la habitación 101!’ (Y casi la misma escena se repite con otros prisioneros). Entonces, luego de una de las sesiones de tortura, Winston le pregunta a O’Brien qué hay en la habitación 101, a lo que O’Brien le responde: ‘Tú lo sabes Winston. Todos lo saben’, y no le dice más. Finalmente, luego de varias sesiones, solo en su celda, cuando parece que Winston ya está ‘curado’, tiene pensamientos en contra del ‘Gran Hermano’. De pronto entran O’Brien y unos guardias y le dice a Winston algo así como: ‘Sé lo que estabas pensando’, y luego a un guardia (señalando a Winston): ‘llévenlo a la habitación 101’”.
“En la habitación 101, Winston es atado completamente a una silla; no puede ni mover la cabeza. Al frente de él hay una mesa, y sobre la mesa algo cubierto con una tela. Winston escucha unos sonidos provenir de eso que está oculto, sonidos que reconoce pero que se niega a aceptar. O’Brien, a un lado de la mesa le dice: ‘Me habías preguntado antes qué hay en la habitación 101. Y yo te respondí que lo sabías, que todos lo sabían: lo que hay en esta habitación es lo peor del mundo’. Entonces destapa lo que está cubierto sobre la mesa, y continúa: ‘Y lo peor del mundo, en tu caso Winston, son las ratas’. Y se descubre que aquello oculto es una especie de jaula-mascara, que contiene dos ratas furiosas. O’Brien ordena que se la coloquen a Winston en la cara. Las ratas están a un extremo de la jaula; no alcanzan el rostro de Winston por dos pequeñas compuertas que les impide avanzar. Winston empieza a suplicar que no le hagan daño. O’Brien no le hace caso y abre una de las compuertas. Winston sigue suplicando, cada vez más desesperado. O’Brien sigue sin hacerle caso y empieza a explicarle algunas cosas sobre las ratas, como que, cuando están hambrientas, son capaces de devorar a un bebé hasta dejar sólo los huesos. Y estas ratas están hambrientas. O’Brien le dice que tal vez primero se coman sus ojos, o tal vez primero sus mejillas y luego su lengua. En ese momento Winston se acuerda de aquello que no pudieron ‘quitarle’ en las sesiones de tortura: su amor por Julia. Y cree comprender cuál es la prueba de lealtad que quiere O’Brien. Y no duda en dársela: ‘¡A Julia. Háganle esto a Julia. No a mí. A ella. No me importa lo que hagan con ella. Pero no a mí’. Entonces O’Brien ordena que le quiten la máscara”.
(Ahí acaba mi resumen, a grandes rasgos y con inexactitudes seguramente).
-¡Vaya!- me dice Lorena -O sea que en la habitación 101 torturaban a las personas con el peor de sus miedos.
-Así parece- le digo.
-¿El peor de nuestros miedos es que no podamos tirar?
-Buena pregunta. No tengo idea. Te cuento esto sólo por lo del número de la habitación.
Nos reímos porque obviamente sabemos que aquella coincidencia con “1984” era sólo eso, una coincidencia.
A los minutos giramos y volvemos a mirarnos en el espejo de techo sin decirnos nada. Hasta que digo:
-Lore. No será esto señal de que empieza mi declive…
-¿Qué quieres decir?- me pregunta ella.
-Ya sabes… viagra y todas esas cosas.
-No seas cojudo. Sólo tienes 31 años.
Nos quedamos dormidos por media hora. Cuando despertamos lo volvemos a intentar pero sin resultados.
-No va a pasar, nena- le repito a Lorena.
-Ya, tranquilo, no hay que hacernos un lío por esto- me dice ella.
-Siento que estoy en falta contigo después de todos los mensajes de estos días.
-No digas tonterías, no estás en falta ni nada por el estilo.
-Pero ¿y si esto vuelve a pasar?- le digo.
-No va a volver a pasar, no te traumes.- me dice ella -Pero por si acaso ya no volvamos a alquilar este cuarto.
Nos reímos.
-¿Todo va a estar bien?- le pregunto entonces. Ella suspira medio impaciente y me dice:
-Sí, Sebastián. Así va a ser.
Soy un pesimista, es mi naturaleza, pero cuando ella me dice que las cosas van a estar bien yo le creo, y me siento mejor.

