martes, 18 de septiembre de 2012

Con otros ojos

Habían cumplido 13, 14, 15 años, así que era lógico que aquel verano los chiquillos y chiquillas del barrio empezaran a verse con otros ojos. Ellas eran cuatro amigas vecinas de una misma cuadra; ellos, incontables, no eran un grupo así de compacto: estaban los de la calle Larco Herrera, los de Valdizán, los de Unanue y, a partir de esa estación, otros provenientes de calles un poco más alejadas.
Jenny, la más bajita de las chicas, era la más bonita y por ello la preferida de los muchachos. Pero ella nunca se lo tomó en serio; en cambio, aprovechaba esa preferencia para hacer sufrir de vez en cuando a algún pretendiente y de paso hacer reír a sus amigas. Las entretuvo igual cuando empezó a ceder a las pretensiones de Piero contándoles todos los pormenores de lo que finalmente sería su primer enamoramiento, el que duraría hasta el final de esas vacaciones.
Como si nada hubiera pasado entre ellos dos, se olvidarían el uno del otro en el transcurso del año escolar; Piero, quien no era del barrio, ni siquiera volvería a asomarse por ahí. Ella tampoco lo haría, al igual que el resto de chicas y chicas ocupados todos con deberes escolares.
Hasta que de nuevo llegó el verano y las vacaciones, y las calles del barrio volvieron a la vida. Piero también regresó y el día que lo hizo fue directamente donde Jenny. Al comienzo ella no supo cómo actuar pero la familiaridad con que él la trató la hizo recuperar rápidamente la misma confianza de hacía un año. Se sintió halagada porque era evidente que Piero no quería separarse de ella y que poco a poco la iba apartando del resto. Con cierta vanidad, segura de las intenciones de Piero, Jenny se preguntaba si debía o no ponérsela fácil. Decidió que sí: lo encontraba más simpático que el verano pasado y creyendo que ahora eran los dos más “maduros” para una “relación” más seria (consideraba que la del año anterior había sido sólo un juego) pensó que sería una buena idea asegurarse de una vez un enamorado para todo el verano, o al menos hasta el 14 de febrero.
-¿Te puedo preguntar algo, Jenny?- dijo él cuando al fin estuvieron solos.
-Claro, Piero, dime- dijo ella mirando a su alrededor, juzgando si ese era un buen sitio para besarse.
-Melisa… ¿tiene enamorado?
-¿Melisa?- dijo Jenny sorprendida, y pensó “¿pero qué tiene que ver Melisa con nosotros?”. Entonces notó que la mirada de Piero se desviaba hacia algún sitio. Ese sitio era la esquina donde Melisa y las otras chicas conversaban.
-Vaya… Sí que ha cambiado Melisa en todo este tiempo- dijo él.
Jenny vio a su amiga, pero más que verla, esta vez la observó con real atención y de pies a cabeza. Viéndola sin el uniforme escolar y con ropas de verano se dio cuenta de su desarrollo: Melisa, la (relativamente) menos agraciada del cuarteto de chicas no sólo se había convertido en la más alta sino también en la más voluptuosa.
Jenny sintió una mezcla de vergüenza y enojo.
-Me tengo que ir- le dijo a Piero y empezó a andar rápido hacia su casa, aguantando lo más que podía sus ganas de correr. Sus amigas al verla la siguieron pero Jenny las apartó diciéndoles que se sentía un poco mal pero que no era algo serio y que no se preocuparan por ella, y ellas le hicieron caso. Cuando llegó a su casa fue directamente a su cuarto a verse en el espejo. Frente a él comprobó que su cuerpo seguía siendo el de una niña.
*

No había crecido, su pecho seguía plano y sus caderas aún no cobraban forma, y todo esto se notaba más al compararla con las otras chicas. Su rostro, su principal atractivo físico, ya no les importaba más a los chicos, ahora sólo tenían ojos para las curvas de sus amigas, en especial para los senos de Melisa.
Melisa… Los chicos la habían convertido en su nueva reina: no dejaban de mencionarla o preguntar por ella. La destronada no lo soportó. En secreto con las otras chicas, Jenny las convenció de que Melisa se había vuelto una creída, que los humos, o mejor dicho las tetas, se le habían subido a la cabeza.
Eso no era cierto. Melisa se tomó con calma, hasta con cierto recelo, el interés repentino que tenían los chicos en ella. O al menos así fue al comienzo: si con el paso del tiempo empezó a juntarse más con ellos fue por la frialdad creciente que sentía de parte de sus amigas. Al confrontarlas supo que Jenny era la culpable, y eso, viniendo de con quien se suponía eran mejores amigas, le dolió y mucho. Tanto que ese dolor rápidamente se convirtió en deseo de revancha, y sabía dónde “golpear” a Jenny. Así fue como empezó a tratar a Piero con especial cariño cuando Jenny estaba cerca, y por la cara de la más pequeña de las chicas era obvio que Melisa estaba teniendo éxito con su plan de provocarle celos. De  provocarle celos  y nada más, porque ni Piero ni ningún otro chico le gustaba.
Una tarde estaban todos en el parque, en la zona de los columpios. Los tres que había estaban ocupados sólo por chicas, con Melisa y Jenny a los extremos. Los chicos como de costumbre estaban alrededor atentos, con las esperanza de poder ver debajo de sus faldas. Ellas parecían estar columpiándose normalmente pero pronto fue evidente que, sin habérselo propuesto, Melisa y Jenny competían por quien ascendía más. Jenny, especialmente frustrada, estaba decidida a que al menos en eso Melisa no le iba a ganar, y rápidamente la fue superando. Melisa desistió. Las alturas que alcanzaba Jenny empezaban a ser cada vez más peligrosas.
-Jenny, ya está bien, ya es suficiente- exclamó Melisa, palabras que a Jenny, junto con el aliento de los chicos, la alentaban a ir llegar alto.
Entonces Jenny perdió el balance: su cuerpo se desplazó del asiento y, apenas sujetada de unas de las cadenas del columpió, el movimiento de vuelta la llevó directamente hacia el suelo en un viaje sin retorno. Su cuerpo barrió la tierra.
Jenny escuchó risas. Tenía los ojos bien cerrados y no los abrió hasta estar segura de no estar sintiendo algún dolor extremo síntoma de una lesión grave. Lo primero que vio fue el rostro preocupado de Melisa.
- Jenny… Jenny…
-Estoy bien…- respondió aturdida y Melisa la ayudó a ponerse de pie, y haciendo que se apoye en ella, la acompañó a su casa,  con las otras chicas yendo detrás. Los chicos no sabiendo qué hacer se quedaron en sus sitios riendo nerviosamente.
*

