domingo, 30 de octubre de 2016

Gracias, Dios, por los papás que golpean a sus hijos


David dijo algo, Elena rió y Sebastián tiró la toalla. Menos de diez minutos desde su llegada al aula le bastaron a David para arrancarle una risa, y una risa de verdad, a Elena; mientras que Sebastián, en los tres días de clase que la tuvo para sí solo, a lo mucho le había conseguido sacar unas cuantas sonrisas, aunque, eso sí, y esto es importante, cada vez más sinceras y menos por compromiso. Irónico: lo que parecía ser una gran ventaja para Sebastián, que por azar ninguno de los otros alumnos decidiera en los días previos sentarse en ese rincón, aislándolos a Elena y a él, terminó siéndole fatal. Porque de los pocos asientos libres que quedaban había uno a la izquierda de Elena y, claro, David fue a sentarse a ese lugar, al costado de la chica más bella de la clase. Sebastián, sentado a la derecha de ella y pegado a la pared, no lo podía creer. Era el cuarto día de clases; se suponía que para entonces ya no llegaría ningún alumno nuevo y si iba a ser así por qué, demonios por qué, tuvo que ser alguien como él, un chico con… y fue evidente para Sebastián con solo ver a David, todo sonriente y sin roche a pesar de llegar al trote y casi tarde con la puerta del aula a punto de cerrarse, la clase ya transcurriendo y la veintena de alumnos en sus respectivos sitios mirándolo… un chico con carisma, demasiado carisma. Y para colmo contemporáneo a ella: 19 o 20 años les ponía Sebastián a los dos. ¿Y él? Pues, Sebastián te respondería que 25 años y con la personalidad de un zapato. Sabiéndose así, normalmente no habría intentado agradarle a una chica como Elena, pero estando los dos solos, ey, ¿por qué no?: en los tres días previos le había demostrado que no solo era un buen alumno (esto sin esfuerzo), sino también (esto sí con un esfuerzo titánico) que podía ser alguien simpático, agradable, y sentía que ella había ido respondiendo cada vez mejor, que la cosa se estaba encaminando bien y que para fin de mes, o sea al final de ese ciclo de estudio, habría logrado llegar a ella. Por eso, con cada risa de Elena, porque luego de la primera seguidamente vinieron más, Sebastián no podía más que lamentar que David no se hubiera aparecido desde el primer día de clases, porque así le hubiera ahorrado tanto esfuerzo y esperanza.
Entonces ¿por qué tanta risa?, preguntó en inglés y muy seria miss Mónica (en inglés y “miss” porque esto es el Británico), la primera mujer más bella del aula (ya no Elena a quien Sebastián había ido bajando de puesto con cada risa), normalmente una hipster buena onda pero que ahora tenía toda la actitud de cortar cualquier cosa que siga interrumpiendo su clase. Elena calló de inmediato y se puso roja, pero David, en vez de tomar una actitud parecida, se puso de pie y dijo algo. No importa qué porque el resultado parecía ser siempre el mismo cada vez que abría la boca: miss Mónica rió encantada, y con ella el resto de alumnos. Listo, David se había metido a todos al bolsillo.
Salvo Sebastián, claro, quien a pesar de todo sabía que aún faltaba lo peor. Y lo peor era interactuar directamente con David, porque sentados, con Elena, los tres juntos y separados de los demás los convertía automáticamente en grupo de trabajo. Quedaba poco más de una hora de clase pero a Sebastián le parecería interminable (y pensar que estando solo con Elena sentía que el tiempo volaba) teniendo que dialogar con él de acuerdo a la guía de estudio, soportando de primera mano sus gracias así como las risas que le provocaba a Elena, y como si eso no fuera poco, ser testigo de primera fila de sus lucimientos, hablando con soltura y fluidez cuando le tocaba intervenir para toda la clase o acaparando las preguntas que miss Mónica soltaba al aire. ¿Qué hace acá estudiando inglés si sabe tanto? Al día siguiente Sebastián se cambió de asiento y pasó al otro extremo del aula. Con roche tal vez pero qué importaba: solo quería estar lo más lejos posible de cualquier perturbación. Sería otro ciclo como tantos en el que exclusivamente se concentraría en aprobar y pasar al siguiente. Elena y David ni se dieron cuenta.
Fue el peor ciclo de inglés para Sebastián en lo que a paciencia y comodidad se refiere. Pero pasó el mes, se acabó el ciclo, y llegó el día, posterior al del examen final, de averiguar si había pasado o no.
Cuando llegó al aula el único alumno presente era David, quien estaba de pie al frente del escritorio de miss Mónica hablando con ella. Carajo, pensó Sebastián creyendo que iba a ser inevitable escuchar sus estupideces una vez más… Había que acabar con eso de una vez por todas, así que en un abrir y cerrar de ojos Sebastián saludó a la miss, recogió su examen y ya estaba en su respectivo asiento revisándolo. Le bastó un rápido vistazo para encontrar una pregunta mal corregida por la miss, y bien podía reclamar por ello pero para qué, solo serían un par de puntos más para una nota que ya de por sí le aseguraba, y de sobra, pasar de ciclo. Estaba por ponerse de pie para devolverle el examen a la miss y largarse de ahí cuando escuchó unas súplicas.
Era David.
Por favor, mi papá me va a matar, dijo. Y es que verás, para aprobar uno de estos cursos no basta con hablar bien el inglés sino además hay que escribirlo bien. De aquí no me muevo, pensó Sebastián cuando entendió la situación quedándose bien sentado en su sitio fingiendo que seguía revisando su examen. David continuaba suplicando y miss Mónica, que para nada tenía la actitud de amiga suya (una amiga desilusionada en todo caso) de las semanas previas, le decía una y otra vez que ella nada podía hacer. Entonces empezaron los sollozos y vaya que David sí que le tenía miedo a su padre porque no dejaba de repetir que lo iba a matar. Reconciliándose con Dios, Sebastián le dio las gracias por lo que estaba escuchando y gracias, Dios, por los papás que golpean a sus hijos, y si no es mucho pedir, para que esto sea perfecto, si tan solo llegara ahora… Y en ese instante llegaba al aula Elena.
Y lo mejor es que ni miss Mónica ni David se dieron cuenta de ello así que siguieron con su pleito, justo cuando David ya se ponía altanero acusando a la miss de injusta porque ella sabía bien que el mejor alumno de la clase, de lejos, era él, que nadie hablaba el inglés tan fluido como él lo hacía, que si se había matriculado al curso era solo por el certificado… Y Elena se ganó con todo ese patético espectáculo. Carraspeó como dando una señal, palteada, sin saber si debía o no cruzar el marco de la puerta. La discusión se interrumpió, la miss, actuando de la forma más natural posible, le dijo a Elena que pasara, se saludaron, le entregó su examen corregido y Elena se fue a su sitio sin intercambiar palabras con nadie más. Mientras Sebastián era testigo de todo pero a medias, de reojo, pero con la oreja bien parada, y cómo lo estaba disfrutando, tanto que miss Mónica pareció darse cuenta. ¿Todo bien con tu nota, Sebastián?, le  preguntó en un momento, el mismo en el que Elena le devolvía su examen sin ningún reclamo y se despedía de ella, y solo de ella, para luego salir del salón. El espectáculo había acabado, o lo mejor de él. Sebastián le devolvió el examen a la profesora, se despidió de ella también y por un instante buscó la mirada de David. Por supuesto no iba a despedirse de él, solo quería ver sus ojos llorosos por al menos un segundo, pero David no hacía más que darle vueltas y vueltas a su examen. Entonces Sebastián fue tras Elena. Tampoco es que quisiera despedirse de ella, sino que quería averiguar algo y lo hizo apenas saliendo del salón. Se detuvo cerca de la puerta y desde ahí vio como Elena simplemente seguía su rumbo, quién sabe a dónde, el asunto es que no se había quedado a esperar a nada ni a nadie.
Un par de compañeros de clase, conversando amenamente entre ellos, pasaron por el lado de Sebastián como si nada y entraron al aula, y Sebastián emprendió el camino a casa pensando, satisfecho, que la vida podía ser dulce a veces.
***