***
“You can leave your hat on” de Joe Cocker
(de la película "9 semanas y media")

“2 + 2 = 5” de Radiohead


domingo, 22 de diciembre de 2013

For sentimental reasons



Llegué al cine Brasil a las cuatro de la tarde pero estaba cerrado, y con eso quiero decir que una reja bloqueaba el paso hacia la antesala y la boletería. En ninguna parte había nada que dijera el horario. ¿Abría a las cinco? ¿A las seis? O sea: ¿cuánto tiempo tendría que esperar? Ciertamente las cuatro parecía ser muy temprano como para que un cine porno estuviera abierto,  pero es que mi plan era ir lo más temprano posible; me daba miedo ir más tarde, o peor aún de noche, por lo ocurrido aquella vez con Leonardo (el mayor de mis amigos del barrio): él había ido de noche y casi lo violan. Bueno, tal vez no, pero igual; que a media película se siente un extraño a tu lado y te susurre al oído “te pago veinte lucas si me dejas chupártela en el baño” es para poner nervioso a cualquiera. “Ya, pero ve tu primero y luego te alcanzo” le dijo Leonardo sólo para ganar tiempo: cuando vio al extraño salir de la sala rumbo al baño, esperó unos segundos y luego salió disparado del cine para no regresar jamás. ¿Cuántos años tendríamos entonces? Creo que Leonardo dieciocho y yo catorce. Ahora yo tenía dieciocho años recién cumplidos y, lo más importante, ya contaba con DNI. Me lo habían dado unos días atrás pero aún me faltaba “estrenarlo”, o sea, usarlo para poder entrar a un sitio para mayores de edad. Mientras pensaba en dónde podría ser me acordé del día que me dieron mis primeros lentes, cuando tenía siete años. Salía, acompañado por mi mamá, del Centro Oftalmológico Mendiola con los lentes puestos y no dejaba de ver a todos lados asombrado por la claridad con la que ahora veía las cosas. Entonces lo vi: “SOLO PARA ADULTOS” estaba escrito con letras mayúsculas, grandes y rojas en la marquesina del cine Brasil, ahí al frente nomás, cruzando la avenida del mismo nombre. Me emocionó descubrir que ese cine, a donde me habían llevado a ver películas como “Cazafantasmas 2” y “Querida, encogí a los niños”, se había convertido, ni idea desde cuándo, en un sitio donde sólo pasaran “películas de calatas” (así les decía mi mamá), a donde un adulto pudiera ir a verlas cuando quisiera. Y yo a esa edad ya me moría de ganas por empezar a ver ese tipo de películas; las pocas calatas que había visto hasta ese momento habían sido las de la revista “Caretas”. Pero once años después parecía innecesario ir a un lugar como ese luego de las pornos que había visto y que podía seguir viendo gracias a los videos que nos prestábamos entre patas. En otras palabras, no vería nada nuevo en sí; si al menos aún hubieran estado vigentes sus shows de striptease (que según Leonardo eran malos para el hígado porque las chicas que salían eran pura grasa) eso sí habría sido algo nuevo. Aun así escogí al cine Brasil por la nostalgia del recuerdo de aquel día, por aquella emoción, por aquella excitación temprana e ingenua, en fin, como la canción de Nat King Cole, for sentimental reasons. Lamentablemente estaba cerrado y, como siempre he sido más impaciente que sentimental, decidí probar en el otro cine de Magdalena: el Broadway, que poco después del Brasil se convirtió también en un cine porno. Además estaba casi seguro que a esas horas había sido aquel intento mío, a los quince años, de entrar a ese cine. Aquella vez estaba tan arrecho que no pensé con claridad. Pasé a la antesala y fui hacia la boletería (su ventanilla estaba incrustada en la pared izquierda de la antesala, visto desde fuera) creyendo que mis cuatro pelos en la cara engañarían al boletero sobre mi edad y que no me pediría documentos. Con la boca bien cerrada (por temor a que me delatara mi voz) le di al boletero los tres soles cincuenta que, según la marquesina del cine, costaba la