Melisa estaba en su sala sentada en un sillón cerca al teléfono, inquieta. Más temprano esa mañana había ido a visitar a Jenny. La mamá de su amiga le dijo que aún estaba dormida pero que le llamaría apenas estuviera despierta, y le informó que sólo había sufrido raspones. Entonces sonó el teléfono, Melisa respondió y unos minutos después estaba frente a la puerta de la habitación de su amiga. Antes de tocar dudó unos segundos sobre qué iba a decir primero.
-Sé que estás ahí. Entra. La puerta está abierta- escuchó de pronto desde el otro lado.
Melisa abrió la puerta y se quedó ahí. Se conmovió al ver a su amiga con un par de curitas en el rostro y en los brazos, y con una sonrisa amistosa que hacía tiempo no le veía.
-Creo que tenemos que hablar- dijo Jenny.
Melisa, más tranquila, asintió y entró dejando detrás de ella la puerta cerrada.


***

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El por qué ese personaje de “Watchmen” se llama “Rorschach”


Un ejercicio de mal gusto
Lo que están viendo, para quienes no hayan visto ese episodio de South Park, es un HumancentiPad: tres personas unidas quirúrgicamente por el tracto digestivo, con un teclado (dispositivo de entrada) al inicio de la “cadena” y una pantalla (dispositivo de salida) al final. Se trata de la próxima evolución del iPad que según Steve Jobs (obviamente es un episodio de cuando aún vivía) no sólo les permitirá a los usuarios compartir sus mensajes, imágenes, videos… sino también su propia mierda, literalmente. 
Al finalizar el episodio, y todavía riéndome, me pregunté cómo demonios se les había podido ocurrir a los guionistas de la serie una idea así. Pensé que el origen de todo debió ser el término “human centipede”, o sea, “ciempiés humano”. Ahora ¿cómo es que relacionaron esas dos palabras aparentemente no relacionables en primer lugar? Imposible que se tratara de una asociación gratuita. Es cierto, South Park es una serie absurda pero en el fondo todo lo que sucede en ella tiene una justificación o es referencia a algo. Con esa sospecha puse “human centipe” en Google, y voilà, primer resultado: un link de Wikipedia sobre la película “The Human Centipede (First Sequence)”.
La trama: un científico loco quiere tener como mascota un ciempiés humano, y para ello captura a dos chicas y un chico a quienes convierte en más o menos lo mismo que se ve en South Park. Es una película de terror de culto que tiene segunda parte (mucho más chocante que la primera) y una tercera actualmente en producción que, según su director y creador, va a dejar a las anteriores como cuentos de hadas en comparación.
No las he visto ni pienso hacerlo, al igual que el resto de películas así de perturbadoras que he encontrado en internet y que busqué de curioso luego de enterarme de la existencia de la saga del ciempiés. “Disturbing movies” fueron las palabras que usé como criterio de búsqueda que me dio como resultado varios “top ten”. Leyendo las descripciones de muchas de las películas listadas (o incluso sólo viendo sus posters) a uno se le pone los pelos de punta. Predomina lo grotesco, crudo y explícitamente violento, como “Men behind the sun” (segunda guerra mundial, científicos japoneses hacen experimentos con prisioneros chinos) o “Saló o los 120 días de Sodoma” (una cúpula de poderosos humilla y tortura a un grupo de esclavos); pero también está lo experimental al extremo y sin una sola gota de sangre, como “Eraserhead”.   
De las pocas películas que he visto en mi vida que me hayan hecho exclamar  “¿qué carajos estoy viendo?” definitivamente la más memorable es la comedia de inicio de los 70 “Pink Flamingos”, que su mismo creador calificó (y promocionó) como “un ejercicio de mal gusto”; descripción precisa especialmente por su escena final, la histórica ya escena final, que puede dejar traumado a muchos.
Y esa fue la más memorable pero no la más rara, en este post sobre películas raras supuestamente pero que no sé cómo va a terminar.