domingo, 24 de julio de 2016

El inevitable lonche


¿Sabes? Eso que le pasó a ese chico enfermo es cierto. O sea que quienes están cerca de la muerte pueden ver fantasmas. Mi mamá los veía también. Pero los fantasmas que ella veía no eran como en la película, monstruosos o demoníacos. Según mi mamá parecían sombras o manchas oscuras con la forma y volumen de una persona. Tampoco nunca la acosaron como a aquella pobre familia de la película; los fantasmas de mi mamá no hacían más que andar en silencio de un lado para otro sin importarles nada aparentemente. Suena a algo inofensivo, sí, pero igual mi mamá les tenía pavor, tanto que podía transmitírtelo a pesar de que no pudieras verlos. Recuerdo la primera vez que me advirtió de su presencia: "hija", me dijo tomándome del brazo repentinamente, "no vayas a la cocina porque acabo de ver a uno entrar ahí", y me lo dijo con una cara que se me congeló la sangre en ese momento.
Por todo esto fue que nos acercamos a la religión. Nunca hemos sido muy religiosos en mi casa, y eso que a mi hermana y a mí nos mandaron al colegio más caro de Lima que resultó ser de monjas también. Cuando a mi mamá le dijeron que solo le quedaban unos meses de vida, lloramos, nos deprimimos, nos pusimos muy mal... pero jamás se nos ocurrió, como se suele decir, "encomendarnos a Dios". No porque tuviéramos algo en contra, sino porque simplemente no se nos pasó por la cabeza. Pero cuando empezó lo de los fantasmas, curiosamente, sí lo pensamos. No sé cómo exactamente. Tal vez creímos que siendo un asunto de espíritus o almas, era algo más relacionado con Dios. Tiene algo de sentido, ¿no crees?
Para esto teníamos una vecina que era casi una monja: iba a misa todos los días, en octubre andaba con hábito morado, y cuando te hablaba cada cinco palabras mencionaba a la Virgen, a algún santo, o a la iglesia. Y lo peor de esto era que una vez que empezaba con su prédica no había quien la pare y no te soltaba por un buen rato. Por eso vivíamos siempre evitando cruzarnosla. Pero ahora sentíamos la necesidad de contarle nuestro problema a alguna persona religiosa, y ella era la opción más cercana que teníamos. Así que un día mi mamá y yo (porque mi papá y mi hermana con sus trabajos nunca tenían tiempo; yo sí más o menos con la universidad) nos decidimos y fuimos derechitas a su casa y le tocamos la puerta.
Nos abrió la puerta sorprendida de vernos ahí pero se le iluminó el rostro cuando le dijimos que necesitábamos un consejo "espiritual" y creíamos que ella era la más indicada para dárnoslo... La tía es del tipo de persona que es tan pero tan amable que ya cae pesada: luego de que nos hizo pasar a su sala, fue a la cocina a prepararnos algo y no hubo forma de decirle que no se molestara, que no era necesario, pero a los minutos ya había armado un lonche.
-¿En qué les puedo ayudar?- nos dijo cuando al fin se sentó.
-Mi madre ve fantasmas- le dije de frente al ver que mi mamá no sabía bien cómo empezar.
-¿Fantasmas?- dijo la tía retrocediendo un poco en su asiento.
Le dije que sí y le conté nuestra situación, que mi mamá estaba enferma (lo que para entonces era obvio con solo mirarla) y que hacía poco había empezado a ver fantasmas. ¿Podían estar estos hechos relacionados? Porque mi mamá era la única que los veía. ¿Sería alguna señal de… Dios?
La tía se lo pensó por un minuto hasta que nos dijo “puede ser…” con cara de que algo se le estaba ocurriendo. Le hizo unas preguntas a mi mamá, como ¿cúal era la apariencia de los fantasmas? (mi mamá le respondió), ¿los veía solo en su casa? (no, en todas partes, incluso en la calle), ¿veía alguno en ese momento? (ahora ninguno), y otras más. Cuando acabó con el cuestionario le dijo a mi mamá que creía que en su estado de salud actual, el cual podía mejorar, nada es imposible con la ayuda de Jesús, María, José y más nombres que ya ni me quiero acordar, ella estaba en un lugar intermedio entre la vida y la muerte, al igual que las almas de algunas personas. Sé que suena feo así como lo digo yo, a una muerte segura, pero la tía utilizó palabras más bonitas y lo dijo de una forma tal (entre muy amable y lógica) que mi mamá y yo no lo tomamos a mal, sino todo lo contrario, en especial cuando nos dijo que probablemente se tratara de almas del purgatorio, y si era así, la solución (¡al fin una!) era SIMPLEMENTE rezar por ellas para que suban al cielo de una vez por todas.
-¿Rezar qué?- le preguntamos al unísono, emocionadas.
-El rosario, obvio- nos respondió.
Nosotras que nos estábamos alegrando y nos jode así la tía. ¿Por qué? Porque cuando yo estaba en el colegio varias veces tuvimos que rezar el rosario en algunas ceremonias, junto a otras alumnas y sus familias, con las monjas de por medio, y era tan aburrido, interminable, tedioso… Por eso cuando me gradué del colegio, mi mamá, antes de felicitarme incluso, me dijo: "por fin, nunca más tendré que rezar un rosario". Y ahora, como diez años después, la tía nos decía eso. Mi mamá y yo nos miramos con una cara...
-¿El rosario?- le pregunté a la tía simplemente para no permanecer callada.
-Sí. ¿Por qué?- preguntó.
Mi mamá y yo nos volvimos a ver pero ahora (porque en ese momento sabía que estábamos pensando lo mismo) resignadas al rosario, conscientes de que más importante era conseguir algo de paz en nuestras vidas, especialmente para mí mamá que le quedaba poca, la pregunta que mentalmente nos hacíamos era: ¿te acuerdas cómo se reza eso?
-Verá, es que...- le dije avergonzada a la tía- hace tiempo que no rezamos un rosario, y se nos ha olvidado cómo hacerlo.
-Ah bueno, es fácil, mientras se acuerden de cómo rezar el Ave María y el Padre Nuestro. ¿Se acuerdan, no?
-Sí, eso sí, claro- le respondimos de inmediato, pero entonces nos miramos mi mamá y yo: “¿verdad?”, nos preguntamos la una a la otra. Y cada una por su lado empezó a balbucear esas oraciones; no pasamos del “Dios te salve María…” y del “Padre Nuestro que estás en los cielos…”. Miramos a la tía con cara de mil disculpas.