entrada. Él, un tío cincuentón, completamente aburrido,  me miró, tomó la plata y me dio un boleto sin decirme nada. ¡Victoria! Quise celebrarlo pero me aguanté; me sentí especialmente bien porque todo indicaba que, en efecto, no tenía la pinta de un chibolo. Caminé a la puerta de la sala donde en un taburete estaba sentado un viejo alto, flaco y barbón, de unos cien años, mínimo. Le entregué el boleto, o mejor dicho, hice el gesto de dárselo, porque él no me lo recibió; en vez de eso, muy serio, me señaló un papel que estaba pegado en la puerta. Había algo escrito en ese papel pero tuve que acercar mi cara para poder leerlo bien. Y todo se fue al caño: “MOSTRAR DNI ANTES DE ENTRAR”, decía. Le acerqué otra vez el boleto y lo miré como suplicándole, pero él me volvió a señalar el papel. Ya qué iba a hacer más que regresar a la boletería a que me devolvieran el dinero. Aunque cuando estuve al frente del boletero me di cuenta de que no tenía una buena excusa para justificarme; pensé en ese momento que mejor hubiera sido simplemente haberme marchado del cine. Entonces, dándole el boleto, le dije: “No tengo DNI”, casi sin percatarme de mis palabras. Él no se molestó ni nada parecido; tan aburrido como antes me devolvió los tres soles cincuenta. Y me fui. Ahora, luego de haber caminado por la avenida las ocho cuadras de distancia entre ambos cines, estaba de vuelta y parecía que mi sospecha era cierta porque no había rejas: se podía pasar a la antesala, e incluso ahí ya se encontraba, casi recostado sobre una silla, el guardián de la puerta de la sala: un hombre obeso y definitivamente mucho menor que el viejo aquel, quien de seguro ya debería de estar muerto. Pero la boletería estaba cerrada. Le iba a preguntar a ese hombre al respecto pero él se me adelantó. Me dijo: “ya viene el boletero. La función empieza en quince minutos”. ¿Espero o regreso al cine Brasil? Me puse a pensar en ello cuando, a los segundos, el hombre obeso me volvió a hablar: “la entrada está cuatro soles…”, hizo una pausa, vio a su alrededor, se inclinó hacia mí y, bajando un poco la voz, siguió: “… pero si me das dos soles ahora, choche, te dejo entrar de frente”. No supe qué decirle. Él continuó: “el boletero es el dueño. Ahorita viene. Cuando venga le digo que eres mi sobrino, y normal, pasas”. Le pregunté desconfiado por qué quería ayudarme y me respondió: “lo que pasa es que el dueño es un hijo de puta: no me da ni para el pasaje”. Me convenció su respuesta, en especial por la manera tan rencorosa de decirla. Le di los dos soles. Al minuto llegó el “hijo de puta” que resultó ser el mismo boletero de hacía tres años. El hombre obeso le dijo lo planeado, y el dueño, siempre aburrido, siempre apático, asintió. Finalmente… pensé, mientras el hombre obeso me abría la puerta, finalmente… y ahí quedaron mis pensamientos, porque al entrar sentí, como un golpe en la cara, un olor mezcla de humedad, guardado y no sé qué más. Escuché la puerta cerrarse detrás de mí y empecé a avanzar lentamente observando todo a mi alrededor. La parte baja estaba dividida en tres bloques de butacas separados por dos pasadizos. El bloque central tenia filas como para diez personas, los laterales sólo filas de cuatro; en total, unas doscientas butacas más o menos, sin contar las de la parte alta (¿cómo se llegaba a la parte alta?). Yo bajaba por el pasadizo de la izquierda. Tenía muy presente la recomendación de Leonardo luego de su “traumática” experiencia: nunca sentarse al fondo; adelante y cerca de uno de los pasadizos era lo más seguro. Así que me senté en la tercera fila del bloque central, al lado del pasadizo izquierdo. Continué observando: la pintura descascarándose por todas partes, el techo (muy alto) en ruinas, manchones de humedad en las paredes, la parte metálica de las butacas completamente oxidadas (y las partes acolchonadas