Manchas de tinta
SilentHill” es una saga de videojuegos de terror con un soundtrack excelente, y una muestra de ello es la canción instrumental “A Stray Child”. Un día quise ver que pudieron haber hecho con esa canción usuarios de YouTube, y lo primero que encontré, fue pues…
Es un video en blanco en negro. Play. Empieza la música. De arranque un hombre sentado, enmascarado, vendado, convulsionando y vomitando sangre (o al menos eso creo que es). Luego un pradera, un cielo, un hombre desnudo sobre la tierra convulsionando también… hay que ver el video. Las imágenes (que son reales en el sentido que no han sido generadas por una computadora) no son del juego: proceden, de acuerdo a la descripción, de una película llamada “Begotten”. Vi ese video un par de veces más antes de meterme de lleno a hacer averiguaciones. En todo momento trataba de entender qué era lo que estaba viendo: ¿era un manicomio?, ¿un campo de concentración?, ¿por qué sufrían esas personas?, ¿estaban siendo torturadas? Me aterraban esas suposiciones porque, aunque se tratara de una película, me hacían recordar de lo que se sabe es capaz la naturaleza humana. Eso, que es algo real, sí que puede ser perturbador, no lo sobrenatural, ni muchos menos lo metafórico. O sea que no hay que temerle a “Begotten” porque finalmente no es más que una larga metáfora sobre el origen del mundo y de la vida. ¿Esas personas sufriendo? No son “personas”, son “dioses” muriendo, naciendo, transformándose... Otra vez: lo metafórico no da miedo. La película (que se puede ver completa en YouTube) dura poco más de una hora; no tiene diálogos ni música, sólo unos cuantos efectos de sonido. Su autor la define como un test de Rorschach (ese test en el que se le muestra a una persona unas manchas de tinta y se le pregunte qué ve) y en muchas partes sí que lo es, como en esa escena en la que después de varios minutos comprendí que lo que estaba viendo era una vagina. Es un poco difícil reconocer una cuando está en primer plano, en blanco y negro, y con mucho vello púbico (no había visto tanto desde la última porno de los 70 que pasó por mis ojos) lo que tiene sentido porque el personaje de esa mujer es el de la “Madre Tierra”, o sea que bien al natural.
Tal vez alguien con mucha más sensibilidad artística que yo disfrute “Beggoten” (la película más rara y aburrida que he visto en mi vida) y no se quede dormido a la mitad como me pasó a mí.
Y en una nota aparte que poco o nada tiene que ver con este post, ya que mencioné lo del test de manchas de tinta, ahora entiendo que es por su máscara el por qué ese personaje de “Watchmen” se llama “Rorschach”.

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Pink Flamingos, trailer


A Stray Child, música de Silent Hill 3 
con imágenes de Begotten

martes, 28 de agosto de 2012

Claxon

Con la prima hasta que gima dice el dicho, es cierto, pero eso ya era ridículo, pensaba César viendo a Mariana y al primo de ella abrazándose así, tan cariñosos delante de él y en plena vía pública, en la entrada de la facultad. Se suponía que tenía que ser algo privado, en secreto, porque es así como realmente se disfruta lo prohibido de una relación más o menos incestuosa, si no cuál era la gracia. Sólo les faltaba darse un beso que confirmara lo que para César era más que evidente. ¿Pero era necesaria esa prueba después de que el primo le acabara de regalar a la prima nada menos que un oso de peluche de más de un metro de alto? ¿Qué clase de primo hace eso por una prima? A menos que el parentesco no existiera y eso de “primos” fuera puro cuento. ¿Puro cuento? Viéndolos uno diría que eran hermanos incluso: tenían la misma piel blanca lechosa, el mismo cabello castaño y los mismos ojos claros, además del mismo acento de la costa norte que delataba la misma procedencia de ambos. Pero finalmente qué importaba: con o sin lazo consanguíneo el primo había cagado a César bien, pero bien cagado con ese oso de peluche del tamaño de una persona, tan grande que Mariana tuvo que desocupar sus dos manos para poder abrazar y darle las gracias a su pariente. “Amigo, sostenme esto un ratito” le dijo ella a César pasándole no sólo el peluchón ese sino también el peluchito que él le acababa de regalar por su cumpleaños. Qué mal le estaban saliendo las cosas a César, empezando por el claxon que lo interrumpió tan violentamente a mitad de “para ti, amiga (dándole el peluche)… sólo quería decirte feliz cumple…”, para luego oír:
-¡Prima!- gritó el conductor de un auto recién estacionado. Mariana giró.
-¡Primo!- gritó ella emocionada y sorprendida.
Entonces bajó el primo de su auto y del asiento de atrás sacó lo que César, aturdido por el claxon y la interrupción, pensó en un primer momento que era un pasajero pero resultó ser el maldito obsequio, diez veces más grandes que el suyo. Ya que le importó aprenderse el nombre del primo o a dónde éste llevaría a Mariana en su auto minutos después.
*

Sus informantes le habían dicho a César que Mariana no tenía enamorado ni nadie que le moviera el piso, además de detallarle sus horarios de clases, de entradas y de salidas. Por eso César había calculado que el mejor momento para abordarla en ese día, el día de su cumpleaños, era en la tarde en el frontis de la facultad. Lo del primo, pues, nadie, ni ella misma se lo esperaba. Ya era de noche y ya en su habitación César se conectó al Messenger listo a responder las preguntas de nosotros sus amigos quienes le lanzamos la misma primera pregunta: “¿has visto el hi5 de Mariana?”. Sospechó César que la humillación aún no había acabado, y sospechó bien. Mariana había agregado fotos relacionadas con su cumpleaños, y en una de ellas aparecían todos sus regalos: al centro, opacando al resto, el peluche gigante del primo; y entre las piernas de éste, el peluche enano de César. No se podía mentir sobre quién había regalado qué porque en la descripción de la foto Mariana agradecía a quien le había dado tal o cual obsequio. Por Messenger empezaron las burlas.
-Si pues, me cagaron- respondía César resignado y pensando “con amigos así…”.
Luego encendió su celular y por fin algo bueno: “Gracias por el regalo, César. Te quiero mucho”. Era un mensaje de Mariana. Feliz, César escribió de inmediato:
“De nada, Mari. Te gusto?”
Y sin revisar se lo envió.
“…Te gusto?”, tal cual escribió César su pregunta refiriéndose al peluche regalado como quien dice “¿te gustó mi regalo?”. Pero César hizo una omisión tan involuntaria como fatal: la tilde en la “o”, signo de puntuación que en este caso le cambiaba completamente el sentido a la pregunta, y es que Mariana (quien tampoco era muy lista) lo que leyó lo interpretó como “¿yo te gusto?”, y por eso minutos después César recibía como respuesta la más cariñosa de las choteadas donde sobresalía la frase: “me gustas, César, pero como amigo”. Parecía una respuesta fuera de lugar pero rápidamente César entendió lo que había pasado y el asunto de la tilde. Para él fue un baldazo de agua fría porque de arranque su plan para enamorar (o gustarle) a Mariana, cuyo primer paso justamente era el regalo de cumpleaños, se iba a la mierda. Y por esa noche, al menos, los mensajes e ilusiones quedaron ahí.
***