-¿Ni siquiera el Padre Nuestro? Pero si se reza en todas las misas, a menos que...- Se quedó ahí, no dijo más: se había dado cuenta de que no íbamos a misa y lo casi nada religiosas que éramos, y por primera vez en la vida no la vi de buen humor. Aunque le duró solo unos segundos: suspiró como diciendo "Dios, dame paciencia con estas ovejas descarriadas" y le volvió el buen ánimo al rostro.
-Espérenme un ratito - nos dijo y salió de la sala.
Cuando regresó lo hizo con unos rosarios y un librito en las manos.
-Supongo que tampoco tienen rosarios- nos dijo casi sonriendo.
Se sentó en medio de nosotras en el sofá y empezó a darnos a algunas explicaciones, señalando y subrayando con un lapicero en el librito ese lo que nos sería más útil.
-Me gustaría rezar con ustedes en este momento- nos dijo -pero tengo que ir a misa. ¿No les gustaría acompañarme?
-Nos encantaría- dije -pero mi mamá aún no tiene las fuerzas suficientes para andar mucho...- lo que era cierto -y creo que ya es hora de que nos vayamos para que descanse.
-Pero apenas lleguemos a casa empezaremos con lo del rosario- dijo mi mamá.
-Me cuentan luego qué tal les va. Las tendré en mis oraciones- nos dijo la tía.
Le agradecimos mucho y nos despedimos.
Nos fuimos sintiéndonos doblemente aliviadas, porque se habían acabado los momentos incómodos, y porque, principalmente, teníamos, por así decirlo, un plan de acción: rezar. Y empezamos esa misma tarde con nuestro "manual de instrucciones para el rosario" (así le decíamos) en mano, bien comprometidas a ello, porque, aunque no parezca, tomamos muy en serio todo lo que nos dijo la tía. Así que mi mamá y yo rezamos con, como se dice, con fe, aunque tal vez es algo prematuro decir eso, "con fe", pero sí definitivamente concentradas en cada palabra y plegaria por esas almas del purgatorio. La fe en verdad vendría luego, de a pocos, día a día con cada rosario, porque cada vez mi mamá veía menos fantasmas. Hasta que dejó de verlos completamente; habían pasado unas dos semanas desde nuestra conversación con la tía.
O sea que funcionó, te juro que sí. Y no sabes la emoción. Fue como un milagro para nosotras, y un descubrimiento también, o más bien una confirmación, de algo poderoso, gratis y al alcance de la mano: fe, en Dios en este caso. Mi mamá hasta lucía mejor. Entonces una pregunta caía por sí sola: ¿Podía esta fe ayudarnos con su salud? Nos lo preguntamos y se lo preguntamos a la tía también el día que fuimos a agradecerle. "¡Claro que sí!" nos respondió. Y fue en esa conversación, tomando el inevitable lonche, que nos contó sobre las misas de sanación que, como ya te imaginarás por el nombre, son misas que se "especializan" (me causa gracia usar esa palabra en este contexto) en sanar enfermedades, y nos habló de una acá en Lima. Nos sugirió con ahínco que fuéramos aprovechando que mi mamá se sentía mejor; si no tenía las fuerzas para ir a misa todos los domingos, por lo menos que fuera una vez a esta misa de sanación, aunque nos quedara algo lejos (muy lejos en realidad). Ella, la tía, nunca había ido pero conocía gente que sí y le habían asegurado que siempre pasaban cosas milagrosas. Con nuestra fe renovada, por supuesto que le volvimos a hacer caso.
Entonces fuimos. La misa son los sábados muy temprano, a las 7 de la mañana, pero nosotras fuimos a las 6 porque sabíamos que iba demasiada gente, tanta que muchas personas no lograban ingresar. Y así fue, qué bárbaro. Y eso que no es en una iglesia sino en una especie coliseo deportivo. Pero como mi mamá y yo ya lo anticipábamos, hicimos una pequeña trampa: unos días antes nos prestamos una silla de ruedas… Antes de que nos juzgues: ciertamente mi mamá no necesitaba una silla de ruedas en su día a día pero esto era algo distinto; mi mamá no hubiera podido aguantar estar parada toda la hora previa a la misa más la misa misma de no conseguir asientos, además nos asegurábamos de que con la silla nos dejarían entrar sí o sí, porque no podíamos darnos el lujo de esperar a otra semana, teníamos el tiempo en contra. Y resultó. Nos hicieron entrar antes junto con otras personas visiblemente convalecientes y a todos nos pusieron en un lugar preferencial cerca al altar.
¿Has ido a una misa de sanación? Pero sí has ido a una misa “normal” supongo. ¿Hace cuánto que no vas? Nosotras no íbamos desde hacía mucho tiempo pero sí recordábamos algunas cosas. Bueno, son más o menos lo mismo, con algunas diferencias. Para empezar esta misa no dura una hora sino ¡dos! Aunque la verdad no sentimos mucho el tiempo. El cura sabe llevar bien la ceremonia. Los cánticos, oraciones y esas cosas la hacían muy "amena" aunque esa no sea la palabra; me refiero a que no era algo aburrido. La mayor diferencia es al final, porque antes de que acabe la misa, suben al escenario personas a dar su testimonio, personas sanadas. Dicen algo como “me curé de un temor al cerebro”, y el cura dice "oremos por las cabezas de todos", otra persona dice “me curé de un mal que tenía al estómago”, y el cura dice "oremos por los estómagos de todos", y así, la gente llorando, agradeciendo y orando. Realmente te da esperanzas. Fue una experiencia bien intensa y emocional. Te la llegas a creer. Mi mamá y yo salimos de la misa convencidas, casi llorando de la alegría, que las cosas iban a mejorar.
Pues bien, mi mamá no mejoró, todo lo contrario, empeoró, hasta que, bueno pues, murió el jueves siguiente. Creo que no me habría dolido tanto si no hubiera estado tan esperanzada.
Me sentí defraudada, indignada. Fui a donde el cura a reclamarle. Fui a donde la tía a reclamarle. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba el milagro? El cura me dice que una niña que no podía caminar ahora ya puede caminar. La tía, que Dios tiene su forma de obrar. Ambos, que no pierda la fe. Y yo les digo a cada uno de qué me sirve la fe ahora si mamá ya está muerta. Y los mando a la mierda. Desde entonces cada vez que paso por alguna iglesia me doy media vuelta diciendo Dios aquí no está. Como en esa canción, “El Che y los Rolling Stones”. ¿Qué grupo es el que la canta?