rotas, con la espuma saliéndose), la pantalla llena de huecos, el piso sucio... era  deprimente: cómo un sitio así seguía operativo, me pregunté, cuando daba la sensación de que en cualquier momento podía venirse abajo. Ahí me habían llevado de niño a ver “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” y lo que recordaba era un cine majestuoso, que con sólo verlo desde fuera infundía respeto con su forma de templo. Recordaba su marquesina resplandeciendo en la noche y el título completo encima; recordaba los posters de la película en las vitrinas de la antesala y otros afiches por ahí… ahora qué quedaba: en la antesala ya ni vidrios había en la vitrinas, la fachada era más gris que verde (el color original), los focos de la marquesina no funcionaban, y ya ni alcanzaban las letras para el título; actualmente decía: “C NE PARA ADULT S”. (Por fuera, su mellizo, el cine Brasil, lucía igual, y de seguro por dentro era lo mismo.) Claro, tal vez mis recuerdos eran exagerados pero observando con cuidado uno detectaba cierto lujo a través de toda esa decadencia. Pero a pesar de toda esa decadencia decidí no marcharme. Entonces se apagaron las luces y empezó la película. Era una porno italiana sin subtítulos. Me causó gracia darme cuenta de esto porque quién reclamaría; a nadie le importa seguir los diálogos en una porno. Era una especie de adaptación de Tarzán pero a los quince minutos comprendí que lamentablemente no aparecería Chita. Poco a poco me fui olvidando del estado de la sala y de su mal olor, lo que al comienzo pensé iba a ser imposible y que por ello no podría excitarme; pero, para qué, Tarzán y Jane hacían bien su trabajo: por momentos lograban ponérmela realmente dura. Y cuando no, era porque me ponía a pensar en lo divertido que sería ver a un chimpancé saltando por ahí o apareciendo en los momentos más inoportunos. También me distraía a veces el idioma en sí: como jugando, trataba de reconocer y traducir algunas palabras o frases de los diálogos. Como sea, mis ojos estuvieron sobre la pantalla casi todo el tiempo; sólo desviaba mi mirada de rato a rato para ver, por seguridad, a mi alrededor: a lo mucho llegué a contar a unos diez hombres esparcidos en la sala (¿habría gente en la parte de arriba?) pero nadie cerca de mí. Así pasó poco más de una hora hasta que la porno italiana acabó. Creo que sus créditos no duraron ni diez segundos porque los cortaron rápido para poner otra película, ahora en inglés y subtitulada. Con una tenía suficiente así que tomé la decisión, ahora sí, de marcharme. Es cuando giro para ponerme de pie que veo a un hombre sentado en la primera fila del bloque izquierdo y a una cabeza (de otro hombre, lo más probable) moviéndose rápidamente de arriba hacia abajo y viceversa a la altura de la barriga del anterior. No había duda: era un tipo mamándosela a otro. Prácticamente corrí hasta la puerta de la sala. Hice girar la manija, empujé la puerta: nada. Lo intenté dos o tres veces más, pero lo mismo, no cedía. ¿Y el guardián? Pensé nervioso cuando de pronto siento a alguien a mi costado. Era un hombre. El hombre sujetó la manija y yo me quedé paralizado. La hizo girar y abrió la puerta diciéndome: “hay que jalar hacia adentro”. “Gracias” le dije sintiendo un gran alivio pero entonces me dijo: “¿por veinte lucas no me la quieres jalar un ratito, chibolo?”. Ahora sí salí corriendo de verdad. A la carrera vi que la silla de mi supuesto tío estaba vacía y que el boletero, dueño hijo de puta, seguía detrás de la ventanilla. A las tres cuadras  me detuve en una esquina de la avenida Brasil. Me puse a revisar que no se me hubiera caído nada, en especial la billetera. La sentí en uno de los bolsillos de mi pantalón. Y me acordé de él. Saqué la billetera, la abrí, y al verlo ahí fue como si recién descubriera su existencia: mi DNI, aún sin estrenar.