[Aviso: estoy empezando a experimentar con twitter, asi que el que tenga twitter y desee un seguidor más, normal, páseme la voz para seguirlo]

martes, 21 de agosto de 2012

El caso de James Earl Jones

Mesitas, sillas pequeñas, juguetes por ahí, dibujos pegados en las paredes, y, a un lado, sentado en una silla de tamaño normal, un chico de más de 25 años. Soy yo en lo que parece ser el aula de un nido pero que en realidad es una sala de espera; prueba de ello es que al frente de mí, cruzando el área de las mesitas, está la recepción donde dos señoras recepcionistas conversan sin mucho más que hacer en ese momento. El ambiente hace que me pregunte si es que acaso los problemas del habla son exclusividad de los niños. Y es la segunda vez que me hago la misma pregunta. La primera fue semanas antes, en el trabajo sentado frente a mi computadora, luego de escuchar por mis audífonos la llamada de una mamá al programa de radio del doctor Fernando Maestre (en RPP) y la respuesta de éste. Ella contó que su niño no hablaba bien y el doctor le recomendó, y de paso a todos los padres cuyos niños tuvieran el mismo problema, ir a un determinado centro. Y pasó a la siguiente llamada que derivó en un tema distinto. Quise llamarle y decirle que hay adultos que también tenemos problemas al hablar y que yo era prueba de ello. No lo hice. En vez de eso busqué información en internet del centró que había mencionado: CPAL (Centro Peruano de Audición, Lenguaje y Aprendizaje) y me alivió saber que trataban con niños, jóvenes y adultos. Minutos después de haber leído más estaba ya redactando un mail dirigido a mis jefes solicitándoles que mis vacaciones empezaran lo más pronto posible. Afortunadamente mi solicitud procedió sin problemas y ahora estoy aquí, en mi primer día de vacaciones, en CPAL, en donde es obvio que la mayoría de pacientes son mucho, pero mucho menores que yo.
Es casi el mediodía y estoy solo en la sala de espera. La puerta de una oficina se abre, salen una mamá, su niño, y otra señora que muy amablemente me invita a pasar. Va a empezar mi “entrevista”: esa fue la palabra que utilizó la recepcionista al explicarme que como es mi primera vez en CPAL, antes de cualquier tratamiento o cita propiamente dicha, tengo que pasar primero por una entrevista. Al escuchar su explicación me dieron ganas decirle en broma “a diferencia de una entrevista de trabajo acá si podré tartamudear con confianza”, y ya estoy por abrir la boca y soltar esa frase pero me doy cuenta que es una frase larga y sé muy bien que mientras más palabras tenga que decir más me voy a trabar y que en consecuencia no se me va a entender ni un carajo. Ya me imaginaba a la recepcionista confundida (cuando mi intención era causarle gracia) preguntándome “¿qué?”. Al final, como en otras tantísimas veces, me metí la lengua al culo, y chitón boca me senté a esperar mi turno.
Hablando más lentamente que lo normal le cuento a la entrevistadora que soy medio tartamudo y que no, no es algo reciente sino algo de toda la vida. Supongo que si de niño no me llevaron a ningún tratamiento fue porque nadie se había percatado del problema, y es que era un niño que hablaba muy poco. O habrán pensando que sólo era mala dicción y que con el tiempo pasaría; pero eso no sucedió. Peor aún nos olvidamos todos de ese asunto cuando inconscientemente aprendí a hablar usando frases cortas y gesticulando mucho con las manos; y en general no hablando más de lo necesario. Así pasé piola en mi niñez, adolescencia y primeros años de juventud, pero ya no más desde que empecé a trabajar, desde hace un año. Constantes problemas de comunicación con compañeros de trabajo me hicieron comprender que lo mío no era un simple problema de mala dicción. 
Entonces me explica la entrevistadora que, uno, la tartamudez no es curable, sólo controlable; dos, es mucho más fácil aplicar ese control cuando se es niño.
-Por eso este sitio parece un nido- le digo sonriendo tratando de ocultar mi decepción.
-Sí, por eso: más atendemos a niños- me dice ella siempre amable mientras abre un cuaderno.
Lo revisa atentamente, me propone fechas para mi primera cita, en la que se me harán algunos exámenes, y luego de ponernos de acuerdo finaliza la entrevista.
*
La terapeuta, que es una mujer en sus cuarentas, revisa unos papeles que están en un folder y me anuncia que lo mío es una tartamudez moderada. Ese es el diagnóstico de los exámenes que me hizo en la cita anterior que consistieron en grabar mi voz mientras leía un texto y conversaba con ella. Ahora cierra el folder, voltea su laptop hacia mí y empieza a pasar unas diapositivas. Ella me va explicando cosas como que los problemas en el habla son de origen neuronal y que aún los especialistas no lo saben todo al respecto; no saben, por ejemplo, por qué estos problemas se manifiestan mucho más cuando se habla espontáneamente pero muy poco o casi nunca cuando se lee o se canta. Luego de unas estadísticas aparecen las fotos de Bruce Willis y James Earl Jones quienes al parecer fueron también tartamudos (y en este punto me recuerda lo que me había dicho la entrevistadora: no es algo curable, sólo controlable). Me sorprende especialmente el caso de James Earl Jones teniendo en cuenta que es quien hace la voz de Darth Vader, y entonces me distraigo imaginando a Darth Vader diciéndole a Luke Skywalker: “Luke… yo soy tu-tu-tu pa-pa-pa-dre” y a Luke poniendo cara de no haber entendido ni una puta palabra, y me dan ganas de reírme; qué poco amenazador hubiera sido un Darth Vader tartamudo. Pero me aguanto la risa y me concentro de nuevo ahora que la terapeuta habla de medicamentos, y me emociono y me desilusiono al instante porque esas drogas son experimentales y faltan aún muchos años de pruebas para que sean aprobadas y comercializadas. Fin de la presentación.
El siguiente punto son las opciones que tengo que son dos: un caro tratamiento de 3 sesiones semanales por 6 meses (y muy lejos, porque CPAL está muy lejos de mi casa y de mi trabajo); o un libro más un cd que reúnen material de ayuda, a un buen precio.
*
Como escogí la segunda opción puedo hablar sobre ese material. En el cd hay videos de testimonios de personas con problemas del habla muchísimos más serios que el mío; personas realmente ta-ta-ta-ta-ta-tartamudas cuando lo mío es más ta-ta-tarmudez. El libro es una recopilación de recomendaciones donde la principal es ser franco y abierto, no tratar de ocultar el problema y hablar sin vergüenza. En contraposición recomienda evitar ocultarlo o disfrazarlo con el uso de frases cortas, reemplazo de palabras complicadas por otras más simples, uso gestos en vez de palabras… en fin, todo lo que vengo haciendo desde hace mucho y que no pienso dejar porque es mucho menos estresante que ser sincero y me dan más o menos buenos resultados; además ya han pasado un par de años desde esa última visita a CPAL así que supongo que cada vez está más cerca que aquellas medicinas experimentales sean aprobadas y lleguen a todas y cada una de las farmacias del mundo.
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martes, 14 de agosto de 2012