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domingo, 1 de noviembre de 2015

Una joven e impaciente farmacéutica


Sara y Sebastián tenían un examen el lunes en la universidad y para ello decidieron estudiar juntos el domingo. Pero había un problema: no tenían donde. Ninguno de los dos podía en su casa así que Sara, a quien le encantaba Starbucks, propuso ir a estudiar a, justamente, uno de sus locales. Sebastián nunca había ido a un Starbucks pero sí había visto algunos desde fuera y siempre le llamaron la atención: por sus luces tenues, por sus sillones y sofás, por servir el café en vasos descartables y no en tazas; simplemente no había visto nunca un sitio igual. Sus clientes, por ejemplo, no parecían ser lo típicos que llegan, piden, consumen y se van; Sebastián los veía con sus laptops, libros o videojuegos y le parecía que iban a más que sólo tomar un café. ¿Como estudiar, por ejemplo? Claro, por qué no, pensó y aceptó la propuesta de Sara.
Fueron al Starbucks del Óvalo Gutiérrez, en Miraflores. Cuando entraron al local, Sebastián se sintió especial: o sea, loco, yo estudio para mis exámenes en Starbucks, ¿manyas?, pensó en broma y mientras caminaba detrás de Sara empezó a observar el ambiente. Llegaron al mostrador donde había una cola de cuatro personas para la caja registradora, y se pusieron al final. Sara le hablaba pero Sebastián seguía en lo suyo y apenas le hacía caso. Entonces notó que algunos clientes, desde sus asientos, lo estaban mirando. Y se puso nervioso: ¿lo habrán visto observando todo con asombro?, ¿habrán descubierto que era su primera vez en un Starbucks?, ¿no estaba bien vestido? (porque de alguna forma sintió que todos estaban mejor vestidos que él). Esas personas volvieron rápidamente a sus asuntos y Sebastián, sin saber a dónde ver ahora, bajó la mirada.
-¿Todo bien?- preguntó Sara.
-Sí, sí, todo bien- respondió Sebastián. Y ella:
-¿Qué vas a pedir?
Qué pregunta más rara. Un café, ¿no es obvio? pensó Sebastián. Pero en ese momento escuchó el pedido de alguien más y al no entenderlo se dio cuenta de que no, no era tan obvio. ¿Un frappu… qué había pedido esa persona? Se preguntó. Y después venía Sara. ¡Y luego le tocaba a él!
-Pues, pues…- balbuceó Sebastián mientras, desesperado pero lo más disimuladamente posible, buscaba con la mirada algún menú o algo parecido cerca. Lo encontró en la pared posterior al mostrador, donde en un cartel a modo de mural estaba la lista de todos los tipos de café que se ofrecían. Salvo por el cappuccino, del que había escuchado pero nunca probado, lo demás de esa lista no le sonaba ni remotamente familiar. La cola se movió. Era el turno de Sara y Sebastián aún no sabía qué iba a pedir. Sara hizo su pedido y le cedió el paso. Sebastián avanzó hacia la caja y en el último segundo se le ocurrió una idea:
-Un café americano, por favor- dijo.
Era lo que había pedido Sara; Sebastián había decidido imitarla. En eso y en todo lo demás. Ella fue a un extremo del mostrador y él la siguió. Ella continuó hablándole y él asentía: “mmm”, “sí”, “sí claro”; más atento a sus movimientos y a lo que ella pudiera hacer que a lo que ella decía. Entonces, prácticamente a la vez, les entregaron sus pedidos. Finalmente Sebastián tenía en sus manos un café de Starbucks servido en uno de esos vasos blancos descartables de los que bebían la mayoría de sus clientes. Era el vaso descartable más elegante que había visto en su vida. Se olvidó de Sara. Se puso a contemplar su vaso desde todos los ángulos, vio que la tapa que lo cubría tenía dos agujeros en el borde, respiró el aroma por uno de ellos y dio un sorbo: el dichoso café americano olía muy bien pero sin azúcar sabía y se sentía como cualquier otro café sin azúcar.
-Yo lo prefiero dulce- le dijo Sara al verlo dar ese sorbo.
Sebastián volvió a fijarse en ella y la vio dirigirse hacia una mesa donde entre otras cosas había unos frascos de vidrios cuyos contenidos sólo podían ser azúcar. Memorizó cada una de las acciones de Sara: ella destapó su vaso, cogió uno de los frascos de azúcar y vertió un poco en su café, tomó una especie de palito de helado de un recipiente de palitos y con él batió el contenido de su vaso.  
-¿Listo?- le preguntó Sara luego.
-Creo que endulzaré el mío también- respondió Sebastián.
-Voy a buscar dónde sentarnos- dijo ella.
Sebastián fue a ponerle azúcar a su café y lo hizo repitiendo todas y cada una de las acciones de Sara. Ya bien endulzado a su gusto, el café, finalmente, aunque rico, no le pareció nada especial, nada por el que sentirse orgulloso por beberlo, o sentirse menos por no haberlo hecho nunca. Este descubrimiento le hizo sentirse mejor consigo mismo. En ese momento notó otro envase en esa mesa con muchas cañitas dentro y de inmediato las relacionó con los agujeros de la tapa del vaso. ¿Quién aquí toma su café con cañita? preguntó mentalmente, retador, dándoles un vistazo a los clientes, a quienes hacía unos segundos ni se atrevía a verles la cara. No vio a nadie haciéndolo. ¿Nadie? Pues yo lo haré, pensó. Tomó una y la metió por uno de los agujeros. O, mejor dicho, trató de hacerlo, y varias veces, porque la cañita no entraba. Examinó con más cuidado los agujeros y vio que eran rectangulares y más pequeños que el diámetro de la cañita. Comprendió que definitivamente esos agujeros no eran para eso, y se sintió como un reverendo idiota. Botó la cañita a la basura y buscó a Sara con la mirada. Ella ya estaba sentada revisando, muy concentrada, unos papeles. Sebastián supuso que ella no lo había visto en su intento de demostrarle al mundo quién sabe qué, pero él estaba seguro, sin necesidad de ver a su alrededor, que el resto de personas en el local, sí. ¡Odio Starbucks!, pensó cabizbajo. Entonces fue a donde Sara y se pusieron a estudiar juntos.
Al rato Sara acabó su café y fue a comprar otro. Sebastián en cambio no se movería de la mesa, ni para ir al baño, hasta que terminaran de estudiar y se marcharan del local.