***

domingo, 13 de octubre de 2013

Cubana

Su piel era blanca como una hoja de papel. Su cabello era negro, lacio y largo. Y sus ojos, verdes. Pero qué importaba todo eso, se decía Antonia así misma, cuando alguien al verla, por primera vez, lo primero que notaría sería su estatura y su peso: aproximadamente, “al ojo”, un metro sesenta y noventa kilos respectivamente. En especial los chicos; quienes, pensaba, en el mejor de los casos simplemente se apartarían de ella, porque a qué chico le gustaría andar con una chica así; y en el peor se burlarían, lo que pasaba seguido, creía, porque siempre que se percataba que había cerca un chico riéndose, Antonia estaba segura de que aquel se estaba riendo de ella.
Pero hubo uno que no se apartó y que no se burló; todo lo contrario: quiso conocerla, empezar a salir con ella y conocerla más. Y lo hizo, con excelentes resultados para los dos. Antonia, quien a sus 23 años había perdido toda esperanza de tener enamorado alguna vez, ahora tenía uno: un hombre de 30 años, coincidentemente de ascendencia polaca como ella, de metro ochenta, rubio y delgado. Fueron completamente felices los seis primeros meses, incluso ella perdió su virginidad con él en ese tiempo. Pero luego, un día, Antonia recibió y leyó un mail anónimo que le advertía que su enamorado la estaba engañando con otra. Antonia no supo qué hacer en ese momento, así que se puso a pensarlo bien. Con los minutos, el impacto inicial se le fue pasando a la vez que se fue convenciendo de algo, de que, sin importar cómo, quería seguir siendo feliz. Finalmente decidió ignorar, ahora y a futuro (y en efecto, le llegarían más mails parecidos en el futuro), todo lo que tenga que ver con ese asunto. Hasta que él mismo se lo confesó, por voluntad propia y al mes de haber cumplido un año juntos: estaba saliendo en paralelo con otra chica. Con ese anuncio él rompió con ella, pero, como si Antonia no hubiera escuchado suficiente, él le aclaró que aún la deseaba mucho y le propuso seguir “viéndose” de vez en cuando. Empezaron a discutir: ella, indignada, a increparle su descaro, y él a repetirle que debería pensarlo al menos; pero al poco rato ella no soportaría más esa discusión y se marcharía abruptamente, sin despedirse. En los días siguientes Antonia lo odió tanto que no tuvo tiempo de sentirse triste ni de llorar… Pero se odió mucho más así misma cuando, a la semana del rompimiento, le escribió a su teléfono “Está bien. Tú ganas. ¿Ahora qué?”. Así empezaron a verse en secreto sólo para tener sexo y nada más que eso, y seguirían haciéndolo por ocho meses más; entonces él, sin previo aviso o razón aparente alguna, simplemente dejó de comunicarse con ella y desapareció de su vida.
Poco después, Antonia, sintiendo un gran rencor por los hombres, empezó a entrar a chats con el único afán de molestar a los hombres de la sala: los insultaba, les expresaba su desprecio, les buscaba “pelea” y sí que las conseguía. Fue así como la conocí. Apenas entré un día a una sala de chat, una chica me dice “hola”, le digo “hola” también, y de inmediato me empieza a insultar. No respondí a sus ataques no por buena gente sino por falta de rapidez mental. Sólo atiné a tratar de averiguar cuál era su problema (que en ese momento creía era sólo conmigo), y no sé si fue por mis palabras o por mi actitud, pero ella se fue calmando y nuestra conversación tornándose más normal. Aquella vez conversamos como dos horas y al terminar yo ya sabía sobre ella cosas como que tenía 25 años, que era graduada universitaria con honores, y que tenía un trabajo de oficina que me dijo era como el de una secretaria pero más importante. Luego me contaría que trabajaba rodeada de puros hombres, unos quince más o menos, mientras que, aparte de ella, sólo había tres chicas. Curiosamente era una de ellas, aunque en general no se llevaba ni bien ni mal con sus compañeros de trabajo, la que peor le caía de todos, por ser una coqueta y vanidosa con “pinta de vedette”.
Y la primera vez que Antonia me escribiera sobre suicidarse sería justamente por esa chica.