La mañana del 16 de noviembre de 1959 (Artículo)

El asesinato de toda una familia normalmente sería titular en cualquier diario pero el de los Clutter no fue así, al menos no en los más importantes diarios estadounidenses, aun teniendo en cuenta la brutalidad del crimen: los cuatro miembros de esa familia (un agricultor, su esposa, y sus dos hijos) habían sido atados y acribillados en su propia casa aparentemente sin razón alguna. Quizá los grandes medios no le dieron mayor cobertura por no haber ocurrido en una gran ciudad sino en Holcomb, un pueblo del estado de Kansas de alrededor de 2000 habitantes. En “The New York Times”, por ejemplo, la mañana del 16 de noviembre de 1959, aquella noticia apareció reseñada en una pequeña columna en la página 39; reseña que seguramente pasó desapercibida para la gran mayoría de sus lectores.
[La familia Clutter]
Pero no para el escritor Truman Capote, quien no sólo le prestó la debida atención sino que presintió además que tenía ante sí una gran oportunidad. ¿De qué? Creyó primero que de un buen artículo, sobre los efectos de una tragedia de esa magnitud en una comunidad tan reducida, y se lo hizo saber a los editores de “The New Yorker” convenciéndolos que lo enviaran al lugar de los hechos a cubrir la noticia. Pero luego de entrevistar a vecinos y amigos de la familia, a las autoridades e investigadores, y en especial a los dos asesinos (quienes fueron capturados pocas semanas después de sucedido el crimen) entendió que esa gran oportunidad era en realidad la de escribir una gran novela de “no ficción”. Y esa novela sería “A Sangre Fría” (“In Cold Blood”) que, si bien ya era un autor consagrado por obras como “Otras voces, otros ámbitos” y “Desayuno en Tiffany’s”, lo llevaría a la gloria absoluta.
Más de seis años le tomó a Capote culminar la novela, el mismo tiempo que duró la resolución del caso el que siguió de inicio a fin.
[Capote en la casa de los Clutter]
Hay dos películas, curiosamente producidas casi al mismo tiempo, que cuentan esta etapa de su vida: “Capote”, del 2005, e “Infamous” (Infame), del 2006. Con argumentos parecidos y actuaciones parejas en los personajes secundarios, que son más o menos los mismos en ambas producciones, el mayor punto de comparación (para mí que no soy crítico de cine) es la representación de Capote quien es interpretado por Philip Seymour Hoffman en la primera película y por Toby Jones en la segunda. Ambos lo hacen bien imitando los amaneramientos de Capote y su voz tan particular, pero mientras que la actuación Hoffman es más controlada y sobria, Jones en cambio es más extravagante mostrando a un Capote mucho más afeminado. Si bien para los conocedores es la interpretación de Jones la que más se parece al escritor, fue la de Hoffman la que gustó más a los miembros de la Academia otorgándole el Oscar a mejor actor por ese rol. Yo personalmente prefiero “Capote” por su tono más serio aunque reconozco que tiene un ritmo más lento que “Infamous” la que, justamente por la actuación de Jones, puede ser más entretenida o fácil de ver.
[Jones y Hoffman, como Capote]
Cabe recalcar que ninguna de esas películas son biografías completas del escritor, sino que se ciñen al periodo de escritura de “A Sangre Fría”. Como se dice todo tiene un precio e irónicamente el de la gloria que alcanzó Capote por esa novela fue el de lo completamente opuesto: la decadencia. Los largos seis años que le tomó escribirla hicieron mella en su cuerpo y espíritu principalmente por la angustia de no poder terminarla sino hasta después de la sentencia final de los asesinos, la que parecía postergarse indefinidamente. Capote caería entonces en el alcoholismo y la drogadicción, lo que afectaría su producción literaria y finalmente lo llevaría a la muerte en 1984, a un mes de cumplir 60 años. En uno de sus últimos relatos, escrito a modo de autorretrato, escribió de sí mismo:
“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”.
[Marilyn Monroe y Truman Capote]
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Capote, trailer
Infamous, trailer
Truman Capote (a partir de los 53 seg.)