*  

-¡¿Señor, en qué le puedo ayudar?!- le dijo una joven e impaciente farmacéutica detrás de un mostrador, alzando un poco la voz porque era la tercera vez que se lo preguntaba.
Entonces Sebastián despertó del recuerdo que estaba teniendo. Recuerdo que se le vino a la mente al momento de descubrir, en la pared posterior al mostrador, la gran variedad de condones que existía. Algo que no esperaba.
Era la primera vez que Sebastián compraba condones en una farmacia. Antes sólo lo había hecho en la recepción de hoteles porque hasta entonces sólo había tenido sexo en hoteles, y en esos casos nunca tuvo que escoger; simplemente aceptaba el paquete que le daba el o la recepcionista. Ahora como no iba a un hotel sino al departamento de Alicia, una amiga, tenía que comprarlos con anticipación.
Pero ¿de qué tipo comprar? Había: extremo, fresa exótica, clásico, retardante, ultra seguro, con aros, con espuelas extremas, súper delgado, 3 en 1, extra seguro, anatómico, sensitivo, ultra sensitivo, placer prolongado, xl, larga duración, de menta, de plátano… Le hubiera gustado poder leer con más cuidado la descripción de cada empaque pero no estaban a su alcance. Por el nombre parecía que todos tenían algo bueno que ofrecer y guiarse por el precio no servía porque todos costaban lo mismo. Y no recordaba ni la marca ni el tipo de ninguno de los que había comprado antes (lamentó no haberles prestado más atención a esos detalles en su momento). La farmacéutica lo miraba cada vez más impaciente. Por suerte para Sebastián no había nadie detrás de él esperando ser atendido; aunque habría sido más afortunado si delante de él hubiera estado alguien comprando condones para imitar su pedido. Ya no le quedó otra más que hacer con la mirada un de tin marín de do pingüé… Medio minuto después le decía a la farmacéutica: “me llevo ese” señalándole un paquete de condones ultra sensitivos.
Salió de la farmacia aún sin terminar de creer lo complicado que le había resultado comprar condones, y fue entonces que se le ocurrió una idea. Una idea que le pareció tan graciosa y brillante que empezó a carcajearse mientras andaba por la calle y, a la vez, a sentirse orgulloso de sí mismo por habérsele ocurrido. Ya quería contársela a Alicia. Cuando llegó a su departamento y ella le abrió la puerta, antes de cualquier saludo, Sebastián sacó el paquete de condones y mostrándoselo le soltó su idea, que resultó ser una frase:
-Vaya, comprar condones es tan complicado como comprar un café en Starbucks- dijo y volvió a carcajearse esperando a que Alicia se riera también. Pero ella no se rió:
-Nunca he ido a un Starbucks- le dijo ella, seca.
A Sebastián se le borró inmediatamente la risa de la cara. Pensó en contarle a Alicia su experiencia de hacía unos días para que ella entendiera el chiste, pero, dudaba: ¿acaso explicar un chiste no le quitaba la gracia? Mientras, pasaban los segundos y los dos seguían ahí en la puerta, en silencio, mirándose confundidos. Hasta que Alicia habló:
-¿Vamos a tirar o no?
-Sí…- respondió Sebastián, y entró al departamento.