Desde que empezamos a chatear, Antonia, siempre que me escribía sobre los hombres, lo hacía expresándose furiosamente mal de ellos; hasta que un día apareció la excepción a toda esa furia: el chico nuevo del banco al que ella iba seguido por cuestiones de trabajo: un chico alto, atlético, de piel rosada, ojos y cabello negros, con corte militar. De él me diría cosas como que era muy lindo, que estaba muy bueno, que se lo comería con todo y zapatos (aclarándome esto último, entre jajajas, que no lo decía literalmente), pero también me diría varias veces que era imposible que un chico así de guapo se fijara en alguien como ella. El chico trabajaba en ventanilla. Era amable atendiendo a las personas pero no hablaba más de lo necesario, por eso Antonia creyó que se trataba de un chico tímido. Lo que no era cierto: un día, de regreso del banco, la chica coqueta con pinta de vedette le contó emocionada a todo el mundo en la oficina que había sido atendida en ventanilla por un chico que no sólo era guapísimo sino también hablador y coqueto, y que habían quedado en salir el fin de semana. Lo describió físicamente y de inmediato Antonia confirmó su temor: era el chico nuevo. En la noche, cuando me lo contó, estaba terriblemente mal, me dijo que ya no aguantaba más este mundo, y que se iba a matar. ¿Hablaba en serio o lo decía por decir? Como sea, muy nervioso, traté de tranquilizarla lo más posible y afortunadamente lo conseguí. Pero vendrían más amenazas de suicidios (por varias razones) en los días y semanas siguientes, tantas que ella amenazando y yo haciendo que desista terminó convirtiéndose en rutina. Ya no me asustaba cuando ella empezaba con lo suyo porque sabía que en menos de cinco minutos, repitiéndole más o menos lo mismo de siempre, ella cambiaría de opinión. Pero un sábado parecía que absolutamente nada de lo que yo le dijera la haría desistir. Estaba muy deprimida porque los sábados paraba en casa aburrida: nadie la invitaba a salir; tenía pocos amigos, ninguno hombre, y todas sus amigas mujeres tenían enamorado. Finalmente sólo pude calmarla invitándola a tomar un café. Dos horas después nos encontramos en el parque Kennedy, en Miraflores.
Sólo había visto una foto de ella donde salía muy seria y con una mirada que realmente daba miedo. En el parque, en efecto, era la misma chica de la foto; ninguna sorpresa hasta ahí, salvo por una: llegó con una sonrisa angelical de oreja a oreja. ¿Era la misma chica depresiva y furiosa con la que había venido hablando en los últimos dos meses? Y dudé más cuando empezamos a conversar, por lo alegre de su forma de ser. Pero conforme la conversación avanzaba, la Antonia que conocía del chat poco a poco fue apareciendo, aunque con cambios de ánimo repentinos. En un momento, muy frustrada, me habló sobre que los chicos le huían.
-Pero llegaste a tener un enamorado.- le dije -Alguien que estuvo detrás de ti.
-Bah- me dijo Antonia –eso fue por puro fetichismo, nada más.
¿Qué quieres decir?- pregunté.
-Esto: mis tetas- Y sacó pecho como quien dice “mira”. Era invierno, estaba con una chompa encima pero aun así se podía notar que tenía unos senos muy grandes.
-¿O sea sólo le gustabas por tus senos?- dije –Imposible: ¿un hombre al que le gusten las tetas grandes? No puede ser- dije irónico.
-Ya, ya, no te burles.- dijo ella –Lo que quiero decir es que a él le gustaban más de lo normal. Cuando teníamos sexo me penetraba un rato nomás; el resto del tiempo lo único que quería era hacer rusas.
Yo sabía lo que era una “rusa” pero, por puro morbo, me hice el desentendido y le pedí que me lo explicara. Ella se negó al inicio pero luego de mucho insistirle finalmente perdió la paciencia:
-O sea que él ponía su pene entre mis tetas y se masturbaba entre ellas, ¿entiendes?- dijo y me vio con la mirada asesina de la foto.  Asustado, dije sin pensar:
-Cubana.
-¿Qué?- dijo Antonia.
-También se le dice “cubana” a esa pose.
Se quedó callada. Hizo un gesto como quien dice “¿y qué importa ahora cómo se llame esa pose?”, le dio un sorbo a su café y dijo:
-Para colmo el desgraciado la tenía chiquita- y empezó a carcajearse feliz. Me reí con ella sólo porque ella lo hacía.
Al rato Antonia sacó su celular.
-Ay- se quejó –un mensaje de ese chico otra vez.
-¿Cuál chico?- pregunté.
-Uno del trabajo. Uno que está loquito por mí desde hace tiempo- dijo.
-¡Espera!- le dije extraordinariamente sorprendido –¿No dejas de quejarte de que no le gustas a ningún hombre y de pronto me dices que desde hace tiempo hay un chico que se muere por ti? ¿Y de quien nunca me habías contado nada antes?
-Ah, bueno, disculpa, es que este chico no cuenta, pues- me dijo.
-¿Por qué?- le pregunté.
-Porque sólo es un serrano de mierda- dijo Antonia.