domingo, 29 de julio de 2012

Hay que agacharse doblando las piernas

¿Conoces a Yola? Yola Polastry: es una animadora infantil y fue la número uno de la televisión peruana en los setentas y ochentas. Te lo digo porque desde que se retiró de la televisión (aunque increíblemente sigue haciendo shows a pesar de tener como “cien” años) no falta quien le pregunte de tiempo en tiempo qué opina de las nuevas animadoras infantiles que van apareciendo. Y siempre responde que no le gustan, entre otras cosas, porque según ella muestran mucha piel y eso no es adecuado para los niños. Y lo dice por los shorts chiquitos y trajes muy pegados al cuerpo que usan ahora.  Por eso hay quienes dicen que en las fiestas infantiles actuales, donde se contratan shows, no sólo gozan los niños por los bailes y juegos, sino también los papás “ganándose” con las animadoras y bailarinas. Como igual podrían “ganarse” con ellas cualquier adolescente “jeropa”. Es lo que pasó en mi colegio un día que fueron una animadora y sus bailarinas a hacer un show para los chibolos de la primaria. No sé qué descoordinación hubo pero el asunto es que cuando ellas llegaron ya toda la primaria se había ido y sólo quedábamos nosotros, los de secundaria. Y bueno, estando ya ellas y todo su equipo ahí decidieron hacer el show de todas maneras, creyendo, supongo, que algo de inocencia infantil debería de quedarnos o que por ser un colegio religioso éramos uno santos… falso y recontra falso, porque apenas empezó la música y ellas a bailar nosotros empezamos con los silbidos; ya sabes, el típico silbido que se le hace a una mujer guapa. Porque eran muy guapas todas, en especial la animadora que tendría unos 20 años y que le quedaban muuuy bien el short chiquito, las botas, y el polo ceñido que estaba usando. Imagínate pues a las pobres (que entre ella y las bailarinas eran como 5 en total) en medio de un patio rodeadas por 500 adolescentes arrechos. Ahora, tampoco es que fuéramos unos violadores, sólo queríamos joder un rato (no en el sentido sexual) y reírnos. Y ellas lo comprendieron; dejaron los nervios de lado y empezaron a reírse también con nuestras ocurrencias, como cuando un chico les gritó “¡mucha ropa!” o cuando se le cayó algo a la animadora y ella se volteó y se agachó a recogerlo sin doblar las piernas y todos nosotros: “!aaaazzzzuuu¡” mientras le veíamos el culo. Sospecho que la animadora aprendió en ese momento y para siempre que hay que agacharse doblando las piernas, por el bien de su espalda y para que no le vean el culo así, como pollito tomando agua. Pero en fin… qué, ¿y los profesores? Claro que estaban ahí, poniendo orden supuestamente, al menos las profesoras sí lo hacían porque se notaba que nada les gustaba nuestro comportamiento (y sospecho que, como Yola, tampoco el vestuario de la animadora y sus bailarinas), en cambio sus colegas varones estaban que se vacilaban también. Al igual que el padre Gregorio (el cura director) sorprendentemente, pero él sí que se pasó de hijo de puta cuando Ramírez salió para un juego. Y es que cuántas canas verdes le habrá sacado Ramírez que era un alumno de lo más problemático, y al fin el cura pudo vengarse de él de una forma más efectiva que un simple castigo. Verás, Ramírez era alto y negro y parecía de 18 pero en verdad tenía 16. La animadora le preguntó su edad y es lo que él dijo: “16”, pero entonces escuchamos desde otros parlantes: “Dile en qué años estás”. Volteamos y era el padre Gregorio cerca a su oficina y con su propio micrófono hablando. Y lo repitió de nuevo y riéndose: “Dile en qué años estás”, y nosotros también nos reímos porque sabíamos que Ramírez no estaba en quinto año como se suponía. Entonces la animadora se lo preguntó: “¿en qué años estás?”. “En segundo año” respondió Ramírez recontra avergonzado mientras todo el resto nos cagábamos de la risa, incluso el cura quien al menos había apagado su micrófono. Pobre zambo, hasta la animadora se quiso reír. No te digo que ella y sus bailarinas la pasaron bien al final. Tienes que comprender que, salvando las distancias, un colegio religioso de varones es como una prisión de hombres, en donde así nomás no se ven mujeres bellas o si quiera jóvenes: las profesoras, por ejemplo, eran cincuentonas todas, y, a ver, quién más había… ah, claro, la que trabajaba en administración, la señorita Carola: nuestro mayor objeto de deseo. Lo que es curioso porque no era tan joven ni tan atractiva como la animadora, pero sí la mujer más joven y atractiva del colegio. Tenía unos 30 años y de cuerpo pues… digamos que para lo aguantados que estábamos… tú me entiendes. El asunto es que si normalmente se nos paraba con sólo verla haciendo su trabajo o pasando por ahí, ni te imaginas la gran “parada militar” que fue el día que salió a cantar un vals. Fue en el primer concurso de música criolla que se hizo en el colegio donde participaban grupos (ya sabes: guitarristas, cajoneros, cantantes) que representaban ya sea a un año, o a los ex alumnos, o a los profesores, o incluso también al área administrativa. Y ya pues, la cantante del grupo de administración fue la señorita Carola. Tenía una muy buena voz, creo que la mejor de todos los cantantes y no recuerdo si es que su grupo ganó, pero para nosotros, sus “fans”, te aseguro que sí porque salió a cantar primero “Nuestro Secreto” y en la parte donde la canción dice “nunca diré que hubo noches / que te adoré con locura / nadie sabrá que en tus brazos / borracha de amor / me quedé dormida” cantó de tal forma y haciendo unos gestos que todos quedamos boquiabiertos y con ganas de ahí nomás meternos las manos a los bolsillos del pantalón. Y como si eso no fuera poco cantó después “Que somos amantes” y ahí sí el que era eyaculador precoz salía perdiendo… ahora que lo pienso no creo que el grupo de la señorita Carola haya ganado y que más bien el jurado vio con malos ojos su interpretación, porque al año siguiente pusieron la muy estúpida regla de que estaban prohibidas las canciones que fueran contra la moral o algo así (y justo la letra de “Que somos amantes” trata sobre una pareja que huye de moralistas y puritanos; lo dice explícitamente). Igual participó otra vez administración con la señorita Carola pero ya no fue lo mismo. Qué bueno hubiera sido que en ese tiempo existieran los celulares con cámara para grabar no sólo su presentación del año anterior sino también la vez que de paseo todo el colegio nos fuimos a una playa y dicen algunos, aunque la mayoría nunca les creímos, que una ola la revolcó y se le cayó la parte de arriba quedándose con las tetas al aire.