***

domingo, 16 de agosto de 2015

Los chibolos ya no ven dibujos en 2d


Yo mido poco más de 1.70. Ella, de quien te voy a contar, mucho más que eso. 1.85 calculo, aunque nunca he sido bueno midiendo al ojo. No se lo pregunté directamente: Ella me preguntó cuánto medía, le dije mi talla, le pregunté la suya y ella sólo me respondió: "Soy más alta que tú".
-¿No hay problema con eso?- escribí.
-¿Por qué lo habría? - me preguntó.
Le respondí:
-Por lo general a las mujeres no les interesan los hombres más bajos que ellas.
Ella se rió.
-No hay problema- continuó -además sólo estamos conversando.
Y seguimos conversando normalmente, lo que me hizo pensar que sólo era un poco más alta que yo, 1.80 a lo mucho.
Igualmente antes no le había insistido con el tema de la edad, aunque en ese caso tuve una idea más clara: Le dije que tenía 22 años y ella me dijo que más o menos el doble.
A partir de ese momento me llamaría "bebé" (o sea "hola, bebe", "chau, bebé", "¿qué tal, bebé?", etc.). Yo la llamaba por su nombre, del cual sinceramente ya no me acuerdo. ¿Me hace ese olvido una mala persona después de “lo nuestro”? Sólo recuerdo su nikname: “Estrella Fugaz”.
Así que Estrella me doblaba la edad y, exagerando, la talla, que pienso era lo más llamativo. Lo fue para mí el día que nos conocimos en persona: Yo era un “umpa lumpa” a su costado, y eso que ella estaba con zapatos planos. "Sólo uso tacos en el extranjero. Acá, en el Perú, hay puros chatos... Sin ofender" me dijo riéndose. (Era costumbre en ella decir algo aparentemente ofensivo y luego, "sin ofender" entre risas). Pero no sólo su talla la hacía más grande que yo sino también el hecho de que fuera una mujer robusta mientras que yo un escuálido enclenque. Aunque su "robustez", eso sí, estaba bien distribuida: Quedé impactado pero complacido a la vez con lo que vi. Claro que ya tenía una idea por las fotos que previamente habíamos intercambiado, pero sabes muy bien que la impresión que realmente vale se da en persona y no por fotografías.
No sé cuál habrá sido su primera impresión al verme, y no importa. El ASUNTO es que a los dos meses, en nuestra segunda salida, ella ya me estaba masajeando el pene en un cine...
Eso fue una revelación abrupta, y un salto también abrupto en el tiempo, lo sé, pero es que no hay mucho que contar del primer encuentro y de los dos meses que le siguieron: Fuimos a una trattoria. Sabíamos el uno del otro de que yo era un universitario misio, y ella una rankeada secretaria en un estudio de abogados, así que sin roche ni preguntas ella me invitó la cena. Luego continuamos con nuestras conversaciones por chat, yo desde mi habitación en la casa de mi familia, y ella desde su habitación en la casa de no sé quién exactamente, pero vivía con su mamá, aunque por lo que me contaba era la mamá quien vivía con la hija, y no necesariamente en buenos términos. Vivían solas. Estrella nunca se había casado ni tenido hijos y nunca le pregunté la razón, en parte porque no me quería pasar de chismoso, y en parte también porque, por su forma de ser, creía saber cuál iba a ser su respuesta: "Hubieran sido un estorbo". Así que solteros y sin compromisos ni estorbos, teníamos nuestros cuartos para nosotros solos, con computadora, internet y cámara web; no tardamos en sacarle provecho a todo eso.
Luego de muchas calateadas y pajeadas por webcam, cuando finalmente nuestros horarios nos permitieron acordar una segunda salida, esta vez al cine, sabíamos de antemano, sin proponérnoslo explícitamente, que algo iba a pasar durante la película; y más o menos lo confirmamos cuando por inercia nos sentamos al fondo, en una esquina de la sala.
Por eso los primeros besos no me sorprendieron. Su mano hurgando debajo de mi calzoncillo, sí. No me lo esperaba, tanto que me preocupé de que alguien nos viera, pero su cuerpo, yo estando hacia la pared y ella a mi izquierda, nos cubría bien.
Aunque no fue una sorpresa necesariamente buena porque con su mano, que envolvía mi pene en su totalidad, más que masajearlo, lo que hacía era estrujarlo y jalarlo como si me lo quisiera arrancar del cuerpo.
-No seas tan tosca- le dije.
-Perdón, bebé. Es que estoy acostumbrada a hombres grandes... Sin ofender- Se rió y bajó la intensidad.
Pude ofenderme con su comentario pero preferí agarrarle una teta debajo de su blusa, introduciendo mi mano izquierda por su manga derecha; una manga corta y amplia.
A la salida del cine le propuse ir a un hotel. No era la primera vez que se lo proponía. Por el chat ella siempre se había negado con la misma respuesta:
-Ya veremos, bebé.
Esta vez se negó de otra forma.
-Bebé, si tiro contigo, te traumo.
No suelo insistir pero “la leche se me salía por las orejas”, así que lo hice un par de veces más.
-Bebé, ya no insistas- me dijo.
-¿Pero seguiremos viniendo al cine a manosearnos, al menos?- le dije.
-Claro- me respondió.
-Entonces ¡trato hecho! Ya no te joderé con lo del hotel- le dije y estrechamos las manos.
Y es que el ASUNTO, nuestro ASUNTO, “lo nuestro” era eso: ir al cine a manosearnos, cada dos o tres meses en el año y medio que estuvimos en contacto, hasta que se enfriaron las cosas y “x” circunstancias me obligaron a cambiar de correo.
Para la tercera salida fuimos a un cine de San Borja, a una función de matiné se podría decir. Llegamos temprano, no había nadie en la sala, las luces estaban prendidas y nos sentamos al medio de la última fila, y seguimos conversando. Al rato comenzaron a llegar niños pequeños con sus padres y todos se sentaban en la primera o segunda fila. Para cuando se apagaron las luces e iniciaron los avances creo que había 10 o más de ellos; y entre ese grupo y nosotros había muchas filas vacías, las suficientes para que Estrella y yo nos sintiéramos aislados y desapercibidos al fondo. Igual esperamos a que pasara por lo menos media hora de película para estar completamente seguros de que nadie vendría a sentarse cerca de nosotros. Nadie lo hizo. Los chibolos estaban atentos a su película, los papás a sus hijos, así que Estrella y ello empezamos con los besos y manoseos previos; previos al objetivo de esa tercera salida.
-¿Listo?- me preguntó ella.
-Listo- le respondí.
-Me avisas si alguien se acerca- me dijo reclinándose.
Y me la empezó a chupar.
Acepto que primero me distrajo su flexibilidad: Teniendo en cuenta su talla y contextura fue sorprendente verla reclinarse así y desaparecer sin problemas de la vista de cualquier posible “sapo”. Pero eso era lo de menos, obviamente, así que dejé de pensar en ello y me concentré en la situación. ¡Qué delicia! Lo estaba disfrutando y, mejor aún, en partida doble, como se dice, porque no sólo tenía mi pene en su boca, sino que también todo estaba saliendo como lo habíamos planeado.
Horas antes, no recuerdo cómo ni porqué, estábamos chateando sanamente sobre frutas. Le pregunté:
-¿Has probado mamey?
Burdo, simplón, ordinario... júzgame lo que quieras pero ella me siguió la corriente. Pasa que me aburre hablar sanamente de cualquier cosa y ya quería “des-aburrir” la conversación, esa era mi única intención; no tenía idea de cómo evolucionarían las cosas: Ella me dijo que hacía tiempo no probaba un buen mamey, yo le dije que la podría ayudar con ello, bla bla bla, doble sentido, bla bla bla, ¿algo qué hacer en la tarde?, nos preguntamos, ninguno tenía nada que hacer, entonces de acuerdo: "mamey", pero, y ahora, ¿dónde?
Le propuse un hotel no porque me hubiera olvidado de nuestro trato sino porque me parecía lo más lógico.
-Vamos a un sitio más interesante- me dijo ella -¿alguna vez te la han chupado en un cine, bebé?
-Nunca- le dije, y era cierto.
-Pues yo sí lo hecho y no sabes lo emocionante y excitante que puede ser- me dijo.
-¿Un cine? ¿Pero qué cine? Tendría que ser uno caleta donde vaya poca gente- le dije.
-Yo conozco uno así- me dijo -Queda en San Borja. No va mucha gente. Es casi un cine de barrio. Bueno, multicine, pero ninguno de los grandes.
Me puse a revisar la cartelera de ese cine buscando, para asegurarnos más, una película monse a la que posiblemente vaya poquísima gente. Encontré una que me pareció cumplía ese requisito y se lo comenté.
-Pero es una película para niños. Estás loco- me dijo.
-Lo sé- le dije -pero no es una película ni de Disney, ni de Pixar, ni de ningún estudio conocido. Y para colmo es en 2d. Los chibolos ya no ven dibujos en 2d en estos días. Y es la función más temprana. No va a ir nadie.
Ella dudó. Yo agregué.
-Es nuestra mejor opción.
Nos la jugamos: era una apuesta arriesgada, obvio, pero estábamos ganando.
(No sé si el día de hoy se podría hacer lo mismo, o sea manosearse así en un cine. ¿Hay cámaras de seguridad en las salas? Ahora que parecen estar en todas partes, a diferencia de esa época.)
Decía que todo iba como lo habíamos planeado, pero se nos había olvidado aclarar algo. Se lo tuve que preguntar en el momento.
-Me puedo venir en tu boca.
Ella se levantó pero su mano no soltó mi pene.
-¿Ya vas a acabar, bebé?- me preguntó.
-Sí. Ya me falta poco- le respondí.
-Pues no te vas a venir- me dijo ella con malicia.
-¿Ah?- repuse.
-He dicho que no te vas a venir- repitió, seria, casi molesta.
Nos miramos fijamente. Su mano se movía cada vez más rápido. Ninguno parpadeaba hasta que sentí lo inminente y cerré los ojos. A la vez ella detuvo su mano y presionó mi pene con todas sus fuerzas. Empecé a sentir los espasmos, intensos, placenteros, dolorosos. No eyaculé, fue un orgasmo “seco”.
Cuando abrí los ojos ella me sonreía.
-Te dije que no te ibas a venir, bebé.
Ya no tenía sentido seguir en esa sala así que nos fuimos. Salí casi cojeando y con el pene entumecido. Afuera aún era de día.