***

La última noche de ese año 2009, Antonia entró a salas de chats de España y de Inglaterra no con ánimo belicoso, sino para probar una teoría que se le había ocurrido mientras pensaba en sus propósitos para el año siguiente. Luego de congeniar con algunos españoles e ingleses, comprobó que su teoría era cierta: su problema no eran los hombres en general, sino el hombre peruano en particular. Tal vez los latinoamericanos lo serían también, por eso no se arriesgó y decidió que de ahora en adelante sólo se concentraría en europeos. Y le iría tan bien que, aparte de hacer nuevos amigos, conocería a un español caucásico y canoso de casi 50 años de quien se enamoraría, y por suerte para Antonia, él también de ella. No tardaron en conversar sobre planes a futuro y decidieron que para mediados del 2010 Antonia viajaría a España a vivir con él. Faltaban cuatro meses para ello y Antonia se propuso bajar de peso. Se metió al gimnasio, empezó una dieta, fue muy disciplinada en ambas cosas y una semana antes del viaje ya pesaba 15 kilos menos. Fui testigo de ese cambio paulatino sólo por las fotos que ella me mostraba por el chat de vez en cuando, porque en persona ya no nos volvimos a ver desde esa vez en Miraflores. Y luego de que Antonia viajara a España, feliz, a iniciar una nueva vida a lado de su “Viejito”,… bueno, sí: esta historia es de esas que terminan con una frase del tipo “… nunca más volví a saber de ella”.

***

NOTA:
Para más información, un link de wikipedia.
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