***


Yola Polastry y la Feria de Cepellín

Eva Ayllon y Nuestro Secreto / Que somos Amantes

jueves, 12 de julio de 2012

La mitad del tiempo sólo pienso en sexo

Fue pura intuición lo que me había hecho sospechar que las cosas no iban bien entre Mónica y Oscar, por eso cuando ella me contó que habían terminado no me sorprendió mucho. “Cuatro años de enamorados aburren a cualquiera, ¿no crees?” me dijo tratando de no mostrarse afectada pero sin éxito.
Ya me había parecido extraño, la semana pasada nomás, llegar a la casa de Mónica y enterarme que su familia había salido de viaje y que ella y Oscar no quisieran estar solos. Era un sábado en la noche y me pregunté lo que me parecía lo más natural en una situación así: “¿si tienen una casa para ustedes solos por qué no están tirando?”. Supuse, sin saber exactamente cuánto tiempo llevaban juntos, que habían caído en una rutina en la que estar a solas ya no era emocionante. Lo que me llevó a pensar (y es que la mitad del tiempo sólo pienso en sexo) que tal vez por variedad querían hacer un trío conmigo; y que lo que me había dicho Mónica, que esa noche saldríamos con unos amigos de ella, era floro. Convencido de lo que pasaría casi digo: “pero qué falta de confianza, Mónica; no era necesario que me mintieras”,  y a Oscar: “Ok: tú por un lado, yo por el otro, pero nada de cruce de espadas”. Afortunadamente, antes de que hiciera el ridículo, Oscar preguntó: “¿amor, ya respondió alguno de tus amigos?”, y ella, mientras revisaba su celular: “no, todavía”, Me quedó claro que lo del trío, nada; en cambio la salida si iba en serio.
Aún así seguía confundido sobre mi rol. Mónica y yo llevábamos dos años sin comunicarnos cuando de la nada, ese mismo sábado horas antes, reapareció en mi Messenger. Me saludó y de inmediato me preguntó si tenía planes para esa noche. “No” le dije automáticamente, sorprendido. Me habló sobre salir con su enamorado y unos amigos más y que el punto de encuentro sería su casa. Luego de confirmar direcciones y teléfonos se desconectó. Segundo después tomé conciencia de que de un momento para otro tenía planes para reunirme esa noche con un grupo de desconocidos así que mi primera reacción fue tomar mi teléfono y cancelar, pero rápidamente me di cuenta que no tenía una buena excusa y, por otro lado, algo en mí me decía que nada perdía en conocer nuevas personas, al menos para huevear un rato. Además no todos iban a ser desconocidos: aparte de Mónica conocía también a su enamorado con quien había conversado un poco la última vez que ella y yo nos habíamos visto, un día en su casa en la que la ayudé con un trabajo de su universidad.
Tratando de entender mi invitación supuse que ella tenía planeado algo grande, una celebración donde a mayor cantidad de gente, mejor. O que estaba caída de amigos y que por eso no le había quedado otra que pasarme la voz. Esto último lo pensé en broma pero al parecer resultó ser lo cierto, porque ya eran más de las 11 y por más que ella llamaba, enviaba mensajes y revisaba su celular, nadie le daba una respuesta positiva. No sé por qué Oscar no lo intentaba desde su teléfono con sus propios amigos o contactos; con el pasó de los minutos incluso se olvidó de mi y dejó de conversarme para concentrarse en su enamorada, ansioso porque ella le diera una buena noticia. En sus rostros era evidente su preocupación como si por nada del mundo quisieran esa noche pasarla solos. Casi se pudo escuchar un “ufff” de alivio de ambos luego que Mónica anunció que Carla nos esperaba en su casa.
En el taxi Mónica no dejó de recomendarme a su amiga sin darme muchos detalles para, según ella, no arruinarme la sorpresa. “Tienes que hacerle el habla” me insistieron ella y Oscar emocionados ante la idea de que entre Carla y yo pasara algo y la velada fuera finalmente una especia de cita doble.
*