***

jueves, 9 de julio de 2015

No vengo a hablar de mis padres

Cuando el papá de Javier estaba acabando la secundaria se quedó huérfano de padre, su madre no tenía trabajo, y tenía cuatro hermanos menores. Entonces no le quedó otra, al papá de Javier, que abandonar el colegio y ponerse a trabajar. Sus primeros trabajos fueron como personal de limpieza, como ayudante en puestos de mercado, o cualquier otra cosa que un menor de edad pudiera hacer. Pero con los años los trabajos fueron mejorando y esto gracias a que lo que no tenía en estudios lo tenía, y de sobra, en habilidad e iniciativa: nunca se conformó con sólo hacer lo que debía hacer, sino que también se preocupó por aprender todo lo relacionado al negocio de a donde le tocara ir trabajar. Y el buen uso de esos conocimientos fue lo que lo ayudó a conseguir mejores puestos de trabajo con el paso del tiempo. Pero llegó un punto que, por más virtudes que tuviera, el no tener siquiera secundaria completa lo frenó y no pudo ascender más. Tenía treinta años entonces, ya estaba casado y Javier ya tenía dos años de edad; así que el papá de Javier decidió empezar su propio negocio, y lo hizo. Al comienzo todo el negocio sucedía en Lima, pero poco a poco se fue expandiendo a otras regiones y el papá de Javier tuvo que empezar a viajar. Sus viajes por lo general eran cuestiones de días, a lo mucho duraban una semana, pero no más. Por eso llamó mucha la atención de su familia que en un viaje, cuando Javier tenía diez años y un hermano de siete, ya hubiera pasado más de un mes y todavía no regresara. Llamaba seguido a casa, sí. Hablaba con su esposa y con sus hijos y a todos les decía más o menos lo mismo, que tenía un buen negocio entre manos, que tenía mucho que hacer, que los extrañaba mucho. A los dos meses de ausencia fue distinto: ya no quería hablar con sus hijos sino sólo con su esposa. En estas ocasiones Javier y su hermano escuchaban a escondidas las conversaciones de sus padres y notaron como cada vez su mamá hablaba menos cariñosa y más molesta. Hasta que un día ella colgó el teléfono con furia y se puso a llorar. Javier y su hermano salieron de su escondite asustados, y confundidos se acercaron a ella. Su mamá los vio, los abrazó fuerte y les dijo: “su padre no va a volver, niños”, y los tres lloraron juntos.

*

Javier hace una breve pausa en su testimonio y luego continúa:
-Hace cinco años de eso y desde entonces no sé nada de mi papá.- nos cuenta y su voz por los parlantes suena tan resquebrajada que es obvio que a las justas puede aguantarse las ganas de llorar. -Yo lo admiraba, lo admiraba mucho…- nos dice finalmente antes de entregarle el micrófono al padre Clemente. El hermano Alejandro, asistente del padre en este retiro, le devuelve a Javier su vela (que como la de todos nosotros, está incrustada en un pedazo de papel que atrapa la cera derretida), y Javier baja del tabladillo y regresa a su sitio.
Estamos los más de ochenta alumnos de la promoción 99, ahora en cuarto de media, sentados en el piso formando un semicírculo al frente del tabladillo.
El padre Clemente pregunta quién quiere ser el siguiente en dar su testimonio, y de lo que antes de Javier, el primero en hacerlo, parecía que nadie iba a atreverse, ahora de inmediato varios alzan sus manos.
Sale a hablar el siguiente alumno y yo casi ni le presto atención; estoy más atento a Javier. Él está cabizbajo con una mano en el rostro y sus amigos le dan palmadas en los hombros. Y no sé qué pensar. Porque, verás, Javier es un patán que se cree la gran cagada por ser bueno en deportes y tener jale con las chicas. (Y principalmente por esto último) Me cae mal. Pero verlo así, en esta condición, y después de haber escuchado su historia familiar que es muy parecida a mi historia familiar, no puedo dejar de sentir pena por él, hasta simpatía… pero es sólo por un segundo: sigue llorando nomás, Javier; “snif snif”.
Quien sí me cae bien es el padre Clemente; es más, actualmente es el único cura o religioso del colegio que me cae bien (el hermano Alejandro ni me va ni me viene). Es relativamente joven (tiene cuarenta años), y un carácter que se puede decir es buena onda lo que hace que normalmente tenga “llegada” con los alumnos. Pero en este retiro la mayor parte del tiempo no ha sido así: ya es viernes, estamos en el tercer y último día, y recién esta noche las cosas le han funcionado, porque antes, nada. Estamos hospedados en la casa de retiro Alvernia, en Cieneguilla, lejos de nuestras casas y del colegio en Lima. Así que para muchos de los alumnos la idea del retiro ha sido más como de unas mini-vacaciones, o como algo preferible a tener que ir a clases (aunque a estas alturas algunos ya estamos tan hartos que preferiríamos las clases). Como sea, a la gran mayoría hasta hace unas horas no le importaba el verdadero propósito de todo esto llamado retiro espiritual.
Todo empezó a cambiar cuando a las 7pm nos reunieron otra vez en este auditorio de regular tamaño. Movimos las carpetas a un extremo dejando aislados al otro el tabladillo y, al lado de éste, la mesa sobre la que está el equipo de sonido. El hermano Alejandro nos repartió las velas, las encendimos y las luces se apagaron. Del equipo de sonido empezó a sonar una canción religiosa que sería la primera de un repertorio de canciones muy tristes. El padre Clemente, en el tabladillo con el micrófono ya encendido, hizo unas breves reflexiones y nos anunció lo que venía a continuación, al mismo tiempo que el hermano Alejandro empezaba a desplazarse repartiéndonos sobres.
-Son cartas de sus seres queridos expresándoles lo que sienten por ustedes- nos dijo el padre Clemente, lo que fue una verdadera sorpresa para todos. (Días después me enteraré que esto fue algo “secreto” planeado entre nuestros papás y el padre Clemente en las reuniones que tuvieron antes del retiro.)
Todos recibieron al menos una carta. La única que recibí era de mi mamá en la que, en resumen, me decía que estaba muy orgullosa de mí; así que yo no tenía motivos para sentirme mal. Pero como yo, muy pocos, porque a la mayoría, que hasta entonces tomaban todo a la chacota, se les cambió completamente la cara al leer sus respectivas cartas. Entonces el padre Clemente nos dijo que nos sentáramos formando un semicírculo, y ahí otra señal que el padre Clemente lo estaba “logrando”, porque toda la promoción le obedeció rápido y en silencio.  
Poco después empezaron los testimonios y aún no acaban. Ya uno (Javier) habló sobre el abandono de su padre, otro sobre el divorcio de sus padres, otro sobre no sentirse querido por sus padres, otro sobre la enfermedad de su madre… los que salen a hablar lloran, y cada vez más son los que lloran del resto. Todo esto me parece tan fuera de lo común que no me lo termino de creer, pero se vuelve realmente incómodo cuando el que sale a hablar es algún amigo mío y cuenta detalles de su vida de los que preferiría no haberme enterado.   
Luego del décimo testimonio el padre Clemente nos dice que, lamentablemente, por cuestiones de tiempo, el siguiente será el último. Entonces, de inmediato, unos veinte alumnos alzan desesperados sus manos. El padre Clemente, al azar, elige a Guillermo, quien nos dice:
-Yo no vengo a hablar de mis padres: ellos están bien, por suerte. Sé que les gustaría que les lleve mejores notas, pero en general están tranquilos conmigo. Pero sé que no sería así si les contara todo lo que me pasa en el colegio. Ustedes saben a qué me refiero. Tal vez les de risa ver cómo me meten lapos o cómo me agarran de punto. Tal vez se ríen porque ven que yo me río en esos momentos, pero es que… qué más puedo hacer… pero créanme, no tiene nada de gracioso cuando ellos… no voy a acusar a nadie pero ustedes saben de quienes hablo, y ellos lo saben muy bien también. Y a ellos les quiero decir esto: ruego con toda mi alma que este retiro los haga cambiar; yo estoy dispuesto a perdonarlos.
Guillermo regresa a su sitio y a ellos los veo cabizbajos, ¿será que no se atreven a mirarlo? Parecen arrepentidos.
Entonces el padre Clemente le pide al hermano Alejandro que apague la música y a nosotros que apaguemos nuestras velas y nos pongamos de pie. Cuando lo hacemos empieza a hablar, casi murmurando por el micrófono, muy pausadamente; en cada pausa se puede oír claramente el sollozo de varios. Pero poco a poco la voz del padre se va haciendo más intensa y cuando uno cree que no puede serlo más, nos dice “oremos...” y prácticamente deja de ser un sacerdote católico para convertirse en un orador motivacional mezclado con pastor evangélico (sólo le faltan los “¡aleluyas!”).
Hasta que dice “amén” y no sé cómo el hermano Alejandro (no lo veo pero sólo puede ser él) hace para prender las luces y, a la vez, el equipo de sonido, por el cual empieza a sonar una canción que más que alegre es como para celebrar una victoria. Un “We are the champions” en religioso, no por la tonada sino por lo que transmite: todos están abrazándose efusivamente festejando no sé qué exactamente. Yo trato de escaparme de esos abrazos y lo logro salvo las veces que se me acerca alguno de mis amigos, y pues, estoy obligado a darle un abrazo, aunque es más un amago de abrazo. Por lo menos el padre Clemente anuncia que es el fin de la velada, y prácticamente del retiro porque mañana temprano nos volvemos a Lima. Averiguo la hora: son las diez de la noche. De reojo veo a los hostigadores de Guillermo pedirle sentidas disculpas.
El lunes estamos de vuelta a nuestro “querido” colegio Salesiano Rosenthal y a las clases. Se nota que la promoción está mucho más tranquila que antes, aunque nunca ha sido como para enviarla a Maranguita, tampoco. Cada uno de nuestros profesores nos felicita en su respectiva clase, pero como ya han visto años anteriores a otras promociones pasar por lo del retiro, nos dicen todos con cacha “a ver cuánto les dura”, o algo así; y yo me pregunto lo mismo. Creo que la respuesta sería una semana, porque no me enteraré de nada malo hasta el lunes siguiente cuando vea en el recreo a Guillermo quedarse sin merienda otra vez, porque, como otras tantas en el pasado, se la han quitado sus hostigadores, liderados por, como siempre, Javier.

***


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