“¿A eso tengo que hacerle el habla?” me pregunté asustado cuando Carla nos abrió la reja de su casa. No lo pensé en forma despectiva; con “eso” quise resumir: “¿a ese mujerón que me lleva una cabeza de altura, bonita, con buenas curvas y de porte atlético (aunque los músculos de sus brazos estaban muy marcados para mi gusto)… a eso debo hacerle el habla?”. Pues no, porque entrando a la sala nos enteramos que Carla tenía enamorado. Nos presentó a Alberto: un moreno de 1.90m mínimo con pinta de gladiador y bastante risueño. Atrás en estaturas quedamos Oscar y yo que bordeábamos el 1.70m, dejando a Mónica como la más chata. Cuando nos sentamos ya estaba aliviado por no tener la obligación de caerle especialmente bien a nadie pero me sentía más desubicado que nunca, solo en medio de esas dos parejas. Parecía que era víctima de una broma pero escuchando las primeras palabras entre Mónica y Carla comprendí que llevaban un buen tiempo si hablarse y sin saber nada la una de la otra:
-Discúlpame, Josué, te juro que no sabía que ella tenía…- me dijo Mónica en el momento que Carla y Alberto estaban en la cocina alistando los tragos y bocaditos.
-Bah- la interrumpí - no te preocupes.
Ya con los tragos, bocaditos y cigarros en la mesita de la sala empezó la conversación en serio. Encendí un cigarro, cogí un vaso y deliberadamente, sintiéndome completamente ajeno a la situación, decidí no participar salvo que tuviera que responder alguna pregunta puntual. Al comienzo Mónica y Carla acapararían la charla poniéndose al día o hablando de cosas que sólo a ellas les interesaban, pero poco a poco sus parejas se involucrarían más y más. Hasta que, inesperadamente… silencio: cuatro personas (me estoy excluyendo) reunidas con ánimos de conversar no sabían de qué hablar. Fueron como cinco minutos, larguísimos para ellos estoy seguro. Su incomodidad me causo gracia pero ese buen ánimo desapareció apenas Mónica mencionó haber leído en algún sitio sobre las diferencias entre hombres y mujeres cuando están en una relación de pareja; hizo un breve resumen y por supuesto el resto tenía algo que decir: que los hombres son más cerrados y las mujeres emocionalmente más abiertas, que a los hombres más les interesa el sexo y a las mujeres más los sentimientos, que quién es más infiel: ¿el hombre o el mujer?... y yo mientras tanto sólo quería meterme dos cigarros encendidos a cada uno de mis oídos y quemarme los tímpanos para no tener que escuchar aquello tan aburrido. Se puso interesante cuando empezaron a hablar de sexo pero otra vez Mónica aplastó mi emoción cuando mencionó la menstruación:
-No sé por qué los hombres no nos quieren tocar cuando estamos con la regla. Acaso no saben que en esos días es cuando estamos más… más…
-Más arrechas, amiga, esa es la palabra, no tengas vergüenza- le dijo Carla riendo y dándole la razón.
Y revelaron más intimidades que, de imaginármelas, normalmente me hubieran excitado pero por culpa de Mónica no podía sacarme de la cabeza la escena del ascensor de "El Resplandor"[The Shining].
[escena del ascensor]
La reunión se puso más dinámica con algunos juegos que tenían como principal objetivo el revelar secretos o cumplir algún castigo, como tomar más trago o hacer el ridículo. Ahora sí tuve que participar y traté de no quedarme atrás al momento de proponer castigos, que fueron desde bailes eróticos, pasando por la simulación de algunas poses sexuales, hasta la  introducción de trozos de hielo en la ropa interior; claro que eventualmente se revertieron hacia mí. A esas alturas el trago ya nos tenía más desinhibidos y alegres, pero no olvidábamos que los papás de Carla estaban en la casa, y por la hora, ya durmiendo de hecho. Aún así parecía que en cualquier momento perderíamos el control. La primera fue Mónica quien, mandando al carajo el juego, nos ordenó a los hombres que bailando nos desnudáramos la parte de arriba. Y cumplimos.
-¡¿Qué es esa marca?!- dijo de pronto Carla, muy seria, señalando una marca oscura en el pecho de Alberto.
-Nada, mi amor, sólo es un lunar- dijo él sin perder la sonrisa.
-¿Lunar? Te he visto calato antes, negro de mierda, no me vengas con que es un lunar; ¡es una chupetón!
Oscar, Mónica y yo examinamos la marca y le aseguramos a Carla que en efecto era un lunar, aunque se lo dijimos con el afán de tranquilizarla sin estar plenamente seguros, porque con el alcohol que llevábamos encima era difícil verificar si se trataba o no de la mordida de otra mujer.
-Chicos, es mejor que se vayan- nos dijo tratando de contener su furia; mientras los que teníamos que vestirnos lo hacíamos.
Todos, cruzando el pequeño jardín, fuimos hacia la puerta enrejada. Oscar, Mónica y yo nos despedimos con un simple “chau”, volteamos, empezamos a andar y sentimos la reja cerrarse. Entonces escuchamos un estruendo que sólo podía ser una cachetada, acompañada por un “¡desgraciado!” exclamado por Carla. Mónica quiso regresar para ver si podía ayudar en algo pero Oscar la detuvo diciéndole que lo mejor era dejar solos a Carla y Alberto. Mónica estaba casi al borde de las lágrimas echándose la culpa por su idea de desvestirnos. Ellos por su cuenta tomaron un taxi, y yo otro. Llegué a mi casa poco más de las tres de la mañana.
*

Sí, Alberto había engañado a Carla, y también habían terminado esos días. Eso y otras cosas me estaba contando Mónica mientras tomábamos un café. “Dos relaciones que terminan en menos de 7 días. Mala semana para el amor, ¿no?” me dijo. Traté de decirle algo que pudiera hacerla sentir mejor pero no me estaba escuchando; era obvio que me había invitado a esa cafetería sólo para que tuviera alguien que la escuche hablar y nada más. Mejor para mí porque soy muy malo dando consejos o tratando de levantarle el ánimo a alguien.

***

El Resplandor (The Shining), trailer

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